Es evidente que la situación de los estudios lexicográficos en la primera mitad del siglo XX, décadas como hemos afirmado ya en los que nos centramos por haber desarrollado en ellos Casares su labor teórica y práctica, es una superación de lo que se había realizado en años anteriores. Por esta razón
226 Aunque, con el fin de no complicar este parte de la tesis, haremos mayor hincapié en este
asunto en el apartado dedicado a la labor ortográfica de Casares, es obligado mencionar ahora que muchas de la Nuevas normas de Prosodia y Ortografía fueron elaboradas por Casares, y entendidas en el mismo sentido por la Comisión encargada de revisar la propuesta del granadino, para mejorar algunas de las entradas del diccionario; es el caso de las palabras, que desde la puesta en vigor de estas normas, la RAE considera válidas con doble acentuación. Remitimos, en todo caso, al capítulo sobre ortografía para una profusión de detalles sobre este asunto.
conviene pasar revista historiográfica a la teoría lexicográfica, especialmente, del siglo XIX, época en que se comienza a tener conciencia de la importancia de la reflexión científica previa al inventario y descripción del léxico.
Las numerosas investigaciones en torno a la lexicografía española desde un punto de vista historiográfico227 han puesto de manifiesto la evolución de la técnica lexicográfica –aunque el avance se debe, sobre todo en los primeros años, más a la intuición que al cientifismo–, desde el siglo XVII, fecha en que se publica el primer diccionario monolingüe del español (lo puso de manifiesto Seco, 1987: 97), el Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias, hasta el siglo XX, época en que la labor lexicográfica exige una metodología previa que, además, debe incorporarse a las páginas preliminares de los diccionarios228.
En el siglo XVIII comienza una etapa que podríamos denominar precientífica en la lexicografía del español. En este momento las intuiciones comienzan a ser sustituidas por el apriorismo metodológico. De esta forma la RAE, cuya irrupción en la lexicografía española fue determinante, planteó su obra, el Diccionario de autoridades, basándose en los diccionarios ya publicados por las respectivas instituciones lingüísticas de Francia e Italia así como –más decisivo aún para la idea que desarrollamos– en un plan previo que, sin duda, confiere rigurosidad a esta obra. Así lo refiere Alvar Ezquerra (1985: 34): ‹‹poco o nada de lexicografía sabían los primeros académicos, pero su voluntad les hizo concebir una gran obra. El proyecto quedó esbozado en la planta del diccionario››229. En estas páginas preliminares, igualmente, la RAE también considera algunos aspectos relacionados con la microestructura u organización de
227 Los trabajos que estudian la lexicografía española bajo esta perspectiva son de muy diversa
índole. Pueden estar dedicados a una obra concreta (Azorín 2000a; Seco 1987: 97-111), un siglo determinado (Alvar Ezquerra 2000), un elemento (Martínez Montoro 2002; Acero 2002), una escuela lexicográfica (Martínez Marín, 2000; Álvarez de Miranda, 2000), etc.
Mención aparte merecen las monografías en las que se suelen reunir casi todos estos aspectos. Un buen ejemplo de ello puede apreciarse en Azorín (2000b).
228 Este es uno de los aciertos que se ha destacado de la última edición del DRAE, el incluir un
prólogo para especialistas.
229 Por otra parte, según afirma Alvar Ezquerra en esta misma obra la principal preocupación de la
Academia, al menos hasta las últimas ediciones del siglo XX, fue la de recoger todo el vocabulario posible aunque ello supusiera ciertos errores de concepción. Sin embargo, reconoce también este profesor el paulatino interés de la Academia por mejorar su diccionario: ‹‹la Academia cumple con su cometido, no sólo hace el diccionario, sino que lo mejora en cada edición. Los diccionarios son obras didácticas, y la corporación se da cuenta de ello aunque no lo diga›› (Alvar Ezquerra, 1985: 38). Estas paulatinas mejoras, creemos, pueden deberse en parte a la adopción de criterios cada vez más científicos a medida que nos acercamos al siglo XX, época, como demuestra la investigación, en la que es cada vez más difícil concebir un diccionario sin tener en cuenta la teoría lexicográfica.
