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LA P R I M E R A mitad del segundo milenio (aproximadamente 2000-1550) nos lleva a la época de los orígenes de Israel. Un día, en el curso de estos siglos, salió el Padre Abraham de J a r á n , con la familia, rebaños y siervos, para buscar tierra y descendencia en el lugar que su Dios le había de mostrar. O, para decirlo de otro modo, tuvo lugar una migración a Palestina de pueblos seminómadas, entre los que deben buscarse los antepasados de Israel. Así comenzó aquella cadena de sucesos, tan portentosos para la historia del mun- do, y tan redentores —el creyente diría tan providencialmente guia- dos— que llamamos historia de Israel.

Puede objetarse, sin duda, que comenzar la historia de Israel desde tan antiguo es muy arriesgado y es hacer un uso indebido de la palabra «historia». Esta objeción, si se levanta, no carece de cierto valor. Propiamente hablando, la historia de Israel no puede decirse que comienza de hecho hasta el siglo X I I I , y aun más tarde, cuando encontramos, establecido en Palestina, un pueblo llamado Israel, cuya presencia está atestiguada por datos arqueológicos e inscripcio- nes contemporáneas. Con anterioridad, sólo encontramos seminó- madas errantes que recorren fugazmente el mapa de los años, en nin- gún documento contemporáneo recordados, dejando tras de sí una huella impalpable de su paso. Estos nómadas, antecesores de Israel, no pertenecen a la historia, sino a la prehistoria de este pueblo. Sin embargo, nosotros debemos comenzar aquí, dado que la prehistoria de un pueblo —en todo lo que puede ser conocida— es también parte de la historia de este pueblo. Además, Israel no pro- cedía en realidad de una raza indígena de Palestina; vino de otra parte y tuvo siempre conciencia de este hecho. A través de un cuerpo de tradiciones sagradas completamente sin igual en el mundo an- tiguo, conservó la memoria de la conquista de su país, la larga marcha por el desierto que le llevó hasta él, las experiencias maravillosas por las que pasó, y antes de eso, los años de dura servidumbre en Egipto. Recordaba también cómo, todavía siglos antes, sus antepasados ha-

bían venido de la lejana Mesopotamia p a r a recorrer el país que ahora llamaban suyo. Admitido que intentar emplear estas tradiciones como fuentes históricas presenta graves problemas que no pueden ser eludidos, las tradiciones deben ser consideradas en todo caso con seriedad. Debemos comenzar por la época a que se refieren, valorar- las a la luz de esta fecha en lo que tienen de aprovechable y decir entonces lo que podamos de los orígenes de Israel. Nuestra primera tarea es describir el mundo de aquel tiempo para obtener una pers- pectiva acertada. Tarea no fácil, porque fue un mundo sumamente confuso, escenario tan lleno de personajes que resulta difícil seguir la acción. Sin embargo debemos intentarlo, con toda la claridad . y brevedad posibles.

A. EL ANTIGUO O R I E N T E GA. 2000-1750 A. C.

1. Mesopotamia ca. 2000-1750 (1). El segundo milenio comenzó con la tercera Dinastía de Ur (Ur I I I : ca. 2060-1950) que dominó sobre la mayor parte de la llanura mesopotámica y fue un último y glorioso resurgimiento de la cultura sumeria en progreso. Pero este feliz estado no iba a durar mucho tiempo. Al cabo de ciencuenta años el dominio de Ur llegó a su fin, sin que surgiera un sucesor que ocupara su puesto. Sobrevino un período de inestabilidad y languidez, con dinastías rivales que se saqueaban mutuamente.

a. La caída de Ur III: los amorreos. El poder de Ur nunca estuvo totalmente centralizado. Las dinastías locales gozaron —según la antigua tradición sumeria de la ciudad-Estado— de un considerable grado de independencia. Como la autoridad central era débil, se fueron independizando una tras otra, hasta que el último rey de Ur I I I , Ibbi-sin, quedó reducido a poco más que un gobernador lo- cal. Los primeros en obtener la independencia fueron los Estados

