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C. Key Challenges

8. Conclusions

La concepción teórica de este singular diccionario se halla principalmente en su discurso de ingreso en la Academia (el Nuevo concepto del diccionario de la

lengua) y en las páginas que preceden al DI.

Para Casares, los diccionarios ideológicos no son una novedad –a pesar de que incluso en nuestros días no es frecuente la publicación de este tipo de repertorios297– sino, al contrario, una vuelta a las raíces:

‹‹Voy a hablaros del diccionario por ideas, base a mi juicio de los futuros diccionarios de la lengua; y por si os pareciese harto ambicioso el enunciado, adelantaré la advertencia de que no patrocino innovaciones, sino más bien la vuelta atrás, el retroceso de la lexicografía hacia los tiempos de su primera infancia›› (Casares 1921: 11)298.

Por ello, el punto de partida para su teoría del diccionario ideológico es la lengua china:

‹‹Justamente la lengua que en fecha más remota y con más relativa perfección ha logrado inventariar su caudal léxico, la lengua china, posee un sistema de

297 Algunos de los más relevantes son el Refranero ideológico del español (1954), de Martínez

Kleiser y el Diccionario ideológico de la lengua española (1995), dirigido por Alvar Ezquerra. Sobre este último realizamos un análisis más pormenorizado en el apartado dedicado al estudio del

DI.

298 No olvidemos que todo su discurso de ingreso tiene la finalidad de convencer a la RAE de la

necesidad de que sea la Corporación quien elabore un diccionario ideológico de la lengua española, tal y como afirma Casares (1921: 87) casi al final de su exposición: ‹‹pretendo persuadiros [...], de que la obra más útil que hoy puede acometer la Real Academia Española, la más urgente para el adelantamiento de vuestra labor lexicográfica, y la más fecunda, a la par, en resultados beneficiosos para el encumbramiento de la lengua viva, es la de formar sin demora el inventario analógico del vocabulario castellano››. La razón para llevar a la práctica dicha empresa es la obligación de la Academia de enriquecer el paulatino empobrecimiento del caudal de vocablos utilizados por los hablantes: ‹‹mientras el Diccionario de la lengua se acrecienta y se perfecciona de una a otra edición, el caudal circulante de vocablos se empobrece de día en día›› (Casares, 1921: 87).

Con este tipo de clasificación, de la que la alfabética tradicional del DRAE puede ser un útil complemento, el diccionario académico podrá mejorar sustancialmente cada edición dejando de lado neologismos y barbarismos innecesarios, corrigiendo de forma más eficaz los artículos, plasmando de manera más eficaz la fraseología, etc. (Cfr., 1921: 90 y ss.).

En cualquier caso, reconoce Casares que su intento de convencer a la Academia no es original sino que anteriormente otros académicos (N. Álvarez Cienfuegos, F. Cutanda y D. Cortázar) ya se ocuparon de esta tarea (cfr., 1921: 93).

escritura basado en la representación ideográfica dentro de la cual no se concibe nuestro criterio de catalogación por abecé›› (Casares 1921: 11).

En relación con la representación de la escritura, considera Casares, haciéndose eco de algunas investigaciones al respecto (así A. Moret, L´ecriture

hiéroglyphique en Égypte), decisivo, para el desarrollo de la lexicografía, la paulatina evolución de aquella299. El origen de la lexicografía comenzó, en cualquier caso, por la catalogación conceptual:

‹‹Claro es que mientras las lenguas estuvieron atenidas a la escritura preferentemente figurativa o ideográfica, todo conato de repertorio o catalogación de voces había de ser necesariamente ideológico. Las imágenes esquemáticas de las cosas, meros diseños simplificados, sin ningún elemento común, gráfico ni fonético, no podían ofrecer por sí mismas diferencias o afinidades en que basar un criterio de ordenación; sólo cabía considerar los signos como reproducción o copia de lo significado y agruparlos entonces suponiendo entre ellos las mismas relaciones que la inteligencia suele advertir entre las cosas o ideas representadas›› (Casares 1921: 15).

