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Si en el utopismo de la razón cartesiana hemos hablado de una razón

sin retórica que no tiene lugar ahora trataremos de la ubicuidad de la razón

retórica pero no porque se halle en todo lugar, eso sería lo deseable36, sino esto ha sido en esencia el racionalismo- el que yerra, porque es el hombre que no se conserva fiel a su punto de vista, que deserta de su puesto.” (Ortega, El tema de nuestro tiempo, cap. X) El puesto del hombre orteguiano viene dado por su circunstancia concreta dentro de la historia y no fuera, como piensa el racionalista, para el que la realidad objetiva e idéntica es la misma, sin perspectiva alguna, para todos los hombres y todos los tiempos (sin historia). El racionalismo presenta una doctrina utópica de la verdad: el sujeto se sitúa en “ningún sitio”, es decir, fuera de la historia. Desde esta única perspectiva cartesiana, solo cuando el hombre sigue la méthode, se convierte en ese sujeto incorpóreo, ultravital y extrahistórico, accede a la verdad.

35 Nos hemos tomado la licencia de utilizar el término “topismo” referido a la razón

perelmaniana -inspirada en los razonamientos dialécticos de los Tópicos de Aristóteles, aquellos que parten de los topoi, de los lugares comunes, a la hora de empezar a argumentar-, y que sí que tendría cabida en una visión antidogmática y antiabsolutista del mundo en oposición al u-topismo, no lugar, de la abstracta razón cartesiana. Por otra parte, también podríamos hablar del tropismo de la razón perelmaniana, teniendo en cuenta que los tropos, en la NR, no son considerados como vacías figuras de estilo sino como figuras retóricas cargadas de valor argumentativo.

36 Lo deseable no sería lo que por naturaleza es la sempiterna Razón ubicua que

siempre tiene razón sino la ubicuidad de una razón que no siempre ha de tener razón porque siempre atiende a razones, eso supondría que hay diálogo y que afortunadamente no está todo dicho. Lo cierto es que lo “deseable” comporta también cierta idealidad, cierto utopismo, pero estaríamos hablando ahora de un utopismo muy distinto del cartesiano, tal como hemos expuesto en el epígrafe anterior. En la línea de de trazar un peralte para la “utopía” retórica se halla el artículo de E. Danblon & I. Mayeur, “L’utopique comme gouvernail des sociétés humaines. Enquêtes sur une

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porque fundamentalmente escapa a la limitación de una lógica formal que confina a la razón en la estrechez de una facultad calculadora.

En el prólogo a la edición castellana del TA Jesús González Bedoya nos dice que, inspirado en las pruebas dialécticas que Aristóteles presenta en su

Retórica y en los Tópicos, Perelman ha pretendido con su teoría de la

argumentación romper con la razón cartesiana imperante durante siglos en la filosofía occidental, una razón que expulsó del campo de la ciencia todo lo que no fuesen verdades evidentes, necesarias, demostrables. En los Tópicos, el Estagirita examina los razonamientos dialécticos construidos a partir de cosas

plausibles y no de cosas verdaderas y primordiales, siendo objeto de estudio

las proposiciones verosímiles, probables, opinables, frente a las analíticas, que se ocuparían de las proposiciones necesarias:

(possible) fonction rhétorique de la Modernité” (2015); según el cual la retórica de la utopía es una expresión referida a la «idealidad» de una búsqueda de valores ubicados en la contingencia humana: un mirar a las estrellas pero con los pies bien en la tierra (Danblon & Mayeur 2015 b: 170). En este sentido retórico, la “utopía” adquiere otro cariz muy distinto al cartesiano; sería un ejercicio retórico deseable de practicar, un instrumento de navegación de las sociedades humanas (Danblon & Mayeur 2015: 163):

«Au sein des chartes et déclarations, la plasticité des notions confuses exprimant les valeurs que sont la liberté, la dignité, la fraternité…ainsi que le jeu d’interprétation et d’hiérarchisation qu’elle ouvre, laisse libre cours au dynamisme qui ne permettra jamais la fixation de ces textes comme «recettes» à appliquer telles quelles. En somme, s’il y a toujours un bon choix dans un contexte donné, celui-ci n’est jamais fixé d’avance ni établi une pour toutes. C’est au sein de cet espace de liberté, sur fond d’incertitude que s’exercerait la fonction utopique.» (Op, cit.: 166)

Desde la perspectiva retórica que muestran las autoras del artículo, lo utópico está muy próximo de lo epidíctico, tal como lo entiende Perelman (Cfr. cap. 4.4 “La paradoja de lo epidíctico: el orador no cuenta con el otro”); es decir, enfocado a crear una disposición para realizar una acción futura, pero siempre en el ámbito de lo verosímil, lo deseable y, sobre todo, en el terreno de lo posible:

«L’utopique pourrait ainsi se concevoir comme un discours visant à agir sur la réalité sociale future (…) pouvant constituer l’exemple d’un projet commun pour une société donnée, en vue de renforcer la Concorde par la conscience pratiquée de l’humanitas. Cette figuration fait appel à la techné rhétorique (usage de figures, de notions confuses…) de manière à créer le caractère dynamique propre au genre utopique.

