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El protestantismo llegó a América Latina en diferentes momentos y así como también fueron diversos los grupos religiosos que incursionaron en el continente con sus propias expresiones.

Los principios que condensan la creencia protestante son: Deo gloria; solus Christus (en contra de la mediación de la Iglesia); sola Scriptura (contra la autoridad de la Tradición, los Padres, los concilios y los papas); sola Gratia (contra la idea de que las obras humanas contribuirían a salvación); sola fide (contra una teología que pretendiera hacer depender la relación con Dios de la observancia de normas eclesiásticas).

El modelo de Lalive D´Epinay y retomado por Meyer (2009; 275-276), sobre los tipos de formaciones sociales protestantes, nos da luz sobre sus especificidades. Engloba tanto la dimensión migratoria como su implantación en América:

1) Las iglesias-diáspora, que llegaron desde Europa y se implantaron en América. Reproducen la iglesia de la Reforma y mantienen una unidad con las iglesias madre a través del mantenimiento de la nacionalidad, la etnia y la religión. Ejemplo de estas iglesias son los luteranos, quienes llegaron principalmente a los países del Cono Sur como Argentina, Brasil y Chile.

2) Las iglesias étnicas reactivadas compuestas de grupos que se separan de su base y procuran crecer de manera autónoma, a veces con el apoyo de misioneros norteamericanos.

3) El protestantismo misionero tradicional, que se extendió desde los Estados Unidos a Latinoamérica a través de la acción de iglesias

protestantes históricas, como Metodistas, Presbiterianos,

4) Protestantismo de santificación: es un protestantismo “intenso, fundamentalista, proselitista” (Meyer, 2009; 276) donde los misioneros llevan a cabo una “cruzada” por salvar las almas de los ignorantes y pecadores. Se sostiene a través de grandes campañas internacionales, subvencionadas generalmente desde los Estados Unidos.

5) Los pentecostales. En general se basan más en la vivencia que en la formación teológica y creen que el Espíritu Santo se hace manifiesto a través de sus dones. En la Biblia encontramos las siguientes líneas que se toman como tipología de dones dentro del pentecostalismo:

“Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro fe, por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro profecía; a otro discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere…Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio de beber de un mismo Espíritu”, (1 Corintios 12: 8-13).

Tenemos presencia protestante desde el siglo XIX cuando primeramente ingresan al país diversos grupos de extranjeros –ingleses principalmente- que se instalan en nuestro país para llevar a cabo distintas empresas y no hacen explícitamente proselitismo. Llevan cultos muy discretos y con marcado componente étnico. Por

ejemplo, en industrias como la minería46 llegaron inversionistas extranjeros,

atraídos por empresarios particulares y por el gobierno, con el objetivo de reactivar la actividad. En lo que hoy es Hidalgo, las minas de Real del Monte y de Zimapán fueron explotadas por británicos entre 1824 y 1849 y establecieron sus primeras iglesias. Ese protestantismo fue localizado entre los migrantes y tuvo poca acogida entre la población.

El protestantismo propiamente misionero incursionó después de la promulgación de la Constitución de 1857 y la Ley de Libertad de Cultos de 1860.

Llegan misioneros independientes, como vendedores de Biblias, y sociedades misioneras norteamericanas que fundan iglesias Bautista, congregacionalista, Presbiteriana, Metodista y Discípulos de Cristo. Muchos de ellos dieron su apoyo a las disidencias católicas que crecían en nuestro país.

En los albores del siglo XX, conforme crece la ola de “avivamiento” Estados Unidos, principalmente en el sur, vemos las iglesias pentecostales comienzan a penetrar en nuestro país. Las iglesias “clásicas” llegaron a través de misioneros extranjeros o bien braceros mexicanos que trabajaron durante un tiempo en Estados Unidos. La migración trasnacional en estos años derivó de la inseguridad y la falta de certeza sobre la propiedad de la tierra entre campesinos e indígenas durante el porfiriato y los años de lucha armada. Así mismo, en los años 1918-1918 se pone en marcha el primer programa bracero que buscaba reclutar trabajadores rurales para sustituir la mano de obra local que había sido reclutada

durante la Primera Guerra Mundial47. Numerosos grupos sociales en varios

estados del sur de los Estados Unidos, principalmente en Los Ángeles, participaron del creciente espíritu de avivamiento. Se fundaron organizaciones que procuraron canalizar el movimiento latino y las minorías raciales, como la Asamblea Apostólica de la Fe en Cristo Jesús y la Convención Latinoamericana de las Asambleas de Dios (CLAD), en Texas. (De la Luz, 2010; 45-51).

