Una segunda cuestión de debate es el de la necesaria superación de las ideas positivistas, que han calado profundamente entre ciudadanos, políticos y técnicos. Hasta el presente, el urbanismo que organiza nuestras ciudades, de fuerte inspiración en los aspectos formales del Movimiento Moderno (aunque se aleja bastante de los planteamientos sociales de dicho pensamiento), defiende a ultranza la segregación de usos. Cincuenta años de seguimiento a ciegas de dichas pautas formales (desde la primera Ley del Suelo de 1956), sin el menor atisbo de discrepancia, han demostrado que a la segregación de usos sigue inevitablemente la segregación social y la creación de nuevos ghettos.
El desarrollo de la actividad turística en los centros históricos exige, por un lado, la existencia de un patrimonio singular y, por otro lado, su conversión en producto de consumo turístico. Esa especialización funcional puede generar aspectos positivos, tales como la recuperación de las funciones económicas del centro histórico, la rehabilitación de edificios significativos, la mejora de la calidad de vida del centro histórico y, por consiguiente, la mejora de la habitabilidad del mismo para los autóctonos, la generación de nuevos puestos de trabajo y, en definitiva, una mayor cohesión social. No
obstante, su puesta en valor para la función turística entraña serios riesgos de banalización del patrimonio local (tematizado al gusto del turista), la pérdida de identidad local al incorporar usos no vinculados tradicionalmente a la ciudad, así como disfunciones en el centro histórico ocasionadas por nuevos flujos de vehículos y personas para las que no está acondicionado, o por el establecimiento de nuevos usos molestos, tales como los relacionados con el ocio.
Por otro lado, si se está contra la segregación social, necesariamente se debe estar en contra también de la segregación de usos como axioma incontestable. Así, se debe evitar que los centros históricos acaben
convertidos en espacios monufuncionales,
especializados en una sola función –la residencial- para una sola clase social –los más pobres-. En esa dirección abundan las políticas locales de viviendas protegidas, o viviendas sociales –para ese segmento social más menesteroso- viviendas que acaban siempre instaladas en los centros históricos: en casas viejas rehabilitadas o en nuevas promociones de viviendas sociales que ocupan solares del centro histórico.
No es sino otra forma en que las políticas públicas crean nuevos ghettos, cuando persiguen justo lo contrario.
De esa manera, objetivo principal sería el de devolver a los centros históricos –y por extensión a los centros urbanos- el carácter multiusos que tuvieron en el pasado. Esto es, las estrategias de base local deberían procurar homogeneizar el centro histórico con el resto de la ciudad en lo referente a los grupos sociales que lo habitan y, también, a los usos económicos permitidos.
Esto es, deberían procurar recuperar la centralidad social y funcional que, en su momento, tuvieron los espacios históricos de la ciudad, y esas centralidad se logra a partir de la recuperación como espacio multiusos.
En consecuencia, un buen Plan Especial de un centro histórico debería plantearse el mantenimiento de
las actividades económicas existentes y la recuperación de las que hubo en el pasado, bajo premisas de
sostenibilidad medioambiental y económica, que harán posible el sostenimiento social del barrio.
Reconstruir un barrio, supone, en esencia, reconstruir o rehabilitar no sólo la forma física –los edificios-, sino especialmente reconstruir la forma social y económica. Para ello resulta fundamental potenciar las actividades económicas de forma diversificada: museos quizá, pero también talleres, comercios y otros usos que devuelvan el carácter polifuncional y su centralidad a los viejos espacios degradados de nuestras ciudades.
En definitiva, existe en nuestras ciudades una gran cantidad de edificios monumentales o patrimoniales, que deben ser salvados de la piqueta, pero para usos diversificados, más allá de la monótona manía de meter museos y archivos en ellos. La inteligente reutilización de los viejos edificios es fundamental, tanto para su propio mantenimiento, como para el mantenimiento de la vida
en el barrio. Por tanto, los usos que debe acoger un
centro histórico, deben quedar establecidos más por la realidad social, económica y cultural del barrio que se pretende rehabilitar, que por las modas y no por una irreflexiva manía de terciarizar y museizar el centro histórico en busca de un hipotético aprovechamiento turístico.
Los grandes edificios, como los viejos contenedores industriales, son espacios susceptibles de acoger actividades colectivas poderosas y significativas, tales como un museo, pero también unas oficinas municipales, un centro docente, un centro comercial, un centro de ocio, un centro de actividades artesanales, o un minipolígono industrial, dependiendo de los objetivos previstos para el barrio.
En cualquier caso, se debe tener bien presente que el significado de esos usos será bien diferente para la vida futura del barrio. En ese sentido existen dos posibilidades, planificar usos para visitantes o usos para residentes. Si el objetivo es recuperar el barrio como
espacio de vida, en igualdad de condiciones como los
demás barrios de la ciudad, se de debe responder a una cuestión básica ¿qué uso es mejor para instalar una
población joven y estable en el barrio?
8.3. La búsqueda del equilibrio entre usos