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Performance Analysis for Single Activity

Chapter 4 Performance Analysis

4.2 Performance Analysis for Single Activity

A

comienzos de los años setenta del siglo pasado, José Manuel Rodríguez Delgado, profesor de fi siología de la Universi- dad de Yale, se numeraba entre los neu- rocientífi cos más reconocidos del mundo. También entre los más controvertidos. En 1970, el New York Times Magazine lo pre- sentaba, en portada, como el “apasionado profeta de una nueva sociedad psicocivi- lizada cuyos miembros podrían infl uir y alterar sus propias funciones mentales”. Si bien agregaba que algunos colegas su- yos en Yale veían “potenciales amenazas” en su trabajo.

Rodríguez Delgado fue pionero en la utilización de una técnica desconcer- tante, el chip cerebral, un dispositivo electrónico capaz de manipular la mente mediante la recepción de señales de la misma y su transmisión a las neuronas. Los chips se aplican en la actualidad para

tratar la epilepsia, la enfermedad de Par- kinson, la parálisis, la ceguera y otras alteraciones.

Decenios atrás, sin embargo, Rodrí- guez Delgado llevó a cabo experimentos más osados, en algunos aspectos, que cualquiera de los realizados hoy en día. Implantó series de electrodos radioequi- pados, que llamó estimorreceptores, en gatos, monos, chimpancés, gibones, toros e incluso, en humanos, y demostró que podía controlar aspectos de la mente y del cuerpo apretando un botón.

Después de que Rodríguez Delgado se trasladara a España en 1974, su fama en los Estados Unidos comenzó a obs- curecerse, no sólo en el recuerdo del público, sino también en la comunidad académica. Desapareció de la bibliogra- fía. Aunque describió sus resultados en más de 500 trabajos de investigación y en un libro, publicado en 1969 y am-

pliamente reseñado, rara vez son cita- dos. De hecho, algunos familiarizados con sus primeros trabajos creen que ha muerto; sin embargo, Rodríguez Delga- do disfruta de buena salud lejos de Espa- ña de nuevo, en San Diego, California, y tiene una perspectiva única acerca de los intentos modernos que se llevan a cabo para tratar una serie de alteracio- nes mediante la estimulación de zonas específi cas del cerebro.

La moda de las lobotomías

Rodríguez Delgado nació en 1915 en Ronda. Empezó la carrera de medicina en la Universidad de Madrid en los años treinta. Cuando estalló la guerra civil se enroló en el servicio de sanidad del ejército republicano. Acabado el con- fl icto, pasó cinco meses en un campo de concentración antes de continuar la carrera.

1.

DISPOSITIVOS PARA LA ESTIMULACION

ELECTRICA CEREBRAL (página opuesta), inventados por José M. Rodríguez Delgado para su investigación sobre el control motor y de la conducta, se

implantaron en monos (mostrado arriba), toros de lidia, gatos y personas. Los electrodos podían permanecer

Al principio quiso ser oftalmólogo, como su padre, pero su estancia en un laboratorio de fi siología y la lectura de los trabajos de Santiago Ramón y Cajal le dejaron extasiado ante “los muchos misterios del cerebro. ¡Qué poco se sabía entonces, qué poco se conoce ahora!”. Rodríguez Delgado estaba especial- mente interesado en los experimentos de Walter Rudolf Hess. Este fi siólogo suizo había demostrado, a principios de los años veinte, que podía provocar respuestas como la ira, el hambre y el sueño en gatos mediante la estimulación eléctrica, con cables, de diferentes zonas cerebrales.

En 1946, Rodríguez Delgado obtuvo una beca en Yale. En 1950, aceptó un puesto en su departamento de fi siolo- gía, dirigido entonces por John Fulton, quien desempeñó una función crucial en la historia de la psiquiatría. Duran- te una conferencia en 1935 en Londres, Fulton anunció que un violento y “neu- rótico” chimpancé, llamado Becky, se había vuelto tranquilo y sumiso tras la destrucción quirúrgica de sus lóbulos prefrontales. Entre el público se encon- traba el psiquiatra portugués Egas Mo- niz, quien comenzó a realizar lobotomías en pacientes psicóticos, dando cuenta de excelentes resultados. Después de que Moniz ganara el premio Nobel en 1949, las lobotomías se convirtieron en un tra- tamiento cada vez más popular de las enfermedades mentales.

Al principio, Fulton no estaba de acuerdo en que su método para tran- quilizar a los chimpancés se aplicara al hombre, pero más tarde se convirtió en un cauto defensor de la psicocirugía. Rodríguez Delgado discrepó de la pos- tura de su mentor: “Creo que la idea de Fulton y Moniz de destruir el cerebro es horrible”. Pensaba que había que ser “mucho más conservador” en el trata- miento de las enfermedades mentales, aplicando los métodos de estimulación

eléctrica puestos en marcha por Hess, quien en 1949 ganó el premio Nobel junto con Moniz. “Mi idea era evitar la lobotomía con la ayuda de electrodos implantados en el cerebro”, apostilla el fi siólogo rondeño.

