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ciguaba mediante la estimulación de su núcleo caudado, una región del cerebro involucrada en el control de los movi- mientos voluntarios. Una hembra de la jaula descubrió pronto el poder de la pa- lanca y la manipulaba cuando el macho la amenazaba. Rodríguez Delgado, quien nunca recurrió a interpretaciones antro- pomórfi cas, escribió: “El viejo sueño de cualquier individuo de dominar la fuerza de un dictador por control remoto se ha conseguido, al menos en nuestras colo- nias de monos”.

El experimento más famoso de Ro- dríguez Delgado se desarrolló en 1963 en Córdoba, en una dehesa de toros de lidia. Tras insertar estimorreceptores en el cerebro de varias reses, se encerró en una plaza de toros con varios de ellos; con uno tras otro fue presionando boto- nes en un transmisor manual y controló las acciones de cada animal. En una oca- sión, inmortalizada en una impresionan- te fotografía, Rodríguez Delgado obligó a un toro que corría hacia él a derrapar y parar a tan sólo unos pocos pasos de distancia, mediante la estimulación de su núcleo caudado. El New York Times

publicó en primera página la noticia del acontecimiento y lo califi có como “la demostración más espectacular llevada a cabo hasta este momento de la modi- fi cación deliberada de la conducta de un animal mediante el control externo del cerebro”.

Desde el punto de vista científi co, Ro- dríguez Delgado le otorga mayor valor al ensayo sobre una hembra de chimpancé. Programó el estimorreceptor de Paddy, así se llamaba, de forma que detectara husos, unas señales emitidas espontá- neamente por su amígdala. En cuanto el estimorreceptor detectaba un huso, esti- mulaba la región gris central del cerebro de Paddy, originando “una reacción de aversión”, es decir, una sensación dolo- rosa o molesta. A las dos horas de esta reacción negativa, la amígdala de Paddy producía un cincuenta por ciento menos de husos; la frecuencia bajaba al noventa y nueve por ciento a los seis días. Paddy se encontraba “más silenciosa, menos

atenta y menos motivada durante las pruebas de comportamiento”, escribió Rodríguez Delgado. No obstante, es- peculó sobre la posibilidad de que esta técnica de “aprendizaje automático” pu- diera utilizarse para calmar ataques epi- lépticos, de pánico u otras alteraciones caracterizadas por señales cerebrales específi cas.

Las investigaciones de Rodríguez Del- gado fueron fi nanciadas no sólo por de- partamentos y entidades civiles, sino tam- bién por la Ofi cina de Investigación Naval y otros organismos militares. (Aunque nunca, insiste Rodríguez Delgado, por la Agencia Central de Inteligencia, como al- gunas teorías conspiratorias le achacaron en algún momento.) Rodríguez Delgado, que se considera pacifi sta, afi rma que sus fi nanciadores del Pentágono considera- ron su trabajo como una investigación básica y nunca le forzaron a dirigirlo hacia una aplicación militar. Estuvo en desacuerdo con quienes especulaban

2.

CAROLINA DE RODRIGUEZ DELGADO, que aparece controlando los registros

electroencefalográfi cos de un mono, colaboró con su marido desde que se conocieron en la Universidad de Yale en los años cincuenta.

que los implantes podían crear soldados cibernéticos que matarían al recibir una orden, como el asesino sometido a un lavado de cerebro de la novela El Can- didato de Manchuria, llevada posterior- mente al cine (en la versión original de 1962, el asesino era controlado mediante

métodos psicológicos, mientras que en la nueva versión de 2004, se le implanta un chip en el cerebro). La estimulación ce- rebral puede “incrementar o disminuir la conducta agresiva”, afi rma, pero no pue- de “dirigir la conducta agresiva hacia un objetivo específi co”.

La visión de una “sociedad psicocivilizada”

En 1969, Rodríguez Delgado describió la investigación sobre estimulación cerebral y analizó sus implicaciones en El control físico de la mente: hacia una sociedad psicocivilizada, ilustrada con fotografías de monos, gatos, un toro y dos mujeres jóvenes cuyos turbantes ocultaban esti- morreceptores. (Las mujeres “mostraron su adaptabilidad femenina a las circuns- tancias”, señaló Rodríguez Delgado, “lle- vando atractivos sombreros o pelucas para ocultar su tocado eléctrico”.) Al explicar con detalle las limitaciones de la estimu- lación cerebral, quitó importancia a la “posibilidad orwelliana” de que científi - cos diabólicos esclavizaran a la población mediante la implantación de electrodos en sus cerebros.

