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Las enseñanzas del Mahayana expuestas por Kumarajiva, así como su fama, hab- ían llegado a oídos de maestros y personalidades de la China, situada al este de Kucha.

En comparación con el panorama que se vivía en Asia central, la China atravesaba por un período de inestabilidad política y de facciones internas. En el norte, varios pue- blos extranjeros habían incursionado territorialmente, fundando una sucesión de diecis- éis dinastías de origen no chino, entre el 304 y el 463 (algunas de las cuales tuvieron gobernantes budistas). Una de ellas fue la dinastía Ch’in anterior, fundada por una fami- lia de origen tibetano apellidada P’u, que luego cambió su nombre a Fu.28 El tercer re- gente de esta dinastía, Fu Chien, fue un personaje muy importante del siglo IV, respon- sable de haber unificado todo el norte de la China en torno a su figura autocrática y mi- litarista.

Fu Chien tomó las anteriores capitales de Chang’an y Loyang, controló progresi- vamente las rutas a Turkestán y se apoderó de las fértiles regiones agrícolas de la China. Descendiente de tibetanos o tanguts de escasa cultura y ajeno a la rica tradición china, él mismo procuró hacerse de una educación culta y trató de que su reinado se adaptara a la cultura china en la mayor medida de lo posible; atrajo personalidades budistas a la Corte y, sin saberlo, creó las condiciones para que Kumarajiva finalmente pudiera cumplir su misión en Chang’an.

Una de las ciudades que había capturado Fu Chien era Hsiang-yang, donde residía un célebre erudito, el monje budista Tao-an (314-385). Pero Hsiang-yang era una ciudad periférica, y cuando Fu Chien supo que allí vivía una eminencia budista, convenció a Tao-an de que se radicase en Chang’an, donde podría realizar su tarea en mejores con- diciones. Tao-an tenía profundos conocimientos del budismo, y una vez instalado en el templo Wu-chung-ssu de Chang’an comenzó a formar un equipo inicial de monjes bi-

28 No debe confundirse con la breve dinastía del imperio Ch’in o Q’in que controló la China siglos antes, del 221 a. C. al 206 a. C.

Página | 57 lingües que comenzaron a hacer versiones de las escrituras y, años después, se integrar- ían a la Escuela de Traductores de Kumarajiva.

Alrededor de 376 (Kumarajiva tenía 32 años y residía en Kucha), Fu Chien reci- bió la visita de dos dignatarios de reinos cercanos. Les concedió una audiencia y ambos le explicaron que en el Oeste había tesoros de enorme valor que la China podía obtener, aun mediante el recurso de la fuerza. Los regentes de reinos vecinos, entonces, comen- zaron a ejercer presión sobre Fu Chien para que usara su gran poderío militar subyugan- do a los reinos-oasis de la cuenca del Tarim.

Poco después, Fu Chien escucho decir a un astrólogo de la Corte que en las tierras del Oeste vivía un hombre sabio y virtuoso que llegaría a la China y ayudaría enorme- mente al país. Fu Chien dijo que ya había oído hablar de un tal Kumarajiva, habitante de un país occidental, y preguntó si la predicción se refería a él. Envió entonces una comi- tiva para invitarlo a Chang’an, que volvió con un no por respuesta.

En el noveno mes de 382, nuevamente presionado por otros gobernantes de reinos satélite, Fu Chien destacó a un general llamado Lü Kuang, de origen turco-mongol (Lamotte 2003: 94), y lo puso al frente de un ejército formado por tropas de estos reyes que solicitaban la conquista de Kucha y de Karashahr. En total, Lü Kuang marchó con 70.000 hombres por la ruta de la Seda, en tren de conquista militar. Las biografías na- rran un curioso discurso que dio Fu Chien en un banquete de despedida de las tropas, acaso consciente de que estaba mandando un ejército bajo las órdenes de un general ignorante, codicioso de poder y desprovisto de toda apreciación por la cultura. Así pues, Fu Chien dijo a Lü Kuang:

Un emperador tiene que vivir en armonía con los cielos, considerando que su deber primordial es amar a sus súbditos como a sus hijos. ¿Debe entonces li- brar una guerra contra un pueblo tan sólo porque codicia su territorio? Antes bien, lo hace porque ansía a un hombre que ha cultivado las enseñanzas budistas. He oído decir que Kumarajiva, en las tierras occidentales, posee una profunda comprensión de las características del Dharma, es experto en todas las cuestio- nes temporales y divinas, y es un modelo y ejemplo para los jóvenes discípulos. Lo quiero aquí. Un hombre sabio y virtuoso es un tesoro nacional. Así que ve, derrota a Kucha, y manda a Kumarajiva sin pérdida de tiempo. (Nobel 2011: 124-125).