la información dentro del artículo. Sobre este particular llamó la atención también Alvar Ezquerra (1983: 212):
‹‹Ya en el segundo párrafo de la Planta se ordenaba que inmediatamente después de la entrada había de figurar la categoría gramatical; y en los párrafos siguientes se habla de la necesidad de hacer constar las irregularidades y anomalías verbales y nominales; con cada voz, su definición o descripción [...], y después su etimología, los derivados, compuestos, sinónimos y las construcciones en que más se usa la voz, incluidos los refranes››.
Esta primera toma de contacto con la teoría lexicográfica referida a la microestructura es además, salvo pequeños cambios, la misma que ha mantenido la Academia durante las ediciones sucesivas del DRAE230. Por otra parte, el interés por estos aspectos del diccionario será una constante en cada edición del repertorio académico: ‹‹Si bien la Academia ha sido parca en referirse a la secuencia de lo encerrado en la microestructura, está bien patente en cada una de las ediciones de la obra›› (Alvar Ezquerra,1983: 212).
La reflexión previa a la ordenación del corpus léxico y fraseológico, común, pues, en cada edición del diccionario académico231 será igualmente un modelo a seguir por muchos lexicógrafos que se decidieron a la publicación de un diccionario. El XIX, centuria en que la corriente lexicográfica no académica tiene ya un número muy amplio de representantes, ve así mismo nacer las primeras reflexiones sobre lexicografía teórica ajenas al prólogo de los diccionarios232. Antes de analizar con detalle la obra mencionada en la nota anterior es interesante dejar constancia de que, en efecto, las percepciones teóricas que la Academia insertaba en sus prólogos son modelos para algunos de los diccionarios de autor publicados en este siglo. Así, uno de los más reconocidos exponentes de la lexicografía no académica, Salvá, con su Nuevo diccionario de la lengua
castellana233 (1846), además de realizar una completísima obra de práctica
230 Véase Alvar Ezquerra (1983: 212).
231 Para Alvar Ezquerra (1985) son especialmente interesantes los prólogos de la 9ª (1843) y de la
12ª (1884) ediciones.
232 La obra más antigua de este tipo que hemos encontrado es de 1886; corresponde a la última
parte de los Estudios de filología de la lengua española, de V. Tinajero Martínez.
233 El título completo es Nuevo diccionario de la lengua castellana, que comprende la última
edición íntegra, muy rectificada y mejorada, del publicado por la Academia Española, y unas veinte y seis mil voces, acepciones, frases y locuciones, entre ellas muchas americanas, añadidas.
lexicográfica234, también se percató de la necesidad de fundamentar su corpus léxico en unos fundamentos teóricos previos, algo que le convierte en una figura fundamental en la historia de la lexicografía española:
‹‹Examinado en su conjunto […], el legado de Salvá constituye uno de los capítulos más brillantes de la lexicografía española del siglo XIX. La modernidad de sus planteamientos metalexicográficos – minuciosamente explicitados en la “Introducción” –, y, sobre todo, el rigor metodológico y la absoluta coherencia con que los llevó a la práctica, [...], son razones más que suficientes para situar su labor en un destacadísimo primer plano dentro de lo que fue ese movimiento de renovación de la lexicografía española monolingüe›› (Azorín, 2003: 130).
También, en cuanto a los diccionarios especialmente estructurados en el siglo XIX, debemos destacar la publicación del Diccionario de construcción y
régimen, ejemplar trabajo de Cuervo, que también supuso un avance en materia de metalexicografía235.
Así pues, al margen de las páginas preliminares de los diccionarios –salvo alguna excepción–, hay que esperar al siglo XX para encontrar trabajos monográficos sobre metalexicografía. Dejando fuera los estudios de Casares, de los cuales nos ocuparemos particularmente a lo largo de este capítulo, existe un exiguo número de trabajos que se ocupan –en mayor o menor medida, con más o menos rigor científico– de este aspecto de la lingüística. Siguiendo un criterio exclusivamente cronológico –del más antiguo al más cercano a la publicación de la Introducción a la lexicografía moderna en 1950– pasamos a enumerarlos y a resumir, brevemente, su contenido:
● TINAJERO MARTÍNEZ, V. (1886): Estudios de filología de la lengua española. Madrid.