Dans cette perspective, la nature rhétorique d’une utopie consiste en ce qu’elle fournit, par la pratique de son art, les outils permettant au citoyen de se projeter dans un monde qui est à la fois possible, souhaitable et vraisemblable.» (Op. cit: 169)

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“El propósito de este estudio es encontrar un método a partir del cual podamos razonar sobre todo problema que se nos proponga, a partir de cosas plausibles, y gracias al cual, si nosotros mismos sostenemos un enunciado, no digamos nada que le sea contrario” (Tópicos, lib.I, cap.1, 100a)

Estas “cosas plausibles” a las que se refiere Aristóteles son las que

parecen bien a todos, o a la mayoría (Tópicos, lib.I, cap.1, 100b), y que nos

hacen deliberar y argumentar con razones carentes de necesidad y evidencia para conseguir la adhesión de quien nos escucha. Descartes desechaba estas “cosas plausibles” así como todo lo que fuera solo verosímil o probable, es decir, que no llevase impreso el sello de lo evidente, de lo verdadero, pues no servían para un método construido con proposiciones necesarias, aquellas que demuestran pero no argumentan, aquellas capaces de generar de manera inexorable el acuerdo, la absoluta convicción. Pues bien, si la convicción es absoluta no hay lugar para la argumentación retórica, para la dialéctica:

“El contexto real en que la doctrina de los Tópicos-Refutaciones se inserta es la existencia, en la Atenas clásica, de un hábito social consistente en la celebración de debates públicos, bajo la presumible vigilancia de un árbrito, en que los ‘discutidores’ (dialektikoí), profesionales o aficionados, con fines instructivos o de mero entretenimiento, proceden a asumir, respectivamente, los papeles de sostenedor e impugnador de un juicio previamente establecido (…) Teniendo en cuenta, ante todo, que el problema escogido ha de ser una cuestión ‘discutible’ o ‘debatida’, objeto de controversia y de opiniones encontradas: de nada serviría partir de una disyunción uno de cuyos miembros fuera evidentemente verdadero o falso; pues nadie perdería el tiempo en tratar de refutar algo evidente y nadie se atrevería a defender algo manifiestamente falso” (Introducción de los Tópicos: 70)

No es el caso que Aristóteles no distinga con claridad, como buen discípulo platónico, el discurso que versa sobre lo que es y tiene como objeto la verdad (episteme); y el discurso persuasivo que se conforma con convencer y es objeto de la retórica (pistis). Sin embargo, aunque el objeto de la ciencia para el pensamiento antiguo sea la realidad objetiva y “extradiscursiva” la ciencia no puede darse sin la mediación del discurso para ser comunicada. La realidad así pues siempre será vista a través del prisma del discurso, incluso la realidad del propio discurso. De ahí que el Estagirita elaborase un conjunto de

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“instrumentos”(órgana) de exposición y de análisis válido para todo tipo de discurso, los Tratados de lógica, entre los que los Analíticos están más cerca de la técnica de la demostración y los Tópicos, de la técnica retórica. La

Dialéctica aristotélica, conformada por los Tópicos y las Refutaciones sofísticas, junto con la Retórica, tiene como objeto de estudio a las opiniones a

las cuales cada persona se adhiere con una intensidad variable. El acercamiento de Perelman a la retórica aristotélica subraya el hecho de que en la NR la argumentación se desarrolle siempre en función de un auditorio porque las opiniones nunca se dan al margen de las personas que las dan y que las aceptan.

Perelman viene a concluir en el TA que esto de la retórica no ha hecho nada más que empezar y que cada uno de los puntos tratados, cuyo examen apenas habría esbozado junto a su colaboradora Olbrechts-Tyteca, merecería un estudio detallado, así pues la NR al rehabilitar una disciplina antigua pero que había sido con el tiempo denostada y deformada rompe la valla de una razón vedada que sí tiene lugar en el dominio de la argumentación y que abre un campo de investigaciones de una riqueza incomparable. Muchas de las cuestiones tratadas bajo los auspicios de una teoría de la argumentación tales como los diversos tipos de discurso y su variación con arreglo a las distintas disciplinas o auditorios, en palabras de Perelman, se las había ignorado por completo o bien se las había abordado con un método y con un espíritu ajenos al punto de vista retórico:

