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CONSTRUCTION-OPERATION-MAINTENANCE CONTEXT The development and implementation of the design aspects of bicycle facilities cannot be

IMPLICATIONS FOR DESIGN

VII. CONCLUSIONS AND RECOMMENDATIONS

Al llegar a Bangkok, Kike se siente un poco perdido. Como le ocurre a todo aquel que tiene poca experiencia de viajar por primera vez a algún lugar desconocido y diferente. Le han dicho que Mark Raper irá a buscarle y que es un hombre muy alto. Se aferra a esa descripción y, al salir de la zona de llegadas del aeropuerto, busca con obstinación a un hombre con aspecto de australiano –sea lo que sea lo que él imagine que debe parecer un australiano– y que al menos tiene que medir un metro noventa. En vano. No hay nadie que encaje en esa descripción. Espera, camina arriba y abajo, mira con expresión esperanzada a cualquier hombre alto que entra por las puertas del aeropuerto. Hasta que se rinde. Al final tiene que coger un taxi que le lleva a la dirección que tiene anotada en un papel.

Al llegar a la casa y encontrar al fin a Mark, este le pregunta si no ha visto a Lek en el aeropuerto. Lek significa algo así como «diminuta», y es el nombre por el que se conoce a una chica pequeñita que forma parte de la oficina del Servicio Jesuita de Refugiados, como responsable de los proyectos. Es ella quien ha ido a recibir a Kike. Pero, por más que la mujer ha hecho esfuerzos para hacerse notar por alguno de los viajeros que parecían esperar a alguien, ha sido en vano. Kike, obcecado en su búsqueda del gigante australiano, se volvió ciego a todos los demás. Incluso a esa muchacha pequeña y sonriente que tenía un cartel con el nombre «KIKE» escrito en visibles mayúsculas. Poco a poco, tendrá que comprender Kike que en este rincón del mundo hay que dar mucha más cancha a la improvisación, a los cambios de planes y a las situaciones imprevistas.

La primera visita de Kike a un campo de refugiados es al norte, acompañando a Mark al poco tiempo de su llegada, a ver a gente de Laos. Después habrá otras visitas. Como le ocurre a quien es nuevo en un lugar, le animan a que abra los ojos y trate de hacerse una idea de lo que va a encontrar. Por eso, durante unas pocas semanas visita varios campos. En Phanat Nikhom se encuentra al tiempo con refugiados camboyanos, vietnamitas y laosianos. Son días de mucha novedad. Aún el idioma es un obstáculo, y con los ojos abiertos intenta absorber todo lo que puede, aun sabiendo que todavía ninguno de estos lugares es su destino.

Phanat Nikhom está cerca de Bangkok, y la mañana que tiene que volver a la capital coge un autobús. Le llama la atención que hay mucho menos movimiento que otros días. La carretera y las calles de Bangkok, habitualmente bulliciosas y llenas de vida, parecen extrañamente vacías. Al bajar del autobús en la plaza donde está Xavier Hall, la casa de los jesuitas, y justo cuando está a punto de cruzar la calle, le sobrepasan a bastante velocidad seis tanques: otra novedad, en esta Tailandia que sigue siendo desconocida para él. Aprieta el paso y llega a la casa. En ese momento sus compañeros

están saliendo de misa, y Miguel Garaizábal, otro de los jesuitas destinados en Tailandia, le mira con incredulidad.

– ¿Cómo has llegado aquí?

– En autobús, desde Phanat Nikhom –responde Kike, con naturalidad.

–¿Y cómo te han dejado salir de allí? –insiste Miguel–. ¿No sabes que acabamos de tener un golpe de Estado?

La noche anterior –10 de septiembre de 1985– se ha producido un golpe de Estado en Tailandia. Ahora encaja para Kike el vacío de las calles. También piensa ahora, a posteriori, en la cantidad de uniformes militares que ha visto en el trayecto a través de las calles de Bangkok. Pero lo que le había parecido parte de esta cultura desconocida, en la que los uniformes de todo tipo –de militares, pero también enfermeros, médicos, profesores, estudiantes– son el pan nuestro de cada día, ahora cobra un poco más de relevancia.

El golpe no tendrá más trascendencia. De hecho, fracasa en unas pocas horas, y la vida sigue su curso normal en las calles de Bangkok y el resto del país. Pero el episodio nos permite hacernos una idea de lo absorbente que va a resultar la vida en los campos para Kike y para quienes, como él y con él, trabajan allí. Hoy, en este mundo de comunicación instantánea, de conexiones inalámbricas y de acceso a los datos en todo el mundo, parece imposible que algo tan importante pase desapercibido. Pero hace treinta años no era tan inmediato.