Numerosos mexicanos se convirtieron al pentecostalismo en la Unión Americana y retornaron a su país de origen con la intención de “compartir” su experiencia y convertir al mayor número de seguidores. En estos primeros años no hubo un plan de expansión organizado, sino se extendieron en núcleos de población interesada en la Palabra. Celebraban culto en casas. Es interesante

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En el marco de la Primera Guerra Mundial se da un “giro” civilizatorio misionero, marcado por un acelerado incremento de la influencia religiosas norteamericanas en detrimento de las anglosajonas. En el año del 1910 se celebra el Congreso Mundial Misionero de Edimburgo donde las iglesias europeas determinan no considerar territorios de misión aquellos en los que se encontraba implantada otra iglesia, incluso la Iglesia católica. Las iglesias americanas, en cambio, expresaron que todo territorio debía ser considerado como campo de misión, incluso si se había implantado antes otra iglesia; podía darse el caso que se tratara de cristianos nominales y que necesitaran que se les anunciara el Evangelio. En síntesis: Latinoamérica es una tierra de misión. La actitud asumida se hizo más evidente unos años más tarde en el Congreso Evangélico de Panamá (1916), que procuró coordinar los esfuerzos misioneros en América Latina. Conforme se hizo más notorio el imperialismo norteamericano, el protestantismo misionero se extendió por América Latina.

señalar que los lugares que mayor éxito tuvieron fueron aquellos en donde había existido un trabajo previo de conversión por grupos protestantes históricos. Al respecto señala De la Luz, “lo que harían los pentecostales sería la continuación del proyecto de regeneración moral versus protestante bajo otros esquemas doctrinales, estrategias de conversión y modelos de organización eclesiásticos” (2010; 53).

Las organizaciones pentecostales pioneras en nuestro país fueron la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús (Chihuahua), el Concilio General de Iglesias (Sonora), el Convención Latinoamericana de las Asambleas de Dios (Monterrey) y la Iglesia Cristiana Independiente. Otros lugares donde se expandió esta primera oleada fueron Coahuila e Hidalgo. Desde el norte, el movimiento pentecostal pronto se extendió hacia el centro y sur de la República Mexicana.

En el Estado de Hidalgo comienza a darse un crecimiento de las iglesias evangélicas desde finales del siglo XIX. Hubo misiones desde la Sierra del Norte de Puebla, en la ruta comercial que unía Hidalgo con la costa veracruzana. A partir de estas zonas se abrieron misiones en centros mineros como Omitlán, Atotonilco el Grande, el Chico, también en la región de los grandes llanos y la Huasteca.

En Pachuca el pentecostalismo llega en el primer tercio del siglo XX, a través de la figura de Raymundo Nieto quien funda la Iglesia Cristiana Independiente. Esta iglesia manda misioneros a través del estado y rápidamente llegan al Valle del Mezquital. Cosecharon frutos en Actopan, Ixmiquilpan, Huichapan, Alfajayucan, entre otros. De este primer grupo pentecostés en Ixmiquilpan derivaron otras tantas iglesias, sin embargo se le considera como un punto de difusión regional muy importante. Se puede considerar que los trabajos pionero de conversión en la Sierra Otomí-Tepehua fueron obra de los misioneros otomíes de Ixmiquilpan quienes trabajarían con gran tesón y en condiciones muy precarias. Los pentecostales lograrían lo que las iglesias protestantes históricas no alcanzaran en cuanto a número y expansión regional.

CAPITULO 2

La región de la Sierra Otomí-Tepehua

La definición de la región conocida como sierra otomí tepehua, sustentada en los grupos étnicos que habitan en la región y en la particular geografía montañosa, responde a una necesidad política para diferenciarla de la Sierra Norte de Puebla y de la Huasteca veracruzana, pero no es una delimitación “real” pues tanto la geografía como la población comparte historia y rasgos comunes con sus vecinos. Por esto, la Sierra Otomí-Tepehua debe ser estudiada como parte de los procesos históricos de la Huasteca y la Sierra Norte de Puebla durante la época prehispánica y colonial, mientras que las relaciones asimétricas entre gobierno e indígenas (otomíes y tepehuas) sí debe ser enfocada por la delimitación política (mapa 1).