De este modo, el paso de la escritura conceptual a la fonética, ‹‹hizo posible la introducción en la lexicografía de un nuevo criterio de clasificación: el criterio fonético›› (Casares 1921: 22). Esto propició la aparición de los diccionarios de rima.

Por otra parte, la organización de los diversos elementos que componen los diccionarios ideográficos está determinada por la existencia de algunos ‹‹signos claves›› de los que se derivan los demás. La relación con la sistematización del DI en la que bajo ciertas palabras clave se agrupa una serie de conceptos relacionados, es evidente. Así describe Casares (1921: 15) este hecho:

‹‹Debajo de cada clave se agrupan series de conceptos emparentados con el significado de ella y afines entre sí. De manera que la clasificación por claves, a pesar de ser propiamente un procedimiento gráfico y no ideológico, puesto que los signos sólo se ordenan con arreglo a cierta parte de su trazado que les es

299 En esta evolución se pasa del pictograma al símbolo de éste al ideograma y por último al

común, produce, en cuanto a los significados, la catalogación de las palabras por materias››.

Otra consecuencia importante del conocimiento de los diccionarios chinos, para la posterior elaboración del DI en particular pero para todos los diccionarios ideológicos en general, son los que Casares denominó cuadros sinópticos:

‹‹Ordenadas, pues, las finales y las articulaciones iniciales y dispuestas en cuadros sinópticos al frente del diccionario, con referencias a las páginas correspondientes, ya era posible buscar en él cualquier palabra con sólo conocer su pronunciación›› (Casares 1921: 23).

De otro lado, como analizaremos en profundidad cuando nos ocupemos del DI, estos cuadros sinópticos son un catálogo de todos los grupos conceptuales de la parte analógica de dicho diccionario.

Pero Casares no se conforma con demostrar las excelencias de la recopilación analógica del vocabulario sino que trata de justificar el porqué de la necesidad de un diccionario que ayude al usuario a ir desde el pensamiento o el concepto hasta la unidad léxica o fraseológica que indica ese concepto. Para ello se basa en la psicología del lenguaje, aplicando algunos de sus conceptos a la lexicografía. El punto de partida, sin embargo, es su interpretación de la palabra como concepto lingüístico:

‹‹El lexicógrafo no ha de ver en la palabra más que la representación sensible del concepto, pero teniendo siempre en cuenta de que, supuesta la mutua y necesaria cooperación que se prestan pensamiento y lenguaje [...], no es lícito en modo alguno desvincular el signo y lo significado cual si fuesen dos realidades con existencia propia e independiente›› (Casares, 1921: 25).

Debido a esta conceptualización de la palabra como fenómeno psico-físico el diccionario ideal seguiría un criterio, simultáneamente, ideológico, fonético y gráfico. Sin embargo, dicho método –realizable parcialmente en los que Casares

llama diccionarios por raíces– es inútil para la lexicografía aunque no para otros fines de índole científica o docente300.

Su conceptualización de la palabra está, así mismo, muy influida por la psicología del lenguaje, sobre todo por Wundt301:

‹‹Si observamos atentamente cómo existe y vive en nuestro interior cualquier palabra, podremos distinguir en ella tres principales componentes: el concepto significado, la imagen auditiva de la palabra y su imagen visual, cada uno de los cuales encierra a su vez un contenido complejo›› (Casares, 1921: 33).

Por lo tanto, las palabras no son meras representaciones gráficas sino que evocan conceptos. De hecho, en ocasiones se conoce la idea pero no el término que lo designa: ‹‹nunca encontramos, en efecto, las palabras que nos son necesarias para la expresión de las ideas con la misma facilidad y rapidez con que evocamos las ideas contenidas en las voces que escuchamos o leemos›› (Casares, 1921: 37)302. Mediante este sistema, en definitiva, se favorecerán, según Casares, las operaciones activas del lenguaje:

300 Cfr. Casares 1921: 26.

301 En concreto utiliza una obra titulada Völkerphychologie. Die Sprache, de 1911. Además,

nombra trabajos ocupados de analizar las mermas en el lenguaje de ciertas carencias psicológicas de los individuos y conoce la concepción de afasia de Broca. Por último, se sirve de algunos artículos sobre psicología, concretamente de los siguientes autores: J. Froment, O. Mond y Claparède, todos fechados en 1913. Cfr., Casares, 1921: 34.

