¿Hay alguna respuesta mejor al argumento del incompatibilismo?
El argumento del determinismo radical no dice nada acerca de los diferentes tipos de relaciones causales que pueden estar en juego cada vez que un agente lleva a cabo
una determinada acción. Sin embargo, a veces la cadena causal es enteramente independiente de lo que nosotros pensemos. La cadena causal que lleva de mi inmersión irreversible bajo el agua a mi muerte por ahogamiento es una de ellas. El resultado es tan inevitable en el caso de Einstein como en el de un burro. Pero a veces la cadena causal sigue la vía de los procesos neurales de alto nivel. Esto es tanto como decir que nuestra forma habitual de actuar es el resultado del correcto funcionamiento de nuestro cerebro.
Probemos, pues, con un modelo más primitivo. Pensemos en el cerebro en términos de software, como si estuviera dividido en varios «módulos». Uno (un «escáner») le permite recibir información acerca de una
determinada situación. Otro (un «generador de
alternativas») define las opciones posibles de
comportamiento a la luz de la información proporcionada por el escáner. Un tercer módulo (un «evaluador») establece el orden de prioridad de las diversas opciones en función de los objetivos para los que está programado. Puede que funcione a base de asociar distintos indicadores emocionales, como el miedo o la alegría, a cada una de las opciones. Finalmente, un cuarto módulo (un «productor») toma la primera opción seleccionada por los procesos anteriores y envía las señales neuronales pertinentes para poner en movimiento los músculos y los miembros del cuerpo. Este seria el esquema básico:
Recordemos que todo esto no es más que una descripción de las partes del cerebro en términos de software. Supongamos ahora que el funcionamiento de dichos módulos ha dado como resultado una determinada decisión. Supongamos que se trata de una decisión tuya, y que estos módulos han trabajado para producirla tal como lo hacen normalmente. Si les damos el nombre de «módulos de decisión», y aceptamos su implicación en la elaboración de la respuesta, entonces se puede decir perfectamente que la respuesta la escogiste tú. No fue algo que se te impusiera, como por ejemplo el ahogarse es algo que se impone al bañista atrapado.
Supongamos que la decisión consistía en hacer algo realmente malo. Entras en mi habitación y tiras a mi pacífico perro por la ventana. Yo me siento ultrajado, y me dispongo a tomar represalias. Supongamos que tratas de defenderte invocando el argumento del incompatibilismo.
Ten en cuenta que esta acción ha sido el resultado de la «configuración» de mi sistema de módulos de decisión. Quizás algunos sucesos de mi infancia, sobre los que tengo escaso control, lo «configuraron» de tal modo que conseguir un entorno sin perros tiene la máxima prioridad para mí. Mi generador de alternativas me dijo que había una opción, tras ser informado por el escáner de que estaba en presencia de un perro y de que había
una ventana cerca. Mi evaluador seleccionó inmediatamente esa opción, y mi productor inició sin más dilación la acción de tirar al perro por la ventana. ¿Por qué me acusas de ello?
Es probable que yo no esté demasiado impresionado. Mi respuesta sería muy parecida a ésta:
No tengo el menor interés en saber cómo llegaste a estar «configurado» de este modo. Lo que me molesta es que ésa sea tu configuración. No me importa cómo llegó a serlo, o qué fuerzas deterministas hicieron que tus sistemas se configuraran de este modo. Lo único que me importa es que a fin de cuentas el resultado es odioso, y por eso voy a darte una paliza. Quizá fue pura mala suerte que acabaras siendo así. Y ahora la mala suerte será doble, porque vas a recibir una paliza por ello.
¡Siempre me queda el consuelo de saber que, según tu propio argumento, no me puedes culpar por el hecho de pegarte! Es sólo la forma en que estoy configurado: reacciono mal cuando la gente le hace estas cosas a mi pacífico perro.
