7.3 Full Network Capture Analysis
7.3.1 Network Forensic Tool Analysis
Cuando el niño tenía siete años, una tarde Jivaka estaba dando un paseo por las afueras de la ciudad y vio restos humanos dispersos en un cementerio.19 La contempla-
19 «A charnal field» dice HUA, Hsuan (ed.) (1983): Records of High Sanghans, Heng Chia (tr.), Malay- sia: Buddhist Text Translation Society. La versión de Nobel (2011:118) dice «between the gra- ves».
Página | 43 ción de la transitoriedad de la vida revivió en su mente el deseo postergado de irse a vivir a un convento, y fue así como Jivaka volvió a la carga con su propósito. Aparen- temente, Kumarayana volvió a negarse, y la respuesta de la joven fue un tanto extrema. Decidió que no bebería ni volvería a pasar un bocado hasta que no le permitieran rasu- rarse el cabello (es decir, llevar a cabo la tonsura religiosa). Hua y Nobel traducen de la misma manera que a los seis días Jivaka estaba tan descompensada y débil que los médicos pronosticaron la muerte inmediata. Se presentaron ante ella su hermano Bai- chun y su esposo Kumarayana, quienes resignados, le suplicaron que se dejara alimentar y que se sintiera en libertad de vivir conforme a sus deseos (Yamada 2011: 116). La joven primero se rasuró el cabello, «para que los varones no pudieran retractarse luego de su consentimiento», y luego comió y bebió, y de inmediato se ordenó como novicia. Se consagró a sus estudios y prácticas con intensidad, y logró «el primer fruto»20 de su dedicación resuelta, es decir, el primer estadio en el proceso hacia iluminación parcial, según el esquema del Hinayana.
Lo interesante del caso es que el niño siguió los pasos de la madre y la acompañó en su vida religiosa. A los siete años —o seis, según la forma occidental de contar la edad—, también Kumarajiva ingresó en el sacerdocio como novicio y exhibió, en esta etapa de su instrucción intelectual, recursos apabullantes. Podía memorizar treinta y dos mil sílabas por día, es decir, mil gathas diarios (Nobel 2011: 119), de modo que no tardó en recitar los himnos de memoria, como si aprendiera poemas o canciones infanti- les.
El entrenamiento en técnicas de memorización era un componente básico en la formación de los monjes indios, que se remonta a la tradición de oralidad primaria que había en la India cuando surgió el budismo. Lo que a un lector occidental podría pare- cerle una proeza sobrenatural en cuanto a capacidad mnemotécnica, para un novicio budista de esa época era un logro admirable, pero por completo dentro de lo razonable y esperado. Sería una interpretación etnocéntrica leer esta parte de la biografía de Kuma- rajiva como un elemento mítico o legendario atribuido por biógrafos posteriores en el afán de glorificarlo. Antes bien, el desarrollo de la memoria era para los niños de esa edad, y sobre todo en este caso, con un padre nativo de la India, una competencia equi- valente al desarrollo de la lectoescritura en los niños de Occidente.
20 Se refiere al estadio de srota-apanna, el primer escalón en el recorrido espiritual hacia el estado de
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Durante dos años, de los siete a los nueve, Kumarajiva se dedicó a la memoriza- ción y al análisis de principios de doctrina. Su maestro primero le hacía aprender el Abhidharma, que era el conjunto de tratados y comentarios doctrinales —uno de los tres corpus textuales del budismo—; una vez memorizado un capítulo, le explicaba el signi- ficado, que el joven captaba rápidamente. Al parecer, Kumarajiva era veloz para el aná- lisis discursivo y perspicaz para comprender principios esenciales.