302 En relación con esta afirmación Casares llega, incluso, con el rigor científico que lo caracteriza,

a plasmar el resultado de siete experimentos consistentes en averiguar el tiempo exacto que va de la concreción de una palabra partiendo de la idea y viceversa. (Cfr. 1921: 39 y ss.)

Debemos tener en cuenta, por otro lado, que esta idea es consecuencia de otro de los modernos conceptos que retoma Casares de la lingüística moderna. Se trata de la división del léxico en activo y pasivo, grupos que conforman el total de palabras contenidas en nuestra memoria. Para el granadino (1921: 35), el léxico activo ‹‹se compone de varios centenares de voces, patrimonio común de cuantos hablan un mismo idioma como lengua materna, y del vocabulario especial de la rama de actividad o de los estudios a que cada uno se dedica. Así, el léxico activo del labrador, del artesano y del facultativo coincidirán en las palabras necesarias para la mutua comunicación cotidiana, y diferirán en el tecnicismo más o menos copioso de la respectiva faena, oficio o facultad››. Por su parte, el otro grupo señalado, ‹‹está formado de palabras que, a pesar de tener para el individuo una significación perfectamente definida, no acuden, por lo general, a su memoria, aun cuando en ella las reclame la idea a que sirven de signo [...]. Pues bien, todas esas voces que entendemos perfectamente al escucharlas, pero que jamás acuden espontáneamente a nuestros labios; todas esas palabras que nunca utilizamos para pensar, hablar o escribir por nuestra cuenta y que, sin embargo, nos sirven para comprender lo que escriben, dicen o piensan los demás; todos esos vocablos que están como adormecidos en un rincón de la memoria en espera de que los llamemos por su nombre, son los que constituyen la segunda categoría del caudal léxico individual, que denominaremos “léxico latente”››. (Casares, 1921: 36).

La división entre ambos grupos no es, así mismo, tajante sino, por el contrario que cabe considerar ‹‹una zona intermedia›› (Casares 1921: 36).

‹‹Lo verdaderamente necesario, lo que todos echamos de menos a cada paso, es un procedimiento mediante el cual se faciliten las operaciones activas del lenguaje, algo que cuando llegue el caso, nos ayude a hablar, a escribir y a pensar›› (Casares, 1921: 64).

Es decir, que cualquier hablante tendrá a su disposición un diccionario ordenado para favorecer la concreción de sus ideas en unidades léxicas y fraseológicas; se trata de una organización, además, lógica, no arbitraria como en los diccionarios alfabéticos:

‹‹El empadronamiento de las palabras con arreglo a su contenido esencial, es decir, por razón de su significado, representaba en el orden del conocimiento una jerarquía superior a la que resulta de la mera colocación automática en series, gobernada por cosa tan extrínseca, mudable y aun a veces disparatada, como es la de la letra inicial del vocablo›› (Casares, 1921: 66)303.

Para justificar la validez del método propuesto, desde el punto de vista teórico totalmente novedoso para el español, se apoya en la comprobada utilidad de otros diccionarios ideológicos publicados304, centrándose en las dos obras de

303 El académico granadino (1921: 31) llega, incluso, a poner en duda el valor científico de los

diccionarios alfabéticos, una concepción, desde cualquier punto de vista, exagerada: ‹‹es a todas luces inadecuado y mezquino [el orden alfabético] si la lexicografía ha de avanzar algún día por caminos científicos hasta emparejar dignamente con las demás ramas de la lingüística››.

