STRUCTURE RELIABILITY ASSESSMENT
6.1 Conclusions
(Para comprender los resultados obtenidos se construyó una matriz de datos, ver anexo 9)
En este grupo de parejas se mantuvo el reconocimiento de la violencia física no así de la psicológica ni del condicionamiento de género en su expresión. Se identificó generalmente la violencia con manifestaciones como golpes y gritos sin hacer referencia a acciones más sutiles.
La posición de cada género ante la violencia fue diferente y condicionada por las creencias y estereotipos sobre los mismos que provienen de la cultura patriarcal, siendo visto el hombre generalmente como victimario y la mujer como víctima. Sin embargo, se apreció un ciclo de violencia generada-recibida en el 100% de las parejas que situó a ambos miembros indistintamente como víctimas o victimarios y una frecuente presencia de la violencia reactiva sin distinción de género (“cuando hace cosas que no me gustan yo peleo y grito”, “si él grita yo grito también”). Estas conductas no fueron habituales en espacios públicos, lo que revela la invisivilización de la violencia desde las normas construidas y establecidas hacia el interior de las familias.
Se mantuvo la coexistencia de la violencia física y psicológica, predominando en el caso de las féminas esta última a pesar de ser frecuentes los golpes, empujones y sacudidas (en el 65%). Fueron habituales las discusiones caracterizadas por gritos, limitación de derechos y funciones (90%), sobre todo a la participación en el espacio público (“no me deja trabajar fuera”, “no me deja ir sin él a Santa Clara”) y en
un menor porciento (80%) ofensas y humillaciones dirigidas esencialmente al incumplimiento de sus roles como responsables de las labores domésticas o a su moral, unido a la omisión a la hora de tomar decisiones (85%).
En el caso del hombre la recepción de violencia física fue menor, casi nula y muy circunstancial, estando la psicológica expresada esencialmente mediante discusiones, gritos, indiferencia como alternativa para minimizar o evitar el conflicto en un 70% (“hacerme la sorda para poder vivir”) y exigencias recurrentes unidas a ofensas sobre la forma de darle cumplimiento a estas exigencias, relacionadas con las labores domésticas, las limitaciones impuestas y la crianza de los hijos.
Las acciones de generar y recibir violencia fueron percibidas como normales por el 80% de las parejas estudiadas, por tanto, al no existir una valoración crítica de la situación no movilizan su comportamiento en función de lograr cambios (“así son las relaciones”, “las relaciones siempre tienen algún problema”), observándose tendencias en el grupo de mujeres entre la acriticidad, la justificación y la aceptación del rol de víctimas, destacando la generada por los hombres en un 80%, y en el caso de estos últimos, entre la acriticidad, la justificación, aceptando la situación como legítima y natural, y la colocación de la mujer o los hijos o terceros como responsables de sus reacciones (en un 85%) .
El 40% de las mujeres refirió algunos de sus comportamientos como generadores de violencia en el hombre, tal es el caso de las discusiones y exigencias constantes caracterizadas por tonos de voz elevados. En el género masculino el 60% refirió muchos de sus comportamientos como generadores de violencia en la mujer e hicieron mención a omisiones, despreocupación por el sustento del hogar, las tareas domésticas y la ingestión de bebidas alcohólicas.
En el caso de las féminas se apreció que mantenerse en la postura de víctima impide la criticidad sobre los efectos de su comportamiento y, por tanto, su modificación. En el caso de los hombres no se apreció una percepción adecuada de las consecuencias de su comportamiento sobre su pareja, además, no reconocieron como generadores de violencia actitudes negativas ante la educación de los hijos y la fidelidad al matrimonio, apreciándose una negación en este sentido y la reiteración de la ceguera selectiva (no diferenciación entre lo que el accionar violento provoca y la respuesta defensiva de las víctimas). En el género femenino se apreció como desencadenante de la violencia, la actitud negativa del hombre ante el sustento del hogar, la infidelidad, la poca cooperación en las tareas y la ingestión de bebidas alcohólicas; mientras que en el hombre estuvo relacionado con la oposición por parte de la mujer en cuanto a las limitaciones impuestas en su relación con los demás, unido a peleas y exigencias recurrentes. En el ejercicio del poder y la toma de decisiones se observó la existencia de un poder no compartido, con un predominio masculino en el 80% de las parejas (“la mujer debe hacer lo que el hombre diga”, “si me imagino que me quiere gobernar, ya tu sabes”), lo cual tiene un impacto en la distribución de roles que 68
sobrecarga al 90% de las féminas y en la permanencia en los espacios públicos y privados, al estar reservados los primeros para los hombres y los últimos esencialmente para las mujeres.
El hombre juega un papel determinante quedando la mujer en un segundo plano, lo que condicionó una marcada preocupación por el respeto, siendo asumido este como la ausencia de contradicciones y aceptación total de las decisiones de quien se encuentre en la posición jerárquica, por más del 80% de las personas estudiadas (“no puedo contradecirlo”, “no tengo ni voz ni voto”).
Con relación a las causas de las manifestaciones violentas se encontraron resultados coincidentes con el grupo anterior al referir una comunicación deficiente en todos los casos (100% de las parejas), con dificultades en la resolución de conflictos de forma no violenta. En la totalidad de las parejas y en ambos géneros desencadena esencialmente la violencia la existencia de desacuerdos (“no nos ponemos de acuerdo”, “cada uno quiere tener la razón”, “no sabemos conversar”), resultando difícil el manejo del mismo ante el predominio de la negociación distributiva (90% de las parejas) y la polarización de posiciones, pasando con mucha facilidad de conflictos de información e intereses a conflictos de relación, en los que en su gran mayoría cede la mujer o asume como alternativa la indiferencia para finalizarlo (“trato de no hacerle caso”, “se va y no me habla”).