Cuando el niño tenía nueve años, la madre decidió emprender un viaje de estudios a la India, y se acordó que llevara a Kumarajiva consigo. Se enuncian diversas razones: en el Gaoseng zhuan leemos que una de las preocupaciones de Jivaka era la constante cantidad de obsequios que el niño recibía por ser el sobrino del rey; por tal motivo, qui- so la madre apartarlo de este ámbito propenso a la adulación y las atenciones para que no se echara a perder en la etapa de su formación (Nobel 2011: 119). También hay que considerar la independencia de Jivaka, quien, como ya se ha señalado, era capaz de mantener un gran compromiso en sus convicciones y en su proyecto de desarrollo espi- ritual.
Para Kumarajiva, el viaje a Kashmir no solo fue la oportunidad de conocer la tie- rra natal del budismo, sino también la de su padre. El documentado trabajo del doctor Yamada (2011: 118) reconstruye de manera pormenorizada el itinerario que siguieron ambos a través de una de las cordilleras más altas del mundo, en una travesía curiosa- mente inversa a la que había seguido el padre:
Partieron de Kuqa hacia Peshawar [Purushpur] atravesando Gumo, Wenxiu y el viejo Castillo de Qilan; en el trayecto, se detuvieron en el templo de Tukuz- salai, en Tumushuk.
Tras marcharse de Kashgar, enfilaron hacia el sudeste, dejando en el camino las localidades de Akotao, Yengisar, Yigekongye y Qiareke hasta llegar a Yar- kanda. Desde allí, tomaron la ruta hacia el oeste para descansar en Tash Kurg- han, un pueblo de frontera. Entonces, aparentemente partieron en dirección al sudoeste, atravesaron las altiplanicies del Pamir y del Karakorum por el paso de Khunjerab Pass, surcaron el valle del Hunza a la altura de Passu y de Gulmit. Hunza queda a 160 kilómetros del paso, y Gilgit, donde se encontró un manus- crito del Sutra del loto, queda aún a otros 110 kilómetros de allí. Avanzaron bordeando el río Indo unos 130 kilómetros hasta Chilas, y otros 245 kilómetros hasta Takot.
Página | 45 A partir de estas indicaciones, pude reconstruir cartográficamente el viaje, en uno de los mapas que constan en el APÉNDICE A. El periplo fue, en verdad, una proeza para una joven mujer y un niño de nueve años.
Por fin, llegaron a destino, donde el pequeño fue puesto bajo la tutela de un maes- tro budista llamado Bandhudatta, emparentado con el rey de Kashmir.21 Bajo su tutela, Kumarajiva aprendió las bases del budismo Theravada, que hacía fuerte hincapié en los preceptos y prácticas ascéticas para monjes y monjas. Este budismo se denominaba también «Hinayana», camino menor —como opuesto al «Mahayana» o gran camino—, y se había originado en las primeras prédicas de Shakyamuni, que planteaban la erradi- cación del deseo como vía hacia el nirvana, y el logro de una iluminación individual llamada «estado de arhat».
Estas enseñanzas fueron relativizadas por Shakyamuni en el último período de su vida como un mero andamiaje concebido para construir la verdadera edificación, con la advertencia de que, existiendo el edificio, no debía desarrollarse apego a las enseñanzas provisionales. No obstante, tras la muerte del Buda una parte de la comunidad de mon- jes se sintió más identificada con estas prácticas tempranas, basadas en el análisis doc- trinal y en el ascetismo, y, a través de sucesivos cismas, se constituyó la corriente del Hinayana, ramificada en diversas escuelas (Ikeda 1986). Allí, en Kashmir del siglo IV, esta fue la primera corriente budista con la que tomó contacto Kumarajiva en la niñez.
Bandhudatta no era cualquier maestro. En el Gaoseng zhuan leemos que no había otro que pudiera secundarlo en conocimientos sobre el Hinayana: «Era un hombre de inmenso talento y versátil erudición» (Nobel 2011: 119). Dedicaba la mañana a trans- cribir mil versos de su puño y letra, y la tarde a recitar otros mil.22 Todos querían ser sus discípulos, de modo que para Kumarajiva fue un privilegio ser aceptado; según las fuen- tes, el niño trató a su mentor con profundo respeto y, al parecer, no lo defraudó. Bajo su guía, Kumarajiva aprendió un total de «cuatro millones de palabras», y dominó sutras del Hinayana como el Dirghagama y el Madhyamagama.
