C. THE RESULTS WITH THE COVERTYPE DATA SET
V. CONCLUSION
Mc. 04/01-09 Mt/13/01-09 Lc/08/04-08
Las parábolas
Es la tercera escena que presenta la enseñanza de Jesús a la orilla del lago.
Las controversias han subrayado la incompatibilidad entre la novedad traída por Cristo y la ley. Entre Jesús y sus enemigos se abre un contraste insalvable. Les divide todo: una
concepción de la ley diversa, otra jerarquía de valores, sobre todo una idea de Dios completamente opuesta.
Es un momento de crisis, sin duda.
La muchedumbre continúa siguiendo a Jesús. Es más, numéricamente parece que aumenta. Pero él se da cuenta de que lo buscan por motivos puramente exteriores.
No todos aquellos que hacen bulto para escucharlo, lo "entienden", y son menos aún los que se deciden.
«Anunciando que el reino de Dios ha comenzado, Jesús hace desencadenar una oleada de entusiasmo, que bien pronto viene a parar en desilusión... El primer movimiento de interés apasionado se apaga para dejar paso a la inquietud, a la duda... Jesús ha venido y he aquí que, en vez de purificar la era de Dios, en vez de poner la segur a la raíz de todo tipo de árbol malo, cura a los enfermos, acoge a los miserables, comparte comilonas con los publicanos y pecadores. Si de vez en cuando el reino de Dios se deja entrever a través de ciertos gestos suyos..., sin embargo no se manifiesta de acuerdo con las esperas... «Este hombre, cuya autoridad se palpa inmediatamente como nueva, rechaza ser el brazo vengador de Dios; no echa un pulso con los malos. ¿De verdad Dios le ha confiado su poder? La actividad mesiánica de Jesús se pone en duda. Y él mismo se ve obligado a justificarse (X. L. Dufour).
Es el momento de disipar los equívocos. La gente, en el fondo, no está satisfecha con él, porque les han echado encima ciertas esperas que él no quiere satisfacer.
Monta en una barca, no sólo para sustraerse a la gente, sino esencialmente para hacerse oír mejor.
En cuanto al sentarse, me parece que no debe buscarse ningún simbolismo complicado.
El movimiento de la barca, en efecto, resulta bastante molesto para uno que permanezca en pie. Esta vez Mc no puede menos de registrar el discurso de Jesús. No es una enseñanza
técnica, sino un hablar en parábolas (1).
Los estudiosos nos advierten que no debemos confundir parábola con alegoría. La parábola debe llevarnos, simplemente, a captar el nexo entre dos realidades
«aproximadas», o sea, a determinar el «punto focal» a que tiende la narración, sin dejarse distraer por elementos intermedios y, sobre todo, sin preocuparnos de atribuir un significado específico a todos los elementos del contorno, que componen la parábola.
En la alegoría (2), sin embargo, las particularidades, además de converger hacia el punto fundamental, contienen en sí un sentido recóndito que es escrutado, interpretado, hecho explícito a través de un complicado trabajo de investigación.
En suma, la parábola tiene como enseña la simplicidad. La alegoría presupone una elaboración. En la parábola basta encontrar y dar en el centro.
En la alegoría es necesario buscar y dar en varios blancos, constituidos por todos los elementos que la componen.
Me parece que no debe exagerarse por ninguna parte: ni de una excesiva simplificación, ni de una exagerada complicación. Y más que de alegorías contrapuestas a parábolas,
hablaría de una interpretación alegórica de las parábolas en los límites del virtuosismo acrobático. Cierto, es necesario, ante todo, llegar al fondo de la parábola, sin retrasarse y distraerse
en los varios aspectos del contorno. Aferrar la relación fundamental entre los dos términos de la comparación.
Pero nada impide, una vez que uno ha descubierto la enseñanza fundamental, recorrer de nuevo el camino y examinar, uno por uno, todos los elementos del cuadro. Y todo esto, no sólo en función del diseño general, sino también en relación al significado de las particularidades consideradas en sí mismas.