En relación con esta obra véanse los siguientes trabajos: Azorín (1994-95; 2000b; 2003) y Álvarez de Miranda (1994).
Por otra parte, la labor de praxis lexicográfica de Salvá no culmina aquí sino que debe tenerse muy presente que su anhelo de mejorar el DRAE (del que se considera, como hemos visto, deudor en el título), le llevó a publicar dos ediciones de la octava edición del repertorio académico. Véase Álvarez de Miranda (2003) y Azorín (2003).
234 Según Álvarez de Miranda (2003: 99) el Nuevo diccionario es ‹‹el mejor diccionario español
del siglo XIX››.
235 Haensch (1982: 122) destaca el planteamiento científico tanto de este diccionario como del de
La última parte de este libro, como afirmamos en la nota 232, está dedicada a la lexicografía y en ella plantea su autor algunas ideas que sin duda le destacan como uno de los iniciadores –si no el primero que se ocupa de estas cuestiones de forma exclusiva, es decir, al margen de las advertencias en este sentido incluidas en las páginas preliminares de los diccionarios–, de la teoría lexicográfica para el español. Es igualmente significativa la fecha de publicación, puesto que dista al menos quince años, como se apreciará más adelante, de los otros trabajos sobre teoría lexicográfica –o mejor sería decir premetalexicografía, puesto que la estructuración y plasmación de las diversas ideas varía mucho de lo que entendemos hoy en día–, que existen en la bibliografía sobre este asunto.
No se trata, pues, de un verdadero tratado científico al uso sino más bien de una percepción subjetiva –aunque no exenta de cierto cientifismo– sobre varios aspectos de la composición de un diccionario.
En primer lugar, llama Tinajero la atención sobre la necesidad de llevar a cabo una correcta clasificación del léxico en el diccionario. En este sentido, según afirma el autor, no basta sólo con lo gramatical, sino que el lexicógrafo debe contemplar otros elementos, como el uso:
‹‹No hemos de encerrarnos en una clasificación gramatical, sino conteniéndonos a lo que parezca tal vez más primitivo á [sic.] los términos dialécticos, ó [sic.] siguiendo á [sic.] la más universal de las ideas aplicadas al lenguaje, en relación al uso del idioma, para que sea verdadera clasificación léxica que con el orden de los principios debe presidir á [sic.] la formación del diccionario›› (Tinajero, 1886: 322).
Tras plantear el autor algunos fundamentos lógicos como punto de partida, considera qué elementos no deben faltar en un diccionario de lengua y, más concretamente, parece referirse a los componentes de los artículos:
‹‹1º nomenclatura de palabras homónimas, sinónimas; 2º por la categoría de las palabras, por su diversa autoridad según las partes de donde provenga, el juego que ofrecen en la lengua es de helenismo, latinismo, anglicanismo, galicismo, italianismo, etc.; 3º de significación ó [sic.] definición y acepciones, y de aquí también el barbarismo, solecismo, anfibología, atendiendo á [sic.] la claridad de
su sentido, á [sic.] la correcta expresión de los vocablos y asonantación defectuosa›› (Tinajero, 1886: 324).
La finalidad de Tinajero está, sin embargo, más dirigida hacia los que hoy denominamos diccionarios históricos, como se infiere de un comentario posterior:
‹‹Por un orden lógico de exposición, dentro de ese método alfabético, establecido por esferas el verdadero uso, juez, norma y árbitro arreglador del habla, aparecería la historia sencilla de la palabra con determinados ejemplos de cierto valor, señalando el arcaísmo en todos sus matices y estableciendo por clases las radicales que hoy asiente el diccionario›› (Tinajero, 1886: 325).