(1) Seguimos p a r a este p e r í o d o la cronología «baja» d e s a r r o l l a d a p o r W. F. Albright e, i n d e p e n d i e n t e m e n t e y p o r diferentes razones, p o r F. Cornelius, que coloca a H a m m u r a b i en 1728-1686 y la p r i m e r a Dinastía de Babilonia ca. 1830-1530. Albright, B A S O R , 88 (1942) p p . 28-33, y un cierto n ú m e r o de ar- tículos sucesivos (el último de ellos ibid., 144 [ 1 9 5 6 ] , p p . 27-30; ibid., 146 [1957] , pp. 26-34); Cornelius, Klio, X X X V (1942), p. 7 (y otros artículos de q u e yo no dispongo; pero cf. ídem, Geschichte des Alten Orients [Stuttgart, W. K o h l h a m m e r , 1950], p. 30). Esta cronología es hoy g e n e r a l m e n t e a d o p t a d a : p. e., R. T. O ' C a - llaghan, Aram Naharaim ( R o m a , Pontificio Instituto Bíblico, 1948); A. M o o r t g a t , <n A V A A ; H. Schmókel, Geschichte des Alten Vorderasien (Handbuch der Orientalistik, I I : !i [Leiden, E. J. Brill, 1957] ). Pero la cronología ligeramente m á s elevada de S. S m i l h (Alalaj a n d Chronology [Londres, L u z a & Co.J 1940] ), q u e coloca a H a m m u r a b i en 1792-1750, tiene t a m b i é n defensores: el m á s reciente M. B. R o w - Lon, J N E S , X V I I (1958), p p . 97-111 (Rowton prefirió antes la cronología m á s baja: J N E S , X [ 1 9 5 1 ] , p p . 184-204). Incluso h a y especialistas (p. e., A. Goetze, H. L a n d s b c i g c i ) q u e colocan a H a m m u r a b i en el siglo diecinueve, lo q u e p a r e c e inadmisiblemente alto, y t a m b i é n h a n sido propuestas fechas a ú n m á s bajas q u e las a d o p t a d a s (ca. 1704-1662).

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de la periferia: Elam en el este, Asur (Asiría) en el Tigris superior y Mari en el Eufrates medio. El colapso de Ur comenzó cuando Isbi-irra, rey de Mari, presionando contra ella, se estableció en Isin, pasando a ser dueño del norte de Sumer. Poco después (ca. 1950), el rey de Elam invadió el país, tomó y devastó a Ur y llevó cautivo a Ibbi-sin. Ur no reconquistaría nunca su antiguo poder.

Sumo interés tiene el papel desempeñado en estos aconteci- mientos por un pueblo llamado «amorreo» (nombre familiar al lec- tor de la Biblia, pero con un alcance más restringido). Durante va- rios siglos el pueblo del noroeste de Mesopotamia y del norte de Siria fue llamado en los textos cuneiformes amurru, esto es: «occidentales». Este vocablo, según parece, llegó a ser un término general que se aplicaba a los que hablaban los distintos dialectos semíticos del noroeste que se hallaban en aquella área, incluyendo con toda pro- babilidad las razas de que más tarde se originaron tanto los hebreos como los árameos. Desde finales del tercer milenio, semitas nor- occidentales seminómadas habían estado presionando sobre todas las partes del Creciente Fértil, invadiendo Palestina y convirtiendo la alta Mesopotamia virtualmente en país «amorreo». Mari, que ayudó a provocar la caída de Ur, fue gobernada por un rey amorreo y tuvo u n a población predominantemente amorrea. Con la caída de Ur, los amorreos inundaron todas las regiones de Mesopotamia. Fueron conquistando ciudad tras ciudad y hacia el siglo X V I I I todos los Estados de Mesopotamia eran gobernados prácticamente por di- nastías amorreas. Aunque los amorreos adoptaron la cultura y, en buena parte, la religión de Sumer y Acad, y aunque escribían en acádico, sus nombres y otros testimonios lingüísticos denuncian su presencia por todas partes.

