51
En los últimos años las cuestiones relativas al mundo funerario de época roma- na han cobrado mayor interés en determinados núcleos urbanos de Andalucía, debido principalmente a la proliferación de excavaciones arqueológicas en la periferia de sus respectivos cascos históricos, que han sacado a la luz restos hasta ahora desconocidos (vid. supra). Así, la reciente elaboración de Cartas Arqueológicas de Riesgo, caso de Écija (sáez et alii, 2004), o la conformación de grandes equipos de carácter interdisciplinar han sentado las bases de nuevos proyectos de investigación de especial relevancia en lo que a topografía funera- ria se refiere (vaquerizo, 2001c; 2002a). Un ejemplo claro lo supone la malague-
ña localidad de Antequera; en contraste con la escasez de fuentes arqueológicas con las que contaban, hoy posee una amplia información que permite abordarla como un yacimiento único (fernández, romero, 2007, 414), algo que ya se abogaba para Córdoba desde hacía tiempo, con el consecuente conocimiento sobre su poblamiento antiguo.
A pesar de estos avances, son todavía muy pocos los datos que la arqueología puede ofrecer acerca de las áreas funerarias de época republicana en Baetica, contando, casi de forma exclusiva, con piezas completamente descontexuali- zadas 17. De ahí que se haya optado por explicaciones que defienden una conti- nuidad en los ritos prerromanos durante los primeros siglos de ocupación itá- lica, enmascarando las costumbres que trajeron consigo los nuevos habitantes (beltrán, 2001b, 92; jiménez díez, 2008). Uno de los casos más sorprendentes
es el de la propia Córdoba, donde a pesar de la presencia constatada de Roma ya desde el siglo III a.C., sigue sin localizarse la necrópolis republicana. A ello debemos sumar el desconocimiento de las prácticas funerarias asociadas al po- blado turdetano ubicado en Colina de los Quemados, de las que únicamente tenemos constancia gracias a un conjunto de materiales procedentes de excava- ciones ilegales, que nos ilustran acerca de un área de cremación activa entre los siglos VII a.C. y II a.C. situada al otro lado del río (murillo, jiménez salvador, 2002, 186; salas, 2003, 293). No será hasta el siglo I a.C. cuando se documenten recipientes cinerarios en forma de urnas de tradición indígena, acompañados de cerámicas de barniz negro tardorrepublicanas (vaquerizo, garcía, 2001, 144- 145; garcía matamala, 2002, 275-296; 2002-2003, 251-278).
Las necrópolis que arrancan entre finales del siglo III y II a.C. resultan excep- cionales (jiménez díez, 2008, 275), siendo más habitual la ocupación de espa- cios sepulcrales anteriores. Así se aprecia en Pozo Moro, lo que confirma la con- tinuidad de enterramientos, al menos hasta el siglo I d.C., en lugares donde se había instalado una tumba singular (almagro gorbea, 1983; alcalá zamora, 2002; 2003). Se han descrito “fases tardías” o materiales que sugieren indicios de ellas en necrópolis ibéricas como Castellones de Ceal (ss. IV - II a.C.) (chapa,
17. Me refiero a las esculturas de leones, tan abundantes en toda Andalucía, los famosos relieves de Osuna y otros afines como los procedentes de Estepa y Santaella (vid. Capítulo 6.8).
52
pereira, 1992; chapa et alii, 1993; chapa et alii, 1998), La Guardia (ss. IV - I d.C.) (blanco, 1960, 31), Giribaile (ss. IV-I a.C.) (gutiérrez et alii, 2001, 33), Toya (ss. V - II a.C.) (cabré, 1925; mergelina, 1944), Baza (cabré, 1947, 312; cuadrado, 1981, 56; escacena, 2000, 223), Tutugi (ss. V-I a.C.) (cuadrado, 1981; garcía y bellido, 1993, 425), Las Cabezuelas (Fuente Tójar), Cerro de la Cruz (Almedinilla) y Santaella (vaquerizo, 1994, 280; 1999, 215 - 222; vaque- rizo et alii, 1994, 23-40). En Castulo existen al menos dos necrópolis de época ibérica que enlazan con el período romano. Una de ellas es la del Estacar de Luciano (garcía - gelabert, blázquez, 1992, 459), que tiene sus orígenes en el siglo V a.C., pero que se mantiene en uso hasta el siglo III a.C., superponiéndo- se a continuación la fase romano - republicana que perdura hasta el siglo II d.C. De la misma manera, la necrópolis de El Estacar de Robarinas (garcía - ge- labert, 1990, 265) tuvo una fase tardía en época romana. Así, según Jiménez Díez (2007, 259) las necrópolis romanas del asentamiento castulonense pueden considerarse una prolongación temporal de las prerromanas, como demuestra la similitud en los ritos de enterramiento, tipología de las tumbas y caracterís- ticas de los ajuares.