Esto asimismo nos permite especular que la construcción “tardía” del concepto Sierra Otomí-Tepehua ha repercutido en la carencia de estudios que se aboquen a los procesos sociohistóricos regionales. Encontramos, al contrario, numerosos estudios centrados a cuestiones de suelo, cultivos, técnicas agrícolas donde se hace necesaria dicha delimitación regional.

La región es una construcción social e histórica ubicada en un espacio. Integra numerosos espacios sociales que son vividos con su especificidad, lo que les otorga una estructura propia, y “cuya construcción culmina con las representaciones que se construyen a partir de imágenes regionales por parte de los y las habitantes así como de los extranjeros” (Viales, 2010;160). Además de su carácter específicamente localizado, la historia regional presenta sus propias temporalidades, diferentes de la historia nacional -que pretende ser integradora, homogeneizante y definitoria de una identidad geopolítica llamada Estado-nación.

El análisis regional nos permite mirar el vínculo entre sociedad y espacio, no sólo el poblamiento de un espacio, sino los procesos de apropiación de la naturaleza y el tipo de relaciones que se generan a partir de ello. Esta relación es cambiante, pero los suficientemente específica como para contrastarse con otras unidades territoriales o regiones. “La convivencia entre regiones… puede generar relaciones de interdependencia tanto como de

conflicto y también crea las disparidades regionales, en el sentido de que existen regiones centrales y regiones periféricas” (Viales, ibidem, 161), regiones explotadoras y explotadas, colonizadoras y colonizadas.

Mapa 1

Lenguas predominantes en la región de la Huasteca Sur Confluencia entre los estados de Hidalgo, Puebla y Veracruz

En el caso de la Sierra Otomí-Tepehua1, según la información proporcionada

por el Instituto Lingüístico de Verano, hay dos variantes dialectales que trazan una línea lingüística: el “otomí de la sierra” que se habla en los municipios de Huehuetla (Hidalgo), San Bartolo (Hidalgo), Tlachichilco (Veracruz) e Ixhuatlán de Madero (Veracruz); “otomí de Tenango”, como su nombre indica, se habla en el municipio de Tenango de Doria (Hidalgo) y parte de la sierra norte de Puebla. La inteligibilidad entre estas dos variantes dialectales es de 81%, muy cercanos, contrastándose con el del Mezquital cuya inteligibilidad es del 50% para el otomí de la SHierra. También cabe resaltar que el otomí de la sierra es muy cercano con el otomí de Texcatepec (50 en el mapa), hablado en los

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Los porcentajes de hablantes en los municipios de la Sierra Otomí-Tepehua para el censo INEGI 2000, son los que siguen: Huehuetla 54%, San Bartolo Tutotepec 44% y Tenango de Doria 29%. (Lastra, 2006; 23). HUASTECA VERACRUZANA SIERRA NORTE DE PUEBLA SIERRA OTOMÍ-TEPEHUA o SIERRA ORIENTAL DE HIDALGO

municipios veracruzanos de Texcatepec y Zontecomatlán2, con una

inteligibilidad de 70%–79%3. Las comunidades veracruzanas otomíes están

separadas de las otomíes de la sierra por una franja de comunidades tepehuas, lo que provocaría una progresiva diferenciación dialectal y cultural. Probablemente esto se debió a las transformaciones demográficas acontecidas durante la Colonia.

A través de las variantes dialectales podemos establecer dos subregiones dentro de la Sierra Otomí-Tepehua, una que abarca gran parte del municipio de Tenango de Doria y San Bartolo (Hidalgo) y la Sierra Norte de

Puebla4; otra que abarca una parte de San Bartolo, Huehuetla y porción de los

municipios veracruzanos de Ixhuatlán de Madero y Tlachichilco, estudiados por el ILV. Además de las variantes dialectales, cabría establecer estas relaciones a partir de ciertos aspectos concernientes a la vida ceremonial, por ejemplo el uso de oratorios familiares (Dow, 1974), el uso del palo volador en Carnaval, la tipología de recortes de papel, entre otros.