Kumarajiva —no se indica cómo ni por qué vía— supo de antemano que Kucha sería invadida, posiblemente por colegir que Fu Chien no se quedaría satisfecho con la

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respuesta negativa que el Rey de Kucha había dado antes a la comitiva inicial. Advirtió al Rey que el ejército enemigo sería muy poderoso, y aconsejó que, en lugar de ofrecer resistencia armada, lo recibiera con honores. Pero Po Shun no hizo caso y fue a las ar- mas. Y cuando Lü Kuang entró en la ciudad, hizo lo siguiente, en este orden: tomó Ku- cha, mató a Po Shun, puso en el trono como títere al hermano menor del rey depuesto, y capturó a Kumarajiva.

¿Qué esperaba encontrar un general inculto en Kumarajiva? Seguramente, no a un hombre joven, despojado de aires de grandeza, que se conducía con humanismo y senci- llez. Su impresión inicial de Kumarajiva, al parecer, fue decepcionante. Las biografías cuentan que lo trató como a una persona cualquiera, y se burló de él y de su condición de monje. En esos primeros días, con el reino sojuzgado, Lü Kuang se embriagó de po- der y dio rienda suelta a su naturaleza. Para humillar a Kumarajiva, le ordenó que tuvie- ra relaciones carnales con la hija del príncipe de Kucha. Al ver que el joven monje no consentía, le dijo en público: «Eres como tu padre. Si él transgredió los preceptos, ¿por qué te crees superior en tu observancia? Si tu padre se condujo de ese modo, ¿cómo puedes negarte con tanta obstinación?» (Nobel 2011: 125).

Posiblemente enardecido por su posición de poder, el general embriagó a Kumara- jiva por la fuerza con un potente alcohol y lo encerró en una recámara con la joven. Tanto fue el hostigamiento a ambos, que Kumarajiva depuso su temple y, para evitar mayor violencia, hizo lo que se le ordenaba. Luego, Lü Kuang lo hizo salir y montar un buey, y un caballo salvaje, hasta verlo caer sobre la tierra, lo cual le produjo una gran diversión (Nobel 2011: 125). Las biografías dicen que Kumarajiva, con calma, aceptó los hechos sin perder la compostura. Pero Lü Kuang, expuesto de esta manera frente a sus propios soldados, por fin se sintió avergonzado y dejó de molestarlo.

Emprendieron entonces el viaje e Chang’an, e hicieron campamento con el prisio- nero a poco de iniciar la marcha. Kumarajiva le advirtió al militar que el lugar elegido no era seguro, y que sería más conveniente acampar cerca del acantilado. Lü Kuang ignoró el consejo del joven, y esa noche se produjo una enorme crecida del río, que en cuestión de minutos cubrió las tiendas y cobró la vida de miles de soldados.

Las fuentes dicen que solo entonces Lü Kuang cambió su concepto sobre Kumara- jiva y comenzó a mirarlo con respeto, aunque sin reconocerlo públicamente. Según No- bel, Kumarajiva agregó: «En verdad, no puede esperarse buena ventura en un lugar co- mo este. No se quede aquí más tiempo. Después de esta desgracia que acaba de ocurrir, lo mejor es reanudar la marcha. Ya en el camino encontrará un sitio propicio» (Nobel 2011: 125). Así lo hicieron y llegaron a la ciudad de Liang-chou, en el reino de Kansu.

Página | 59 Y fue aquí donde el destino tomó las riendas de la historia. Pues mientras Lü Kuang iniciaba la partida desde Kucha con Kumarajiva como botín de guerra, Fu Chien fracasaba en una serie de incursiones militares desafortunadas en dirección al sur, y moría a manos de Yao Ch’ang, quien tomó el poder y estableció, en su lugar, la dinastía Ch’in posterior, aproximadamente en el año 383.

No bien llegó Lü Kuang a la ciudad de Liang-chou, fue interceptado por un men- sajero que lo puso al tanto de la inesperada situación. Su amo había muerto; si volvía, debía ponerse a las órdenes de un nuevo emperador, que con toda probabilidad lo vería con suspicacia o, peor aún, lo trataría como un traidor. Ambicioso y astuto, Lü Kuang tomó una rápida decisión: vistió ropas de duelo en homenaje al emperador caído, pasó revista formalmente a sus tropas, y en lugar de regresar, se proclamó monarca en ese mismo acto, declarando el inicio de la era T’ai-an de su reinado, con capital en Ku- tsang.

Cuando por fin Kumarajiva había aceptado su destino con la esperanza de llegar lo antes posible a Chang’an y librarse de su desagradable captor en un par de semanas, de pronto la suerte jugaba con él y lo dejaba indefinidamente a merced de un bárbaro general, ajeno a toda conducta moral. Kumarajiva no sabía que ese período de reclusión forzosa, a manos del impredecible e inseguro Lü Kuang, duraría casi dieciocho años.