b. Rivalidades dinásticas en la baja Mesopotamia hacia la mitad

del siglo XVIII. La herencia de Ur I I I fue recibida por numerosos pe-

queños Estados rivales. Los principales, en la baja Mesopotamia, fueron Isin y Larsa, ambos gobernados por dinastías amorreas, la primera fundada por Isbi-irra de Mari, a quien ya hemos men- cionado anteriormente, y la otra por un cierto Naplanum. Estas dinastías se empeñaron en largas rivalidades cuyos detalles no nos interesan. Aunque ambas dinastías pudieron mantenerse por unos 200 años, y aunque los gobernantes de Isin se daban el nombre de «reyes de Sumer y de Acad», reclamando así la sucesión del poder de Ur I I I , ninguna de las dos pudo proporcionar estabilidad al país. La debilidad de ambos Estados permitió que, mientras tanto, se fortalecieran peligrosos rivales. Notable entre éstos fue Babilonia, ciudad poco oída hasta entonces. Aprovechando esta situación confu- sa, se estableció en ella, ca. 1830, una dinastía amorrea (I Babilo- nia) bajo un cierto Sumu-abum, que pronto comenzó a extender su poder a expensas de sus vecinos inmediatos, en particular de Isin.

Otro rival, más agresivo por el momento, fue Elam. Los elamitas, q uc habían precipitado la caída definitiva de Ur, eran dueños de un considerable territorio al este del Tigris inferior, en el sur de Irán. Movidos por la ambición de dominar todo Sumer, los reyes de Elam ejercieron una creciente presión sobre Larsa, que alcanzó su culmen cuando (ca. 1770) Kudur-mabuk de Elam conquistó esta ciudad y estableció a su hijo Warad-sin como gobernador de ella. Es in- teresante constatar que Warad-sin y su sucesor Rim-sin, aunque de pueblo no semita, llevaban nombres acádicos.

Se puede suponer que semejante inestabilidad política traería consigo una depresión económica. Así sucedió, como lo demuestra el notable decrecimiento del número de documentos comerciales. Sin embargo no se extinguió, en modo alguno, la luz de la cultura.

En Nipur y en algunas otras partes, florecieron las escuelas de es- cribas que copiaban cuidadosamente antiguos textos sumerios y los transmitían a la posteridad. También son de esta época dos códigos de leyes recientemente descubiertos: uno —en acádico— del reino de Esnunna (siglo 19); otro —en sumerio— promulgado por Li- pit-Istar de Isin (ca. 1865) (2). Ambos pueden muy bien conside- rarse como anteriores al famoso código de H a m m u r a b i y prueban sin lugar a dudas que este último se hallaba dentro de una extensa y antigua tradición legal que se remonta hasta el código de U r - n a m m u de Ur, y aun antes. Al igual que el código de H a m m u r a b i , también éstos muestran notables parecidos con el Código de la Alian- za de la Biblia (Ex. cap. 21-23) e indican que la tradición legal de Israel se desarrolló en un ambiente similar.

c. Estados rivales en la alta Mesopotamia. En la alta Mesopota- mia, mientras tanto, algunas regiones dependientes en otros tiempos de Ur se constituyeron como Estados de cierta importancia. Entre ellas tienen especial interés Mari y Asiría. Mari, como ya hemos in- dicado, ayudó a apresurar el final del poderío de U r . Colocada en el curso medio del Eufrates, era una ciudad antigua, que asumió un papel importante a lo largo del tercer milenio. Su población du- rante el segundo milenio fue predominantemente de semitas del nor- oeste (amorreos), de la misma raza que los antepasados de Israel.

Más tarde hablaremos de su edad de oro, en el siglo X V I I I , bajo la di- nastía de Yagid-lim, y también de los textos allí encontrados, de ca- pital importancia para comprender los orígenes de Israel.

