En ningún lugar del mundo comunista los desafíos para la ideología de Marx y Lenin eran mayores que en Berlín. Desde los días de la posguerra, en la capital de la antigua Prusia las ideologías rivales del capitalismo y comunismo competían abiertamente por la adhesión de las mentes y corazones de los obreros del mundo. Enclavada en el corazón de Europa, Berlín ya había sido fuente de fricciones entre los rivales geopolíticos de la posguerra. Su posición estratégica, su historia, su importancia económica y, sobre todo, la convivencia forzosa de las ideologías en un pequeño espacio urbano, hicieron de Berlín un símbolo de la Guerra Fría mucho antes de la construcción del Muro. Tal como quedara claro durante el bloqueo de 1948-49, ninguna de las potencias estaba dispuesta a ceder Berlín. Como ciudad abierta y escenario de la lucha ideológica entre el comunismo y el capitalismo, Berlín era una ciudad de enormes contrastes. Del lado Occidental, Berlín no difería mucho de las grandes capitales de Europa Occidental: comercio floreciente, prensa libre, discusión política e intelectual robusta, oportunidades laborales y salarios competitivos. Del lado Oriental la vida quizá no era tan deslumbrante, pero los subsidios a la vivienda, a los víveres y la educación gratuita la hacían soportable. La vida en Berlín era particularmente cómoda si uno era Grenzgänger, es decir un habitante de Berlín que mantenía un empleo en el lado Occidental con un sueldo en marcos de la RFA y una casa en el lado Oriental donde las rentas se cotizaban en marcos de la RDA.
El estilo de vida de los Grenzgängers – literalmente “cruza fronteras”- no sólo constituía un enorme problema económico para el gobierno comunista de Berlín Oriental sino que, además, era un potente imán que atraía a la ciudad a miles de alemanes orientales del campo y la provincia donde las oportunidades eran nulas. Muchos de estos emigrantes se establecían en Berlín esperando convertirse en Grenzgängers, pero muchos otros preferían probar suerte en Alemania Federal o emigrar a los Estados Unidos. Anualmente, uno de cada seis alemanes orientales –en especial los jóvenes educados gratuitamente por el Estado comunista- salían de Berlín para no volver más. La isla en el mar rojo era también la plataforma de lanzamiento hacia la libertad: entre 1948 y 1960, dos millones 800 mil alemanes del Este –uno de cada 6 ciudadanos de aquel País- escaparon del mundo comunista por la puerta de Berlín.
En el plano propagandístico, Berlín era una elocuente señal de que el “decadente capitalismo burgués” era más atractivo para los obreros del mundo que el espartano Estado proletario donde cada uno “aportaba de acuerdo a su capacidad y recibía de acuerdo a su necesidad”. Para 1960, consolidado su poder al interior de la URSS, Khurshchev exigía a su súbdito este-alemán Walter Ulbricht una solución al problema de Berlín.
Aplicar un torniquete a la herida sangrante del comunismo era más difícil de lo que parecía a primera vista. Cualquier modificación del estatus de la ciudad iba en contra de los Acuerdos de las Cuatro Potencias sobre la ocupación de la antigua capital del Tercer Reich. Por otro lado, el mensaje inaugural del Presidente Norteamericano más joven de la historia no dejaba muchas dudas sobre lo que sería el espíritu de las relaciones exteriores de su nación frente a los designios de la Unión Soviética. Mientras en Enero de 1961 Ulbricht diseñaba soluciones al problema de Berlín, en Washington John F. Kennedy advertía al mundo: “pagaremos cualquier precio, llevaremos cualquier carga, apoyaremos a cualquier amigo, nos opondremos a cualquier enemigo para asegurar la supervivencia y el éxito de la
libertad”.
En tanto Kennedy se instalaba en la Casa Blanca, en Berlín Erich Hoenecker –encargado de la seguridad de la ciudad- presentaba a Ulbricht la única solución viable: la construcción de un muro de concreto alrededor de Berlín Occidental para aislar a los ciudadanos del mundo comunista de las tentaciones de una economía libre. A Ulbricht no le entusiasmó la idea: más allá de los problemas diplomáticos que presentaba el plan, la construcción de un muro para impedir el acceso al Berlín capitalista era, en sí misma, una admisión de la derrota del comunismo. Para el mundo entero quedaría de manifiesto que, no pudiendo convencer a sus propios ciudadanos, el régimen comunista tenía que encerrarlos. Aún así y, a falta de mejores propuestas, Ulbricht decidió presentar el plan de Hoenecker en la reunión de “naciones hermanas” del Pacto de Varsovia en Marzo de 1961. Tras largas consideraciones, Khrushchev aceptó el plan pues, además de frenar la hemorragia económica de la RDA, le permitiría poner a prueba la retórica y resolución de Kennedy.
Para el 11 de Agosto de 1961, Hoenecker –sobre quien recaía la responsabilidad de ejecutar su propio plan- estaba listo. En puntos estratégicos de la ciudad, los Vopos –policía militar de la RDA- esperaban órdenes para entrar en acción, sus armas esa noche serán picos, palas, postes y rollos de alambrada de púas. A las 16:00 horas del 11 de Agosto, Ulbricht estampaba su firma sobre el documento que autoriza a Hoenecker a proceder con la construcción del Muro. Nueve horas más tarde, las brigadas de trabajo comienzan a instalar un endeble cerco de postes y alambradas en torno a Berlín Occidental. En Moscú, el espía británico y también general de la GRU, Oleg Penkovsky no puede conciliar el sueño: sabe lo que está por ocurrir en Berlín pero su posición es tan comprometida que no puede alertar a su contacto en la Embajada Británica sin delatarse.
