• No results found

11.3 Graphical User Interface

11.3.2 Validation

Acabo de pasar cuatro días con una amiga que está casada con

un hombre muy adinerado. Le dio un anillo de rubí de 35 000 dólares como regalo de compromiso. Le dio un collar de esmeraldas de 25 000 dólares el día de las madres. Le dio 250 000 dólares para redecorar su enorme mansión de dos hectáreas de extensión. La construcción de su cuarto de baño costó 120 000 dólares. Hasta su perro come en un tazón plateado con su nombre grabado.

Su esposo la ha llevado por todo el mundo: a Tahití a tomar el sol, a París por ropa, a Londres al teatro, a Australia en busca de aventuras. No hay sitio donde no pueda ir, nada que no pueda comprar, nada que no pueda tener, excepto una cosa: él no la ama de la manera que a ella le gustaría ser amada.

La última noche de mi estancia, mi amiga y yo nos quedamos en su estudio hasta entrada la noche, platicando como sólo dos mujeres que se han conocido desde niñas pueden hacerlo. Hablamos de nuestros cuerpos, de los cambios que sufren cada año que pasa, del suyo ahora redondeado por la nueva vida que lleva dentro. Platicamos de lo que solíamos creer y de nuestra búsqueda por nuevos significados, y hablamos de nuestros maridos, el suyo, un exitoso financiero adinerado, el mío, un artista que lucha y trabaja.

"¿Eres feliz,?", le pregunté. No respondió por un momento, jugando con el anillo de bodas con un diamante de tres kilates que llevaba en el dedo. Luego, despacio, casi en susurro, comenzó a hablar. Apreciaba toda su ri

queza, pero la cambiaría en un instante por cierta calidad de amor que no había entre ella y su esposo. Ella lo amaba intelectualmente más de lo que sentía que lo amaba. No respetaba muchos de los valores que eran importantes para él en la vida, y esto apagaba su deseo sexual hacia él. Aunque él estaba totalmente comprometido con ella y la cuidaba, no se sentía amada totalmente, no había el cariño, la ternura, las palabras que los amantes usan, la sensibilidad, la atención, el respeto, la voluntad de participar con ella en crear la relación día con día.

Mientras escuchaba a mi amiga, me quedaba más claro que nunca que el amor verdadero de mi compañero me hacía más rica que cualquier cosa material que un hombre pueda dar. Esta no era la primera vez que sentía esto en lo más profundo de mi ser, pero una vez más, era un recordatorio de mi enorme buena fortuna.

Y pensé en mi gaveta llena de tarjetas y notas de amor escritas por él, y en las tres últimas adorables notas en mi bolso. Pensé en él cuando me toca, cuando aprieta mi mano para protegerme al cruzar la calle, cuando acaricia mi cabello recostada en su regazo, apretándome y devorando mi cuello, besándome por toda la cara cuando adivino correctamente sus acertijos. Pensé en las aventuras que viven juntas nuestras mentes, explorando ideas y conceptos, comprendiendo nuestro pasado, vislumbrando nuestro futuro. Pensé en nuestra confianza, nuestro respeto y en nuestro anhelo por vivir y aprender.

En ese momento vi que mi amiga me envidiaba a mí y a mi relación. Ella, sentada en su lujoso hogar, cubierta de joyas y esplendor, envidiaba nuestra vitalidad, nuestra naturaleza juguetona, nuestra pasión, nuestro compromiso, sí, nuestro compromiso.

Porque en ese momento comprendí que lo que tenemos, que es mucho más grande que cualquier otra cosa entre nosotros, es un compromiso, el de amarnos el uno al otro total y completamente, tan profundo como sepamos, durante el tiempo que podamos.

No se trata de un compromiso que se haya expresado ante otros o entre nosotros en voz alta. No está simbolizado por un diamante, ni siquiera por un sencillo anillo de oro. No está definido por el tiempo, ni siquiera por el espacio en el que vivimos juntos o separados.

Es más bien un compromiso que vive y se reafirma cada vez que nos entregamos el uno al otro por puro regocijo, cada vez que decimos la verdad, cada vez que uno de los dos está ahí para apoyar o confortar al otro, cada vez que compartimos una emoción o visión recién descubierta.

Es un compromiso que se revela de continuo en cada nuevo nivel de confianza, en cada nuevo estrato de vulnerabilidad, en cada nueva profundidad de amor. Es un compromiso que redescubrimos una y otra vez del mismo modo que redescubrimos quiénes somos y cuánto amor son capaces de dar nuestros corazones.

Es un compromiso que demuestra un verdadero matrimonio espiritual, cuya ceremonia de unión se halla en todos y cada uno de los momentos en que nos amamos mutuamente, cuyo aniversario se celebra en cada uno de los mo- mentos en que el amor crece más.

Hoy, al retornar a casa, encontré un buen cheque espe- rándome, dinero con el que no contaba. Y reí ante los in- significantes números alineados en una hilera.

Porque anoche, después de platicar con mi amiga, descubrí la diferencia entre tener dinero y ser en verdad rico. Y descubrí que yo ya era la mujer más rica del mundo.

Barbara De Angelís, doctora en filosofía

Así que cuando Michael le hizo la gran pregunta, pensó que no podría soportar el dolor si sólo se trataba de una broma.

—Cuando me dijo que me amaba me asusté mucho —co- mentó—. Pensé que quería jugar conmigo, pero me aseguró que era verdad, me dijo que me amaba.

El día de San Valentín, Juana usó un vestido de novia realizado en satén blanco, salpicado con perlas de imitación y lo bastante suelto como para cubrir la silla de ruedas y el ventilador. Juana pasó al frente de la habitación ayudada por Harry, quien con gran orgullo entregó a la novia, por cuyo rostro rodaban lágrimas.

Michael usó una camisa blanca deslumbrante, chaqueta negra y una corbata de moño que cubría a la perfección su traqueotomía. Rebosaba de placer.

Las enfermeras se apiñaron en las puertas, los pacientes llenaron la habitación, un sinnúmero de empleados del hospital inundaron los corredores. Por todos los rincones de la habitación se escuchaban sollozos. En la historia del hospital jamás había habido una boda entre dos personas que vivieran confinadas a sus sillas de ruedas.

Janet Yamaguchi, la encargada de actividades recreativas del hospital, planeó todo. Los empleados donaron dinero para

comprar los globos rojos y blancos, flores adecuadas y un arco adornado con hojas. Janet consiguió que el jefe del hospital donara un pastel de bodas de tres capas con relleno de limón. Un asesor en mercadeo contrató a un fotógrafo.

Janet negoció con los miembros de su familia. Para ella, ver a la pareja unirse en matrimonio fue uno de los momentos más satisfactorios y difíciles de su vida. Pensó en todo.

El toque final, el beso, no se pudo completar. Janet usó una cuerda en satén blanco para atar las sillas de la pareja y simbolizar el momento más romántico.

Después de la ceremonia, la ministra se escabulló tratando de retener las lágrimas.

—He estado en miles de bodas, pero esta es la más hermosa que haya yo oficiado hasta ahora —manifestó la ministra—. Estas personas han sobrepasado las barreras y han mostrado un amor puro.

Esa noche, Michael y Juana entraron por primera vez juntos a su propia habitación. El personal del hospital les ofreció una cena de luna de miel y les obsequió dos copas de sidra espumosa para un brindis privado. Michael y Juana sabían que habían conmovido a mucha gente con su amor, y que ellos habían recibido la mejor dádiva que hay, la del amor, que nunca se sabe dónde va a aterrizar.

El regalo de amor de Derian