Al final de esta misma obra suaviza sus afirmaciones respecto de los diccionarios alfabéticos. Ahora no los desecha sino que los considera un complemento de los diccionarios ideológicos (cfr. 1921, 88) que, a manera de índice, deben acompañarlos: ‹‹Puesto el Diccionario actual [se refiere al DRAE] a continuación del diccionario metódico, ocupará su verdadero sitio y rendirá su máxima eficacia. Ya no se podrá decir, como se ha dicho con razón que el Diccionario de la lengua es una obra más difícil de consultar porque no tienen índice›› (Casares, 1921: 89).

304 La tercera parte del Nuevo concepto... es un breve repaso historiográfico de los más destacado

diccionarios por conceptos realizados, fundamentalmente en Europa, hasta esa fecha. Comentamos aquí algunas de las afirmaciones realizadas por Casares y remitimos a las páginas correspondientes de esta obra para mayor información sobre este asunto que, por lo demás, no es el objeto principal de esta tesis.

El diccionario ideológico más antiguo señalado por el académico granadino es el Attikal

Lexeis, del griego Aristófanes de Bizancio. Se refiere después a los repertorio más relevantes publicados en algunos países europeos como Italia, Francia e Inglaterra –haciendo posteriormente un estudio más detallado de los dos diccionarios señalados en el texto, hecho de mayor relevancia y del que, por ello, nos ocupamos al margen de esta nota–, centrándose por último en España. En nuestro país menciona dos diccionarios, teniendo una diferente consideración de cada uno de ellos; el Diccionario de ideas afines y elementos de tecnología, compuesto por una sociedad de literatos dirigidos por E. Benot, por una parte, no es una obra del agrado de Casares puesto que es una copia burda del original que le sirve de modelo: ‹‹ni siquiera consiguieron reunir a escote el

este tipo que a juicio de Casares (1921: 74) ‹‹representan puntos de vista extremos en cuanto al modo de concebir la catalogación del léxico››; son el Thesaurus, publicado en Inglaterra por Roget en 1852 y el Diccionaire analogique de la

langue française, obra del francés Boissere. La elección de ambos repertorios – modelos los dos para el DI, primer diccionario por conceptos publicado en España verdaderamente basado en una metodología científica rigurosa–, es otra nueva prueba de que una de las principal preocupación de Casares era dotar a su obra de criterios y premisas científicas. Con el análisis de los dos diccionarios ideológicos más relevantes de la historia lexicográfica europea hasta ese momento, el proyecto de Casares deja de ser algo hipotético para convertirse en una realidad. Pues bien, del análisis del Secretario perpetuo de ambas obras, podemos destacar las siguientes ideas, todas ellas fundamentales para la posterior elaboración del DI:

(a). En cuanto al Thesaurus sigue un orden natural; está organizado en seis grandes clases, que a su vez contienen varias categorías, que se subdividen en secciones y estas, por último en grupos numerados; cada uno de estos grupos está encabezado por una palabra ‹‹representativa de la serie de conceptos afines reunidos a continuación de ella›› (Casares, 1921: 75)305; todos los conceptos

mínimum de cultura necesario para no destrozar el original en la parte en que sólo les tocaba traducirlo o copiarlo››, afirma Casares (1921: 72).

Mucha mejor opinión tiene sobre el otro diccionario por conceptos publicado en España; se trata del Inventario de la lengua castellana (1879), obra de D. José Ruiz León. La planificación teórica previa es uno de los aspectos más destacados por Casares (1921: 73) de este repertorio: ‹‹obra planeada tras largas y profundas meditaciones y llevada a cabo con patente y honrada laboriosidad. El autor, que conocía el Thesaurus de Roget, se apartó del sistema de clasificación de éste, después de criticarlo con gran lucidez; pero se equivocó, a mi juicio, al tomar como base para su Inventario un criterio puramente gramatical: el de la división de las palabras según su oficio como partes de la oración››.