Una de las claves de su éxito estriba en su capacidad inventiva. Cierto com- pañero de Yale le llamó en una ocasión “mago de la técnica”. En sus primeros experimentos, los cables iban a través del cráneo y la piel, desde los electrodos im- plantados hasta voluminosos dispositivos electrónicos que recogían datos y man- daban impulsos eléctricos. Este montaje restringía los movimientos del sujeto y le predisponía a las infecciones. Por ello, diseñó estimorreceptores radioequipados del tamaño de una moneda de medio dó- lar que podían implantarse en los sujetos. Otros dispositivos de su invención fueron una temprana versión de un marcapasos cardíaco y “quimitrodos” implantables que podían liberar cantidades precisas de fármacos directamente en zonas concre- tas del cerebro.

En 1952, fue coautor del primer tra- bajo de investigación en el que se des- cribía el implante de electrodos de larga duración en el hombre, adelantándose por muy poco a un informe de Robert Heath, de la Universidad de Tulane. Du- rante las dos décadas siguientes, Rodrí- guez Delgado implantó electrodos en unos veinticinco sujetos, en su mayoría esquizofrénicos y epilépticos. Según sus palabras, operó tan sólo a enfermos muy graves que no habían respondido a tratamientos previos. Desde el prin- cipio, la localización de los electrodos que implantaba en el hombre se basó en experimentos sobre animales, en es- tudios sobre personas con alteraciones cerebrales y en las investigaciones del neurocirujano canadiense Wilder Pen- fi eld; desde los años treinta, Penfi eld estimulaba cerebros de epilépticos con electrodos antes de ser operados, para

determinar dónde debía realizarse la intervención.

Doma de un toro bravo

Rodríguez Delgado demostró que la estimulación del córtex motor podía desencadenar el movimiento de las extremidades y otras reacciones físi- cas específicas. Un paciente cerró su puño al ser estimulado, aun cuando in- tentó resistirse: “Doctor, supongo que su electricidad es más fuerte que mi voluntad”, comentó. Otro sujeto gira- ba la cabeza de un lado a otro tras ser estimulado e insistía en que lo hacía voluntariamente: “Estoy buscando mis zapatillas”.

Mediante la estimulación de diferentes regiones del sistema límbico, que regula las emociones, Rodríguez Delgado pro- vocó sentimientos de miedo, ira, lujuria, hilaridad, locuacidad y otras reacciones, algunas de sorprendente intensidad. En uno de sus experimentos, Rodríguez Delgado y dos de sus colaboradores de la Universidad de Harvard estimularon el lóbulo temporal de una mujer epiléptica de 21 años mientras tocaba plácidamente la guitarra; su respuesta fue un acceso de rabia y estampar la guitarra contra la pa- red, muy cerca de la cabeza de uno de los investigadores.

Quizás el hallazgo médico más prome- tedor fue comprobar que la estimulación de una región del limbo llamada septum podía desencadenar euforia, lo bastante intensa en algunos casos como para neu- tralizar una depresión e incluso un dolor físico. No obstante, Rodríguez Delgado frenó su investigación en el hombre por- que los benefi cios terapéuticos de los im- plantes eran poco fi ables; los resultados variaban mucho de un paciente a otro e incluso en el mismo sujeto eran impre- visibles. De hecho, rehusó hacerse cargo de un número mayor de pacientes que los que trató, incluyendo a una mujer joven, sexualmente promiscua, proclive a la vio- lencia y que muchas veces había sido con- fi nada en cárceles y hospitales mentales. Se negó a implantarle electrodos, aunque tanto ella como sus padres le habían auto- rizado, ya que sentía que la estimulación eléctrica era demasiado primitiva para un caso en el que la alteración neurológica no estaba clara.

Mucho más extenso fue su trabajo ex- perimental sobre monos y otros anima- les. Se centraba en regiones nerviosas que provocaban e inhibían la agresión. En cierta demostración que exploraba los efectos de la estimulación de la jerarquía social, implantó un estimorreceptor en un macaco agresivo. Instaló en la jaula una palanca que, al ser presionada, lo apa-

• José Manuel Rodríguez Delgado, español de nacimiento y pionero en la técnica de implantes cerebrales, debe su fama a haber detenido la embestida de un toro con sólo presionar un botón de un dispositivo que enviaba señales al cerebro del animal.

• A comienzos de los setenta, Rodríguez Delgado pasó de ser aclamado a critica- do. En 1974 se trasladó de Estados Unidos a España y poco a poco desapareció de la memoria del público y del interés científi co de los expertos.

• Sus hallazgos, sin embargo, prepararon el terreno para la moderna técnica de implantes cerebrales, que resurge en la actualidad y mejora la vida de pacientes con epilepsia y con alteraciones motoras debidas al Parkinson o a distonías.

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