Los principales desacuerdos aparecieron con relación a las limitaciones o exigencias impuestas en la pareja de uno y otro lado, a la educación de los hijos y al trato dado a otros miembros de la familia.
Se apreciaron además, dificultades en los mecanismos de autorregulación y expresión de las emociones manifestándose en el 80% del sexo masculino un inadecuado control de la ira (“llego a cosas que no debo llegar”, “no me puedo contener y la lastimo”) y una pobre expresión de los afectos referida por el 85% de las mujeres con relación a sus parejas (“no es cariñoso”, “nunca me dice cosas bonitas”).
El hombre reacciona fundamentalmente con irritabilidad, lo que en su gran mayoría tiene como salida conductual la violencia física, repitiéndose el modelo patriarcal del hombre frío emocionalmente. La mujer ante actitudes de su pareja percibidas por ella como negativas reacciona indistintamente desde dos posiciones esenciales: aislamiento-indiferencia e irritabilidad, generadoras a su vez de tristeza, frustración e inseguridad, manifestaciones expresadas por el 80% de las féminas (“lloro sin control”), unidas a vivencias de culpa que se revelaron en igual porciento de mujeres, lo que las llevó a cuestionarse la calidad de su relación y a la mantención del vínculo matrimonial en el 55% de ellas por su errónea percepción de incapacidad, reiterándose en estas los daños en la autoestima, autovaloración y autodeterminación (“soy nada sin él”, “él es el que sabe”).
Al igual que en el grupo anterior se apreció una tendencia a la comunicación desde el desequilibrio, incluso en aquellos casos en los que el empoderamiento favoreció el lado femenino que resultó el 10% de las parejas estudiadas, lo que impide la comunicación en posición de iguales (“la casa es mía y hago lo que
quiera”, “yo digo lo que se va a hacer”).Un dato interesante fue que solo en dos parejas (10%) se apreció cierta flexibilidad en la toma de decisiones y una búsqueda conjunta de soluciones o, al menos consultada, por ambos miembros.
Los patrones educativos anteriores en ambos géneros fueron similares, siendo frecuentes los golpes, castigos excesivos y situaciones familiares inadecuadas de todo tipo (90% de los hombres y 75% de mujeres), dando lugar a daños significativos en la configuración de algunas formaciones motivacionales, al aprendizaje de estilos inadecuados de enfrentamiento a conflictos y a la interiorización y manifestación de creencias y estereotipos patriarcales relacionados con cada uno de los géneros.
Al respecto se constataron en hombres y mujeres creencias vinculadas con la posición de superioridad masculina y la subordinación de las féminas, predominando las referidas a:
-la dirección del hogar (“la mujer debe respetar al hombre”, “ahora las mujeres han cogido mucha ala y no respetan a los hombres”, “se hace lo que él dice”, “la mujer debe hacer lo que el hombre diga”) -la distribución de roles (“lo tengo que hacer todo sola”, “tengo que atender la casa y al niño”, “eso a mí no me toca”)
-la educación de los hijos (“aprender a las buenas o a las malas”, “a los padres se respeta sin chistar”). En cuanto a las habilidades de emisión las mujeres lograron expresar libre y oportunamente sus deseos y criterios aunque con un lenguaje vulgar, dando respuestas amplias al respecto en el 75% de los casos. Sin embargo, no fueron capaces de defender y mantener sus planteamientos revelando daños en su autoestima, miedos, inseguridad e inconformidad, reafirmando su posición de subordinación, de resignación a ser “mujeres sin voz”.
En el caso masculino se apreció una resistencia a la cooperación, adoptando una posición de superioridad respecto a la mujer y más cerrada con respecto a la familia, de ahí sus respuestas con monosílabos en el 85% de los investigados. En cuanto a la defensa de sus criterios igual porciento sostuvo su opinión en todo momento, reforzando así su posición de autoridad y líder familiar.
El tono y ritmo de la voz se manifestó también de forma diferente, siendo en la mujer bajo y lento (70%) revelando el nivel de afectación que produce el tema, prevaleciendo emociones de tristeza que rompieron incluso con el curso del proceso comunicativo tal y como sucedió en el caso de siete mujeres (35%). En los hombres, se evidenció un tono de voz alto (en un 80%), dejando ver su autoridad y dureza a través de emociones como la ira y también con un lenguaje vulgar.
Ambos géneros consideraron que la comprensión es un aspecto importante para el buen funcionamiento de la relación de pareja. Al respecto, los hombres enfatizaron en el respeto absoluto, la estabilidad y la sinceridad, mientras que las mujeres jerarquizaron el respeto y la fidelidad, siendo, este último, motivo de contradicción entre las convicciones y el comportamiento masculino y fuente de discusión en la pareja.
De manera general, se apreció una percepción negativa de la pareja lo que significa insatisfacción e inconformidad en la relaciones estudiadas (70% de ellas) y la mantención de un vínculo matrimonial rutinario y con carencia de afecto en la mayoría de los casos.
3.2.3 Resultados de la aplicación del cuestionario para la caracterización de la violencia