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LA PAREJA

Desde esa noche en adelante, los dos fueron inseparables. Pero sólo les quedaban cuatro meses antes de que Lee fuera enviado de regreso a Estados Unidos.

Cada momento que tenían libre lo pasaban juntos, paseando por parques o bosques, visitando el club de la Fuerza Aérea o llevando a los padres de ella a cenar. En aquella época no había mucho qué hacer en Celle, así que se sentaban en pequeños merenderos a platicar y platicar.

La conversación se fue haciendo cada vez más seria. Lee quería casarse, quería que ella fuera a Estados Unidos. Ingrid estaba encantada, al igual que sus padres. Pero la pareja no podía prever el futuro. El día que Lee partió para regresar a la base Hamilton de la Fuerza Aérea en el norte de San Francisco, a los dos les golpeó la soledad, pero no se desanimaron porque sabían que tan pronto Lee pudiera arreglarlo, llevaría a su futura esposa a casa.

Lo que el piloto no sabía cuando dejó Alemania, es que al personal militar no se le permitía responsabilizarse de llevar inmigrantes a Estados Unidos. Lee estaba desesperado, así que decidió regresar a Alemania para ver a Ingrid y solicitar su reinstalación. Varias veces se le denegó; en un momento dado hasta pensó que iba a tener la oportunidad de regresar, y que lo había logrado.

Pero no, sufrió un severo ataque de apendicitis y se le hospitalizó durante varios días. Su unidad se fue sin él. Luego llegó su nueva transferencia, sería asignado a Asia durante los siguientes tres años, tal vez para servir en la guerra de Corea.

Al tomar la decisión más difícil de su vida, como "cortarse una mano", Lee escribió a su amada: "Sencillamente no se nos iba a dar. Te deseo una vida plena de felicidad".

Y se perdió el contacto.

Años más tarde Ingrid se mudó a Nueva York para vivir con una tía que de inmediato trató de casarla con un anciano adinerado. Cuando Ingrid rechazó su propuesta, la tía se enojó tanto que Ingrid se encontró al poco tiempo en un avión rumbo a Chicago para encontrarse con la

única otra persona que conocía en Norteamérica. Era un antiguo compañero de clase de la universidad. Fueron buenos amigos, y aunque él siempre supo que ella estaba enamorada de otro hombre, la desposó.

Ted e Ingrid tuvieron dos hijos, Karl y Kevin. Su matrimonio fue bueno, pero Ingrid seguía descendiendo las escaleras para leer las cartas de Lee. Lloraba mucho pensando en lo que pudo haber sido. Lloró todavía más cuando Ted, a la edad de cuarenta y un años, murió repentinamente una Nochebuena. Había sido un buen hombre y un buen marido que comprendió su amor por Lee. Entonces decidió que ni siquiera pensaría en otra relación seria y se consagró a su prioridad número uno, educar a sus dos hijos.

El amor se escabulló de Ingrid dos décadas más, tuvo mucho tiempo para pensar en eso.

Lee, por su parte, se había jubilado de su trabajo como director de contratos de una compañía de aeronaves en Hughes, se había casado dos veces y tenido dos hijos. Los últimos años habían sido terribles viendo a su segunda esposa morir lentamente de cáncer pancreático. No sentía que tuviera mucho por qué vivir. Sencillamente vivía en soledad sintiendo como si flotara, hasta que llegó la misiva.

Abrió la carta, era de Ingrid. "Qué impacto, después de todo este tiempo, y está en Estados Unidos. Aquí está mi futuro, justo aquí".

Se sentó y le escribió una respuesta que envió ese mismo día. Tal vez tuviera una nueva oportunidad para enamorarse. Jamás había olvidado a Ingrid.