Con todo, su retórica tenía un alar- mante tono auroral. Declaró que la neu- rotécnica estaba “a punto de conquistar la mente” y de crear “un hombre me- nos cruel, más feliz y mejor”. En una revisión en Scientifi c American, Philip Morri son califi có a El control físico como “un informe serio y actual” de los experimentos sobre estimulación eléc- trica, pero añadió que sus implicaciones eran “amenazadoras”.

En 1970, la reputación de Rodríguez Delgado se vio empañada por un escán-

4.

UN TORO BRAVO con un estimorreceptor en su cerebro embiste a Rodríguez

Delgado (con la muleta) en una plaza de toros española en 1963 y después se para y se vuelve en respuesta a una radioseñal emitida por el científi co (en el extremo derecho). Los críticos dijeron que la estimulación no reprimió el instinto agresivo del toro, como Rodríguez Delgado sugería, sino que le obligaba a volverse hacia la izquierda. Rondeño de nacimiento, hizo escaso honor a su casta y admitió que se sintió “aterrorizado” inmediatamente antes de que su señal hiciera que el toro abandonara la embestida.

3.

UN GATO LEVANTA SU PATA

TRASERA en respuesta a la estimulación provocada por un electrodo implantado en su cerebro. Rodríguez Delgado sostiene que el gato no manifestaba molestias en este experimento realizado a principios de los años cincuenta.

CORTESIA DE JOSE M. RODRIGUEZ DELGADO

dalo destapado por Frank Ervin y Vernon Mark, dos investigadores de la facultad de medicina de Harvard con quienes ha- bía mantenido una corta colaboración. (Uno de los alumnos de Ervin fue Mi- chael Crichton, autor de The Terminal Man, que narra, novelado, un experimen- to biónico fracasado, inspirado en las in- vestigaciones de Ervin, Mark y Rodrí- guez Delgado.) En su libro Violence and Brain, Ervin y Mark sugirieron que la estimulación cerebral o psicocirugía po- día reprimir las tendencias violentas de los negros en los disturbios de los barrios céntricos. En 1972 Heath, psiquiatra de Tulane, planteó más preguntas acerca de la investigación sobre implantes cere- brales cuando dio a conocer que había intentado cambiar la orientación sexual de un hombre homosexual mediante la estimulación de su región septal mien- tras mantenía relaciones sexuales con una prostituta.

Quien más se opuso a los implantes cerebrales fue Peter Breggin. En las últimas décadas éste ha centrado sus investigaciones en los peligros de los fármacos psiquiátricos. En una declara- ción remitida al Registro del Congreso, Breggin situó a Rodríguez Delgado, Er- vin, Mark y Heath junto a los defensores de las lobotomías y les acusó de intentar crear “una sociedad en la cual quien se desviara de la norma” sería “mutilado quirúrgicamente”. Citando libremente El control físico, Breggin señaló a Ro- dríguez Delgado como “el gran apolo-

gista del totalitarismo tecnológico”. En Brain Control, aparecido en 1973, Elliot Valenstein, neurofi siólogo de la Univer- sidad de Michigan en Ann Arbor, presen- tó una crítica científi ca detallada de la investigación sobre implantes cerebrales llevada a cabo por Rodríguez Delgado y otros. Exponía que los resultados de la estimulación eran mucho menos preci- sos y terapéuticamente benefi ciosos de lo que sus defensores sugerían. (Rodrí- guez Delgado precisa que en sus propios escritos coincidía en muchos puntos con Valenstein.)

5.

UNA HEMBRA DE MACACO (en el extremo izquierdo de la primera fotografía) aprendió que moviendo una palanca situada en la jaula podía evitar los contactos con un macho alfa. La palanca enviaba una señal al estimorreceptor implantado en su cerebro y lo apaciguaba. El macho alfa apaciguado se encuentra en el extremo derecho de la fotografía de la izquierda y se ha vuelto agresivo en la otra imagen. Rodríguez Delgado llevó a cabo numerosas investigaciones sobre los efectos que la estimulación cerebral ejerce en las interacciones sociales, como ésta realizada a principios de los sesenta.

