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Input-to-state stability

¿Hay algún otro problema que deba preocuparnos? Alguien podría pensar del siguiente modo:

El planteamiento compatibilista describe el funcionamiento de los seres orgánicos con cerebro en términos de módulos de decisión. Pero esto no es más que describir las cosas en términos de lo que pasa. No es lo mismo que describir las cosas en términos de la actividad de un sujeto, de lo que hago yo. Significa, por lo tanto, olvidar algo esencial en relación con mi propia humanidad, y esencial para el respeto que me merecen las

demás personas como seres humanos: el hecho de que no somos víctimas pasivas, sino sujetos activos.

Así es como nos contemplamos a nosotros mismos y a las demás personas normales, y tal como normalmente desearíamos que nos vieran.

Así pues, el peligro es que estemos olvidando algo esencial para la vida humana. Es esencial que nos consideremos sujetos activos, y no víctimas pasivas. Y es esencial para nosotros el hecho de que los demás nos vean así. En un famoso artículo, el filósofo Peter Strawson (n. 1919) contrapone una actitud «objetiva» o impersonal hacia las demás personas con una actitud «personal» o humana.5

Desde la perspectiva objetiva, las demás personas no son más que obstáculos en nuestro camino, que deberán ser «comprendidos, gestionados, tratados o controlados». No son objeto de actitudes personales. Tratamos a las demás personas como si fueran perturbados, antes que como sujetos inteligentes que pueden ser comprendidos.

Strawson propone un interesante cambio de perspectiva. En un principio, podría parecer que las actitudes morales asociadas con la culpa son severas y brutales, y podríamos ver como un progreso la posibilidad de que dieran paso a actitudes más liberales y comprensivas en relación con cosas como el crimen o el «comportamiento anormal». Tratar a las personas como si fueran pacientes antes que criminales parece ser un paso adelante en una dirección humana y decente. Strawson nos propone que pensemos en aquello que perdemos con el cambio: según él, buena parte

de lo que distingue las relaciones humanas como tales. Supongamos, por ejemplo, que me he comportado de cierta forma y quiero dar explicaciones, pero me doy cuenta de que la actitud de los demás al escucharme sugiere que mi historia no es más que otro síntoma para ellos, no es más que otro indicio de que debo ser comprendido, gestionado, tratado o controlado. En tal caso, su actitud me habría deshumanizado. Quiero que comprendan mi decisión, no que la miren con condescendencia. Quiero que los demás «oigan mi voz», es decir, que valoren mi punto de vista, mi forma de ver las cosas, y no que se pregunten por la causa que puede hacer que un organismo humano se comporte así. Volveremos a encontrar este tipo de objetivación en el capítulo 8, al ocuparnos de la industria terapéutica, entre otras cuestiones.

La respuesta adecuada a la objeción que plantea Strawson sería la siguiente: el compatibilista no pretende negar la acción del sujeto, sino dar una determinada descripción de ella. Dicha descripción se plantea en términos de funciones modulares del cerebro, que consisten en introducir los datos, generar alternativas, ordenarlas según prioridades y, finalmente, dar una determinada respuesta, con la que comienza la acción. Es cierto, tales procesos son cosas que «simplemente pasan» (de una forma pasiva, por así decirlo), pero según el compatibilista eso es lo que pasa, y todo lo que pasa, cuando una persona hace algo. Decir que alguien hace algo, y que lo hace por una determinada razón, es una descripción a nivel personal del

resultado de todos aquellos procesos que tienen lugar a pequeña escala.

A algunos pensadores les gusta decir que hay dos perspectivas posibles acerca de este problema. Por un lado tenemos la actitud deliberativa, en primera persona, que adoptamos cuando somos nosotros los que tomamos una decisión. Y por otro lado tenemos una actitud «objetiva», o en tercera persona, que es la que adoptaría un científico al contemplarnos como un sistema neurofisiológico complejo y predeterminado. El problema es encontrar el modo de reconciliar ambas posturas.

Así planteado el problema, la solución correcta es seguramente la siguiente. Sólo tendríamos problemas para reconciliar ambas posturas si aquello que pone de manifiesto la actitud deliberativa fuera incompatible con aquello que pone de manifiesto la actitud objetiva. Pero la actitud deliberativa no manifiesta nada acerca de la causalidad. Pensar de otro modo es cometer el mismo error que cometió el agua en el ejemplo de Schopenhauer: confundir el hecho de no ser consciente del funcionamiento de la mente y el cuerpo con el hecho de ser consciente de la ausencia de tal funcionamiento. Lo primero se da de forma universal, mientras que lo segundo es imposible, puesto que sin tal funcionamiento no hay conciencia posible.

Así pues, como no hay nada en la actitud deliberativa que entre en conflicto con la concepción científica del mundo, tal vez no haya razón para encontrar difícil aquella reconciliación. No quedaría más que un problema moral: el

de tomar conciencia de que no debemos tratarnos los unos a los otros desde una actitud objetivadora, sino desde una plena comprensión humana, para la cual el conocimiento de las condiciones que influyen en las decisiones de los demás representa más un enriquecimiento que una limitación.

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