En general, parece descartada una ruptura violenta con la tradición indígena precedente, presentándose más bien cierta imbricación entre las necrópolis de época ibérica plena y las de época romano-republicana e, incluso, altoimperial (bendala et alii, 1987; bendala, 1990 b). De hecho, los cambios más importantes
se producen a partir de mediados del siglo I a.C., asociados a las transformacio- nes urbanísticas, numismáticas y epigráficas que experimentan las principales ciudades del Sur peninsular (keay, 1992 a; stylow, 1998, 109). En las necrópolis
que han arrojado una cronología republicana se observa el mantenimiento del tradicional rito de enterramiento ibérico, esto es, la cremación en urna depuesta en una oquedad practicada en el suelo. En el caso concreto de los monumentos funerarios se ha defendido una desaparición total de los mismos a partir del siglo III a.C., tanto en la zona de Levante como en el Sureste; un hecho que no aparece de manera tan clara en la región andaluza, donde es posible encontrar restos de túmulos escalonados (almagro, 1983 a, 276; 1993 -1994, 112; cuadra-
do, 1987, 29 -40; blánquez, 1990, 339 -345; chapa et alii, 1993, 416; et alii, 1998, 179; sanz gamo, 1997, 281; roldán, 1998, 92), cámaras (blanco, 1959 a; 1960 a;
chapa et alii, 1998, 43 -48), pilares-estela (almagro, 1983 b, 726 ss.; 1983 c, 18
chapa, 1985, 140 ss.; vaquerizo, 1994, 281; izquierdo, 2000, 419, cuadro 43; noguera, 2003, 161; ) y monumentos turriformes (garcía y bellido, 1952a,
429, fig. 310; almagro, 1983 a, 230 -242; cuadrado, 1987, 583 ss., lam. xix-4 y
xix-8; lucas, ruano, 1990; moret, 1996; izquierdo, 2000, 116, lam. 19; jimé- nez, 2007, 283 ss.), fechados en los siglos III - II a.C.
Volvemos a insistir en que los primeros cambios sustanciales se producen en época augustea y julio - claudia, cuando los primeros impulsos de monumen- talización de las ciudades béticas traen consigo un proceso similar de ámbito privado, doméstico y sepulcral (márquez, 1998, 203; beltrán, 2001 b, 93). Este
53
fenómeno se detecta igualmente en el Norte de Italia, donde, a pesar de la pre- coz ocupación del territorio, destaca la falta de testimonios funerarios duran- te los primeros tiempos de la colonización, debido principalmente a la poca consistencia demográfica, la modesta economía de las comunidades, la falta de una fuerte y homogénea tradición anterior y la escasa entidad de las primeras necrópolis, a lo que debemos sumar el hecho de que muchas debieron ser absor- bidas por las ampliaciones de los respectivos centros urbanos. Sólo a partir de los inicios del siglo I a.C. y, sobre todo, de mediados de esta centuria asistimos a la verdadera configuración de las necrópolis norditálicas, fruto de la reorga- nización urbanística de las ciudades y del aporte de las deducciones de colonos, que no sólo suponen un factor de regeneración social, económica y cultural, sino un notable crecimiento de la demografía que influirá en el desarrollo de los ambientes funerarios (ortalli, 2000, 209).
A partir de la proclamación en el siglo V a.C. de la Ley de las Doce Tablas se es- tableció la estricta prohibición de llevar a cabo enterramientos en el interior de la ciudad, configurándose el recinto amurallado como una verdadera frontera entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Únicamente los empera- dores y determinados personajes de relevancia social tenían el privilegio de ser sepultados en terrenos intramuros, al igual que los niños fallecidos con menos de 40 días (vaquerizo, 2001 c, 48). Esta Ley tiene su reflejo en ordenanzas mu-
nicipales, caso de la Lex Ursonensis (lxxiii - lxxiv), que establece la prohibi- ción de quemar o enterrar intra pomerium y obliga a construir ustrina, como mínimo, a 500 pasos del recinto amurallado (lópez melero, 1997, 106). Entre las razones de base para la formulación esta normativa estaban las higiénicas, de seguridad, legales, culturales y religiosas. Así, el mundo funerario compartía espacio con otras actividades que, por su carácter nocivo, eran también trasla- dadas a las afueras de la ciudad: alfares, vertederos, curtiderías o instalaciones metalúrgicas 18 (vaquerizo, 2001 c, 85). Así se comprueba por ejemplo en las antequeranas necrópolis de Villalta y de La Quinta, situadas junto a restos de carácter industrial identificados con alfares y almazaras de aceite (fernández, romero, 2007, 427).