Por otra parte, la parábola está siempre «abierta». Y su lenguaje típico representa una invitación a pensar, a caminar hacia adelante. No se trata sólo de un trabajo de transposición (de un plano a otro), sino de una amplificación. Ir hacia adelante hasta descubrir la relación esencial, pero también las numerosas conexiones colaterales más o
menos escondidas.
Las parábolas no son un subsidio didáctico
Podemos indicar así las características peculiares de las parábolas evangélicas: -concreción, -insuficiencia, -alusión, -ambigüedad, -invitación a pensar, -invitación a obrar.
El punto de partida, en las parábolas, es el hombre y su mundo familiar (concreción). Jesús, sin embargo, toma al hombre allá donde se encuentra para llevarlo a otro lugar, para decirle «otra cosa» a través del lenguaje de las cosas que tiene ante los ojos.
Naturalmente el lenguaje de lo «visto a diario» es inadecuado para expresar de un modo completo la verdad del reino de Dios, aunque las dos realidades estén relacionadas entre sí. He aquí por qué el mensaje de las parábolas es un mensaje alusivo, que te hace entrever a través de imágenes la relación entre reino y vida. Dejan simplemente vislumbrar el misterio. El hombre es provocado, implicado, estimulado a seguir adelante, a buscar (3). Por esto no se puede olvidar la ambigüedad de las parábolas (como de toda la
revelación): aclaran pero también oscurecen, desvelan y esconden al mismo tiempo. Ofrecen respuestas, pero también suscitan interrogantes.
"Dejan entrever el misterio de Dios a quien tiene los ojos penetrantes y el corazón dispuesto; son, por el contrario, oscuras y "carnales" para quien está distraído y tiene el corazón fatigado" (B. Maggioni).
Así, el creyente, puesto frente a la ambigüedad de las parábolas, es invitado a pensar. La parábola jamás es relajante, confortante, sino siempre inquietante.
El pensamiento, sin embargo, no es fin a sí mismo. Discípulo de Cristo no es alguien que se conforme con reflexionar. Es quien toma decisiones.
En este sentido me parece fundamental la observación de algunos estudiosos que hablan de la parábola como de la experiencia no de lo real, sino de lo posible. Ya
Aristóteles había atribuido a la fábula un papel creativo de nuevas posibilidades para estar en el mundo.
En este sentido, la parábola no es una diversión, sino un estímulo para obrar.
Es necesario aún advertir que las parábolas, en la enseñanza de Jesús, no constituyen una especie de «subsidio didáctico», de «truco pedagógico», que sirva de apoyo para una formulación precedente o como clarificación de un punto doctrinal concreto.
«En labios de Jesús las parábolas no tienen este aspecto, aunque con frecuencia, en el contenido, están muy cercanas a las de los maestros judíos, sirviéndose él libremente de un material conocido y tradicional. Aquí las parábolas son el anuncio mismo y no sirven sólo de soporte a una doctrina independiente de las mismas» (G . Bornkamm).
Y menos aún hay que creer que Jesús usa la forma de la narración para mantener despierta la atención de los oyentes (una especie de antídoto contra el aburrimiento). «Había algo en la naturaleza misma del evangelio, que exigía esta forma oratoria. En suma, se trata de esta idea: la acción es significativa» (A. N. Wilder).
Mc, en el capítulo cuarto, pone juntas tres parábolas, llamadas comúnmente «del
contraste» (una definición, como veremos, que hay que tomar con cautela): el sembrador, la semilla que crece por sí sola, el grano de mostaza. Están relacionadas por una imagen común -la semilla-, y sirven para ilustrar la misma realidad, la del reino de Dios, considerada desde tres puntos de vista distintos.
Un fracaso abundantemente documentado
«Escuchad» (v. 3). Puede ser una invitación a guardar silencio, dirigida a una multitud rumorosa. Pero es también una invitación a escuchar de una manera participativa.
Viene a la mente la célebre expresión que resuena en el antiguo testamento: «escucha, Israel» (Dt 6, 4).