Por lo que respecta a Asiría, así llamada por la ciudad de Asur situada en el curso superior del Tigris (y también) por su dios nacio- nal), era uno de los pocos Estados de Mesopotamia no gobernados aún por dinastías amorreas. Aunque los asirios eran acádicos por

(2) Cf. A. Goetzc, The Laws of Eshnunna (AASOR X X X I [1951/52; publica- do en 1956]); Pritchard, ANET, pp. 159-163, para una traducción de ambos.

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lengua, cultura y religión, aparecen como procedentes de origen mixto; una combinación de la antigua estirpe acádica con la hurrita, con semitas del noroeste y otros linajes. Los primeros reyes asirios eran «habitantes de tiendas», es decir, seminómadas, y al parecer semitas del noroeste (3); pero ya a comienzos del segundo milenio toman nombres acádicos (incluyendo un Sargón y un Naramsin, a la manera de los grandes reyes de Acad) y se tienen a sí mismos por los verdaderos continuadores de la cultura sumerio-acádica. Y así, cuando uno de ellos (Illu-suma) invadió brevemente Babilonia, se jactó de venir a liberar a los acadios (esto es, a librarlos del do- minio amorreo y elamita).

Comenzando, según parece, ya antes de la caída de Ur I I I , y continuando hasta el siglo X V I I I , Asiría prosiguió una vigorosa polí- tica de expansión comercial hacia el norte y el noroeste (4). Lo sabe- mos por los textos de Capadocia, cientos de tablillas en asirio antiguo encontradas en Kanis (Kültepe), en Asia Menor. Estas tablillas nos muestran colonias de mercaderes asirios viviendo en sus propios barrios fuera de las ciudades y comerciando con los habitantes de cada localidad, intercambiando las manufacturas asirias por produc- tos nativos. Esto no significaba, indudablemente, una conquista mi- litar: los mercaderes no estaban protegidos por tropas. Probablemente significa que Asiría, encontrando cortada por la expansión amorrea y por el poder de Mari la ruta normal que va desde la alta Mesopo- tamia hasta el país hitita, abrió una nueva ruta por el curso superior del Tigris. La aventura llegó a su fin a comienzos del siglo X V I I I , por causas desconocidas, probablemente porque los amorreos comenza- ron a infiltrarse en la misma Asiría (5). T a n t o los textos de Capa- docia como los de Mari, algo más tarde, arrojan valiosa luz sobre la edad patriarcal.

Era inevitable que la ambición de los diversos Estados, Asiría, Mari, Babilonia, y otros, acabara en colisión. Se estaba fraguando una lucha sorda, que pronto había de estallar.

2. Egipto y Palestina ca. 2000-1750 a. C. En agudo contraste con la confusión política reinante en Mesopotamia, Egipto presenta, a comienzos de la edad patriarcal, un cuadro de notable estabilidad. Ya hemos visto cómo a finales del tercer milenio, el poder del Impe- rio antiguo había concluido en aquel período de confusión y depre-

(3) Ver la lista de los reyes de Khorsabad; cf. A. Poebel, JNES, I (1942), pp. 247-306, 460-492; II (1943), pp. 56-90; cf. I. J. Gelb, JNES, X I I I 1954), pp. 209-230.

(4) Cf. Albright, BASOR, 139 (1955), p. 15, para las fechas. Los textos pro- ceden del siglo X I X .

(5) Alguien sugiere que fue debido a la invasión de hititas indo-europeos, p. e., K. Bittel, Grundzüge der Vor -und Frühgeschichte Kleinasiens (Tubinga, Ernst Wasmuth,, 19202, p. 45. Otros (A. Goetze, Hethiter, Churriter und Assyrer [Oslo, H.

sión llamado primer período intermedio. Pero a comienzos del se- gundo milenio Egipto había alcanzado la unidad total y se estaba preparando para entrar en un nuevo período de prosperidad, qui- zás el más próspero de su historia, bajo los faraones del imperio medio.

a. La Dinastía XII (1991-1786) (6). El caos del primer pe- ríodo intermedio había pasado y el territorio quedó unificado hacia la mitad del siglo X X I , con la victoria de Mentuhotep, príncipe pro- cedente de Tebas (Dinastía X I ) . Aquí comienza el imperio medio. Aunque el dominio de la Dinastía XI fue breve (ca. 2052-1991) (7) y finalizó en un período revuelto, se hizo con el poder el visir Amen- emhet, que inauguró la Dinastía X I I .