El hecho de darte una paliza puede tener una ventaja — en realidad, varias ventajas—. Puede que sirva para reajustar tu evaluador. La próxima vez, puede que este módulo ponga la opción de tirar el perro por la ventana por debajo de la opción de soportar su presencia en el orden de prioridades. También podemos imaginar mecanismos más complicados que tengan ese mismo efecto —tal vez ponga una señal en la opción «tirar al perro» que diga: «Riesgo de recibir una paliza»—. O quizá mi furia haga que te replantees de modo más general tus estrategias de
comportamiento. E incluso si el hecho de pegarte no tiene ningún efecto sobre ti, al menos envía una señal a otros posibles enemigos de los perros. Eso también representa un alivio.
Hacer esto no es lo mismo que culpar a alguien por haberse ahogado, por ejemplo, y en cambio no culparle por haber quedado atrapado bajo el agua. En este último caso, la cadena causal depende de la fisiología básica de los animales, algo que no puede cambiarse a través de la educación o de la actitud de los demás. No puede ser «reconfigurado» por medio de premios o castigos. La cadena causal no depende en este caso de módulos elásticos o flexibles, es decir, que puedan reconfigurarse por aquellos medios. En cambio, sí podemos disuadir o reeducar a aquellos que tiran perros.
Los profesores de escuela dicen a veces cosas como ésta: «No me importa tener un alumno estúpido, pero sí me molesta tener uno perezoso». Llevados por el argumento del determinismo radical, podríamos pensar que esto no es más que un prejuicio: algunas personas nacen estúpidas y sentimos compasión por ellas; ¿por qué no deberíamos sentir compasión también por aquellos que han nacido perezosos? No es más que una cuestión de suerte. Pero la actitud del profesor de escuela tendría un sentido si la pereza, a diferencia de la estupidez, respondiera a ciertos incentivos. Si el respeto por la opinión de nuestro profesor nos hace trabajar más duro, aunque no nos haga más inteligentes, entonces la asimetría está justificada. El
profesor tiene la función de reconfigurar nuestro módulo
evaluador. La experiencia humana demuestra
empíricamente hasta qué punto pueden llegar a reconfigurarse los módulos de decisión en las relaciones con los demás, incluidas las relaciones desagradables como el enfado o el desprecio.
Aquí tenemos un primer esbozo —pero sólo un esbozo— del programa del compatibilismo: el intento de mostrar que, si se plantea el problema correctamente, no hay ninguna inconsistencia entre el determinismo y nuestra práctica habitual de atribuir a las personas la responsabilidad de sus acciones. A veces recibe el nombre
de determinismo «moderado», en oposición al
determinismo radical. No resulta una etiqueta demasiado acertada, y ello por dos razones. Primero, no se trata realmente de una clase diferente de determinismo. Lo asume exactamente en el mismo sentido que todo el mundo: no hay ningún poder espiritual que venga a interferir en el orden causal natural de los acontecimientos. Segundo, en términos morales o políticos, el determinista «moderado» puede llegar a ser bastante radical, en el sentido de duro. Sí alguien se le acerca con la melodramática excusa de que su biología o su entorno le ha hecho tal como es, se vuelve sordo y descarga igualmente su furia. La fácil ecuación entre el crimen y la enfermedad no tiene ningún sentido para él: la gente es muy capaz de hacer lo que debe hacer, y en caso contrario empleará el castigo o cualquier otro recurso apropiado para obligarles a
hacerlo.
Por supuesto, el compatibilista también admite cierta clase de excusas. Si una persona estuviera tan condicionada en una determinada situación que le resultara imposible encontrar una buena salida, por mucho que sus «módulos» estuvieran en perfecto funcionamiento, no sería culpable de lo que pudiera suceder. Tal es el caso del bañista que se ahoga: no puede hacer nada por salvarse, por mucha personalidad que tenga. De modo parecido, si alguien se ha visto obligado a tomar, por ejemplo, una medicación que provoca desorientación o un estado depresivo, tal vez se le puedan perdonar sus acciones mientras se encuentre en este estado.