Dios tiene algo que decir a su pueblo, y una vez más es llamado a la escucha-obediencia.
La parábola está como engarzada entre este imperativo inicial y la amonestación final "quien tenga oídos para oír que oiga" (v. 9). Este último verbo contiene la exigencia de
«continuar oyendo», a través de la meditación, para comprender la enseñanza de Jesús (G. Nolli). La parábola se encuadra en el ambiente agrícola de Galilea. El terreno, especialmente en
la zona de colinas, y aunque es bastante fértil, tiene poca profundidad y las rocas afloran aquí y allá. El agricultor no tiene culpas específicas en las «desventuras» o el desperdicio de la
semilla, a excepción, quizás, del caso de los abrojos (que pueden ser también cardos). A éstos hay que arrancarlos del todo. Si se limita uno a cortarlos o quemarlos y se dejan en el campo, vuelven a crecer.
Es necesario tener presente, sobre todo, que la arada, normalmente, se hace después de la siembra. El «camino» (v. 4) se entiende en el sentido de veredas que atraviesan los campos y que
se van haciendo con el paso de las personas y animales después de la recolección. Cuando se ara, desaparecen.
Este dato de la arada siguiente a la sementera hoy es desmentido por algunos estudiosos. No es cuestión de meterse en esta discusión. Sea como fuere, en la segunda hipótesis, las veredas y setos espinosos serían las que delimitaban las pequeñas propiedades. En cuanto al «pedregal» , hay que tener presentes los minúsculos trozos de terreno cultivables rescatados de las rocas y a la lava en ciertas zonas de Galilea.
Lagrange refiere que es posible ver en Palestina, «bandadas de pájaros que siguen al sembrador, y arrebatan el grano aún antes que toque la tierra».
El agricultor lleva la simiente "en un saco echado a la espalda o al cuello, o también en una especie de bolsa, formada alzando un borde del vestido" (H. Kahlefeld).
En el v. 6 Mc distingue entre el sol que agosta la planta, la cual, sin embargo, tendría posibilidad de salvación, y el secarse por completo.
El «crescendo del fracaso» (R. Fabris) se especifica así: la semilla es destruida, el renuevo se seca, la planta crecida se sofoca.
En cuanto al producto, parece que, para aquella comarca, una cosecha del 7,5 por 1 es normal. El 20 por 1 estaría más allá de lo esperado. Por tanto las cifras referidas en la parábola indicarían un éxito excepcional (4).
Es indudable que la parábola se detiene de buen grado a documentar los infortunios del agricultor: camino, pedregal, abrojos. Cuatro versículos dedicados al fracaso y uno solo para describir la recolección, aunque venga diferenciado: tres recolecciones distintas, como tres son las desventuras. En suma, ¡tres gestos perdidos sobre cuatro!
La parábola quiere llegar... al principio
Todos de acuerdo en la exigencia de localizar el "punto focal" de la parábola. Sólo que alguno descubre este punto al final (la cosecha), algún otro al principio (la sementera). Pienso que tienen razón estos últimos.
La parábola nos proyecta no hacia el futuro, sino hacia el presente.
El reino de Dios está aquí -si bien escondido, en acción. «Se trata, pues, de comprender el presente en su aparente falta de significado, no pretender del mismo otros signos de la gloria futura. El reino de Dios llega, en efecto, a escondidas e, incluso, a pesar del fracaso»
(G. Bornkamm).
Algunos advierten que es la parábola de la confianza en el éxito final. No. Es la parábola de la confianza en los principios.
Lo importante es la sementera, no la cosecha.
Cristo nos dice que el reino es una siembra (no lo que se esperan los oyentes: algo terminado, decidido). Y él es el sembrador. Ha «salido» para esto, no para otra cosa. Con razón X. L. Dufour traduce en vez de «el sembrador», «el que siembra». Se trata de un detalle importante. No es un sembrador genérico. Es el sembrador por excelencia. Su tarea específica es el sembrar. Nada más. Ni siquiera es importante saber lo que siembra. Lo que es significativo es el acto mismo de sembrar
«El sembrador salió a sembrar, y nada más: éste es el nuevo mundo de Dios» (Schniewind).