Las fuentes refieren que Kumarajiva absorbía todo lo que se le enseñaba. No solo memorizaba, sino que comprendía el punto esencial de cada sutra. Su fama de niño pro- digio llegó a oídos del rey, quien lo invitó a debatir con un grupo de intelectuales que
21 En la traducción de Nobel, se le adjudica ser sobrino del rey de Kashmir (Nobel 2011:119).
22 Hay discrepancias entre las fuentes. Mientras que en Nobel (2011: 119) esta aplicación a la práctica aparece atribuida a Bandhudatta, de la versión de Hua (1983:30) dice que era Kumarajiva quien repartía las mañanas y las tardes aprendiendo de esta manera.
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planteaban comentarios heterodoxos sobre la doctrina. La biografía de Kumarajiva narra que el niño, con gran compostura, soportó las actitudes despectivas y el tono seco de los adultos sin dejarse intimidar, escuchó los argumentos hasta que identificó un punto débil, y condujo el debate hacia una refutación contundente, que dejó a sus interlocuto- res sin líneas de argumentación (Nobel 2011: 119). Este tipo de respuestas, sumadas a su erudición, fueron construyendo una suerte de fama en torno al nombre de Kumaraji- va, pues si hay algo que fascina a las personas en todas las épocas y lugares es un niño prodigio. Muy impresionado con la inteligencia del pequeño monje, el rey de Kashmir le asignó cinco sacerdotes ordenados y diez novicios para que lo asistieran en su forma- cióin y, de ese modo, aprendieran de él. Y este hecho, muy inusual, también se sumó a la cadena de deferencias que Kumarajiva acumulaba a su paso.
A modo de curiosa ilustración, leemos en Biografías de monjes eminentes que el Rey dispuso otorgarle a Kumarajiva una compensación material honorífica que era «la más alta remuneración otorgada en el exterior»: una surtida ración de pavo seco, tres tou de arroz y de trigo, y seis sheng de crema, que se le hacía llegar al joven monje cada jornada (Nobel 2011: 120).23
Cabe reflexionar que si Jivaka quería alejar a su hijo del centro de las atenciones y para ello lo hizo atravesar las cordilleras, no habrá tardado en comprender que cuanto más uno trata de intervenir oponiendo resistencia a ciertas tendencias innatas, más rápi- damente estas encuentran la forma de manifestarse. Si antes Kumarajiva era un niño prodigio en su propia tierra, ahora lo era en el escenario internacional.
Jivaka permaneció tres años estudiando el budismo en Kashmir. Cuando el niño tenía doce años, su madre sintió que había cumplido su propósito y que era hora de re- tornar a Kucha con él. A sus treinta y dos años, Jivaka cruzó las montañas del norte y se internó en el territorio de los yüeh-chih (es decir, el imperio kushano situado entre Bac- tria y Sogdiana); en el camino, Kumarajiva se vio abrumado de títulos honoríficos que le ofrecían en cada reino o pequeño Estado que atravesaban tentándolo a quedarse, ya fuese por su estirpe o por su prestigio como estudioso budista. La biografía cuenta que Kumarajiva declinó en todos los casos y siguió su ruta sin distraerse ante tales oportuni- dades. En algún tramo del camino, en territorio de los yüeh-chih, ambos se cruzaron con un arhat, quien observó al niño y se permitió formular un pronóstico: «Proteja a este
23 No hay gran acuerdo con las unidades de medida. Al parecer, un tou equivalía a diez sheng, y un sheng era apenas superior a un litro, según se informa en Sharma 2011:137.
