Que los libros de texto tienen una incidencia en la construcción de la memoria histórica de los estudiantes parece ser una constatación clara, dadas las premisas teóricas discutidas en las primeras páginas del presente documento ¿Qué nos dicen los análisis realizados respecto al manejo concreto de la memoria? Antes de responder a la pregunta es necesario recordar la existencia de dos limitaciones que afectan la amplitud de las conclusiones posibles, que a la vez sugieren la necesidad de trabajos posteriores. Por una parte, la carencia de estudios sobre la utilización real de los manuales en el funcionamiento de la educación primaria durante el siglo XX en Colombia impide que trabajos como el presente puedan asentarse sobre terrenos más sólidos. En efecto, sería necesario conocer las ventas de los diferentes manuales, la selección por escuelas y docentes de los textos y su utilización real dentro de las aulas de clase para poder dar un juicio claro al respecto. Es de esperar que se lleven a cabo iniciativas de este tipo, que han de modificar y afinar las conclusiones de los trabajos actuales. Por otro lado, esta monografía no ahondó en aspectos psicológicos y pedagógicos, esenciales para la cabal comprensión de la manera en la cual los manuales inciden en los estudiantes. Esta notoria carencia, sin embargo, difícilmente podría ser superada en una monografía que se plantee las preguntas que guiaron este trabajo; no sobra esperar, eso sí, que en algún momento sea posible conocer esa otra cara de la moneda y complementar lo que se ha dicho en este documento.
Pese a estos obstáculos, estas son las conclusiones que el análisis arroja. Antes de cualquier otra cosa, es necesario caracterizar, de forma definitiva, tanto los tres manuales reeditados entre 1953 y 1957 como el Compendio. Empecemos
153 con el texto que primero vio la luz, el Compendiode la Historia de Colombia para le enseñanza en las escuelas primarias de la República de Jesús María Henao y
Gerardo Arrubla. Este manual se caracteriza por seguir al pie de la letra varias de las premisas de un trabajo perteneciente a la Academia Colombiana de Historia. En primer término, se trata de una historia narrativa, en la que los lectores encuentran una serie encadenada de eventos y muy pocas explicaciones respecto a las causas o consecuencias de los mismos. El segundo rasgo es el énfasis en la historia política, que se relaciona con el anterior en tanto la elección de una sola faceta de la realidad social facilita la composición de una narración. En tercera instancia, esta narración se combina con cortas biografías de algunos personajes, dentro de una visión de la historia que hace hincapié en algunos individuos que son presentados como las grandes figuras que hacen la historia: se trata de los ejemplos que expresamente deben seguir los niños. Estas tres columnas de la historiografía académica se suman a un uso utilitarista nacionalista coyunturalista de la historia, en el que la intención de mostrar una imagen positiva de la nación se entrecruza con el interés en apoyar las propuestas del partido conservador.
Todo lo anterior lleva a la construcción de una memoria histórica poco reflexiva, conservadora, elitista y nacionalista. Irreflexiva, puesto que el niño debería creer lo que se le dice; es más, la carencia de argumentaciones indica que los autores no piensan siquiera que sea necesario convencer a los pequeños de lo que dicen, que éstos no tienen ninguna capacidad crítica y que tampoco es importante desarrollarla. Conservadora, porque la imagen de un pasado reciente con pocas dificultades, de una Constitución que ha hecho bien al país y de la historia de Colombia como un sendero de progreso, lleva a que se construya una memoria histórica al servicio del statu quo, en la que cualquier alternativa política – que ni siquiera se menciona - parece una idea carente de sentido y de utilidad. Elitista, dado que el funcionamiento de la historia, y por ende de la sociedad y de la vida humana, gira alrededor de los logros de unos cuantos elegidos a los que
154 deben seguir quienes desean el mayor bien de la patria. Nacionalista, por último, no porque se presenten enemigos externos, sino porque para los pequeños lo más valioso e importante debe ser su país, o, más exactamente, una cierta idea de nación. Como si esto fuera poco, la función de la historia como fuente de ejemplos para los pequeños refuerza la eficacia de la memoria histórica, ya que pasa de ser un referente identitario colectivo para convertirse en un norte individual. En efecto, en un medio en el que la historia se convierte en la fuente predilecta de modelos de vida antes que en un estudio que ayuda a entender la situación presente, la memoria histórica asume un rol de direccionamiento ético – político; cuando la historia se halla en el centro de las aspiraciones individuales, amplía sus funciones y se ubica en el papel de enseñanza moral. De esta forma se busca que los contenidos ideológicos del Compendio calen más hondo en los pequeños, pues han de guiarlos en las decisiones que tomen de la manera en que lo haría un texto de cívica o un decálogo ético.