La gente que pisa tierra, descubre, al final, que es tierra, y que debe hacer sus cuentas con una semilla.
Y los discípulos empiezan a entender que para «ser pescadores de hombres», hace falta... sembrar.
PROVOCACIONES
1. «Escuchad. Salió el sembrador a sembrar...». ¿Es una utopia esperar que muchos predicadores reencuentren esta inmediatez del lenguaje? Se ganaría en simplicidad y credibilidad, y además en eficacia. Naturalmente, en este caso, se exige una doble
familiaridad: con el mundo de los hombres y con el mundo de Dios. Para «acercar» las dos realidades, es necesario «estar dentro» de las dos.
2. J. Jeremías afirma que, al analizar las parábolas, es indispensable distinguir entre el «contexto ambiental» (el «Sitz im Leben») de Jesús que ha dado origen a la narración, y el «contexto ambiental» de la tradición sucesiva, que ha elaborado la parábola.
Yo metería también nuestro Sitz im Leben. Y los tres, aquí, coinciden. Son los mismos interrogantes: ¿por qué tanta fatiga desperdiciada? ¿por qué se obtienen unos resultados tan modestos? ¿vale la pena insistir? ¿qué se consigue? ¿para qué tantos esfuerzos, tantos afanes, tantas esperanzas vanas?
Sí, es la habitual preocupación por el resultado, por sacar las cuentas. Alguno explica que éstas son las «parábolas del contraste».
El contraste seria entre el principio y el fin.
Contraste entre dificultades y resultado final, entre la aparente derrota y el éxito, entre los principios modestos y los desarrollos grandiosos.
Yo diría, más bien, que son las parábolas del realismo. Una invitación a no quedarse en las apariencias.
No es que el éxito nos compense de las dificultades, premie la tenacidad. No es que la recolección sea para nosotros un resarcimiento abundante de las pérdidas. No. Aquí la significación es diversa.
El resultado ya está contenido en los principios. El éxito ya está presente en los fracasos.
La mies ya está comprendida en la siembra. Diría más: la mies es el gesto de sembrar. 3. El sembrador no elige el terreno. No decide cuál es el terreno bueno y cuál es el desfavorable, cuál apto y cuál menos apto, cuál del que se puede esperar algo, y cuál por el que no vale la pena esforzarse .
El terreno se revela en lo que es después de la siembra, no antes. Si todos los que anuncian la palabra recordasen esto...
Nuestro quehacer no consiste en clasificar los varios tipos de terreno, en trazar el mapa de las posibilidades (una tentación siempre amenazante).
Nosotros debemos poner a prueba todos los terrenos. Tenemos que arriesgar la palabra por todas partes.
Quisiera decir que debemos aprender a «malgastar» la simiente. Aprender a hacer numerosos gestos «inútiles».
4. Y después no olvidemos que la semilla, que es la palabra, tiene también el poder de transformar el terreno, puede romper las rocas, abrirse un paso en el camino trillado hacia las profundidades del ser...
No se dice que la semilla se resigne a las condiciones que encuentra. La palabra es creadora. También del terreno. Basta dejarla obrar.
Es la palabra quien puede transformar el «corazón de piedra» en «corazón de carne». La semilla se pierde, de verdad, sólo cuando se queda en las manos cerradas de un sembrador «razonable». Que no sale para no poner en peligro la palabra. Y no cae en la cuenta de que es necesario, en lugar de esto, poner en peligro el terreno...
5. Insisto. Esta parábola no es captada por quien se preocupa de analizar los varios tipos de terreno. Ni tampoco por quien se para a hacer el inventario de los resultados satisfactorios. Es necesario «centrar» la figura del sembrador, y su gesto loco, excesivo.
No interesa saber cómo terminará, y si las desventuras se compensan por el éxito final. No. Esta es la parábola del «feliz principio".