Por entonces, algunos comenzaron a acusar a Rodríguez Delgado de haber implantado en secreto estimorreceptores en sus cerebros. Una mujer le reclamó a él y a la Universidad de Yale, por este motivo, un millón de dólares, aunque el neurocientífi co nunca había coincidido con ella. En medio de esa tormenta, Ma- nuel Villar Palasí, ministro de Educación y Ciencia, preguntó a Rodríguez Delgado si quería incorporarse a la nueva facultad de medicina de la recién creada Univer- sidad Autónoma de Madrid. Aceptó y en 1974 se trasladó a España con su mujer y sus dos hijos.

En España, Rodríguez Delgado centró su investigación en métodos cerebrales no invasivos, que esperaba tuvieran más aceptación médica que los implantes. An-

ticipándose a técnicas modernas como la estimulación magnética transcraneal, in- ventó un dispositivo parecido a una aureo- la y un casco que liberaba pulsaciones electromagnéticas dirigidas a regiones nerviosas específi cas. Ensayó esos dis- positivos sobre animales y voluntarios, incluidos él mismo y una hija. Comprobó que podía inducir somnolencia, estados de alerta y otros; también obtuvo algún éxito ocasional en el tratamiento de los temblo- res de los pacientes con Parkinson.

A mediados de los ochenta, un artícu- lo de la revista Omni y unos documentales de la BBC y de la CNN citaron los traba- jos de Rodríguez Delgado como prueba circunstancial de que los Estados Unidos y la Unión Soviética podían haber de- sarrollado en secreto ciertos métodos para

modifi car a distancia el modo de pensar de la gente. Al darse cuenta de que la fuerza y la precisión de los impulsos electro- magnéticos disminuían rápidamente con la distancia, Rodríguez Delgado rechazó este presunto control mental y lo califi có de “fantasía científi ca”.

Excepto por estas ráfagas de publici- dad, el trabajo de Rodríguez Delgado no volvió a recibir la atención despertada en un comienzo. Aunque continuó pu- blicando artículos, en especial sobre los efectos de la radiación electromagnética sobre la cognición, el comportamiento y el crecimiento del embrión, la mayoría aparecieron sólo en revistas españolas. Es más, en los Estados Unidos los estudios sobre estimulación cerebral dieron mar- cha atrás y se atascaron en controversias

Cuando José Manuel Rodríguez Delga- do y algunos pioneros más comenzaron a explorar los efectos del implante de electrodos en el cerebro, hace medio si- glo, no podían prever cuántas personas se benefi ciarían hoy en día de esta línea de investigación. La forma de implante o “prótesis nerviosa” con más éxito es, de lejos, la cóclea artifi cial. Más de se- tenta mil personas han sido equipadas con este dispositivo que restablece, al menos rudimentariamente, la capacidad auditiva mandando señales desde un micrófono externo al nervio auditivo. Se han implantado estimuladores cere- brales en más de treinta mil personas con enfermedad de Parkinson y otras alteraciones del movimiento (entre ellas, Kari Weiner, de 17 años, que aparece a la derecha). Se ha tratado aproximada- mente al mismo número de epilépticos con dispositivos que estimulan el nervio vago en el cuello.

Los trabajos con otras prótesis avan- zan con mayor parsimonia. En la actua- lidad se realizan ensayos clínicos para comprobar el efecto de la estimulación del cerebro y del nervio vago sobre alte- raciones como la depresión, el síndrome obsesivo-compulsivo, los ataques de pá- nico y el dolor crónico. Se han ensayado retinas artifi ciales, chips sensibles a la luz que mimetizan la capacidad de procesar las señales del ojo y estimular el nervio óptico o el córtex visual, en algunas personas ciegas, pero habitualmente no “ven” más que fosfenos o manchas brillantes.

Algunos grupos de investigación han demostrado que los monos pueden con-

trolar ordenadores y brazos robóticos “sólo con el pensamiento”, tal y como los medios de comunicación repiten in- variablemente, no de forma telequinéti- ca sino mediante electrodos implantados que recogen señales nerviosas. Se trata de un método aplicable, en potencia, a personas paralíticas, pero hasta ahora se han llevado a cabo pocos experimentos en el hombre y con escaso éxito. Desde hace un par de años se están ensayan- do, en ratas, chips que podrían hacer recuperar la memoria a enfermos de Alzheimer u otras alteraciones.

—J. H.

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