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A los espejos está reservada una pedagogía mucho más valiosa y profunda en el corpus. En el Alcibíades I, el verse a sí mismo como a través de un espejo se revela crucial para llegar a definir la propia naturaleza humana. El Sócrates platónico (o académico, ya que la autenticidad del diálogo es todavía materia

13 Timeo 72c. 14 Timeo 72b-d.

de controversia) conversa con un Alcibíades insólitamente atento y obediente, que entiende que todavía no conoce lo suficiente como para afrontar sus deberes y sobre todo sus ambiciones políticas. El Alcibíades histórico, tremenda personalidad, impul- siva y polémica, aparece ahora como un discípulo que busca con paciencia los conocimientos que le faltan. Sócrates lo orienta hacia el más urgente de todos, el que indica el precepto délfico: el conócete a ti mismo. Por eso, en la primera parte del diálogo, lo conduce a identificar ese “sí mismo” con el alma, de acuerdo con la premisa tantas veces explorada en diálogos de madurez y de vejez acerca de la prioridad y hegemonía del alma por sobre el cuerpo. Este conocimiento a obtener se enmarca en un modelo técnico, según el cual todo conocimiento se dirige a un objeto que puede ser mejorado a través de la técnica conveniente y adecuada a esa naturaleza. En la segunda parte del diálogo, en la que aparece el espejo, se utiliza la analogía de la visión para especificar todavía más de qué se trata el conocerse a sí mismo; justamente Sócrates busca precisar en qué consiste “el sí mismo mismo”, al que se va a identificar con lo divino del alma, es decir, con su función intelectual que es su aspecto divino. El Sócrates platónico propone a Alcibíades este juego analógico:

Sóc. — Examina tú también. Si como quien aconseja a un hombre le dice a nuestro ojo: «mírate a ti mismo», ¿cómo entenderíamos lo que se nos aconseja? ¿No es acaso que intente mirar hacia aquello que, al mirarlo, el ojo está en condición de verse a sí mismo?

Alc. — Es evidente.

Sóc. — Observemos entonces: ¿mirando hacia cuál de los seres veríamos aquello y a nosotros mismos juntamente? Alc. — Es evidente, Sócrates, que los espejos y cosas parecidas.

Sóc. — Tienes razón. Pues bien, ¿no hay también en el ojos con el que vemos cosas de este tipo?

Alc. — Desde luego.

Sóc. — ¿Has observado, entonces, que el rostro de quien mira fijamente a los ojos se deja ver como en un espejo en la mirada de quien está enfrente, y le llamamos precisamente pupila, puesto que es como una imagen de quien mira al rostro?

Alc. — Tienes razón.

Sóc. — Un ojo, entonces, al contemplar a otro ojo y dirigiendo la mirada hacia lo que es lo óptimo de él y con lo que ve, así se conocería a sí mismo.

Alc. — Así parece.

Sóc. — Y si de hecho mirara hacia otra cosa de las propias del ser humano o una de los seres, excepto hacia aquello con lo que resulta que esto es semejante, no se verá a sí mismo. Alc. — Tienes razón.

Sóc. — ¿Por consiguiente, un ojo, si está en situación de verse a sí mismo, tiene que mirar por sí mismo a un ojo y hacia aquel lugar de la mirada en el que sucede que surge la excelencia de un ojo, y esto es probablemente visión? Alc. — Así es.

Sóc. — Entonces, mi querido Alcibíades, ¿si un alma está también en situación de conocerse a sí misma tiene que mirar por sí misma a un alma, y especialmente hacia ese lugar de esta en el que surge la excelencia de un alma, la

sabiduría (sophía), y hacia eso otro con lo que esto resulta que es semejante?

Alc. — Así me parece, Sócrates.

Sóc. — ¿Podemos decir entonces que hay algo del alma más divino que esto, en el que están el saber y el pensar? Alc. — No podemos.

Sóc. — Entonces esto de ella se asemeja al dios, y quien mira hacia esto conoce también todo lo divino, dios y la inteligencia (phrónesis), y así se conocería en especial a sí mismo.15

El espejo aporta aquí, en primer lugar, la dimensión reflexiva que exige el precepto délfico, pero dado que el gnóthi heautón está dirigido ahora al ojo como si fuera un hombre, es el ojo el que debe encontrar su propio espejo. Lo más parecido al espejo es la pupila de otro ojo en el que se está mirando. Según la analogía, ese espejo, la pupila, no es cualquier parte del ojo sino lo mejor de él, su excelencia, su parte óptima; por lo tanto, si ahora dirigimos el precepto délfico hacia el alma –a su vez prioritaria y hegemónica respecto del ojo y del cuerpo en general– ella también buscará su reflejo en la excelencia de otra alma, y esto, lo óptimo de un alma, es aquello en lo que reside la sabiduría, el saber y el razonar16. Esa parte –se afirma

en el diálogo– se parece “a dios” (133c) por eso se concluye que quien la mira “y reconoce todo lo que hay de divino, dios y la inteligencia” y así se conoce cabalmente a sí mismo. De la enorme cantidad de aspectos destacables en este pasaje subrayo

15 Alcibíades I 132e-133c, traducción castellana de Óscar Velásquez (2013), con ligeras variantes.

un elemento que sigue siendo filosóficamente notable de la enseñanza platónica que se le trata de inculcar a Alcibíades: uno se conoce a sí mismo viéndose en otro; la persona se ve a sí misma cuando ve a otra y llega a descubrir “lo divino” en el alma, que además se asemeja a dios.

El uso analógico y el sentido que se da aquí al espejo en el reconocerse recuerdan otro pasaje en el que Sócrates habla de alcanzar lo divino mirándose en otra persona. El destinatario de esa lección es Fedro, otro de los discípulos malditos del Sócrates histórico, acusado igual que Alcibíades por la ominosa muti- lación de las estatuas de Hermes que precedió a la catastrófica expedición ateniense sobre Siracusa, antes del final de la Guerra del Peloponeso. En el Fedro, Sócrates le explica a un Fedro muy jovencito cuáles son los cuatro diferentes tipos de locura divina (porque no siempre –aclara– la locura es mala), y cuando tiene que describir a la más importante de todas, a la locura erótica, y tiene que explicar lo que pasa en el momento en que un amado finalmente llega a estar invadido de esta locura, sumido en la perplejidad, pero en el colmo del deseo, dice Platón:

Entonces sí que es verdad que ama, pero no sabe qué, ni sabe qué le pasa, ni expresarlo puede, sino que, como a quien se le pegó de otro una oftalmía, no acierta a qué atribuirlo y se olvida de que, como en un espejo, se está mirando a sí mismo en el amante.17

Cuando amante y amado están ya los dos envueltos por la locura erótica aparece el otro aspecto relevante mencionado en el Alcibíades: la precisión normativa acerca de cuál es “la excelencia” del alma, su mejor parte, aquella en la que conviene

mirarse para que la de los amantes sea realmente una vida feliz. Aquí Platón establece que si los dos se dejan guiar por la parte del alma “que conduce a una vida ordenada y a la filosofía” se encontrarán “dueños de sí mismos, llenos de mesura, subyugando lo que engendra la maldad y dejando en libertad a aquello en lo que lo excelente habita”18. En los dos casos, en el Alcibíades

y en el Fedro, la aproximación a lo divino se alcanza mirándose en el espejo de otro semejante.

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