El suburbium era la franja de terreno situada entre la cerca defensiva y el ager propiamente dicho; allí tenían lugar actividades relacionadas más bien con el ámbito de la producción agrícola, pero dependientes en todo caso de la ciudad, con la que estaban estrechamente relacionadas. Normalmente, las necrópolis ocupaban los suburbia situados en el entorno de las ciudades, llegando en oca- siones a conformar auténticos cinturones; una tendencia que se explica por la falta de espacio existente en las proximidades de las principales vías de comu- nicación. En contra de lo que pueda pensarse los terrenos extramuros conta- ban con una cuidada planificación por parte de las entidades locales, que se encargaban de las tareas de desbrozado, regulación de aguas, centuriación y,
18. En terrenos extramuros se situaba también todo aquello que tenía relación con la muerte como los libitinarii (patterson, 2000, 92), el ejército y los gladiadores (jiménez díez, 2008, 378).
54
sobre todo, del trazado de las principales vías de comunicación (siena, 2000, 35). En Interamnia, la organización de espacios en torno a la vía comercial más
importante de la zona y eje cardinal de la nueva urbanización transformó el tí- pico paisaje de bosque en una colina, debido a la instalación de fundi agrícolas,
villae suburbanas y otros asentamientos de servicio (savini, torrieri, 2002, 48
ss.). Son cada vez más las instalaciones de este tipo que se dan a conocer; las más cercanas a la ciudad se encuentran imbricadas entre las propias necrópolis urbanas, mientras que las más alejadas contaban con terrenos propios para el enterramiento de los trabajadores y, en ocasiones, de los propietarios, que de esta manera se vinculaban con la fuente de su riqueza(catani, 1990, 121-162).
El aprovechamiento de las zonas suburbanas según criterios espaciales de cor- te romano se ha constatado de forma fehaciente en Córdoba 19, para la que se ha señalado la existencia de zonas industriales, especialmente en el Norte, junto al hipogeo del palacio de la Merced, y al Oeste de la ciudad, o en la C/ Anto- nio Maura, donde se han documentado estructuras de decantación y prensado, así como varias canalizaciones. Por su parte algunos sectores de la Necrópolis Oriental fueron utilizados desde momentos muy tempranos con fines domésti- cos o industriales, detectándose alfares, vertederos de tierra y cerámica (vaque- rizo, 2001a, 126). También hay indicios de espacios porticados pertenecientes a
un vicus junto a la muralla septentrional concretamente en Ronda de los Tejares (baena, 1991b, 146 -150; ibáñez, 1987 a; 1987 b; 1990), y de zonas de tabernae
junto a la Puerta de Gallegos (murillo et alii, 2002, 247 - 274). Las instalaciones agropecuarias están representadas en la zona del Polígono de Poniente (more- na, 1994, 155 -179), Cercadilla (moreno almenara, 1997), Santa Rosa (salinas, 2004 a; 2004 b; 2005, 35 - 54; penco, 2005, 11-34), El Marrubial (penco, 2004) y la zona de Vistalegre, en la que aparecieron estructuras identificadas con un
horreum, así como la pars rustica de una villa en funcionamiento desde el siglo
II al IV d.C. (lópez, 2001a, 211). De igual forma, algo más al Norte debemos ubicar la sede de alguna de las sociedades encargadas de la extracción de plata de Sierra Morena.
La organización del espacio funerario corría a cargo de los magistrados lo- cales, de tal manera que las distintas actividades de carácter legal relacionadas con estas propiedades (compra, venta y especificación de las medidas de cada parcela) quedaban registradas en el tabularium de cada ciudad, donde se guar- daba la forma o mapa de su territorium. La disposición definitiva de una necró- polis podía verse modificada por las características orográficas; así se comprue- ba en la Emilia Romaña, región vasta y llana que permite el desarrollo de áreas funerarias en extensión, en contraste con la concentración típica de regiones como el Lazio y Campania, lo que se traduce en falta de columbarios y tumbas colectivas, más propias de poblaciones densas (ortalli, 2000, 209).
