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Por supuesto que hay otra cantidad de pasajes del corpus en los que Platón no juzga negativamente sino que, por el contrario, reivindica el papel de las imágenes: ellas no son solamente copias distorsionadas de algún original sino nuestra vía de acceso a los originales, a lo real. Aunque las imágenes no son cosas netamente reales, a veces pueden aproximarnos al conocimiento de lo que es más real. Esa perspectiva aparece reiteradamente en diálogos de madurez y de vejez. Considerado desde esta perspectiva, el

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espejo aparece con funciones positivas, sobre todo pedagógicas. Una de estas ocurrencias, en República III, presenta una ana- logía con el espejo para reclamar la necesidad de conocer “las formas de la moderación, de la valentía, de la liberalidad, de la grandeza de espíritu” y también “sus imágenes” en la vida social y política, que es el objetivo específico e irrenunciable del diálogo. El argumento es que aprendemos a leer y a escribir, y por lo tanto a descifrar un sentido, cuando “tomamos conciencia de que las letras son unas pocas en todas sus combinaciones”; por eso “si aparecieran alguna vez en el agua o en espejos, al principio no reconoceríamos las imágenes de las letras hasta que reconociéramos las letras mismas”; análogamente, cuando conozcamos aquellas formas podremos reconocer sus imágenes, tal como cualquiera que sabe leer reconoce a las letras reflejadas en el espejo10.

Mucho más decisiva (ya no sólo analógica) es la función pedagógica que cumple el espejo en el Timeo: allí se lo presenta como una herramienta de control y como instrumento educativo de la parte apetitiva del alma, esa fiera salvaje a la que hay que tener atada de por vida. Como se sabe, en el Timeo Platón retoma el esquema de un alma tripartita establecido en República IV y reafirmado en el Fedro: en el alma humana conviven una parte o función racional, otra irascible y otra apetitiva. En el diálogo de la vejez, cada una de ellas aparece situada en una determinada

10 Rep. 402a-c. Sócrates insiste en que no seremos músicos ni guardianes ni nada “hasta que conozcamos las formas de la moderación, de la valentía, de la liberalidad, de la grandeza de espíritu, sus cualidades asociadas y también sus opuestos combinados en todos lados y las percibamos estén donde estén a ellas y a sus imágenes, sin desesti- marlas por pequeñas o por grandes, sino que creamos que se trata de la misma técnica y del mismo estudio”.

parte del cuerpo: la racionalidad en la cabeza y lo irascible en el pecho, separado prudentemente de la razón por el istmo del cuello. Y a la apetitiva los dioses auxiliares del demiurgo la colocaron en el vientre, “para lo cual construyeron como una especie de pesebre”, y allí ella se cría, amarrada, “lo más lejos posible de la parte deliberativa, de modo que cause el menor ruido y alboroto y permita reflexionar al elemento superior”11.

A su vez, sabiendo que el alma apetitiva “no iba a comprender el lenguaje racional y que, aunque lo percibiera de alguna manera, no le era propio ocuparse de las palabras, sino que las imágenes y apariciones de la noche y del día la arrastrarían con sus hechizos”, se construyó a su lado el hígado –que tiene las características físicas de un espejo: es “denso, suave, brillante”– para poder reflejar los pensamientos de la inteligencia pero traducidos en imágenes capaces de atemorizar y apaciguar a la parte del alma que es motor de los apetitos12. Cada vez que vuelvo a este

pasaje no puedo menos que pensar en el papel que juegan hoy las pantallas: televisores, computadoras, tablets, celulares, en la crianza de los chicos. Tan cuestionadas por la moderna pedagogía, nadie podría negar sin embargo el éxito que tienen las pantallas reproductoras de imágenes para apaciguar a las bestias, para que causen el menor alboroto y dejen reflexionar al elemento superior del hogar. No sé si el hígado habrá alcanzado alguna vez este poder de acallar a los sujetos menos racionales de la casa, pero no dejan de sorprenderme los intentos de Platón por hallar una solución a este conflicto recurrente, tan típico y cotidiano para los padres de hoy como alejado de su propia experiencia doméstica.

11 Timeo 71a. 12 Timeo 71b.

Algo más sobre el espejo reproductor de imágenes que Timeo imagina en el vientre: incluso la función estrictamente digestiva del hígado y de los órganos a él vinculados se presenta aquí como un complemento de esta otra función suya pedagógica, que se realiza además en virtud de su propia mecánica especular. Por un lado se afirma que el bazose formó al lado del hígado para tenerlo siempre limpio, tal “como se limpian los espejos”13.

O sea que también el bazo es instrumento de esta misma fun- ción de control. Por otro lado, la dulzura y la amargura que son propias del hígado se describen como el efecto fisiológico concreto y correctivo del más abstracto mensaje o moral inhe- rente a las imágenes que en él se reflejan y que constituyen el contenido de su misión educativa. Timeo señala que el hígado, cuando utiliza su amargura, “se acerca <al alma apetitiva> y la amenaza”; provoca toda clase de alteraciones físicas: coloración amarillenta, contracción, aspereza, obturación de sus cavidades y accesos, causando dolores y náuseas. Por el contrario, cuando “alguna inspiración de suavidad proveniente de la inteligencia dibuja las imágenes contrarias” aplica la dulzura y entonces “endereza todo el órgano, lo suaviza y libera, y hace agradable y de buen carácter” a la parte apetitiva del alma, dándole un estado apacible14.

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