Por último, dedica algunas líneas a un trabajo que, desde el punto de vista teórico, se acercó a la clasificación conceptual de las palabras de un idioma; se trata, en esta ocasión de un discurso pronunciado en la Academia por F. Cutanda en 1869 titulado ‹‹posibilidad y utilidad de clasificar metódicamente las palabras de un idioma››. A pesar del criterio postulado para ese inventario del léxico, también gramatical, considera Casares (1921: 74) que ‹‹contiene atinadas observaciones e interesantes puntos de vista, sobre todo en lo que se refiere a las ventajas de la catalogación sistemática comparada con la alfabética››.

En definitiva, todo esto demuestra un sensacional dominio de bibliografía lexicográfica por parte de Casares, circunstancia que apunta, de nuevo, hacia la adopción de un método riguroso.

305 Tanto esta característica como la siguiente, referida a los grupos sinópticos, son las más

claramente adoptadas posteriormente en el DI. Véase el apartado correspondiente a este diccionario para ahondar en esta idea.

tienen su base en una serie de cuadros sinópticos colocados al comienzo de la obra306.

Pero no todo son alabanzas a la obra de Roget sino que Casares también critica algunas decisiones tomadas por el autor de dicho diccionario; paradójicamente, tampoco Casares pudo prescindir de la parte criticada, en su futuro diccionario por conceptos:

‹‹La mejor y más eficaz crítica del sistema está en el hecho de que el propio autor, apartándose de su primitivo designio, haya tenido que incluir al final de su diccionario un extenso índice alfabético, donde cada palabra va acompañada de referencias a los distintos grupos específicos en que puede tener cabida según sus diferentes acepciones›› (Casares, 1921: 76).

Por tanto, aunque como elemento secundario, la parte alfabética se convierte en un recurso útil para la consulta de los diccionarios ideológicos.

(b). Por lo que respecta al Diccionaire analogique son estos los puntos más destacados: la base del diccionario es el ‹‹índice con referencias››, en donde se contraponen las voces de la lengua usual frente al ‹‹término propio, exacto, preciso, perteneciente a la lengua no usual›› con lo que la finalidad primordial de esta obra ‹‹se reduce a facilitar el camino desde la voz vulgar, siempre presente, a la palabra técnica›› (Casares, 1921: 77); así mismo, ‹‹los grupos resultantes aparecen en la parte analógica, ordenados alfabéticamente307 por la voz que les

sirve de encabezamiento, o sea, la tomada de la lengua vulgar›› (Casares, 1921: 77); por último, existe otra serie de palabras ordenadas alfabéticamente, conformada por todas las voces de la lengua, que está colocada en la parte superior de las páginas.

306 Sin embargo, este sistema no es ni mucho menos perfecto sino, al contrario, mejorable: ‹‹el

sistema es indudablemente ingenioso, y en muchos casos produce el resultado apetecido; pero no todos los conceptos son tan fáciles de situar en el cuadro sinóptico como el del ejemplo citado›› (1921: 75).

Este sistema será, como veremos en la parte correspondiente, mucho más eficaz en el diccionario de Casares.

307 En la parte correspondiente del diccionario de Casares, los grupos, bajo su respectiva palabra

clave, aparecen igualmente ordenados por orden alfabético. El criterio para decidir las palabras que encabezan cada grupo, sin embargo, es muy diferente al utilizado por Boissère. Remitimos, de nuevo, para mayor información a la parte dedicada al DI.

Las posibles diferencias metodológicas existentes entre ambas obras no las hace oponerse demasiado puesto que el fundamento, es decir, la planificación y organización previas de cada una de las partes, es totalmente rigurosa o, en palabras de Casares (1921: 77):

‹‹Y todo esto, bien se comprende, no puede hacerse de manera satisfactoria sin un ordenamiento previo de los materiales, sin una separación de los asuntos, sin un esquema en donde los conceptos ocupen planos distintos según su mayor o menor extensión, sin una composición de lugar, en fin, que podrá ser tan rudimentaria, tan empírica, tan provisional como se quiera, pero que necesariamente tendrá todos los caracteres de una verdadera clasificación››.

En definitiva, lo más importante a la hora de realizar un diccionario

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