La madrugada del 12 trae consigo un alud de malos presagios para los berlineses. A la luz del alba lo que parecían reparaciones nocturnas se revelan como una jaula de hierro de dos metros de altura. Las calles y avenidas que comunican ambos sectores están bloqueadas por militares orientales y la circulación del Metro ha sido interrumpida. Para cruzar de un sector al otro de la ciudad es nencesario presentar documentos de viaje válidos, mismos que nadie tiene. A los berlineses del Este se les niega el acceso a Berlín Occidental. Algunos acuden a las oficinas gubernamentales a conseguir papeles, los más desesperados optan por estrellar sus autos contra la endeble barrera con tal de cruzar al otro lado. En cuestión de días, los Vopos comienzan a reemplazar las alambradas por bloques de concreto: ha iniciado la construcción del Muro de Berlín.
El alcalde de Berlín Occidental, Willy Brandt y el Presidente oeste-alemán Konrad Adenauer piden auxilio a los Estados Unidos. La guerra diplomática no se hace esperar, pero en Berlín y Moscú la única respuesta a las protestas occidentales es un inquietante silencio. De inmediato, Kennedy despacha a su Vicepresidente Lyndon B. Johnson junto al General Lucius Clay al frente de una columna blindada y 1,500 soldados. Los británicos hacen lo propio con los tanques que mantienen en territorio de la RFA. De nada sirve el show de fuerza: los Vopos cierran cinco de los doce puntos de cruce originales. Para los extranjeros el único punto de cruce entre uno y otro sector será la Friederichstrasse frente a la puerta de Brandenburgo.
Los americanos protestan pues el requisito de mostrar papeles equivale a la instalación de un módulo de migración que contraviene las disposiciones de la Cuatro Potencias. Kennedy ordena desobedecer la instrucción de mostrar el pasaporte en la frontera y gira órdenes para que cada viajero occidental que pretenda cruzar a Berlín Oriental sea escoltado por militares americanos. Para reforzar el
desafío diez tanques M-48 son enviados a la Friederichstrasse. A toda prisa, del lado Occidental se erige una caseta pre-fabricada para abrigar a los guardias que deberán acompañar a los viajeros en tránsito: se trata de la legendaria Checkpoint Charlie, un Rubicón de la moderna guerra nuclear.
La estrategia americana parece dar resultados, cada intento de cruce –aunque crecientemente difícil- culmina con un éxito… Hasta el 26 de Octubre. Ese día, treinta y tres blindados soviéticos llegan a la ciudad en disputa. Diez de ellos se estacionan en la Friederichstrasse a cien yardas y exactamente frente a los M-48 americanos. Checkpoint Charlie queda en medio de ellos. Durante las siguientes 16 horas los soldados rusos se carean con los americanos desde las torretas de sus tanques. Ninguno de los dos colosos osa moverse. Luego, bajo órdenes de Moscú, los blindados soviéticos se retiran del escenario. Una hora más tarde los M-48 hacen lo propio. La confrontación ha demostrado que Kennedy y Khrushchev están igualmente dispuestos a defender el estatus quo de sus posesiones, pero ninguno está listo para desatar una guerra definitiva por Berlín.
Como el propio Kennedy dirá más tarde: “Sería particularmente estúpido arriesgar un millón de vidas americanas por defender nuestro derecho de acceso a un Autobahn o, para que los alemanes vean una Alemania reunificada. Si voy a amenazar a Rusia con una guerra nuclear tendrá que ser por razones mayores y más importantes que ésta”. Desconocidas para el Presidente norteamericano, dichas razones están a la vuelta de la esquina.
Bajo la tesis de la coexistencia pacífica y la posibilidad de instalar misiles nucleares de corto alcance en Cuba, Khrushchev también está por abandonar la estrategia de la confrontación directa en territorio europeo por el chantaje y la exportación de la revolución a los territorios del Tercer Mundo. Mientras tanto, el Muro de Berlín irá creciendo de sus humildes orígenes de alambre hasta convertirse en un Muro de hormigón armado de cuatro metros de altura, reforzado por un campo minado, torretas de vigía y un muro exterior que hace las veces de un foso en un castillo medieval.
En su visita a la ciudad poco antes de ser abatido en Dallas, John F. Kennedy visitaría el Muro y ahí, pronunciaría uno de los discursos más elocuentes de la Guerra Fría: “Hay mucha gente –dirá Kennedy- que no entiende, o dice que no entiende cuál es la gran diferencia entre el mundo comunista y el mundo libre. Déjenlos venir a Berlín. Hay algunos que dicen que el comunismo es la ola del futuro. Déjenlos venir a Berlín. Y hay algunos que dicen, en Europa y otros lugares, que si bien es cierto que el comunismo es un sistema diabólico, nos permite lograr un progreso económico. ¡Déjenlos venir a Berlín! Todos los hombres libres, donde quiera que se encuentren, son ciudadanos de Berlín. Por ello, yo, como hombre libre estoy orgulloso de poder decir: Ich bin ein Berliner!”.
Poco después de su discurso, Kennedy moría en Dallas. Pero Khrushchev tampoco sobrevivió mucho tiempo. Sus fracasos geopolíticos en Berlín, China y Cuba dieron a sus enemigos internos suficientes razones para deshacerse de él. En Octubre de 1964, mientras se comunicaba con los astronautas soviéticos a bordo de la nave Voskhod, Khrushchev fue depuesto de su cargo como Secretario General del Partido Comunista de la URSS. Pasaría el resto de sus días en el limbo político de una figura pública caída en desgracia. La política del tercer sucesor de Lenin, el también ucraniano Leonid Brezhnev llegaría a hacerse famosa como la época del estancamiento económico y político de la URSS.