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Con relación a la población total económicamente activa de la RMS, según el Censo de 1992, ésta equivalía a 1.956.687 personas (SERPLACRM, 2003), lo que representaba el 42% de la PEA del país (Contreras; Bravo & Puentes, 2000). La región presentaba, además, en ese entonces, la tasa de participación laboral de ambos sexos más alta entre las regiones del país, con un 52,1% de su población de 15 y más años de edad. Este panorama se acentuó hacia el Censo del 2002: la PEA total de la región llegó a las 2.566.460 personas y la tasa de participación laboral regional creció al 56,4% (SERPLACRM, 2003). Es decir, en diez años la fuerza laboral regional se incrementó en 609.773 personas. Este volumen resulta significativo si se le compara con el monto en que se incrementó la fuerza laboral del país11, que creció en 1.255.131 personas entre 1992 y el 2002 (INE, 2003).

En este contexto, suele destacarse el fuerte aumento en la tasa participación femenina en la fuerza de trabajo (SERPLACRM, 2003; Contreras; Bravo & Puentes, 2000; Valenzuela, Tironi & Scully, 2006; PNUD 1999, entre otros), que en el caso de la RMS varió desde un 34,1% en 1992 hasta un 41,7% en el 2002 (SERPLACRM, 2003), ambos valores por encima de la variación promedio experimentada por el país, que mostraba una participación femenina de 29,5% y de 35,6% para los años respectivos (INE, 2003), alcanzando hacia el 2007, una tasa de 59% entre las mujeres de 35 y 49 años de edad (Cepal, 2009).

La PEA de la RMS ha sido especialmente alta en las comunas de Vitacura, Las Condes y Providencia, superando el 50% de las mujeres hacia el 2002; lugares que coinciden con los estratos socioeconómicos más altos de la región. Asimismo, la participación femenina se concentraban entre las mujeres de 25 a 54 años de edad principalmente, mientras las menores de 25 años redujeron su proporción, lo que a decir de Larrañaga (2006) obedecía a la extensión del ciclo de estudios que retrasaba su ingreso al mercado laboral.

11 Según el Censo de 1992, la fuerza laboral total del país era igual a 4.622.018 de personas y el 2002 igual a 5.877.149 (INE, 2003)

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Al analizar los antecedentes que proporciona Larrañaga (2006), elaborados con base a la Encuesta de Empleo de la Universidad de Chile, se puede concluir que la participación laboral de la mujer en Santiago entre 1958-2003, según edad, se caracterizó por lo siguiente:

i) Las mujeres entre 15-19 años bajan sistemáticamente su proporción sobre el total de la población, desde un 31,8% entre 1958-62, a un 15,6% entre 1998-2003. ii) Las mujeres entre 20-24 años se mantienen cercanas a un porcentaje promedio

igual a 48,1%.

iii) Las mujeres entre 25-39 años aumentan desde un 41% entre 1958-62 a un 60,5% entre 1998-2003.

iv) Las mujeres entre 40 y 60 años pasan de 32,7% a un 52,1% para los mismos tramos de años respectivos que sus pares entre 25 y 39 años.

v) Así, la participación de las mujeres entre 25 y 60 años de edad, crece casi 20 puntos porcentuales sobre el total en este período, constituyéndose en el grupo que mayor variación experimenta.

El país por su parte, expresa Larrañaga (2006) y según la misma encuesta de la Universidad de Chile, mantuvo una participación laboral femenina con un promedio de alrededor de un 37% entre 1958-1980, para luego incrementarse sostenidamente hasta llegar al 50% a inicios del 2000. Entre las principales causas se encontrarían el aumento de la escolaridad, descenso de la natalidad, crecimiento económico y cambios socioculturales.