La última vez que Ingrid había sacado la caja y llorado durante una hora, ya estaba jubilada y sólo trabajaba medio tiempo enseñando alemán en la universidad. En aquella ocasión se preguntó: ¿por qué no buscarlo? Sus hijos ya eran mayores y se habían ido. ¿Quién sabía qué había pasado en la vida de Lee? La siguiente semana se obsesionó en rastrear a Lee. De pronto recordó que uno de sus alumnos era un oficial de la marina jubilado, le preguntó y él le proporcionó el número telefónico del Centro de Jubilados de la Naval.

Se sentó unos treinta minutos al teléfono, sin aliento, a la espera, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Sí, había tres Lee Dickerson que se habían jubilado, uno en cada rama de la milicia. Era obvio que él era el que había servido en la fuerza aérea. El centro remitiría una carta. El importe sería de 3.50 dólares. En la carta, Ingrid escribía a Lee que tenía "un urgente deseo" de encontrarlo y la terminaba con: "Espero no estarme haciendo tonta al acceder a este impulso".

Cuando la carta llegó a su buzón, Ingrid supo de inmediato que era de Lee. Cuarenta y siete años después todavía pudo reconocer en un segundo su caligrafía. La abrió, pero su entusiasmo apenas le permitía leer. Le decía que estaba jubilado, que era viudo y estaba asombrado de que lo hubiera encontrado, que no la había olvidado, pero que pensaba que era mejor escribir que llamar para "volver a encender una antigua flama".

Ingrid decidió no escribir, de ninguna manera. Ella seguía siendo la animada muchacha de diecinueve años que él conoció en Alemania hacía tantos años. Nunca perdió eso, así que corrió al teléfono y llamó a Lee, pero se desilusionó cuando la voz de una grabadora contestó. Esa noche él la llamó y platicaron horas enteras. Decidieron encontrarse en Tucson porque Ingrid pensaba ir ahí a ver a su hijo y el hijo de Lee vivía también en Arizona.

En el avión Ingrid comenzó a aterrorizarse. ¿Qué había hecho? ¿Estaba loca? De inmediato debía olvidar todo esto. Si tan sólo pudiera imaginar alguna forma de salir del avión. Pero al descender las emociones se tranquilizaron.

Miró a Lee, todavía alto y casi tan delgado como a los veintiséis años. Se fundieron en un abrazo y pasaron una semana juntos tratando de ponerse al día. "Era como si cuarenta y siete años se hubieran esfumado", manifestó

Ingrid. "Nos abrazamos y nos besamos, y no nos separamos el uno del otro".

Cuando ambos retornaron a sus hogares, acordaron encontrarse a los pocos meses, pero Ingrid no podía soportar de nuevo la separación. "Fue tan difícil separarnos", exclamó irritada, "sencillamente fue horrible".

Lee voló a Chicago para visitarla, pero le preocupó lo que pudieran pensar los vecinos de Ingrid, a lo que ella respondió: "¿A quién le importan los vecinos? Al diablo con los vecinos".

Esta vez, Ingrid y Lee supieron que se casarían. No había nada que se los impidiera.

Se casaron el 2 de enero de 1997, a bordo del viejo trans- atlántico Queen Mary, en Long Beach. Ella usó un vestido blanco hasta las rodillas. El usó su uniforme de la fuerza aérea norteamericana con la condecoración de hoja de roble de comandante. Ella tenía ahora sesenta y siete años, él, setenta y cuatro. A su boda asistieron unos setenta parientes y medios de comunicación internacionales interesados profundamente en la segunda oportunidad de esta aventura amorosa.

Después de que cesó el zumbido de las cámaras de televisión y la familia se retiró, Lee e Ingrid se establecieron en esa tranquila vida que habían tratado de iniciar cuando eran jóvenes.

Para el último capítulo que ahora termina tan tierno, Ingrid escribió:

"Mi corazón se desborda de felicidad al saber que mi primer amor también será el último".

Diana Chapman

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SOBRE EL

COMPROMISO

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hora unan sus manos, y con sus manos sus corazones.

Cincuenta maneras de