«En effet, la limitation de la logique à l’examen des preuves qu’Aristote qualifiait d’analytiques37 et la réduction à celles-ci des preuves dialectiques, -quand on attachait quelque intérêt à leur analyse, - a éliminé de l’étude du raisonnement toute référence à l’argumentation. Nous espérons que notre traité provoquera une salutaire réaction ; et que sa seule présence empêchera à l’avenir de réduire toutes les

37Ya desde la introducción del TA Perelman nos avisa de los peligros de la reducción

de toda prueba, incluso contingente, a la necesidad de la prueba analítica, con la cual el lógico se siente a sus anchas; y con lo que quedaría excluido del campo racional toda aquella prueba que no se postre a ella, nada más lejos esto de las razones argüidas por una racionalidad anti-racionalista concebida por Perelman en su teoría de la argumentación:

«Il en résulte que les raisonnements étrangers au domaine purement formel échappent à la logique, et par là aussi à la raison.» (TA: 3)

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techniques de la preuve à la logique formelle et de ne voir dans la raison qu’une faculté calculatrice.

Si une conception étroite de la preuve et de la logique a entraîné une conception étriquée de la raison, l’élargissement de la notion de preuve et l’enrichissement de la logique qui en résulte ne peuvent que réagir, à leur tour, sur la manière dont est conçue notre faculté de raisonner.» (TA: 675-676)

La facultad de razonar de la que habla Perelman concede a la argumentación un sitio, une place – topos- que de ningún modo poseía ni una visión dogmática del universo, ni un universo completamente lógico. Aunque en la práctica argumentativa sea posible, como nos dice y hace Perelman, discernir entre los enunciados referentes a los hechos y los juicios relativos a los valores, nunca está asegurada la distinción entre ellos. La distinción tan frecuente en la filosofía del siglo XX entre los juicios de realidad y los juicios de valor caracteriza una tentativa, según Perelman, desesperada, de quienes al reconocer el estatuto eminente de la ciencia, querían, no obstante, salvar de lo arbitrario y de lo irracional las normas de nuestra acción. Así pues esta distinción entre juicios de hechos y juicios de valor sería el fruto de una filosofía absolutista al pretender aislar con claridad dos aspectos de la actividad humana: la teoría y la práctica, la vida contemplativa y la vida activa, la filosofía y la retórica:

«Pour pouvoir distinguer nettement deux espèces de jugements, il faudrait pouvoir proposer des critères permettant de les identifier, critères qui devraient échapper eux-mêmes à toute controverse et, plus particulièrement, il faudrait un accord concernant les éléments linguistiques sans lesquels aucun jugement n’est formulable.» (TA: 680)

La distinción entre los juicios de realidad y los juicios de valor no corresponde a la lógica sino que responde a la retórica. Ni la realidad ni los valores pueden ser trabados con axiomas. Para que los juicios de realidad dieran cuenta de forma inequívoca de la realidad sería preciso que los términos con los que se refiere a ella carecieran de toda ambigüedad, y en este caso estaríamos ante un realismo ingenuo al considerar le langage comme un reflet

du réel olvidando, según Perelman, un elemento esencial, l’aspect social du langage, instrument de communications et d’action sur autrui (TA: 680). Si con

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los juicios de realidad es más fácil hablar en términos de verdad, con los juicios de valor es más difícil caer en la tentación de la verdad al ser enunciados que no se deben admitir como verdaderos sino como plausibles, probables, pero nunca necesarios si no queremos correr el riesgo de hacerlos absolutos, de situarlos más allá de este mundo. Y los valores siempre van con el hombre, parejos a una sociedad, a una situación concreta.

Un teorema matemático, producto lógico de un axioma, se considera verdadero no tanto porque se corresponda con los hechos o con el mundo sino por ser coherente, o sea, no contradictorio, con el resto de axiomas y teoremas del sistema al que pertenece. No es posible así pues una lógica formal de valores pero quién nos dice que el mundo sea lógico. Esto no significa que nuestro lógico se haga ilógico ni que rechazando el racionalismo cartesiano se pase al bando del irracionalismo. Ahora bien, ni todas las nociones son claras y distintas ni todas las lógicas son formales. Perelman no rechaza la lógica pero sí su estrechez de miras al poner en la diana un único tipo de razón al calificar de irracional todo lo que se salga fuera de su objetivo formal. El cerco analítico de una lógica así se hace tan estrecho, tan limitado que ce qui échappe à une

réduction au formel lui présente des dificultes insurmontables. Ante este

panorama tan formal de la lógica y habiendo dicho que nuestro lógico no rechaza la lógica podríamos decir que al lado de ésta, la lógica formal, coloca la otra, la lógica informal, que se complementan, y lo que es más importante, se dan la alternativa.