Claro está que esta memoria histórica adquiere un contenido concreto al relacionarse con determinada imagen de la nación colombiana. Se trata del modelo de nación defendido por la Constitución de 1886 y por el partido conservador de aquel entonces: una nación blanca, hispánica y católica. Los malabares que Henao y Arrubla hacen para conciliar la llegada de los españoles al actual territorio colombiano y la lucha entre la metrópoli y buena parte de los descendientes de españoles que habían nacido en América traducen su inquietud por lograr que estos dos momentos fundacionales, la Conquista y la Independencia, aparecieran como eslabones de un mismo proceso, en el que el segundo no desdice del primero sino que, más bien, lo redefine y lo lleva a su estado más puro. En efecto, el manual explica que el movimiento independentista es fiel reflejo de las más profundas características del ser hispánico, como una nueva demostración de la nobleza, gallardía y valentía que habían demostrado los
155 cristianos españoles durante su lucha secular lucha contra los moros en la península ibérica – recordemos que se dice que
sus descendientes [de los conquistadores], que fueron los patriotas, estaban animados de igual constancia y valor (...) la constancia de los españoles para descubrir, conquistar y poblar la América se estrelló contra sí misma, porque si ellos combatieron tantos siglos á los árabes para defender su nacionalidad, nuestros padres tenían también su sangre.
El celo religioso y nacionalista de los españoles perduró en sus descendientes criollos: casi podría decirse que la verdadera manifestación de un maravilloso e ideal carácter español se dio en los patriotas antes que en los españoles que combatieron del lado realista. En este sentido puede decirse que la profunda admiración por el carácter de los conquistadores y su pueblo se transfiere a los patriotas y la nación colombiana, por lo que los pequeños bien pueden hallar modelos de conducta en la Conquista española o, porqué no, en alguna lectura de historia de España. En cualquier caso, esta profunda admiración formaría parte de una memoria histórica que, claro está, poco apreciaría a las culturas indígenas y, por ende, podría calificarse de cerrada y excluyente.
Es esta visión de la historia, esta forma de construir una memoria histórica, la que debe ser entonces comparada con la que transmiten los tres textos reeditados a mediados del siglo XX. Para ello se debe saber si éstos son representantes de una misma visión de la historia y de una misma ideología política. Ya se ha anotado la diferencia entre el texto de los Hermanos Maristas, que tiene una posición política relativamente clara, cercana al partido conservador, y los textos de Bermúdez y Ortega, y de Forero, que guardan un poco más las distancias con los avatares de los partidos políticos tradicionales. Asimismo, la importancia de algunos personajes concretos o de la religión católica presentan énfasis diversos, al igual que los acontecimientos que se presentan a los pequeños y la visión que se tiene de los mismos. Estas distancias, empero, suelen ser bastante marginales
156 y, por demás, no parecen ser sustanciales en términos de la visión de la historia y de la ideología política. En efecto, los tres manuales son ejemplarizantes, en el sentido de que eligen los eventos y los personajes de acuerdo a la capacidad que tienen éstos de incorporar los más importantes valores del ideal de nación colombiana que defienden los autores. Como se mostró, se trata de personajes valientes, católicos, patriotas; ésta es la imagen que los autores crean para decir, como lo hacen los Hermanos Maristas, que “En el ejemplo de vuestros antepasados aprenderéis a trabajar para que Colombia sea cada día más grande y más gloriosa” (presentación). En este sentido, la historia no es tanto un material de reflexión que ilumine el presente, sino un campo de estudio digno de ser imitado. Ello explica en parte por qué los eventos suelen ser presentados de forma positiva, excepto cuando se quieren subrayar los obstáculos exitosamente sorteados por los grandes personajes: la historia no sería tanto lo que ocurrió en el pasado cuanto una selección de aquello del pasado que ilumina el camino para que los pequeños se identifiquen con la nación. Esta nación, además, parecería ser una entidad inmanente: uno de los varios ejemplos sería el que las leyes coloniales trataban a los criollos de manera tal que “los dejaban en segundo lugar en su propia patria” (Forero, lección 29).