Es probable que antes de la conquista la región tuviera una composición étnica más plural y que el multilingüismo fuera una estrategia de comunicación entre grupos con diversos fines: culturales, comerciales, políticos, entre otros. Las políticas de repartimiento y las congregaciones aplicadas por los gobiernos coloniales, así como la merma demográfica provocaron una ruptura lingüística y la separación entre los grupos que se dispersaron regionalmente. En lo que es actualmente la Sierra Otomí-Tepehua únicamente permanecieron los otomíes y una pequeña porción de tepehuas, ubicados en la cabecera municipal de Huehuetla.

La dificultad para encontrar fuentes históricas nos ha llevado a estudiar la región otomí-tepehua como una totalidad. Nos acercaremos a identificar la región a partir de tres variables correlacionadas: 1) su historicidad, que describe los fenómenos y los hechos sociales ubicándolos en el tiempo y el

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Según Lastra, los municipios veracruzanos donde se habla el otomí son Huayacocotla, Ixhuatlán (13%), Tlachichilco (19%), Zacualpan (1%), Zontecomatlán (12%), Espinal, Temapache, Texcatepec (72%) y Tiuatlán. (2006;25). Los porcentajes muestran la población hablante de otomí para el censo INEGI 2000.

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Los porcentajes de inteligibilidad fueron obtenidos por los trabajos del Instituto Lingüístico de Verano y comprenden sólo algunos municipios “muestra”. www.sil.org

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Los municipios poblanos donde se habla el otomí son: Chila Honey (9%), Metlatoyuca, Jalpan (2%), Pantepec (13%), Tlaxco (4%), Venustiano Carranza (2%), Huauchinango, Pahuatlán (20%), Xicotepec, Tlahuilotepec (2%), Naupan. (Lastra, 2006;25).

espacio; 2) la historización de los fenómenos y los hechos sociales en procesos de larga duración; 3) la “memoria histórica”, que es la construcción social del espacio a través de la memoria de los actores (Viales, op. cit. 163).

I. LOS OTOMÍES EN EL ESTADO DE HIDALGO Y SU INCURSIÓN EN

LA SIERRA ORIENTAL

Una de las herramientas que nos sirven para poder datar el origen de los grupos otomianos es la glotocronología. La familia otopame proviene de la

rama otomangue5. Es posible que un proto-otomangue se hablara muy

tempranamente en el área montañosa de Tehuantepec, hacia 4400 a.C., según Kaufman (citado por Lastra, 2006;35), y se expandiera a través del valle de

Tehuacán hacia el centro de México. El otopame6 se separó del otomangue

alrededor del 3 500 a.C. Posteriormente los otopames migraron hacia lo que actualmente el centro de México, al valle de Toluca y hacia el Estado de Hidalgo.

Las noticias más tempranas de poblamiento en el estado las tenemos en el territorio que comprende hoy el Valle del Mezquital, el valle de Tulancingo y la sierra de las Navajas. En los valles centrales encontramos alrededor de 720 sitios arqueológicos con establecimientos dispersos que datan de

aproximadamente 11 000 años7. Estos establecimientos son escasos, pero se

registra que hay un notable incremento de asentamientos poblacionales conforme avanza el tiempo.

En el 300 d.C. durante la hegemonía de Teotihuacan –en el Clásico- tenía un notable componente pluriétnico. Es muy difícil saber si los principales grupos de poder pertenecían a un solo grupo o compartían el gobierno. No

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De la rama otomangue tenemos las siguientes lenguas: zapoteco, mixteco, otomí, mazateco, mazahua, lenguas cihinantecas, tlapaneco, lenguas chatinas, amuzgas, triques, cuicateco, popolocas, pames, chichimeco jonaz, matlatzinca, chocho, ixcateco, ocuilteco. (Lastra, 2006;34).

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La familia otopame se subdivide en tres ramas: pame-chichimeca, otomí-mazahua y matlatzinca-ocuilteco. Es probable que la separación de las lenguas dentro de la familia otopame ocurriera en el periodo que corre entre el Clásico y el Posclásico, salvo el chichimeca cuya separación es más remota (Lastra, 2006; 33-36).