La base geológica de los terrenos circundantes a las distintas ciudades roma- nas no sólo influirá en la ubicación y morfología de necrópolis, sino también
19. Patrones de ocupación similares se observan en Tarraco o Emerita Augusta. En esta última distintas áreas indus- triales con hornos para la fabricación de ladrillos y tejas, así como algunas construcciones de carácter agrícola, han apa- recido situadas junto a las zonas de enterramiento y domus suburbanas (saquete, 2002, 218; márquez pérez, 1998).
55
en el tipo de tumba. En la antigua Urso la abundancia de calcarenita en sus extremos Norte y Noroeste propició el carácter rupestre de necrópolis como la situada en la Vereda de Granada y en el Cerro de las Canteras (pachón, ruiz, 2006, 284, lam. 76). La famosa necrópolis de Sarsina se sitúa a varios kilómetros alejada de la ciudad, aprovechando uno de los pocos lugares de llanuras exis- tentes en la zona. Aun así, para su configuración se tuvo en cuenta el principal eje de comunicación que atravesaba la región, el cual se convirtió en medio de trasmisión de los valores simbólicos expuestos en los monumentos funerarios allí ubicados (ortalli, 1987, 156 ss.). En consecuencia, el nacimiento de la ne- crópolis de Sarsina debe ser considerado un hecho estrechamente relacionado con el desarrollo urbano de la localidad, a pesar de su lejanía, que necesitaba nuevas formas de reperesentación colectiva e individual (ortalli, 1987, 158).
La preocupación por disponer de áreas destinadas al uso de necrópolis se pone de manifiesto en la Avda. del Corregidor, en Córdoba, donde las constan- tes arroyadas del río Guadalquivir provocaron la constante rehabilitación de la zona. Entre las medidas más evidentes destaca la preparación de suelos de picadura de sillar y la disposición de una serie de cipos y recintos que servían de marcadores (vargas, gutiérrez, 2007, 286 y 289). Los acotados fueron una de las primeras tipologías importadas desde Roma y un claro ejemplo del nuevo concepto de espacio funerario (jiménez díez, 2008, 380), basado en la parcela- ción por medio de lotes de tierra con medidas estándar que venían a solventar los problemas de ciudades superpobladas, caso de una capital de conventus y
Provincia. La subdivisión previa de las necrópolis cordubenses ha sido puesta de
manifiesto gracias al hallazgo de epitafios con referencias a loci de 10 y 12 p.r.; medidas que se corroboran en las estructuras puestas al descubierto por Rome- ro de Torres en el “Camino Viejo de Almódovar” (ruiz osuna, 2006, 79 -104). Las principales vías de comunicación acaban convirtiéndose en las auténticas vertebradoras del espacio funerario, con tumbas alineadas en sus márgenes, cu- yas fachadas se abren para atraer la atención de los viandantes 20. Son las conoci- das como Gräberstrasse o viae sepulchrales (hesberg, zanker, 1987), con ejem- plos tan paradigmáticos como el de la via Appia, en Roma (canina, 1848 -1856; 1953a; 1953b; hesberg, 1987, 43-60; quilici, 1989a; 1989b; ripostelli, maruc-
chi, 1967), o el de via Ercolano, en Pompeya (kockel, 1983; 1987, 183-198). La tumba de los Escipiones es uno de los primeros monumentos que opta, ya a principios del siglo III a.C., por construirse junto a una de estas transitadas calzadas (hesberg, 1994, 94, fig. 32). Precisamente la adaptación a la trama viaria, sobre todo en lo que se refiere a los confines de las propiedades agrícolas, fuertemente regularizadas por la centuriación, puede provocar el hallazgo de monumentos funerarios con superficies irregulares, como la planta romboidal que caracteriza a un recinto de Fiano Roano (bianchi et alii, 2005, 197 - 222) o el caso de uno de los famosos “columbarios” de Mérida (bendala, 1972, 223-
20. La fuerte relación entre vías y necrópolis se separa de manera significativa de la manera ibérica de entender el mundo funerario y su relación con la ciudad, ya que los cementerios ibéricos suelen situarse en relación visual con el asentamiento, pero alejado del mismo, al otro lado de pequeñas vaguadas o en colinas circundantes (jiménez díez, 2008, 299 ss.).
56
254). En Antequera, la mayoría de los enterramientos excavados en el sector septentrional, así como los acotados funerarios descubiertos en los últimos años, muestran orientaciones paralelas y perpendiculares con respecto al eje Sureste - Noroeste, presente también en los restos de la villa de la Estación (ro- mero, mañas, vargas, 2006) y en las termas (atencia, romero, rueda, 1990; romero, 1992). Esta alineación vendría impuesta por el trazado de un camino detectado en las proximidades, en el que convergerían las vías procedentes de
Malaca, Acinipo e Hispalis, a través de Singilia, Iliberri y Corduba 21 (fernán- dez, romero, 2007, 423).
fig. 2 Calle secundaria dispuesta entre varios recintos del yacimien-
to de “La Constancia”. Fuente: vaquerizo, 2001a
fig. 3 Recorrido de la via Augusta a su paso por Baetica, según corzo, toscano, 1992, fig. 37.