Este uso que se le da a la historia para dar peso a la nación no está desprendido de una valoración política en sentido más estricto. En efecto, no se trata simplemente de formar pequeños colombianos, sino que, además, se busca que éstos apoyen un régimen republicano. Aunque, dada la historia de Colombia, los manuales no requieren hacer mayor hincapié en este punto, la utilización del término “dictador” para descalificar a Tomás Cipriano de Mosquera (Bermúdez & Ortega, pregunta 192; Hermanos Maristas, lección 56) pone en claro la perspectiva política. La excepción a esta relativa neutralidad política, como ya se anotó, es el texto de los Hermanos Maristas, seguramente influenciado por su
157 vinculación con la Iglesia católica que a lo largo de la primera mitad del siglo XX vio con simpatía al partido conservador.
Ahora bien, no solo se buscaba que los lectores se sintieran parte de un colectivo nacional y que apoyaran el régimen republicano, sino que por demás albergaran sentimientos que pueden ser caracterizados como conservadores, en el sentido que se dio más arriba: defensa del statu quo, importancia del catolicismo, creación de una nación hispánica, blanca y católica. Este punto podría parecer menos evidente, puesto que los tres textos muestran su aprobación por políticas de gobernantes liberales, por lo que es necesario distinguir entre las políticas partidistas y las doctrinas conservadoras. En efecto, los textos parecen estar de acuerdo con la preservación del statu quo: no sólo hablan de un país en permanente progreso y de la necesidad de reconocer la labor realizada por los dirigentes políticos recientes, sino que la utilización de la historia como un campo lleno de enseñanzas y de ejemplos dignos de ser repetidos fortalece la consideración de que la historia debe ser revivida, de que lo que ocurrió en el pasado (o lo que de ello muestran los autores) es fácilmente aplicable al presente. Cuando la historia se utiliza como fuente de legitimación del statu quo y como arsenal de ejemplos para los niños, eligiendo presentar un pasado unívoco, es claro que se busca el apoyo a las políticas conservadoras y que se espera el apego a ciertos caracteres inmanentes de la nación. En efecto, al incentivar a los pequeños a defender situaciones pasadas y reiterar ejemplos históricos, el tiempo pasa pero se mantiene, con lo que se configura cierta resistencia al cambio que es fundamental en cualquier visión conservadurista. Esto es notorio en su manejo de una historia liderada por un puñado de valientes y por la importancia de la religión en la explicación de los acontecimientos; la relación no se traza únicamente con el partido conservador sino con doctrinas conservadoras en un sentido más amplio. Este carácter conservadurista se manifiesta también en el manejo que estos manuales dan a los eventos más recientes, a la Colombia de los años cincuenta,
158 ya que minimizan el caudal de cambios que vivía el país y no reseñan la ruptura política que marcó el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla; de hecho, parecería la sociedad y la política de principios de siglo se hubieran mantenido incólumes hasta ese momento. Es más, aparte de las menciones de mejoras tecnológicas y económicas en el texto de los Hermanos Maristas, los manuales no registran mayores transformaciones, con lo que se busca formar una memoria histórica que minimice los cambios de la sociedad y que, por ende, no dé espacios a respuestas políticas distintas a las que existían hacia 1910. Es así como esta visión conservadurista se traspasa a los pequeños, que prácticamente han de ignorar la existencia de múltiples grupos poblacionales importantes cuyas condiciones de vida son notoriamente diversas a las de los personajes en los que se profundiza – aunque en el texto se habla de los indígenas, las mujeres o los afrocolombianos, los campesinos o los obreros urbanos tampoco aparecen, para sólo mencionar casos notorios y evidentes. De hecho, la elección de los actores históricos, prefiriendo ampliamente a los individuos sobre los colectivos, es muy elocuente al respecto. Basta por el momento concluir que los tres manuales buscan que los niños sean patriotas, apoyen los gobiernos republicanos y vean como natural e históricamente adecuado el seguimiento de políticas más bien escasamente progresistas, con lo que se responde afirmativamente a la pregunta respecto a la posibilidad de tratar a los tres textos como miembros de un mismo conjunto. En suma, estos tres manuales son academicistas y conservadores, aunque no se deben dejar de lado las precisiones que al respecto se hicieron más arriba.