Dos días después, vuelve a salir de Bangkok, de nuevo con Mark y con Pierre Ceyrac, un jesuita francés –llegado a la frontera de Camboya tras años de misión en la India–, esta vez para ir ya a los campos de refugiados de camboyanos. Ahora sí, este será su destino, el contexto en el que tiene que trabajar durante los próximos años. La llegada resulta extraña para Kike. Tras más de un año imaginando este momento, ahora se va a hacer real. Y le ocurre como a tantos que, en distintas situaciones, nos hemos encontrado con una mezcla de curiosidad, ganas y temor ante algo que nos atrae, pero también nos genera incertidumbre. Entonces se multiplican las preguntas: «¿Qué habrá allí?», «¿Cómo será?», «¿Estaré yo a la altura? ¿Seré capaz?». Siente el estómago encogido al acercarse por la carretera polvorienta...

El campo en el que Kike va a trabajar estos años se conoce como «Site 2», en la frontera de Tailandia por la zona del norte. Todas las mañanas entran en los campos multitud de vehículos de las distintas organizaciones no gubernamentales que hacen allí tareas humanitarias, y todas las tardes los cooperantes vuelven a salir para los lugares en los que viven, pues no se les permite hacer noche en el recinto del campo de refugiados. Para entrar hay que franquear hasta cuatro controles donde el ejército tailandés revisa

papeles y permisos. En el primer control los soldados son afables y sonrientes. Pero a partir del segundo, cuanto más se acercan al campo, tanto más hosco es el semblante de quienes les van dando paso. Parece como si la proximidad de los refugiados endureciera a quienes tienen que encargarse de su vigilancia. Sintiendo el estómago como una piedra, pasa control tras control. Los últimos vigilantes están fuertemente armados, vestidos de negro, y no pueden resultar menos amistosos. Aunque intenta seguir la conversación mientras sus compañeros, más familiarizados con la rutina del campo, le van contando anécdotas, él siente una única pregunta que le muerde por dentro: «¿Qué voy a hacer yo aquí?». Ahora le parece que ni sus estudios de economía, ni las filosofías, ni quizá su inmersión en la espiritualidad ignaciana, le garantizan ninguna capacidad. El miedo a no saber, a no estar a la altura, a no tener nada que aportar, le envuelve y le hace callar.

Al entrar en el campo y bajar del coche, una multitud de niños sonrientes se lanzan a darles la bienvenida. Se multiplican los abrazos, las risas y los saludos. Si Kike esperaba encontrar caras largas y un clima bélico, lo que descubre es un bullicio y una vitalidad que le sorprenden. Un café, compartido con madame Teresa Long Lieng y Viseth, dos refugiados camboyanos, sirve para un contacto inicial. Se interesan por lo que viene a hacer, y es Mark quien dice que Kike trabajará con los mutilados. Entonces se ofrecen a llevarle al centro de discapacitados. Al llegar ve a un hombre alto, moreno, apoyado en dos muletas que inmediatamente le llevan a fijarse en que le falta una pierna. Su rostro está lleno de cicatrices. Su nombre es Heng Meth y, de entrada, Kike se siente un poco intimidado, sin saber muy bien qué puede hacer o decir ahora. Con ayuda de un intérprete se presentan y se saludan. Entonces es Heng Meth el que le dice, sin muchos rodeos:

– He oído que vienes a ayudarnos.

– Sí –contesta Kike, pero vacila, sin saber cómo continuar. – No te preocupes, nosotros te diremos lo que necesitamos.

Esa afirmación directa y sencilla es como un bálsamo que le tranquiliza. Con certera intuición, Heng Meth ha sabido ver el conflicto interior del hombre que tiene delante. A una edad en la que muchos de los camboyanos han luchado en una guerra devastadora – el propio Heng Meth es militar– y han sufrido privaciones, violencia, hambre y muerte, alguien como Kike se siente inseguro. Ahora le parece que todo su aprendizaje anterior no es más que humo, que se disipa al contacto con la realidad. Kike tiene esa sensación, y probablemente los camboyanos a quienes viene a ayudar, también. Pero no percibe Kike amenaza ni reproche en la afirmación de Heng Meth.

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