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Chapter 4 Evaluation of the effect of geometrical parameters on the stope probability of

4.5. Conclusions

Ésta es la única manera de explicar totalmente la conducta de Jacob y su madre intentando apropiarse de la primogenitura, contraria a lo que de otro modo hubiese sido la disposición natural. Cuando nacieron los dos niños, el aspecto pelirrojo y velludo del mayor fue la causa del nombre de Esaú, o «velludo»; mientras que el menor fue llamado Jacob, o el que «traba su mano al talón», porque estaba «trabada su mano al talón de Esaú»; un nombre que más tarde se adaptaría para designar «suplantador»,4 porque el que se agarra al talón «adelanta» al otro.

El aspecto de los niños no traicionó su carácter cuando crecieron. El carácter salvaje de Esaú, que encontró su trabajo en la vida errante del cazador, nos recuerda a Ismael; mientras que Jacob, apacible y doméstico, buscaba sus placeres en casa. Como sucede a menudo, Isaac y Rebeca tomaron partido por el hijo con el carácter opuesto al suyo propio. El Isaac silencioso y reservado prefería a su hijo mayor atrevido, audaz, fuerte y errante; mientras que Rebeca, que era de naturaleza enérgica, se sintió atraída principalmente por su hijo apacible, Jacob. No obstante, en el fondo, también Esaú era débil y propenso a la depresión,

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como demostró con sus lágrimas y reproches de impotencia cuando se dio cuenta que estaba realmente privado de la bendición; mientras que Jacob, impetuoso, como su madre, estaba siempre dispuesto a actuar por cuenta propia. Lo reiteramos, en determinado momento todas las partes eran conscientes de que, incluso antes del nacimiento de los niños, la Palabra de Dios había designado a Jacob como el heredero de las promesas. Pero la preferencia de Isaac en lugar de Esaú le impedían aceptar las disposiciones divinas de buen grado; mientras que la impetuosidad de Rebeca y Jacob les motivaba a intentar obtener el

cumplimiento de la promesa de Dios por los propios medios de ellos, en lugar de esperar creyendo para ver cuándo lo haría el Señor. Así sucedió que Jacob, atento a sus oportunidades, pronto encontró una posibilidad para aprovecharse de su hermano. Un día Esaú volvió de su caza «cansado» y con hambre. La visión de un plato de lentejas, que hasta hoy aún es un plato favorito en Siria y Egipto, incapaz como era y por falta de costumbre a controlar los deseos del momento, le indujo a vender su primogenitura por ese «guiso rojo». Las circunstancias se comprenden mucho mejor cuando recordamos que, además del carácter desenfrenado de Esaú, y como indica Lightfoot, era una época de inicio de hambre en aquella tierra. Porque, justo después,5 leemos que «hubo hambre en la tierra», mayor incluso que la de la época de Abraham, y que obligó a Isaac a salir de Canaán durante un tiempo. A partir de este acontecimiento, tan característico y decisivo en esta historia, Esaú, de acuerdo con la costumbre de oriente, obtuvo el nombre Edom, o «rojo», por el color del «plato de potaje» por el cual había vendido su primogenitura.

En cuanto a la conducta de los dos hermanos en este asunto, debemos notar que la Escritura no excusa ni defiende en absoluto a Jacob. De acuerdo con su hábito, simplemente relata los hechos sin comentar nada al respecto. Esto lo deja «a la lógica de los hechos»; y las terribles pruebas que tan pronto apartarían a Jacob de su casa, y que lo tuvieron como servidor en una tierra extraña durante tanto tiempo, son en sí mismas un comentario divino suficiente sobre dicha transacción. Además, es notable que Jacob nunca apeló en el futuro a su compra de la primogenitura. Pero en cuanto a lo que concierne a Esaú, sólo podemos tener una opinión sobre su conducta. Demasiado fácilmente suponemos que si Jacob actuó mal con Esaú o se aprovechó de él, por eso mismo Esaú tenía razón. En cambio la verdad es todo lo contrario. Cuando nos preguntamos qué es lo que Jacob intentaba comprar, o Esaú vender en su «primogenitura», respondemos que en los últimos tiempos concedía una porción doble de las posesiones paternas.6 En los días de los patriarcas incluía

«señorío» sobre el resto de la familia, y especial sucesión a la bendición espiritual que desde Abraham fluiría a todo el mundo,7 junto con la posesión de la tierra de Canaán y la comunión del pacto con Jehová.8

Podemos creer fácilmente que la parte espiritual de todo ello era descreditada y menospreciada por parte de Esaú, y lo que era temporal, pero futuro, como demuestra su conducta posterior, se pensaba que lo obtendría por el favor de su padre o por medio de la violencia. Pero el hecho que la satisfacción momentánea de sus apetitos sensuales más bajos le hicieran estar dispuesto a vender tan inefablemente preciosos y santos

privilegios, demostró que era, con el lenguaje de la Epístola a los Hebreos,9 «profano», y por lo tanto no apto para llegar a ser el heredero de las promesas. Porque ser profano es esto: renunciar a lo espiritual y lo no visto por la satisfacción sensual o el deleite momentáneo; ser tan poco cuidadoso por lo espiritual como para aferrarse al gozo actual; en pocas palabras: prácticamente no tener en cuenta nada santo en absoluto cuando se entremete en nuestro gozo actual. La Escritura lo redacta con la amarga sentencia propia, que el mismo Esaú dictó para sí mismo con su conducta: «y él comió y bebió, y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura». 5 Génesis 26:1. 6 Deuteronomio 21:17. 7 Génesis 27:27, 29. 8 Génesis 28:4. 9 Hebreos 12:16.

Antes de continuar con la historia de las pruebas y los gozos de Isaac, parece ser oportuno hacer unas precisiones generales, a fin de explicar tanto la conducta de Isaac como la de Jacob, y su significado para la historia del pacto. Es un hecho común describir a Abraham como el hombre de fe, Isaac como el ejemplo de longanimidad, y Jacob como el hombre del trabajo activo; y en estos dos últimos casos, relacionar los frutos espirituales, que fueron el resultado de su fe, con sus caracteres naturales. Todo esto es correcto; pero, en nuestra opinión, es necesario tomar una perspectiva más amplia de todo el asunto. Tengamos en cuenta que Dios hizo y estableció su pacto con Abraham. La historia de Isaac y Jacob, por otro lado, más bien

representa los estorbos contra el pacto. Son los mismos que nosotros encontramos a diario en nuestro caminar de fe. Surgen por causas opuestas, según nuestra debilidad nos rezagamos, o –por nuestra

impaciencia– nos adelantamos a Dios. Isaac se rezagó, Jacob intentó ir delante de Dios; y su historia muestra los peligros y las dificultades creadas por cada uno de estos motivos, tal como, por el contrario, los tratos de Dios con ellos muestran con cuanta misericordia, sabiduría y santidad sabía apartar tales obstáculos, y desarraigar esos pecados de sus corazones y vidas. En consecuencia, debemos considerar la historia de Isaac y Jacob como la de los obstáculos contra el pacto y su desaparición. Bajo esta perspectiva entendemos mucho mejor, no solo el intento de Jacob de comprar la «primogenitura» (como si Esaú hubiese tenido algún derecho a venderla) sino también lo que sucedió después de dicha transacción.

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