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Conducting the Inventory and the A-matrix used in Process Based LCA

2. Material and Methodology

2.7 Life Cycle Analysis and the Accompanying Data Quantifications

2.7.1 Conducting the Inventory and the A-matrix used in Process Based LCA

Es casi un tópico decir que en el Norte de Europa se mantiene la tradición de la polifonía coral, de acuerdo con los cánones de la Edad Media, mientras en la zona mediterránea del continente —España, Francia, Italia— predomina la música profana expresada en canciones y madrigales, acompañados por instrumentos. Todo eso es cierto en gran parte, pero no del todo, ni mucho menos. Conviene matizar algunos aspectos. En el Norte suenan los coros con más frecuencia que en el Sur, pero, de acuerdo con las tendencias renacentistas, la música coral ya no es solo eclesiástica. Y existe también una música profana que busca expresarse por medio de canciones, acompañadas o no por instrumentos. Los europeos del Norte son más comedidos, gustan de una música más ajustada y serena, pero en absoluto desprecian la expresión de los sentimientos. Y los europeos del Sur son más expresivos y gustan más de las formas libres, pero también componen coros y cuidan guardar los tiempos. Las diferencias no son tan grandes como se ha dicho. Por otra parte, y tanto en una zona como la otra, abunda la música profana, pero se mantiene la religiosa; parece como si un compositor no pudiera llegar a ser apreciado si no supiera desenvolverse en los dos ámbitos. Es más: se da el caso, verdaderamente llamativo, de que los tres más conocidos compositores del Renacimiento son de origen flamenco y residieron la mayor parte de su vida en Italia. Quizá por esto constituyeron una feliz síntesis de dos formas de concebir la música, y gracias a esta fusión de mentalidades y de estilos llegaron a donde llegaron. Al fin y al cabo, los grandes artistas del Renacimiento, como los grandes intelectuales, viajaron por toda Europa, tomaron de cada zona lo que podía enriquecerlos, y legaron por otra parte su propio acervo.

— Josquin Després (1440-1521) nació en la Picardía, al NE de Francia, en un ambiente en que la cultura flamenca era familiar. Sin embargo, viajó muy pronto a Italia, corazón entonces del Renacimiento, y ya a los 19 años lo encontramos como miembro del coro de la catedral de Milán, en el que permaneció de 1459 a 1472. Destacó enseguida como gran músico, y en Milán sirvió a los Sforza, dueños de la ciudad, y más tarde dirigió en Roma el coro papal. En Italia maduró y fundió con armonioso acierto el rigor nórdico y la expresividad latina. Así se convirtió en el Princeps Musicorum y se hizo famoso en toda Europa. En la última etapa de su vida residió en Francia, sirviendo a Luis XII y a diversos nobles. Fue el músico mejor pagado de su tiempo. Desprez escribió lo mismo música religiosa que profana. Compuso por lo menos 20 misas —entre ellas la famosa Messe de l’homme armé, de clara polifonía, bien articulada, en que se marcan bien los acentos—; en él, la polifonía es, más que una mera combinación de voces, una forma de «decir las cosas con música», de suerte que el sonido se articula naturalmente con la letra. Escribió también otras composiciones religiosas más breves, que expresan muy bien actitudes como la adoración, la devoción, el dolor, la alegría. Se dice que Josquin Desprez es el primer músico que refleja sentimientos a través de los sonidos: la afirmación no puede tomarse al pie de la letra, porque siempre el arte musical fue de alguna forma un instrumento de expresión de cuanto el hombre lleva dentro de sí, pero

es cierto que en Josquin se percibe más claramente el deseo de reforzar con el sonido lo que dicen las palabras. No es menos expresivo cuando compone madrigales o canciones profanas. A veces también obras corales no religiosas, como Vive le roy, una especie de himno-marcha (quizá la composición más antigua de este género que se conoce) en honor de Luis XII, pomposa y digna, muy buena para la época. Algunas de sus canciones son sentimentales, otras alegres, todas gratas al oído, a pesar de que nuestra forma de concebir la música hoy no es la misma que la de su tiempo. Si en Italia compuso sobre todo madrigales, en Francia escribió por lo menos 70 chansons, algunas deliciosas: entre ellas Mille regretz, que se difundió por toda Europa y que fue la pieza favorita de Carlos V.