Llegados a este punto es posible que pensemos: bueno, la reacción frente al malvado enemigo de los perros fue bastante natural. Tal vez resulte incluso justificable en términos de sus consecuencias. Tal vez la idea de culpa y las reacciones asociadas a ella simplemente cumplan una función necesaria. Pero a pesar de ello, ¿acaso no descubrimos un indicio de injusticia? No hemos hecho nada para demostrar que el enemigo de los perros podría haber actuado de otro modo. El resultado de nuestras acciones está siempre predeterminado por la configuración de nuestros módulos. Por lo tanto, los compatibilistas parecen responsabilizar a las personas de acciones que éstas no podían evitar. Sin embargo, ellos podrían replicar distinguiendo varios sentidos de la expresión «podría haber actuado de otro modo». Si la cadena causal que lleva a una
determinada acción se sitúa en los módulos de decisión del agente, podemos decir que en cierto sentido «podría haber actuado de otro modo» y, por lo tanto, sería libre. Para comprender adecuadamente lo que significa «podría haber actuado de otro modo», podemos fijarnos en lo que yo llamaría el primer principio del compatibilismo:
Podemos decir que un sujeto ha actuado libremente si hubiera podido actuar de otro modo en sentido propio. Esto significa que el sujeto hubiera actuado de otro modo si hubiera tomado una decisión diferente.
Y de acuerdo con el compatibilista esto justifica de modo suficiente el hecho de que consideremos responsables a las personas y tal vez que descarguemos sobre ellas nuestra furia e indignación.
La réplica espiritualista frente al determinismo propuso una intervención exterior al reino de la naturaleza: una libertad «no causal». El espíritu estaría fuera del orden causal de la naturaleza y, sin embargo, sería misteriosamente capaz de alterarlo. Podemos llamar a esta concepción control intervencionista. En algunos textos recibe el nombre de concepción libertaria de la libertad, aunque eso puede llevar a confusiones, ya que no tiene ninguna relación con el liberalismo político o económico, que consiste en la ideología del libre mercado y el mínimo gobierno. Voy a seguir refiriéndome a ella como control intervencionista. El compatibilismo, en cambio, considera que la persona está perfectamente ubicada dentro del orden
causal de la naturaleza. Su libertad consiste en que sus acciones dependen de sus propios procesos cognitivos. Entonces, ¿cómo responde el compatibilista al argumento original sobre el control? Acaso sugeriría que no necesitamos más argumento que éste:
El pasado controla el presente y el futuro. Un termostato no puede controlar el pasado.
Un termostato no puede controlar la forma en que el pasado controla el presente y el futuro.
Luego, un termostato no puede controlar el futuro.
Algo debe fallar en este argumento, ya que un termostato sí puede controlar el futuro, en lo que se refiere a la temperatura. Esto es precisamente lo que hacen los termostatos. Un termostato controla la temperatura gracias a que forma parte de la cadena causal que va desde el pasado hacia el presente y el futuro. Y de acuerdo con el compatibilismo, así es como controlamos el futuro. Estamos implicados en el orden causal. Somos parte de la cadena que va del pasado al futuro. Y éste es el origen de nuestra responsabilidad. Podemos llamar a esta concepción «control dentro del control», o «control desde dentro de la naturaleza». Cuando ejercemos este control interno, defiende el compatibilista, somos responsables de ciertos sucesos. Y si ejercemos mal ese control, está perfectamente justificado que nos consideren responsables del resultado, y que seamos condenados por ello si procede.
atribuimos ninguna libertad a un termostato. Esta es la razón por la que algunos han visto en el compatibilismo una forma de ignorar el problema de la libertad, antes que una forma de solucionarlo. Tal era la opinión del gran Immanuel Kant (1724-1804), quien lo rechazó por considerar que no nos daba más que la «libertad del reloj» y lo tachó nada menos que de «perverso subterfugio».