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La cueva del Tecolote, en la zona arqueológica de Huapalcalco se encontraron herramientas de manufactura humana que datan alrededor de 10 000 años. (De la Barrera, 2000; 23-25)

obstante se cree que tuvo un importante número de habitantes otomíes (Lastra,

2006; 35 y Carrasco, 1987; 310)8.

Se conformaron establecimientos de variable importancia que tenían

una relación de dependencia con la metrópoli. Tal es el caso de Huapalcalco9

que probablemente se fundó durante el Clásico temprano.

Con la decadencia de Teotihuacan (600-650 d.C.) comienza un periodo de inestabilidad política y movilización demográfica que numerosos investigadores denominan Epiclásico. Los grupos humanos tienden a dispersarse hacia lugares estratégicos por sus condiciones naturales, donde hay agua, en las laderas y lomas. Los lugares que cobran importancia y tienen dominio sobre otros grupos son Tula Chico y Chapantongo, pero toda la región está densamente poblada por grupos otomianos.

Conforme avanza el Epiclásico el panorama étnico de la región se transforma: incursionan en la región los nonoalcas (nahuas) del centro de México; desde el norponiente arriban grupos de nómadas pames y chichimecas, como el grupo comandado por Xólotl quien se apodera de los valles centrales y se mezclan con la población local.

La ciudad de Tula se convierte en el centro hegemónico de la región (entre 900 y 1150 d.C.). Según Davies, en Tula hubo tres importantes grupos: los tolteca-chichimeca, los nonoalcas y los otomíes (citado por Lastra, 2006; 87). El control tolteca se extendía por vastas zonas de la cuenca de México. Hacia fuera se sabe que se extendió hacia el Bajío, el Estado de México (Tenango del Valle), Tulancingo (Huapalcalco) y Acaxochitlán. Esta última vía comunicaba con la Huasteca y con la Costa del Golfo.

Después del colapso de Tula -hacia finales del siglo XII-, otomíes y nahuas se dispersaran hasta ocupar amplias zonas de la cuenca de México. Se

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Soustelle sostiene (1937) que los nonoalcos vinieron de la Sierra de Puebla hacia el Altiplano Central y que fueron ellos los primeros pobladores de Teotihuacan. Sin embargo esta idea no se sostiene por le evidencia lingüística, pues esta indica que la separación lingüística de la familia otopame ocurrió del sur –centro-norte. (Soustelle en Dow, 1974;62).

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En este sitio arqueológico hay un basamento piramidal con talud y tablero di influencia teorithuacana, pero también se encontraron algunos elementos huastecos, como las hachas y otros instrumentos (Manzo, en Morales, 2007; 115). Se piensa también que pudiera haber tenido relación con el Tajín. En este sitio se han encontrado pinturas rupestres, de las que se ha hecho registro. No obstante, el sitio carece de un fechamiento exacto, algunos autores como Lizardi, que se basan en el método por asociación, proponen su origen entre el 7000 y 5000 a.C, mientras que otros, como Morales, las insertan en el Posclásico, de influencia chichimeca, cuyo estilo se aprecia también en pinturas rupestres de Tecozautla (Morales, 2007; 118-119),

desarrollan dos reinos otomíes que tienen gran importancia: Xilotepec-Chiapa y Xaltocan. La primera se decía que era el “riñón” de los otomíes por su importancia, según los mitos es el lugar de origen de los otomíes. Ocupaba amplias zonas de Estado de México y en el Estado de Hidalgo se extendía hacia Huichapan, Tepeji del Río, Tecozautla y Zimapán. La región de Chiapa abarcaba siete grandes pueblos: “Chiapa, Xilotepec, Xiquipilco, Xocotitlán, Cuauhcan, Cila y Mazahuaca” (Durán, T.I, 1967:230-367). Un grupo de estos otomíes de Xilotepec, se extendieron hacia el noreste y fundaron un reino cuya cabecera era Xaltocan (1220-1398), que se mantuvo independiente de aquella. El reino de Xaltocan se extendió hacia la sierra de Puebla y Meztitlán,

atravesando parte de la Sierra Otomí-Tepehua (croquis 1). Ambos señoríos

otomíes rivalizaban con el imperio tepaneca de Azcapotzalco.

CROQUIS 1

Extensión aproximada del Reino otomí de Xaltocan

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