Página | 47 novicio y vele por él. Si llega a los treinta y dos años24 sin haber violado los preceptos de disciplina religiosa, llegará a ser un gran propagador del budismo y pondrá la ilumi- nación al alcance de innumerables personas. Será como Upagupta.25 Pero si es incapaz de observar las reglas de disciplina monásticas, será solo un maestro del Dharma su- mamente talentoso y distinguido». Tanto Huijiao como Sengyou han puesto mucho cui- dado de consignar esta predicción, acaso porque allí se anticipaba el destino de este monje-traductor.
Dado que esta profecía presentaba como escenarios alternativos la observancia o la transgresión, cabe pensar qué reflexiones habrá suscitado en el niño, sabiendo la compleja elección que había hecho su padre al violar el precepto de celibato y contraer matrimonio A su debido momento, Kumarajiva resolvió esta oposición de manera dialéctica; es cierto que violó los preceptos, pero aun así llegó a ser el responsable de propagar el budismo a la China y al resto de Oriente. Ya veremos cómo obró la trans- gresión en Kumarajiva y de qué manera esto puede haberse relacionado con su tarea como traductor.
Cuando terminaron ese tramo del viaje, en el límite occidental del desierto de Ta- klamakán, se detuvieron en Kashgar antes de remontar el brazo norte de la Ruta de la Seda. En total, Jivaka y su hijo permanecieron un año en este reino-oasis; allí, Kumara- jiva terminó de estudiar lo que le quedaba del Hinayana, en especial la escuela Sarvasti- vada, pero además recibió una valiosa formación en ciencias y artes seculares. Kashgar, al parecer, era un centro académico donde se habían concentrado expertos en diversas asignaturas, y fue allí donde, según sus biógrafos, aprendió literatura, enseñanzas litúr- gicas y recitaciones védicas, medicina, astronomía, exégesis, tecnología y lógica. Fue, por así decirlo, un año de estudios universitarios intensivos, en los cuales el saber de Kumarajiva se amplió abarcando aspectos no relacionados directamente con lo religio- so. Ikeda comenta que esta capacitación resultó ser decisiva décadas después, cuando se vio ante textos enciclopédicos de enorme complejidad y, gracias a su erudición previa,
24 Treinta y cinco, según otras fuentes.
25 Upagupta fue un célebre patriarca budista, responsable de haber transmitido la fe al rey Ashoka, cuya conversión transformó el paradigma de la dominación política y la conquista militar en un imperio basado en la cultura, el respeto a los derechos de todos los seres (incluidos los animales) y el alien- to a la diversidad. El reinado de Ashoka (s. IV a. C.) está considerado una de las gestiones de go- bierno más ejemplares de la historia, y fue el primer precedente de un Estado de bienestar, precur- sor de la democracia en muchos aspectos.
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pudo traducirlos a un chino comprensible sin incurrir en errores conceptuales. En The
Flower of Chinese Buddhism, se informa que en ese año transcurrido en Kashgar, el
joven también pulió sus competencias lingüísticas en pali y sánscrito (dos lenguas india- s) y que pudo asimismo interiorizarse de otros idiomas del Asia central.
El Gaoseng zhuan refiere que Kumarajiva dominó el arte de la profecía, «de for- ma prodigiosa», y que cuando formulaba una predicción, era «como un documento ras- gado en dos, cuyas partes coincidían exactamente» (Nobel 2011: 121). En el budismo, la enunciación de «profecías» o «predicciones» no se plantea como un don sobrenatural de ocultismo, sino como la capacidad de comprender las relaciones de causa y efecto entre el pasado, el presente y el futuro. El Sutra sobre la contemplación de la mente
como terreno afirma: «Si deseáis conocer los efectos futuros, observad las causas que
están consumándose en el presente; si deseáis conocer las causas pasadas, observad los efectos que se manifiestan en el tiempo actual» (Nichiren 1272 / 2008a: 295). Saber reconocer los efectos y las causas es una de las competencias que se adquieren con el desarrollo progresivo de la naturaleza de Buda, y, en tal sentido, es factible que esta capacidad profética de Kumarajiva haya tenido que ver más con un desarrollo cognitivo y esencial del budismo que con un fenómeno paranormal.