La mayor escolaridad permite acceder a mejores ingresos, por tanto, el nivel de escolaridad juega un papel fundamental a la hora de evaluar y decidir participar en el mercado laboral. A su vez, el mayor ingreso facilita sustituir las labores de la mujer en el hogar por bienes y servicios obtenidos en el mercado, como por ejemplo, salas cuna, alimentos preparados y contratar servicio doméstico. Aunque se debe destacar que la remuneración media por hora recibida por las mujeres sólo llegaban a un 69% de las

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masculinas en el 2002 (Cepal, 2009), lo que da cuenta de desigualdades que persisten en el mercado laboral en función del género.

Como indica Larrañaga (2006) a partir de la encuesta Casen, las mujeres chilenas entre 25 y 60 años de edad, con 8 o menos años de escolaridad, incrementaron su proporción desde un 25% en 1987 a un 38,6% en el 2003; aquellas con 9 hasta 12 años de estudios, aumentaron desde 36,6% a un 53,5% para los años respectivos; las que poseían 13 o más años, acrecentaron su participación desde un 68,3% a un 74,4% para los mismos años. Los datos muestran, por tanto, no sólo una mayor participación laboral femenina a lo largo de los años, sino también que ésta se relacionó positivamente con el nivel de escolaridad.

Tal relación fue más evidente en el caso de la Santiago. Como se muestra a continuación en el cuadro 3.2, y con base al análisis de Larrañaga (2006) de la Encuesta de Empleo de la Universidad de Chile, se desprende que aquellas mujeres entre 25 y 60 años, con menos de ocho años de escolaridad mostraron una participación laboral promedio cercano al 38% entre 1958 y 2003. Las mujeres con 9 hasta 12 años de escolaridad, tenían un promedio para el mismo período, equivalente a un 40% del total; las que tenían 13 y más años de escolaridad, presentaron un promedio de casi 71% entre 1963 y 2003. Es decir, se ratifica la relación entre escolaridad e incorporación laboral femenina.

Cuadro 3.2 Participación laboral de la mujer de 25-60 años en Santiago, según escolaridad (porcentaje), 1958-2003

Período Años de escolaridad

0-8 9-12 13 y más 1958-62 36,4 32,5 -- 1963-67 34,5 34,1 66,0 1968-72 36,0 36,9 67,5 1973-77 34,4 36,5 69,2 1978-82 36,2 37,3 70,3 1983-87 37,1 41,3 72,9 1988-92 39,3 42,8 72,0 1993-97 42,9 44,9 75,3 1998-03 44,7 54,7 72,7

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Un análisis de la encuesta Casen a nivel nacional, además permite afirmar que entre 1996 al 2006, la PEA se comporta no sólo diferenciadamente al interior de las mujeres, participando más aquellas con mayor escolaridad, sino que además, en función del tipo de educación ambos sexos manifiestan diferencias en su participación. Como se desprende del Cuadro 3.3, existen dos tendencias al examinar la participación laboral según sexo y tipo de enseñanza: por un lado, entre quienes poseen estudios equivalentes a educación básica o menor, participan más los hombres que las mujeres y, por otra parte, entre la población total con estudios de enseñanza media y superiores, la participación femenina es mayor.

Cuadro 3.3 PEA Chile según tipo de enseñanza y sexo Tipo de enseñanza

PEA

1996 2000 2006

% Hombres % Mujeres % Hombres % Mujeres % Hombres % Mujeres

Ninguno 2,1 1,7 1,7 1,1 1,4 1,0 Educación básica incompleta y completa 34,7 22,9 29,2 21,7 26,3 20,3 Enseñanza media incompleta y completa 46,7 49,3 47,5 49,5 49,8 50,1 Enseñanza superior incompleta y completa 17,0 24,7 20,6 26,4 22,4 28,4

No sabe / Sin dato 1,6 1,4 1,0 1,3 0,1 0,2

Total 100 100 100 100 100 100

Fuente: Elaboración propia con base a Encuesta Casen para los años respectivos

Como se aprecia en el cuadro precedente, entre la PEA de ambos sexos, la educación básica e inferior disminuye progresivamente, aunque se mantiene una mayor participación de los hombres en comparación a las mujeres con este tipo de estudios. Complementariamente, la educación media y más se incrementa en el periodo para ambos sexos, pero alcanza mayor proporción entre las mujeres, en forma sostenida.