Con todo, Egipto no pasa del imperio antiguo al imperio medio sin ciertos cambios internos (8). El colapso del imperio antiguo y el sur- gimiento y subsiguiente represión de la aristocracia feudal dio in- dudablemente un vuelco a la estructura social y permitió que nue- vos elementos alcanzaran una alta posición. Además, la debilitación del antiguo absolutismo trajo consigo la democratización de las prerro- gativas reales. Se ve esto más claramente en las creencias relacionadas con la vida futura. Pues mientras que en el Imperio antiguo la vida futura parece haber sido algo exclusivo del faraón, en el Imperio medio (como han demostrado los textos de Coffín) los nobles (y por tanto todo el que tenía dinero para pagar sus ritos funerarios), podía esperar ser justificado ante Osiris en la otra vida. Con la llegada al poder de la Dinastía X I I , también el dios Amón, de poca importancia hasta entonces, fue elevado a primer rango e identificado con Ra como Amón-Ra.

Los faraones de la Dinastía X I I concibieron ambiosos proyec- tos encaminados a promover la prosperidad nacional. Un elaborado sistema de canales hizo del Fayum un lago de contención de los des- bordamientos del Nilo, consiguiendo así muchos acres más de tierra de cultivo. U n a cadena de fortalezas a lo largo del istmo de Suez defendía el país de las incursiones de las bandas semitas. Las mismas de cobre del Sinaí fueron abiertas y explotadas u n a vez más. Se des- arrolló el comercio, por el curso superior del Nilo hasta Nubia, a tra- vés del Wadi H a m m a m a t , por el mar Rojo hasta Punt (Somalia),

((>) Seguimos aquí las fechas de R. A. Parker (The Calendars of Egypt [Uni- versity of Chicago Press, 19506, pp. 63-69); también Albright, BASOR, 127 (1952), pp. 27-30. Las fechas de Edgerton (1989-1776), de Scharff (1991-1778), y de otros, difieren poco, Cf. W. F. Edgerton, «The Chronology of the Twelfth Dynasty»

(JNES, I (1942), pp. 307-314); L. H. Wood, BASOR, 99 (1945), pp. 5-9; A. Sc.hiirlT en AVAA.

(7) Las fechas son las de Scharff; H. Stock (cf. BASOR, 119, [19506, p. 29) propone 2040-1991. Sobre la Dinastía X I , cf. H. E. Winlock, «The Eleventh Egyp- li;ui Dynasty» (JNES, II [1943, pp. 249-238).

(ü) Además de las obras generales, ver especialmente H. E. Winlock, The

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a través de los mares con Fenicia y Creta e incluso Babilonia, como lo demuestra el así llamado depósito de Tód, con su rico almacén de objetos del estilo Ur I I I , y aun más antiguos (9). Egipto, en suma, alcanzó una prosperidad raramente superada en toda su larga his- toria. En consecuencia, florecieron las artes pacíficas. La medicina y las matemáticas alcanzan el punto culminante de su desarrollo. Se cultivan todos los géneros de literatura, incluyendo obras didác- ticas (la instrucción de Merikare, de Amenemhet, etc.), cuentos y narraciones autobiográficas (el marinero náufrago, la historia de Sinuhé), poemas y textos proféticos (la profecía de Neferrehu) (10). Fue la edad de oro de la cultura egipcia.