Por otro lado, uno de los mayores méritos del trabajo de Tinajero lo constituye su interesante disertación sobre las definiciones. En primer lugar, analiza cómo deben ser éstas en el diccionario de lengua y, así mismo, es consciente de la existencia de otros tipos como ‹‹la puramente científica y filosófica›› (Tinajero, 1886: 327). Pues bien, esta es la definición idónea según el autor por los siguientes motivos: ‹‹primero, necesaria; segundo, clara; tercero, exacta; cuarto, universal; quinto, particular; y sexto, breve›› (Tinajero, 1886: 327). Para llegar a ello se señalan cuatro preceptos –que resumimos a continuación–, algunos de ellos inevitables hoy en día para la elaboración de diccionarios: 1) seguir unas reglas lógicas (no olvidemos que esta, la Lógica, es la disciplina que toma Tinajero como punto de partida para toda su teoría lexicográfica); 2) razonar cada definición; 3) ‹‹no emplear en las definiciones más que palabras perfectamente conocidas ó [sic.] ya definidas›› (Tinajero, 1886: 330), citando al mismo autor; 4) definir con el menor número de palabras posible.
Por otra parte, también distingue Tinajero varios tipos de definiciones: real236, universal237 y particular238.
En relación con las correspondencias se detiene, por último, en el servicio que pueden prestar las definiciones sinonímicas. Mediante esta técnica, según el
236 Esta comprende ‹‹la enumeración de los atributos distintivos de la cosa misma para darla a
conocer con entera disposición de su propia naturaleza›› (Tinajero, 1886: 330).
237 O la que ‹‹resulta adecuada á [sic.] todo lo que está contenido en la especie definida y en orden
á [sic.] sus fuentes›› (Tinajero, 1886: 330).
238 Hace referencia a ‹‹aquella cuyo carácter se refiere solamente a la cosa definida›› (Tinajero,
autor, se pueden evitar las remisiones dentro de las mismas; se trata, en definitiva, de un problema que continua latente en nuestros días. Antes de aplicar esta técnica es consciente además Tinajero de que para que sea eficaz es decisivo un análisis teórico previo de la sinonimia:
‹‹La división de los sinónimos, cuando es detenida y acertada, esclarece muchos puntos de vista de nuestra habla, y el no admitir la explicación de una palabra por remisión á [sic.] otra, ó [sic.] su referencia, es á [sic.] veces signo evidente de mayor claridad, por lo cual debía regular nuestra gramática bajo una base bien definida este aspecto de la lengua [...], pues aun los verdaderos sinónimos, sin una regla rigurosa, dañan mucho la claridad del lenguaje›› (Tinajero, 1886: 339).
En definitiva, precisiones realizadas con mucha vehemencia y, sobre ciertos aspectos, con una modernidad sorprendente para la fecha en la que nos encontramos.
En relación con este hecho pero también muy unido a la intuición antes advertida que tiene este autor de los diccionarios históricos, están las digresiones sobre las acepciones o ‹‹el sentido en que se toman las palabras›› (Tinajero, 1886: 331). Para el autor es decisivo agrupar en una misma obra todos los matices de significado que cada palabra, por diversas circunstancias extralingüísticas diríamos hoy, adopta en el transcurso histórico de uso por los hablantes:
‹‹Y con este conjunto de detalles, es fácil y propia la clasificación en un orden racional, sin dejar la palabra á [sic.] la volubilidad de tal ó [sic.] cual sentido en la acepción común, y disponer las diversas acepciones de un vocablo en tal serie que se comprenda por qué grados y vías ha pasado el espíritu de unas á [sic.] otras fases de la lengua, siempre dentro de una definición regular›› (Tinajero, 1886: 333).
