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La investigación y consiguiente intervención de los casos de abuso sexual con- lleva la implicación de diversos sistemas sociales (SENAME, carabineros, Investi- gaciones, Juzgados de Menores, Juzgados de Garantía, Juzgados en lo penal), cada uno con sus objetivos específicos. Esto supone que los niños se van a ver involucrados en varias intervenciones simultáneamente, a pesar de que muchas veces carecen de los recursos afectivos, cognitivos y sociales necesarios para afron- tar esta situación. Además, el sistema requiere no sólo que el niño tenga que repetir durante entrevistas con distintos profesionales una información que le resulta dolorosa, sino que también se puede ver obligado a salir de su hogar y tener que ver al agresor después de la develación. La falta de una relación de confianza con los profesionales también puede hacer que se sienta especialmente vulnerable: en este sentido, el aislamiento personal aumenta el miedo a lo desco- nocido, la supresión de sentimientos y el retraimiento emocional, socavando los sentimientos de autoeficacia (Cantón y Cortés, 2000).

Estudiar los efectos de la intervención del sistema es una tarea compleja, dada la dificultad que entraña distinguirlos de las consecuencias del abuso en sí mismo. Sin embargo, los escasos estudios realizados sobre el impacto de la intervención del sistema social se han centrado, fundamentalmente, en las posi- bles consecuencias negativas que puede tener para el niño someterse a múlti- ples entrevistas por distintos entrevistadores y el tener que testificar (Cantón y Cortés, 2000).

En el ordenamiento jurídico actual existente en Chile, cuando se trata de víc- timas menores de edad, el procedimiento penal permite de acuerdo al resguardo de los derechos e integridad de la víctima, solicitar al tribunal oral en lo penal medidas especiales de protección para la comparecencia a juicio oral. En el caso de los niños, además de por su condición de víctimas, esto muchas veces se fun- damenta en la Convención de los Derechos del Niño, quedando a criterio del tribunal su aplicación. Estas medidas, que si bien al inicio de la Reforma Procesal Penal fueron un desafío y no fáciles de implementar, ahora son cada vez más frecuentes y posibles de obtener, existiendo como parte del Ministerio Público una unidad especializada en la atención y protección de víctimas y testigos (Uni- dad de Atención a Víctimas y Testigos), donde profesionales abogados, asistentes sociales y psicólogos sugieren a los fiscales y tribunales su aplicación, proporcio- nando los medios materiales y humanos para ello. Estas medidas consisten bási- camente en:

• Declaración del niño en sala anexa, con circuito cerrado de televisión, donde los jueces letrados interrogan al menor en una sala contigua a aquella donde se desarrolla la audiencia de juicio oral. En este caso, los magistrados son los media- dores entre niño y el fiscal y abogado defensor, evitando con esto el contacto directo entre el niño y su agresor, entre el niño y los abogados y entre el niño y el público.

• Declaración tras un biombo, lo que permite que el niño, en la sala donde se lleva a cabo el juicio oral, sólo tenga acceso visual al tribunal y no al resto de la audiencia.

i) Fase pre-juicio: Durante la fase anterior al juicio, el menor es enfrentado con

distintos adultos que lo someten a interrogatorios múltiples (policías, médicos forenses, abogados, psicólogos). No cabe duda de que en estas intervenciones, el estar sometidos a preguntas continuas, el volver a contar y revivir los sucesos y la sensación de estar a prueba, contribuyen a agravar la sensación de malestar en el menor. Berliner y Conte (1995) entrevistaron a 82 niños abusados sexualmente y a sus familias y les preguntaron por sus experiencias en el proceso de revelación e intervención. Los niños habían reaccionado de forma muy diversa; sin embar- go, las variables que resultaron asociadas significativamente con su mayor nivel de desadaptación fueron: haberse entrevistado con un abogado, el reconocimien- to médico, estar esperando para declarar o tener contacto con un mayor número de profesionales del sistema. Henry (1997) también realizó un estudio en el que encontró que existía una relación significativa y positiva entre el número de en- trevistas y el nivel de trauma que presentaban los niños y adolescentes abusados sexualmente. El 83% de la muestra indicó que la grabación de la entrevista no le había afectado, e incluso que le había parecido bien. El 84% indicó que lo que

más difícil le había resultado había sido el tener que divulgar detalles de los abu- sos sexuales, señalando un 37% que la entrevista inicial fue la parte más difícil de todas las intervenciones del sistema. En definitiva, exigirle al niño que repita una y otra vez los incidentes abusivos supone que tenga que recordar hechos doloro- sos, lo que puede reforzar sus sentimientos de culpa y vergüenza y consolidar la estigmatización y disociación de los recuerdos y afectos; además esto también puede socavar la confianza en los profesionales.

En este sentido es que resulta de vital importancia que, previo al juicio, sólo se realice una toma de declaración de los hechos por parte del niño, y ojalá por parte de un profesional especializado que, antes del interrogatorio, establezca una relación de confianza con el niño y le explique el objetivo de la entrevista y del proceso en el que se enmarca, generando un clima cálido, de respeto y acep- tación. Para lograr esto, deberían poder coordinarse y tener acceso a esta entre- vista los distintos participantes del sistema que requieran de su contenido y ex- presión, para lo cual las videograbadoras o salas Guessell, constituyen valiosos instrumentos de trabajo.

