4 Improving our understanding of young people and work
4.3 Situated agency: re-structuring navigation
He mencionado algunos libros del autor que siguieron a la aparición de la AP, como Cuaderno de escritura y la colección de relatos El retrato de Zoe y otras mentiras. Estas obras, como se ha observado, conforman una sucesión en la construcción de la identidad literaria del autor, pero no son el único momento en el que se manifiesta tal proceso. A la par de estos momentos de consolidación identitaria, Elizondo plasmaba en la página otra inquietud literaria, acaso la más importante de su vida: la de la escritura autoconsciente, capaz de dar cuenta de la naturaleza del escritor, de sus personajes y motivos espacio- temporales en el terreno de la especulación. Es decir, una escritura con plena conciencia de su naturaleza ficcional, que ensaya la relación de diversos niveles narrativos y que, a su vez, invoca a su creador y lo define en tanto su interés por este fenómeno lo mueve al solipsismo y el ensimismamiento. La figura del escriba empieza a delinearse.
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En la novela El hipogeo secreto, de 1968, se empieza a notar una nueva inquietud en la narración que volcará al autor hacia la práctica ensimismada de la literatura, en una cuidadosa vigilancia del movimiento de la mano que escribe y del ser que la observa. Elizondo ensaya (con todo el sentido que esta palabra contiene) desde distintas aproximaciones narrativas, lo que Adolfo Castañón (apoyado a su vez en George Steiner) llama una “subversión literaria”: el momento en que la literatura dejó de importarle a
Elizondo para retratar el querer ser y dirigirse especialmente a los procesos mediante los cuales la palabra se manifiesta y gana presencia en los límites textuales de la obra, las relaciones que establece con sus elementos ficcionales (espacios, personajes, tiempos) y la invocación constante hacia el ser del cual nace la escritura, el autor que ahora es definido a partir de sus líneas:
Si por un lado existe en el Hipogeo secreto una prolongada meditación sobre “la
novela” como género, por el otro, el libro ataca en forma abierta lo que él mismo llama “esa falacia suprema que es la realidad” y se burla de manera continua de ese lector que esperaba encontrar precisamente esto en sus páginas. En su lugar, el texto pone fin a esa complicidad establecida en forma tácita entre el escritor y el lector, en la que el primero disfraza su papel de artesano mientras el segundo congela cualquier incredulidad posible. (Curley, 2008: 234)
El caso de Elhipogeo secreto es ilustrativo, una obra que, al final, es una representación de lo que Elizondo ya era como escritor: “no temía perderme, pero frecuentemente tenía que hacer esquemas para saber exactamente en qué nivel o estadio del “solipsismo” me
encontraba. No temía perderme porque estaba encerrado dentro de mí mismo. Nada allí me es ajeno. El escenario es siempre yo.” (Elizondo en Curley, 29: 2008).
El hipogeo secreto ofrece una primera mirada a la isla desierta en la que el autor permanecerá mientras consolida la mirada del escriba ante ese espejo llamado página en
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blanco: una condición de la cual brindará variaciones de distintas sonoridades, tonalidades y magnitudes. Los vericuetos narrativos son la esencia de la novela, el perderse una y otra vez como aliciente para entender la experiencia como un paseo en la que caminan de la mano la ejecución y la interpretación:
Escribir un libro es, en cierta forma, releerlo. El texto se va construyendo de su propia lectura reiterada. La verdad de una novela es siempre la lucha que el escritor entabla consigo mismo; con ese y eso que está creando. La composición es simplemente la confusión de las palabras y los hechos; la confusión de estas cosas en el tiempo y en el espacio; la confusión que es su propia identidad. (Elizondo, 2000c: 47)
La confusión se presenta como aliciente frente a la tragedia de la convención: los personajes de El hipogeo secreto buscan burlar la finitud natural de cualquier relato, apelando a la conciencia creadora de quien va guiando sus destinos en el papel. A través de estas interlocuciones, la novela ofrece líneas que muestran la inquietante y apasionada vocación del escritor por fundar su relación indisoluble con la idea de una escritura como hecho que nunca termina de acontecer:
No me rompas; conténme. Fíjame aquí para que el mundo tenga una eternidad y no una historia. No me cuentes ningún cuento, porque los cuentos siempre tienen un final en el que los personajes se disuelven como el cuerpo en la carroña; no me conviertas en el personaje de una novela, en el vehículo de un desenlace necesariamente banal por ser un desenlace en el que lo que ya había sido, simplemente deja de ser. (17)
En sus líneas se contiene una teoría incipiente de la escritura, un llamado a la conciencia lectora para abandonar la noción tradicional del género y emprender un periplo hacia la autoconciencia de la ficción y su confrontación final con su autor; no por nada un hipogeo es una red de caminos bifurcados con funciones funerarias, pues en ellas acontece el ritual en el cual los dos polos de la experiencia literaria, quien lee (la Perra) y quien escribe (el pseudo
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Salvador Elizondo que es personaje de su novela) ven su final de manera simultánea a la del fin de la obra.
Adolfo Castañón considera a El hipogeo secreto una de las “maquinas textuales” elizondeanas, en la que el deleite estético se resguarda en la lectura como un tesoro que sólo se logra disfrutar mediante la activación de diversos mecanismos de lenguaje. En este punto la obra de Elizondo es también una postura crítica, emparentada con esa crisis de la palabra que alertó al último Mallarmé ante la imposibilidad de sostener su mirada (la de Igitur) en el espejo. La idea de esta crisis se desarrollará prontamente en la prosa del escritor, cediendo a la posteridad el texto que significó a su vez un nuevo bautismo para su autor. El ideal del grafógrafo se vuelve parte fundamental del “proyecto” literario:
El motivo del grafógrafo, escriba consciente de su escribir y cuyas brillantes pupilas se reflejan en la superficie de la página como en un espejo. Si hubiere que definir un tema para exponer su idea de la prosa, no dudaríamos en proponer éste, al menos por motivos didácticos. El rigor y la atención que ha consagrado a este motivo Salvador Elizondo a lo largo de muchos años y de muchos textos, le ha permitido explorarlo de tal modo que llega a proponernos un haz de variaciones –en el sentido musical de la palabra- que va desde los ejercicios más elegantes y sencillos (como lo son “El escriba” y “El grafógrafo”) hasta las elaboraciones más educadas como “Log” de
Camera lucida donde se contrastan sus derivaciones y secuelas menos evidentes, como, por ejemplo, los paralelos de la serie isla desierta-página en blanco-anestesia- olvido. Sería éste, desde luego, el asunto narrativo donde la conexión con el universo crítico de Stéphane Mallarmé es más evidente y sería ésta una de las preocupaciones más fértiles de Elizondo en la medida en que a partir de ella ha logrado crear no sólo un poderoso y consistente universo imaginario, sino, sobre todo, un lenguaje.
(Castañón en Elizondo, 1994: xi- xii)
La obsesión por la naturaleza de la escritura deja de ser una inquietud paralela a la de la construcción identitaria para volverse otra más de sus etapas. Elizondo se convierte en el grafógrafo, un ser para quien la escritura se volverá una moral y una ética, una manera de ser.
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