Aún podemos destacar varias de las afirmaciones que lleva a cabo Tinajero en su sorprendente trabajo; por ejemplo en relación con los tecnicismos. Para el autor es necesario incluir ciertos vocablos de este tipo en el diccionario aunque, eso sí, es consciente de la dificultad que entraña tal empresa debido a la continua
evolución y consiguiente nueva adopción de vocabulario a que se ven sometidas las ciencias:
‹‹La ciencia influye también por todo concepto en la sociedad, y desde luego [sic.] las palabras que emplea se hallan en la conversación general de las gentes ilustradas y en los libros que las desarrollan; de aquí la necesidad de un lexicógrafo de registrarlas y aumentar el fondo del lenguaje usual [...] y es de ver cómo en este conjunto de términos tan cambiantes, y que más de una vez dependen de los principios y de sistemas diferentes, haya muchos casos en los que un Diccionario de la lengua no pueda explicar en pocas palabras tantas renovaciones, y todavía menos dar puesto al Diccionario técnico en el que lo es sencillamente de la lengua›› (Tinajero, 1886: 334).
Es decir, que nuestro autor intuye que sólo se deben registrar en el diccionario de la lengua aquellos tecnicismos que son de uso general –al menos de una parte de la sociedad–, puesto que ése debe ser el cometido de los repertorios léxicos.
Por otra parte, considera también decisivo Tinajero apoyar cada palabra recopilada en el diccionario con una autoridad –de un escritor clásico o uno actual–, que le dote de mayor alcance:
‹‹Pero se puede decir que en nosotros el uso contemporáneo se inició desde el origen clásico y se continúa en muchos escritores, oradores y hablistas, de los cuales unos gozan autoridad y otros, si no la tienen, merecen ser consultados, de cuyo conjunto los más antiguos tocan al arcaísmo, los más modernos al neologismo; tienen sus adopciones gran juego en un Diccionario de la lengua, y al mismo tiempo su presencia, con los ejemplos consignados en sus obras, confirman el uso, autorizan las relaciones, agrandan las significaciones y son el apoyo más seguro del que pretende asociar los principios de la lexicografía á [sic.] la crítica más clara y evidente›› (Tinajero, 1886: 335).
Esas citas autorizadas, son las que posibilitan que el diccionario recoja el lenguaje con toda su viveza239.
239 Concretamente, así lo afirma al respecto este gramático: ‹‹ese lenguaje, pues, que derriba y
establece, que así se enardece y agita en la lucha, que triunfa y decae, tiene su cuerpo, su estro, su vida, y es arma poderosa como ninguna otra fuerza en la vida de las naciones; es instrumento
Por último, llama la atención la completa tipología de obras lexicográficas que realiza el autor al final de su estudio240. Todas ellas, las considera labor propia de la RAE.
En definitiva, el análisis de la “lexicografía de la lengua”, como el mismo autor denomina a esta parte de su libro, resulta sorprendente por la multitud de intuiciones sobre metalexicografía que contiene. Si bien muchos de sus planteamientos y la organización de los mismos dejen mucho que desear como tratado lexicográfico al uso, debemos reconocer al autor el mérito de aplicar, ya en 1886, la metodología científica a la labor teórica de realizar diccionarios de lengua.
● LENZ, R. (1904-1905): Diccionario etimológico de voces chilenas. Santiago de Chile.
Aunque lo interesante para nuestro trabajo sólo queda reducido en esta obra a las páginas preliminares del catálogo de voces chilenas –no es esta obra, por tanto, un tratado monográfico sobre lexicografía teórica–, nos ha parecido interesante traer aquí las conclusiones obtenidas tras la lectura de esas primeras páginas que, en cualquier caso, revelan por encima de todo el interés científico por fundamentar los diccionarios.
En efecto la primera idea significativa que desarrolla Lenz se refiere a la necesidad de llevar a cabo un estudio teórico previo antes de realizar un diccionario:
valiosísimo de relación, es lazo de amistad, rasgo efectivo del progreso de las gentes y eco esplendoroso de sus triunfos: deben, pues, considerarse como facultades para formar el Diccionario de la lengua, los que por su profesión son autoridades de la palabra y el lenguaje›› (Tinajero, 1886: 351).
240 Para no extendernos demasiado nos limitamos a señalar esos tipos; en cualquier caso es
recomendable la lectura de las páginas 355-357, donde se incluye dicha tipología. Debemos señalar, así mismo, que Tinajero se hace eco en ocasiones de bibliografía de interés ya que algunos