—Adrian Willaert nació en Brujas hacia 1480 y murió en Venecia en 1562. Fue discípulo de Josquin Després, y viajó tanto como él, pues vivió en Italia, Austria, Bohemia y Hungría, para terminar siendo maestro de capilla en la basílica de San Marcos de Venecia, que, además de un coro numeroso, disponía de uno de los mejores órganos de Europa. Willaert fue así un nuevo símbolo de la síntesis flamencoitaliana. Quizá su más larga estancia en el mundo germano haya hecho su música más tendente a la medida, diríamos en ocasiones un tanto mecánica, pero siempre correctísima. Un rasgo original fue la utilización de dos coros que se alternan y al fin se funden en una magnífica expresión polifónica. Compuso misas, salmos, y también canciones para varias voces. Sus madrigales fueron sus obras más difundidas. Willaert pasa por ser el creador de la escuela veneciana. Venecia era una ciudad rica, que albergaba una amplia burguesía amante de las artes. Fue una de las primeras ciudades de Europa que tuvo teatros y escenarios dedicados expresamente a representaciones musicales.

— Orlando di Lasso (llamado en su origen Roland De Latre) nació en Mons, Bélgica, en 1532, y murió en Munich en 1594. Pertenece por tanto a una generación posterior, y significa la máxima culminación de la música del Renacimiento. Viajó, como todos, por gran parte de Europa, Flandes, Alemania, Italia, Francia, posiblemente Inglaterra. Fue un compositor extraordinariamente fecundo; tenemos noticias de 2.400 obras suyas; posiblemente alcanzó las 4.000. Cierto que solo algunas son de gran extensión, misas, dos Pasiones, un Magnificat. Su obra póstuma, «las lágrimas de San Pedro» es un conjunto de canciones muy sentidas. En el campo profano, escribió una cantidad prodigiosa de madrigales, unos serios, otros festivos, y no faltan algunos bastante frívolos. Una «canzone» italiana, Matona mia cara goza fama de ser la más melódica y luminosa, aunque también tienen un encanto especial, sus «chansons» francesas, como la deliciosa Vignon, vignon, vignette. La facilidad de Orlando di Lasso es proverbial. Y su música suena más «madura» que la de todos los compositores anteriores a él. Cualquier persona, por escasa que sea su cultura musical, puede oír su obra con gusto; por más que la impresión de estar escuchando «música antigua» sea inevitable, no resulta por eso, ciertamente, desagradable, porque está dotada de un peculiar encanto. Lasso es posiblemente el primer músico que vio en vida publicadas obras suyas, gracias a los avances de la imprenta, capaz de representar ya pentagramas con notas. Ciertamente, no hubiera necesitado este privilegio para pasar a la historia.

— Mencionemos para terminar, siquiera brevemente, otro nombre que se ha hecho famoso: ¿por la calidad de su obra?, ¿por su profunda originalidad?, ¿por la trayectoria de su vida? Nos estamos refiriendo al príncipe Carlo Gesualdo di Venosa, conocido siempre como Gesualdo (1566-1613). Perteneciente a una familia aristocrática, hombre siempre extraño, reservado y pasional, se dice que estranguló por celos a su esposa y mató al amante de ésta. Este hecho escandaloso contribuyó paradójicamente a su fama. Bien es cierto que las mejores composiciones de Gesualdo son posteriores a aquella tragedia: incluyendo tristísimas canciones por la muerte de su mujer. Su música es extraña, apasionada, llena de exclamaciones y lamentos, de frases largas de peregrino colorido, de tonos muy indefinidos. Su predilección por los semitonos y la extraordinaria vaguedad de sus melodías, que parecen arrastrarse de un modo inexplicable, le hacen distinto de todos los músicos de su tiempo. Desde que le reivindicó Strawinski, es un autor muy valorado, sobre todo por las corrientes más progresistas de la musicología. No puede decirse que Gesualdo sea en sentido estricto «un moderno», sí que es extraño y distinto. Tiene algo fascinante que vale la pena escuchar alguna vez, si llega la ocasión.