Pese a la positiva relación entre escolaridad e inserción laboral en las mujeres, se sostiene, sin embargo, que ésta debe ser examinada más en detalle. Un alto nivel de escolaridad, más propio de los estratos más altos, puede ser un incentivo para incorporarse al mercado laboral, pero se puede hipotetizar que éste no siempre opera en esa línea, ya que en el segmento más acomodado las obligaciones de las mujeres, fuertemente vinculadas a la

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reproducción del estatus y relaciones sociales, pudieran desincentivar el trabajo pagado. Por su parte, se espera que en los estratos más bajos la menor escolaridad desmotive la participación laboral, dado que los salarios esperados, probablemente sean muy bajos, es decir, el costo-oportunidad no justifica que la mujer deje sus actividades cotidianas –cuales ellas sean– por el trabajo remunerado, pero esto tampoco es siempre tan lineal, pues las necesidades de ingreso del hogar, pueden forzar la incorporación de la mujer al mercado laboral y si lo hace en condiciones de informalidad, esto dificultará su registro y visibilización en las estadísticas. Aquí cobra relevancia el análisis de las trayectorias laborales, que pueden contribuir a una mejor comprensión de las condiciones específicas con las que se enfrentan las mujeres y como negocian, resisten y/o reproducen éstas.

Por otro lado, la naturaleza e intensidad de las obligaciones domésticas, atribuidas por razones de género a las mujeres, juegan un rol importante en sus posibilidades de inserción laboral, especialmente las vinculadas a la maternidad y cuidados de los/as hijos/as. Como se mencionó en el Capítulo I, en América Latina entre las mujeres del quintil 5 con hijos entre 0-5 años de edad, participan más en el mercado laboral que el resto de los segmentos que se hallan en las mismas condiciones marentales, probablemente por contar con alternativas para delegar total o parcialmente tales obligaciones. Las del quintil I en 1990 no llegaban al 30% de tasa de participación y a una algo superior a 40% el 2007; las del quintil superior en 1990 tenían una participación del orden del 58% y de 70% en el 2007 (Cepal, 2009). Así la variable de clase limita o no posibilidades a las mujeres, permeando incluso la experiencia de maternidad y cuidados.

Como afirma Larrañaga (2006), la relación entre natalidad y participación laboral femenina está mediada por variables como flexibilidad de las jornadas laborales, lugar de trabajo, número de hijos –y podemos agregar la edad de éstos– y acceso a sustitutos para el cuidado de los mismos. Este autor observa que entre 1990-2003 en Chile, según los resultados de la Encuesta Casen, las mujeres de 25-40 años de edad sin hijos tienen una tasa promedio de participación cercana al 75%; en aquellas que tienen 1 ó 2 hijos, la tasa promedio alcanzaba casi el 40% y en las que tienen 3-4 hijos, la tasa promedio bajó a un 30%. También manifiesta que la participación de las mujeres está asociada a ciclos de crianza de los hijos/as, generando patrones de entrada y salida del mercado laboral, por

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tanto, en las mujeres con hijos, los porcentajes de participación se ven afectados por éstos. No obstante esta evidencia que apoya la relación inversa entre natalidad y participación laboral, cabe destacar que en todos los tramos etarios las mujeres han mostrado un crecimiento en su participación a lo largo del período.