21. En ocaciones, la orientación de las tumbas puede estar condicionada por la presencia de agentes ambientales, como la presencia de agua, caso de la necrópolis ravenense del Ponte Nuovo.
22. También la via Herculea quedaba flanqueada por necrópolis en su entrada y salida de las ciudades, como ponen de manifiesto las excavaciones de principios del siglo XX en Baelo Claudia.
57
La combinación de estas grandes arterias con otros trazados de menor enti- dad y funcionalidad exclusivamente funeraria podía dar lugar a una verdadera topografía (pellegrino, 1999, 72 ss.), al estilo de las necrópolis etruscas ca- racterizadas por un reticulado regular en el que se disponían las tumbas de cá- mara y túmulos (toynbee, 1993, 53 ss.). Vías secundarias, a veces sin salida, se conocen en las necrópolis más importantes del Imperio y son cada vez más las detectadas en el curso de excavaciones arqueológicas (spagnolis, 2000, 17 ss.; ortalli, 2000, 213). Se trata de caminos de servicio interior, a veces realizados a base de tierra batida con piedras de pequeño tamaño, que se convertían en referencia lineal para la ordenación de las sepulturas más alejadas de la vía prin- cipal (ortalli, 2000, 213). En el yacimiento de La Constancia, en las Necrópolis Septentrional de Colonia Patricia,se pusieron a la luz un mínimo de 7 recintos funerarios estructurados en torno a una o varias vías funerarias, construidas y dispuestas ad hoc (fig. 2) (vaquerizo, garriguet, vargas, 2005), cuya presen- cia en la ciudad se detecta también en C/ Realejo (penco, 1998 b; 1998 c) y Avda. de las Ollerías, 14 (baena, 1991 a; 1991 b; 1991a), entre otras.
En el caso de Baetica la via Augusta, junto con la Herculea 22, es la que asu- me mayor representatividad, puesto que era el enlace más directo con Roma. La mayoría de caminos que se unieron para crearla existían ya desde época prerromana, pero su trazado definitivo surgió de un proceso de organización territorial destinado a consolidar los sistemas de comunicación entre el Valle del Guadalquivir y la costa, al tiempo que se desarrollaban las ciudades que se convertirían en los principales centros económicos de la región (fig. 3) (corzo, 2001, 137, fig. 3). La antigua vía ibérica llegaba desde la costa levantina y des- embocaba en Castulo, para seguir por Obulco hacia la comarca de Antequera, desde donde se podía descender a Málaga o penetrar en la antigua Turdetania, para alcanzar Hispalis (corzo, 2001, 138). Sin embargo, el definitivo estableci- miento de la capital en Corduba produjo que la antigua vía fuera desplazándose, progresivamente, hacia el Guadalquivir, siguiendo una ruta más o menos para- lela al río, lo que provocó que a partir del siglo II a.C. se habilitara un nexo de comunicación entre Obulco y Colonia Patricia, de la que partían enlaces hacia
Malaca y Carteia.
Los espacios sepulcrales generados en torno a esta arteria del Sur peninsular, coinciden con algunos de los de mayor monumentalización funeraria. Su ele- vada concentración y representatividad a lo largo de su recorrido responde a la alta presencia de yacimientos en un área potencialmente agraria y concebida como auténtico cruce de caminos (efrén, romero, 2007, 403).
La entrada a Córdoba desde la via Augusta permitía acceder a la denominada Necrópolis Oriental 23 que, situada al Este del recinto amurallado, se extendía
23. La Córdoba romana debió contar con un número considerable de áreas funerarias que, surgidas en terrenos ex- tramuros siguiendo las principales vías de comunicación, se habrían conformado, en momentos imperiales avanzados, como un “verdadero cinturón cementerial en torno al núcleo urbano” (vaquerizo, 2001c, 123). En espera del estudio
y definición de cada una de estas áreas concretas, las necrópolis cordubenses han sido agrupadas en cuatro grandes sectores que siguen de forma convencional la disposición de los puntos cardinales.
58
como mínimo hasta el Cuartel de Lepanto (fig. 4) (ibáñez, 1983, 382). Los ha-