b. Egipto en Asia. Aunque aquella fue, esencialmente, una era de paz para Egipto, los faraones del Imperio medio no se limitaron a actividades pacíficas. Ocuparon el valle del Nilo hasta la segunda catarata, llevaron sus campañas hasta los confines de Nubia, y con- tra los libios por el oeste, mientras que por el este mantenían abier- tas las rutas que conducen a las minas de Sinaí. Es evidente, además, que el control egipcio se extendía sobre la mayor parte de Palestina y el sur de Fenicia (11). Este control era impreciso, sin duda, si no ya esporádico. Pues, aunque poseemos conocimientos detallados de una sola campaña militar (la de Sesostris I I I , en el curso de la cual fue tomada Siquem) (12), no hay razón p a r a dudar del hecho del dominio egipcio sobre estas tierras. Biblos era una colonia egipcia; objetos encontrados en las tumbas ostentan las armas de los gober- nantes de la Dinastía X I I , mientras que los príncipes nativos escri- bían sus nombres con caracteres egipcios y se declaraban a sí mismos vasallos del faraón. Numerosos objetos de origen egipcio encontra- dos en varios lugares de Palestina (Guézer, Meguiddó, etc.), atesti- guan la influencia egipcia en este país. Objetos similares en Q a t n a , Ras Samra y otros lugares muestran que los intereses diplomáticos y comerciales de Egipto alcanzaban a toda Siria.

La ampliación del control egipcio en Asia puede ser mejor co- nocida por los Textos de Execración. Consisten éstos en dos series de inscripciones de los siglos XX y X I X (13), que ilustran cómo el fa- raón anhelaba obtener poderes mágicos para dominar a sus ene-

(9) Esto d a t a a A m e n e m h e t II (1929-1895); cf. Albright, B A S O R , 127 (1952) p. 3 0 ; A. Scharff en V A A A , p p . 107 ss.

(10) Q u i z á algunas de las piezas antes m e n c i o n a d a s (p. 36) d e b a n colocarse en este período. P a r a algunas selecciones ver P r i t c h a r d , A N E T (consultar índices). (11) Esto se niega con frecuencia. Pero ver especialmente Albright, B A S O R , 8 3 (1941), p p . 30-36; 127 (1952), p . 2 9 ; A P . p . 8 5 ; t a m b i é n A . Goetze, B A S O R , 127 (1952), p p . 25 ss.; A Alt, Die Herkunft der Hyksos in Neuer Sicht (Berlín, A k a d e - mie-Verlag, 1954), p p . 26 ss.

(12) Cf. P r i t c h a r d , A N E T , p. 230. El n o m b r e « S i q u e m » ha sido puesto en discusión, pero aparece, en todo caso, en los Textos de Execración (más abajo). (13) Albright coloca el p r i m e r g r u p o (publicado p o r K. Sethe en 1926) a finales del siglo veinte o principios del diecinueve, y el segundo (estudiado por G.

migos actuales o futuros. En la primera serie, las imprecaciones contra diversos enemigos estaban escritas en jarros o pucheros de barro, que eran hechos añicos y, de este modo, la imprecación se hacía eficaz. Las imprecaciones estaban escritas, en la segunda serie, sobre figurillas de arcilla que representaban cautivos atados. Los lugares mencionados indican que la esfera de influencia egipcia incluía el oeste de Palestina, Fenicia, hasta un punto al norte de Biblos y el sur de Siria. La historia de Sinuhé (siglo X X ) (14), confir- ma esta conclusión, ya que Sinuhé —oficial egipcio caído en desgra- cia— se vio obligado a escapar de Biblos hacia el oriente, a la tierra de Quedem, para quedar fuera del alcance del faraón.

c. Palestina ca. 2000-1750 a. C. Durante este período (primera parte del bronce medio) (15), Palestina recibió una infusión de pueblos que se infiltraron como grupos seminómadas en el país. Ya hemos anotado en el capítulo precedente el cataclismo que sufrió Pales- tina hacia el final del tercer milenio, cuando las ciudades fueron destruidas y abandonadas una tras otra y llegó a su fin el Bronce