La tercera cuestión para el debate insiste en la diversificación de los usos permitidos en los centros históricos. Es una idea extendida el hecho de que existe escasa compatibilidad entre usos industriales y usos urbanos. Tal idea es absolutamente cierta en el caso de actividades industriales como la extracción de mármol, la fabricación de cemento o la siderurgia. En cambio, otras actividades generalmente de “servicios” como el turismo, suelen ser puestas como ejemplo de actividades compatibles con el medio urbano, o sostenibles desde el punto de vista medioambiental. Cuando, por lo general, consisten en grandes acumulaciones de hierro y
cemento, a las que se accede a través de imponentes infraestructuras de hierro, cemento y asfalto, utilizando ingentes cantidades de energía y pesados vehículos de transporte para su construcción, que generan nuevos flujos de desplazamientos automovilísticos.
El objeto de estas reflexiones no es el de diluir las responsabilidades medioambientales de la actividad industrial, sino el de insistir en la necesidad de mirar con otros ojos, sin prejuicios, la realidad y replantearse el estudio de las relaciones entre la actividad económica y el medio urbano, el medio ambiente y el medio urbano.
En ese sentido, es preciso poner de manifiesto que, en la Comunidad Valenciana, el concepto de industria está más ligado a la idea de negocio –de hecho pequeño negocio- que al concepto de chimenea. Las actividades clasificadas como industriales en nuestros sistemas productivos han experimentado grandes avances en los ámbitos de:
la reducción de la contaminación en la industria tradicional,
la renovación tecnológico-ambiental de los procesos industriales,
la adaptación a la segmentación de las fases productivas y la revitalización del pequeño taller, la reinserción de la producción en el sistema
ecológico local y también en el sistema urbano local.
Por todo ello, constituyen legión las actividades clasificadas como industriales que son, en la práctica, menos molestas que otras actividades terciarias -como bares y lugares de ocio y diversión- y, además, mejoran la sostenibilidad económica y social propias y del barrio,
si mantienen ubicaciones centrales –centradas- respecto de sus clientes potenciales.
En ese sentido, por ejemplo, puede señalarse como los talleres de aparado, cortado, rebajado y otros que son propios de la industria del calzado, no sólo generan empleos y dan vida a las calles de nuestras ciudades –posibilitando la aparición de otros servicios para los trabajadores-, sino que también hacen posible que el desplazamiento cotidiano entre domicilio y lugar de trabajo se haga a pie, evitando el uso del automóvil y, con él, la necesidad de crear nuevas infraestructuras y equipamientos para que el automóvil se mueva por nuestras ciudades.
Pero existe otra pleyade de actividades “industriales” que necesitan de la proximidad al cliente, tales como son todas las relacionadas con actividades de mantenimiento del hogar y de sus aparatos: talleres de fontanería, carpintería, carpintería metálica, aíre acondicionado, reparaciones varias, fotocopisterías, imprentas, sastrerías, panaderías y todas aquellas que uno puede encontrar en las guías de servicios para el ciudadano. Su expulsión forzada hacia los polígonos industriales de las periferias no deja de ser un tremendo error que pasa factura rompiendo nuestros modos de vida y, paradójicamente, haciendo más inhabitables por zonificadas, nuestras ciudades.
Tales actividades tienen perfecta cabida en los viejos contenedores industriales que han quedado repartidos por las calles de la ciudad. Se trata sólo de entender que es posible y, acto seguido, diseñar, como se hace en otros países de Europa, en Canadá, en Japón y en los Estados Unidos, una serie de
minipolígonos modulares aprovechando los viejos contenedores fabriles, acondicionados para acoger pequeños talleres, con la mejora explícita de su accesibilidad, y la creación de espacios comunes de aparcamiento, carga y descarga, oficinas y servicios de mantenimiento.
Por todo ello, sigue siendo necesaria, a día de hoy, una profunda reflexión entre las autoridades y entre los ciudadanos sobre el modelo social que desea para su municipio. Del establecimiento de un claro programa social se desprenderán las estrategias seguir para cada una de las partes de la ciudad, entre ellas el centro histórico, que no debe ser tratado como territorio-isla, sino como parte integrante y activa del sistema urbano y, por tanto, sujeto a sus flujos y dinámicas.
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