Estas dos caracterizaciones, primero del Compendio que vio la luz 1911 y luego de los tres textos reeditados entre 1953 y 1957, dejan ver muy pocas modificaciones. La continuidad, en efecto, es la nota predominante, aunque algunos cambios deben ser reseñados. La disposición de los textos para mejorar el aprendizaje de los niños, especialmente en el manual de los Hermanos
159 Maristas, constituye un importante avance en términos pedagógicos – sin embargo, esto se halla por fuera de la pregunta de esta monografía y, por ende, no fue estudiado con profundidad. En efecto, en el Compendio se hecha de menos la importancia de la función pedagógica como elemento organizador del discurso: en contraposición a los otros tres manuales, y muy especialmente al de los Hermanos Maristas. Ahora bien, este mismo libro incorpora una visión diferente de algunos colectivos, especialmente de los indígenas, lo que debería influir en una memoria histórica un poco más flexible, más inclusiva, más abierta. Asimismo, el que Manuel José Forero mencione la importancia del mestizaje para la conformación de la nación colombiana, así esto no se desarrolle, conforma una apertura aún incipiente con respecto al modelo de nación presentado por Henao y Arrubla, y lo mismo debe decirse de la inclusión en la misma de los africanos por parte de los Hermanos Maristas. Aparte de estos pequeños puntos, sin embargo, ha de decirse que las diferencias no son notorias y no implican el intento de construir una memoria histórica realmente diferente a la propuesta por el
Compendio. En efecto, no se observan mayores avances en el ámbito
historiográfico, ya que se mantiene la utilización de una historia narrativa, ejemplarizante, centrada en lo político y en los logros de algunos grandes personajes. Se trata de una prolongación de la historiografía decimonónica, que contó con autores como José Manual Restrepo o Joaquín Acosta, en Colombia, (Melo, 1996) y como Leopold von Ranke o Charles Seignobos en Europa (Bourdé & Martin, 1997), lo que muestra la escasa capacidad de desarrollo de la producción historiográfica y la consecuente petrificación de los manuales escolares.
De esta manera, la hipótesis, según la cual no se encontrarían ecos de los cambios de la sociedad colombiana en las formas de presentar la historia y, por ende, en las memorias históricas que se buscaban crear, se comprueba. Las grandes modificaciones que en materia económica, social y política había vivido
160 Colombia entre 1911 y la década de los años cincuenta no se reflejan en estos libros de texto. Cambios políticos, como la aparición de fuerzas de izquierda; cambios sociales, como las nuevas clases populares y el fantasma de la lucha de clases, o la consolidación de una burguesía industrial; cambios económicos, como el fortalecimiento de las industrias nacionales; cambios demográficos, como el crecimiento de las ciudades; los grandes cambios son los grandes ausentes de los manuales de los años cincuenta. Los cuatro manuales estudiados manejan un discurso que tiende a formar una memoria histórica que buscaría el mantenimiento del statu quo y que, por ende, debe calificarse de conservadurista, no en el sentido de apoyo al partido conservador sino en el de preferir el modelo político bipartidista y las estructuras políticas que lo sostenían. Ahora bien, vale la pena aclarar que si bien los manuales no dejan ver ningún intento de modificación de la memoria histórica por parte del gobierno de Rojas Pinilla, estas fuentes no agotan el tema, y de hecho una lectura de periódicos como Ya, dirigido por Gonzalo Canal Ramírez, o el Diario de Colombia, de Gilberto Alzate Avendaño, permite entrever una manipulación de la misma a través de la presentación de Rojas como “el segundo libertador”, utilizando así la figura de Simón Bolívar para reforzar la legitimidad del gobierno. En cualquier caso, este asunto requiere una investigación mucho mayor; lo que importa por ahora es tener en cuenta que se trataba de un manejo conservadurista de la memoria histórica.
Ahora bien, este carácter conservadurista puede no ser obvio, pero sí existe. Por una parte, ha de recordarse que el encono partidista que llevó a la Violencia fue básicamente rural y, en cualquier caso, poco se manifestó en las ciudades. En tal sentido, los manuales, editados en Bogotá, no reflejan la violencia de los campos sino la extraña mezcla de hostilidad y cercanía que tenían liberales y conservadores de las clases altas urbanas, que era fundamental para que el sistema bipartidista no saltara por los aires. Por otra parte, las ediciones analizadas de los manuales de mitad de siglo fueron impresas en un momento en
161 el que los dirigentes políticos ya habían visto la necesidad de apoyar la subida de