Igualmente, si se considera a la presencia de hijos junto al estado civil y su impacto en la participación laboral femenina, según la encuesta Casen, en el país se observa que entre 1990-2003, las mujeres con hijos, solteras o separadas presentan una mayor tasa de participación que aquellas con hijos, casadas o convivientes, con porcentajes promedios de 74% y 36,6%, en cada grupo. Incluso las solteras o separadas con hijos superan a las casadas o convivientes sin hijos, quienes presentaron una tasa promedio de 64,4%. Se desprende de esos datos, que el estado civil es un factor que disminuye las posibilidades de trabajar remuneradamente en el caso de mujeres madres con pareja, ya sea casadas o convivientes, pero que no inhibe la participación laboral en las solteras o separadas, incluso habiendo hijos. Probablemente la explicación de esta diferencia radica en que las mujeres sin pareja dependan más fuertemente de sus propios ingresos, sobre todo cuando no existen otros en el hogar.

Complementariamente, Larrañaga (2006) destaca que el incremento en la participación laboral femenina en Chile ha estado correlacionado con el aumento de la actividad económica desde mediados de los ochenta. Así, la correlación entre el nivel de ingreso per cápita y la participación de las mujeres ascendió a 0,936 en el periodo 1987- 2003. Igualmente subraya el aumento en los salarios reales, pues entre 1990-2003 el salario promedio de una mujer con una jornada de 33 horas y más, se expandió en 63,2% en términos reales. El autor enfatiza además que la participación femenina tiene un carácter contracíclico, vale decir, las mujeres se integran más al mercado laboral en períodos de alto desempleo masculino, aunque algunas autoras manifiestan que esta inserción es cada vez más independiente de tales ciclos, formando parte de un proceso cultural mayor (Arriagada, 2005).

Con relación a la estructura del empleo femenino en Santiago según tipo de oficios entre 1958-2003 y en función del análisis de los datos de la Encuesta de Empleo de la

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Universidad de Chile realizado por Larrañaga (2006), la situación general ha sido la siguiente, resumida en el Cuadro 3.4:

Cuadro 3.4 Estructura del empleo femenino en Santiago, según oficios, 1958-2003 Período Profesionales

y técnicos

Oficinas Servicios Operarias Servicio doméstico (*) 1958-62 8,8 12,6 20,9 24,6 33,1 1963-67 9,3 15,0 21,3 24,7 29,7 1968-72 10,9 16,6 23,5 22,4 26,7 1973-77 12,5 17,7 24,3 21,7 23,8 1978-82 10,4 20,1 25,6 17,7 26,3 1983-87 9,6 20,9 26,0 15,4 28,2 1988-92 10,6 22,7 25,9 16,3 24,5 1993-97 12,3 25,3 29,2 12,6 20,6 1998-03 11,1 23,9 32,5 10,7 21,8 Promedio 10,6 19,4 25,5 18,4 26,1

(*) Corresponde a servicio doméstico puertas adentro

Fuente: Larrañaga, 2006, Cuadro A-9, p.218

Como se observa en el cuadro previo, la participación crece en casi todos los rubros: profesionales y técnicos; trabajos de oficinas y en servicios. Este último conforma el sector que mayor aumento muestra. Sin embargo, este comportamiento es distinto en las operarias y servicio doméstico (sin incluir la modalidad puertas afueras) en donde la participación disminuye. Estos datos reiteran la importancia que ha adquirido el rubro de servicios en la economía metropolitana y la tendencia internacional a la disminución, ya descrita, entre las trabajadoras domésticas puertas adentro.

En síntesis, en Chile la participación laboral femenina se ha correlacionado positivamente con el incremento de la escolaridad, vale decir, las mujeres con más altos niveles son quienes más se incorporan al mercado laboral, especialmente aquellas sin hijos, mientras que entre las que son madres, participan más las solteras o separadas. En Santiago, por su parte, la participación laboral de las mujeres se ha caracterizado por una tendencia a la disminución entre las menores de 19 años de edad y un aumento entre los 25 y 60 años, concentrándose progresivamente en el sector de servicios, que ha mostrado un fuerte crecimiento, en contraste con las operarias y trabajadoras domésticas, cuyos sectores han disminuido su importancia en el empleo femenino.

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