El hipogeo secreto no fue celebrado de la misma manera que la primera novela del escritor; para algunos críticos y reseñistas, como el propio Curley, Miguel Donoso Pareja o Margarita Peña,32 la novela representa un fracaso en el momento de la ejecución, cuya densidad léxica provoca el alejamiento del lector con el objeto anecdótico del texto. En cierta forma, tales críticas pueden resultar naturales y previsibles, tomando en cuenta los textos anteriores del mismo Elizondo. A pesar de que en ellos ya se atisbaba un interés genuino por darle a la escritura un poder que la hiciera influir incluso en el nivel de su propia composición33, hasta la aparición de esta segunda novela no había el escritor dirigido su prosa a la disertación sobre la otra realidad que se construye en el nivel ficcional, ensayando el comportamiento de una escritura autoconsciente y situándose a sí mismo como personaje de la narración en su naturaleza de escritor.
En 1972 apareció el libro que daría el paso definitivo para convertir a Elizondo en el escriba que ya había empezado a esbozar en páginas anteriores. El grafógrafo es una colección de relatos breves, que no llega siquiera a las 120 páginas. En cada uno se observa el cuidado con el cual el escritor impone esa nueva identidad a su escritura: la disposición de los textos −desde “El grafógrafo” y “Sistema de Babel”, hasta “Novela conjetural” y “Una ocurrencia incomprensible”− asemejan un proceso arquitectónico en el que los acabados se
acentúan conforme el libro va llegando a su final. Las inquietudes expuestas son variadas, desde la imagen mental del escriba, pasando por la dislocación de los sentidos inmediatos de las palabras, las múltiples posibilidades de las que la realidad que habita la ficción dispone, el enfrentamiento con el otro que habita el movimiento de la mano y que se refleja en el
32 Ver Larson, Ross, Bibliografía crítica de Salvador Elizondo, pág. 229-233.
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espejo, incluso la despedida final que cierra toda comunicación que un libro representa. El grafógrafo es la taxonomía fiel del ideal literario que Elizondo abraza en ese momento:
En el Grafógrafo, el libro, el artesano es Salvador Elizondo, pero ya no es el personaje de una novela que trata de la escritura de la novela en general sino el escritor, el escriba, el que traza los grafos, manejando la pluma como si fuera el pincel del pintor chino, una extensión de su brazo, de su estómago y de su mente. En El grafógrafo
los procedimientos tradicionales de la escritura han sido superados. (Curley, 2008: 252)
La escritura de Elizondo empieza a construir espacios grafológicos, recintos del ensimismamiento; ermitas, si se quiere, del obseso de la pluma. Cada geografía referida en las páginas de El grafógrafo remite siempre a las coordenadas de la observación meditabunda de la mano y del interminable proceso de perfeccionar el paso que lleva a la pluma a plasmar en el papel la escritura mental; todo el libro es un testimonio de esta necesidad por anular al intermediario entre la cosa pensada y su representación grafológica. El lenguaje es material de experimentación para Elizondo −ya sea en la cotidianeidad o en la soledad creativa, en la mirada previa a la página en blanco−. Curley sostiene la idea de que El grafógrafo en su conjunto es una superación del ideal perpetrado en El hipogeo secreto; difiero de esto y pienso más en un paso lógico del pensamiento inductivo del escriba: si la novela representa la imagen de la realidad experimental creada a través de la pluma (incluyendo los conflictos propios del origen humano de la ficción), los textos de El grafógrafo son las muestras específicas que, si bien no comprueban, reafirman el carácter del experimento textual y lo legitiman; son la bitácora de notas, de pruebas y hallazgos conjeturales:
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo. (Elizondo, 2000b:9)
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El grafógrafo fue celebrado de manera general, en contraste con el rechazo que provocó El hipogeo secreto. La estructura de textos breves, anudados todos por la sutil línea del pensamiento grafocéntrico,34 funcionaba a la perfección como una metáfora de libro- archipiélago, de geografías dispersas como islotes en el mar o como herramientas en la mesa del cirujano.35
Más importante me parece lo que ocurre al interior de tales islotes: el traslado de la imagen mental a la página sin intermediarios descriptivos, una práctica que se palpa en el espíritu de los textos y que incluso es tema de uno de ellos en particular: “Experimento nocturno”. En este relato se muestra el profundo deseo de recrear, a través de la escritura
mental, una imagen específica que se dispara en la conciencia a través de una sonata de Mozart, la imagen de sus ejecutantes. La plasticidad del relato nos sugiere un ejercicio de creación y no de mera representación, pues el trazo de la imagen mental cae en los vaivenes que la música ofrece y que afecta la construcción visual- escritural:
Y a pesar de que trato de hacer coincidir exactamente los movimientos de los músicos mentales con el desarrollo de la música real de Mozart que está allí afuera, algo falla; hay algunos compases en que los elementos no coinciden. Esta asincronía se acentúa conforme mi atención imaginativa va oscilando en busca del punto de quietud en el que la nitidez y la congruencia de la imagen compuesta sean perfectas. El movimiento pendular entonces se proyecta tenuemente sobre las delicadas calistenias que realizan los músicos en la silenciosa profundidad del teatro ideal. El misterioso escenario de ese teatro comienza a girar con una lentitud vertiginosa, a la velocidad imperceptible del reloj; arena o signo; intermitencia continua, sostenida, que avanza irrefrenable hacia la descomposición de los acuerdos que la imaginación ha concertado entre esa música y esta escena que comienza a desarrollarse por sí misma como acto autónomo. (Elizondo, 2000b: 107)
34 Victorio G. Agüera señala que el grafocentrismo representa una “subversión total de la metafísica occidental
y de la jerarquía de habla/ escritura”. Funcionando en oposición al logocentrismo tradicional lingüístico, el grafocentrismo establece un escribir que no está obligado a seguir las reglas del lenguaje descriptivo- comunicacional, privilegiando la retórica más que a la lógica y dinámica de la lengua. (Larson, 98: 241)
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Gradualmente, el autor nos confronta con el proceso que ha venido madurando desde varias páginas anteriores: la escritura mental se vuelve autonomía creadora e impone su orden instaurador. El escritor logra dar un paso importante hacia la creación del nuevo lenguaje grafocéntrico y que será el que utilizará para seguir su carrera literaria, sea desde la ficción o desde su escritura crítica en la que analizará todo lo que a su alrededor pueda interesarle, con la escritura como “dispositivo regulador del equilibro entre la cosa, la imagen de la cosa y la idea de la cosa: las tres caras del prisma de la cámara clara”. (Elizondo, 2000b: 74)