6. OIR/ENTENDER: «¡Quien tenga oídos para oír que oiga»! Yo traduciría libremente: tiene oídos solamente el que entiende. O sea, para oír, es necesario antes comprender. La comprensión (esto es, la adhesión interior) precede a la escucha. Si uno no entiende, se hace sordo.
Es necesario antes entender, o sea tender en dirección de alguien. Ser fascinados por él. Tomar postura ante él. Dirigirse a él con todo el ser. Sólo entonces se está en disposición de oír lo que dice.
Primero se convierte uno (o sea, se vuelve hacia..., se tiende hacia...) y después se comprende.
CONFRONTACIONES
La comprensión no depende de la escucha
La parábola sugiere un orden entre la escucha efectiva y el comprender. No es la escucha la que explica la comprensión. Al contrario, el hombre escucha, porque comprende. «Quien tenga oídos para oír que oiga»... La comprensión se tiene o no se tiene. Y quien no la posee pierde incluso el oído: «Se le quitará incluso lo que tiene» (Grupo D'Entrevernes, Signos y parábolas. Semiótica y texto evangélico, Madrid 1979). Dios es multitudinario
Dios es «multitudinario»: él rechaza, no sólo el limitar la semilla al buen terreno, sino también incluso saber quién será espinas y quién será tierra buena. Así pues, nos está prohibido reservar la semilla únicamente para la tierra buena... o que nosotros creemos tal (A. Maillot, Les paraboles de Jésus audourd'hui, Genève 1977).
No soy más que una pequeña cosa... Yo no soy más que una pequeña cosa, y mi nombre se olvidará pronto; pero la idea, la vida y la inspiración que me invadieron
continuarán viviendo. Las encontrarás por todas partes, sobre los árboles en primavera, en los hombres de tu camino, en una breve y dulce sonrisa... (Lettere di condannati a morte della resistenza europea) .
No nos ronda la sospecha...
¿No nos ronda la sospecha de que se extienda también el reino de Dios?... (Una comunità legge il vangelo... o. c.).
...Excepto una
Todas las semillas han fracasado excepto una, que no sé lo que es, pero que probablemente es una flor y no una hierba mala (A. Gramsci).
En el reino de Dios hay despilfarro
En el reino de Dios hay despilfarro (intentonas repetidas, obstinadas, como el gesto del sembrador): no puedes hacerte el remolón.
Pero es un despilfarro sólo para el que razona según los cálculos mezquinos de los
hombres. En realidad, en el amor no hay despilfarro, como tampoco en la actividad de Dios: hay sólo riqueza de obstinación y de fantasía. Dios (y el amor que se le asemeja) no
pretende un fruto a cada gesto, una recompensa a cada esfuerzo. El amor vale por sí
mismo, así la atención a los hombres, la obstinación en la solidaridad, la esperanza. Dios se da sin medida. (B. Maggioni, o. c.).
(·PRONZATO-3/1.Págs. 180-189). ...
1) Parábola. según la etimología griega (pará-ballô), significa poner junto a, poner paralelamente, parangonar, aproximar dos cosas. La palabra hebrea correspondiente es mashal, que quiere decir parangón, dicho
sapiencial (e incluso burlesco), proverbio, fábula, acertijo, discurso enigmático. 2) Alegoría, del griego alla-agoréuo etimológicamente significa «decir otra cosa».
3) En algunos casos. sin embargo, no es necesario "transponer" nada, ni buscar quién sabe qué significado. Es típica, en este sentido, la parábola del Samaritano (Lc 10, 30 s). El oyente, más que a descifrar el mensaje, es invitado a hacer lo mismo. "Vete, y haz tu lo mismo". Por esto H. Kahlefeld prefiere hablar, en este caso, de "lecciones", más que de parábolas propiamente dichas.
4) Así opina Lagrange, quien cita las cifras que le han dicho los Trapenses y su prior, cultivadores expertos de
trigo, cebada, lentejas. Otros estudiosos, por el contrario; citan cifras que superan el ciento por uno. Por lo cual la cosecha señalada en la parábola indicaría simplemente una cosecha normal. El evangelio de Tomás