Durante ese período en Kashgar, sucedieron tres hechos notables que sus biógra- fos consignaron especialmente. En primer término, al parecer estaba Kumarajiva junto a su madre presentando sus respetos al patra de piedra (escudilla de mendicante) del Bu- da, y lo posó sobre su cabeza.26 De pronto, Kumarajiva pensó: «Esto tiene que ser pe- sadísimo; soy apenas un niño, ¿cómo puede ser que me resulte tan liviano?». No bien lo pensó, sintió de pronto el gran peso del objeto y tuvo que dejarlo caer, incapaz de seguir cargándolo. Jivaka, perpleja, le preguntó qué había pasado, y Kumarajiva respondió: «Tu hijo acaba de experimentar una transformación [en el pensamiento (vikalpa)], en virtud de la cual la escudilla se tornó liviana primero y pesada después» (Nobel 2011: 120).
El segundo hecho curioso que aparece consignado en las biografías es el siguiente. Un monje llamado Hsi-chien, consciente del gran talento de Kumarajiva, sugirió al rey que le permitiera al joven presidir una asamblea religiosa por sí solo. «Una decisión de ese tipo, por inusual que fuera, le traerá dos beneficios —dijo al Rey—. Por un lado, al escuchar a un monje de tan corta edad predicar las enseñanzas budistas con tanta exce-
26 La versión de Hua no habla de una escudilla sino de un incensario de piedra que pesaba al menos cin- cuenta kilos.
Página | 49 lencia, los monjes de Kashgar se avergonzarán y esto los incentivará a esforzarse mucho más en sus propios estudios» (Nobel 2011: 120), lo cual mejorará el nivel general fi- losófico y ético de los templos locales. Por otro lado, dijo el monje, si el rey de Kashgar confería semejante honor a Kumarajiva, el rey de Kucha seguramente pensaría: «Kuma- rajiva es de mi reino. Si le da tales honores a él, es como si me los otorgara a mí», y tomaría la iniciativa de entablar relaciones diplomáticas amistosas (Ikeda 1986: 40).
Al monarca le pareció que ambos beneficios eran de interés, de modo que solicitó al niño que presidiera la asamblea de monjes, y Kumarajiva predicó para todos los pre- sentes el Sutra de los que hacen girar la Rueda de la Ley. Debe de haberles causado una genuina emoción a los monjes de mayor edad, incluso ancianos, escuchar a un joven de doce o trece años exponer las enseñanzas con tanto rigor y pureza a la vez, y probable- mente, como vaticinó aquel consejero, esto los haya instado a dedicarse a la fe con re- doblado incentivo. A la vez, cuando el rey de Kucha se enteró de la deferencia conferida a Kumarajiva, de inmediato despachó hacia Kashgar una comitiva de ministros promi- nentes, y ambos reinos iniciaron una fructífera relación. En torno a la figura de Kumara- jiva comenzaban a generarse efectos de acercamiento y de buena voluntad basados en el espíritu del budismo.
En Biografías de monjes eminentes encontramos una reveladora acotación más psicológica que histórica: «Kumarajiva era, por naturaleza, muy directo y resuelto. No creía en la falsa modestia ni en la denigración del yo. Por lo tanto, algunos [que creían en el proceso de acendramiento de la fe] tenían reservas con respecto a Kumarajiva. Sin embargo, esto a él lo tenía sin cuidado. Era una persona muy segura de sí misma y no estaba pendiente de los demás» (Nobel 2011: 121). Este párrafo es esclarecedor de su personalidad. Al igual que su padre y su madre, Kumarajiva se trazaba sus propias me- tas y las sostenía con autonomía. Este rasgo, más que la denegación superficial del yo, es lo que el budismo expone como elemento de autodisciplina, lo cual nos permite com- prender la profundidad con que Kumarajiva leía las enseñanzas y las aplicaba en su pro- pia vida personal.