En el artículo «Problématologie: pour une rhétorique de la raison» (1985), Michel Meyer critica la pretensión de Perelman de desvincular la retórica entendida como teoría de la argumentación, centrada en el logos, de la lógica tal como la ha entendido la tradición desde Aristóteles puesto que en ese desmarque hay implícita una cierta devaluación de la retórica respecto de la lógica, es decir, una limitación de la retórica. A donde llega la lógica nunca llegará la retórica, siempre se hallará en una posición de inferioridad, porque allí donde la lógica encuentra la verdad la retórica no hallará más que un sucedáneo de verdad:

«Mais à ce jeu (Meyer se refiere a la comparación de la razón argumentativa con la razón façon, trancher une bonne fois ce qu’elle

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oppose, puisqu’elle l’oppose (se refiere aquí Meyer a la oposición que establece Perelman entre retórica y lógica)» (Meyer 1990 b: 155)

Meyer piensa que la comparación de la retórica con la lógica va pareja a

une vue étriquée38 de la Raison, por muy “eficaz” que se presente:

«(…) la logique est sans doute plus efficace, puisque la conclusion est sans appel: on connaît la proposition qui est vraie et la justification indiscutable de sa valeur de vérité. L’argumentation n’est plus alors qu’un succédané, approprié à des contextes non scientifiques en attente de scientifisation. Le moins que l’on puisse dire est que la rhétorique se trouve dévalorisée, puisqu’elle se situe en deçà de l’établissement de la vérité et qu’elle ne peut, de toute façon, trancher une bonne fois ce qu’elle oppose, puisqu’elle l’oppose.» (Meyer op.cit.: 153)

Sin embargo, la razón admite bien otra cosa que no sea la proposición como soporte de lo verdadero, convirtiéndose, según Meyer, en una rhétorique-

repoussoir:

«La réhabilitation de la rhétorique ne se fera pas à partir d’elle-même, pas plus qu’elle n’aura lieu en se bornant à se valorises contre ce modèle (se refiere Meyer al modelo proposicional lógico), car c’est celui- ci en entier qu’il importe de subvertir, et non simplemente de contourner en le laissant intact comme s’il n’était pas entièrement épuissé. Perelman, par exemple, a redonné à la rhétorique un crédit indéniable mais limité, parce qu’il s’est peu soucié de faire autre chose que de la démarquer du logicisme, suivant en cela Aristote. Mais le logicisme lui- même n’as pas été miné en ses fondements mêmes, seul son monopole s’est trouvé ébrenché, puisqu’il ne s’agissait que de pouvoir exister à

côté.» (Op.cit.: 155)

En una conferencia pronunciada en l’École Normale Supérieure de Paris en 1981, tres años antes de su muerte, Perelman trata de manera explícita la diferencia entre la lógica formal y la lógica informal, abogando por esta última al presentar una teoría de la argumentación, cuyos postulados serían diferentes a los de la lógica moderna. Bochenski, al que hace referencia Perelman en esta conferencia, identifica la lógica moderna con la lógica formal eliminando toda concepción de una lógica informal. Para el padre Bochenski la lógica moderna

38En el contexto perelmaniano una concepción étriquée (estrecha) como la concebida

por el racionalismo se opone a una razón élargie (amplia) argumentativa, retórica y mucho más compresiva y razonable.

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se caracteriza por tres principios metodológicos: el uso de un lenguaje artificial, el formalismo y el objetivismo.

El formalismo y el objetivismo resultan del uso de un lenguaje artificial creado precisamente para eliminar los equívocos, las ambigüedades y las controversias que difícilmente son evitables cuando se trata del lenguaje natural:

«En effet, la condition fondamentale dans la construction d’une langue artificielle c’est que chaque signe ait un et un seul sens, de même que chaque expression bien formée. L’objectivisme auquel il fait allusion présuppose que la logique moderne ne s’occupe que des propriétés objectives, vérité, fausseté, probabilité, nécessité, etc., indépendantes de l’attitude des hommes, de ce qu’ils pensent ou croient. Il en sera de même des axiomes du système, énumérés au départ, ainsi que des règles de substitution et de déduction qui indiquent quelles sont les opérations permises, conformes aux règles, et qui permettront de distinguer une déduction correcte d’une déduction incorrecte.» (LF/LI : 15)

Desde esta perspectiva lógica, los razonamientos no son ni verdaderos ni falsos, pues no afirman ni niegan nada: hablamos todo lo más de razonamientos correctos o incorrectos. La validez de los razonamientos no garantiza la verdad de lo razonado. Y el precio a pagar por la precisión del lenguaje artificial con el que se elabora cada sistema formal es la limitación de su expresión, elle (la langue formelle) ne permet de tout dire, determinada por axiomas y reglas de deducción incuestionables. Las exigencias estrictas y

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