Del mismo modo, la demora a que debe hacer frente antes de comparecer en el juicio oral es otro inductor de estrés. Esta demora tiende a producir dos efectos en el niño: a) aumenta su ansiedad y da más oportunidad de que surjan senti- mientos de culpa, y b) hace que el niño olvide, lo que puede llevar a la familia a presionarlo para repasar continuamente los hechos con el fin de que recuerde lo sucedido para su declaración en el juicio. Por otra parte, la demora también au- menta la posibilidad de retractación, pues da más tiempo y oportunidad a la familia o personas cercanas e influyentes de presionar al niño, y someterlo a una situación de ambivalencia y de culpa de la que finalmente decide salir, negando los hechos y postergando con esto nuevamente sus necesidades personales de protección, seguridad y reparación.

Otro factor de estrés es la falta de conocimiento legal. Al tener que enfrentarse a lo desconocido, el niño desarrolla una gran angustia, así como una serie de aprensiones sobre la forma o el propósito del juicio. Aquí nuevamente es de vital importancia la intervención de un profesional del área psicológica o social, que conociendo el lenguaje de los niños y la mejor manera de contactarse con ellos, le pueda explicar en términos simples y adecuados a su realidad lo que es el proceso y su participación en él. Finalmente, otro problema al que puede hacer frente el niño antes del juicio es la posibilidad de encontrarse con el acusado, sobre todo cuando ambos pertenecen a un estrecho círculo social, lo cual debe, con la interven- ción de expertos y de la familia cercana, poder preverse, anticiparse y/o evitarse.

ii) El Juicio: La propia declaración en el juicio puede resultar una experiencia

incremento del estrés interno, ansiedad o salud mental posterior del niño, cuando éste tiene que testificar más de una vez o cuando la sesión resulta dura y prolon- gada. No obstante cuando se les prepara adecuadamente para su comparecencia o disponen de una persona de confianza en la sala experimentan menos estrés psicológico (Henry, 1997). Goodman et al. (1992; en Cantón y Cortés, 2000) de- mostraron que los niños que tiene que declarar en un proceso penal presentan un mayor nivel de estrés sólo cuando tienen que hacerlo más de una vez y no cuen- tan con el apoyo de la madre. Hay varios factores que pueden contribuir a este efecto negativo, y para entenderlo conviene recordar cuál es su situación en la sala, donde debe permanecer rodeado por extraños que hablan e, incluso, visten de forma extraña. A este respecto, Flin, Bull, Boon y Knox (1992; en Diges, 1994) han señalado las condiciones de la toma de declaración en el juicio que suponen problemas para el niño testigo y/o víctima:

• permanecer sólo en el lugar de los testigos, • la proximidad del abogado,

• la posición física elevada que ocupan los actores del proceso, • el público asistente,

• las ropas de abogados y jueces, y • la necesidad de hablar en voz alta.

En este sentido, la declaración en sala anexa permite al niño declarar sin la presencia directa de público e imputado y con la posibilidad de que lo acompañe una persona de su confianza y cercanía afectiva, factores que en términos emo- cionales son una importante ayuda en ese momento de gran estrés para el niño. Un problema adicional es el vocabulario legal que les resulta difícil de compren- der, especialmente cuando son examinados por abogados, quienes, pese a la dis- posición y voluntad de mostrarse más cercanos y comprensibles para el niño, no tienen la formación ni la preparación profesional para ello. Además de lo ante- rior, no debe dejar de considerarse el clima familiar de ansiedad y preocupación presente tanto antes del juicio como ese día y durante el proceso, lo cual aun cuando no se exprese verbalmente al niño, inevitablemente se le trasmite y le afecta. Desde este punto de vista, quizás sea mejor comunicarle directamente al niño las preocupaciones y temores familiares, aprovechando la ocasión además para conocer los suyos y darle el espacio para su expresión.

3) Fase post-juicio: Tras el juicio, la primera consecuencia negativa que puede

aparecer se produce en relación con la sentencia. Cuando la sentencia es favora- ble para el acusado, el niño puede sentirse culpable de lo sucedido, frustrado en todos los esfuerzos y acciones realizadas y arrepentido de la develación de los hechos. Y, al respecto, es que lo más importante para el niño en ese momento es la reacción y actitud que tengan sus referentes afectivos más importantes en torno

de esa decisión, así como también la forma en que se le comunique el resultado obtenido. Por otra parte, las sentencias condenatorias también suelen provocar en el niño sentimientos encontrados, sobre todo cuando los agresores son perso- nas de la familia o sujetos conocidos, hacia los cuales en algún momento ha habi- do un vínculo afectivo. Al respecto, sus fantasías y temores en torno de la cárcel son importantes de elaborar y poder manejar adecuadamente, primero escuchán- dolos, luego aceptándolos y validándolos y finalmente dándoles información co- rrecta y adecuada al respecto y compartiendo los propios temores y sentimientos. Esto último les permite saber que no son los únicos que experimentan sentimien- tos ambivalentes en torno al tema y les permite aceptarse y verse como humanos que son. Al respecto, el pos-efecto emocional que puede dejar en el niño su inter- vención en un juicio, junto con la ansiedad que ha ido acumulando durante la demora en la celebración del mismo, puede dar lugar a alteraciones de conducta importantes, que no deben menospreciarse a la hora de hacer una intervención u orientación a los padres. Por ende, y sobre todo si el niño no ha tenido una preparación e información adecuada para el proceso judicial, es de vital impor- tancia, que cualquier intervención terapéutica realizada o que se esté realizando no concluya ni se espere que finalice con la audiencia de juicio oral, sino que se extienda incorporando también al trabajo terapéutico esta experiencia.

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