2.4 Data
2.4.2 Constructing an Aggregate Output Performance Index
2.2.1. Introducción.
A lo largo de la historia ha existido una permanente preocupación de la sociedad sobre la seguridad de los proyectos de construcción. Desde la consideración de los fallos como “actos de Dios” (Morley, 1996) hasta la aplicación de la “ley del talión” en el Código de Hammurabi y el establecimiento de las responsabilidades en los códigos legales desde la época romana. Esta preocupación originó diferentes reacciones del sector de la construcción, incorporando técnicas adaptadas a buscar una respuesta adecuada y suficiente a las exigencias y escenarios establecidos (Rodríguez et al, 2006).
Todavía, en algunas sociedades del mundo, sobre todo en la parte de oriente lejano, se implementan algunas prácticas rituales para conseguir que una construcción cumpla con sus fines y que no haya siniestro de la misma. Una de las técnicas más conocidas, que se usa frecuentemente también en los países desarrollados, es la técnica o más bien práctica ritual llamada feng sui (Morley, 1996) (figura 2-2).
Figura 2-2: Ejemplo de la ubicación correcta del edificio en un sitio de la obra según la técnica china de Feng Shui.
Fue en el siglo XVIII cuando se desarrollaron los primeros modelos numéricos teóricos del comportamiento de las estructuras utilizando un concepto determinista de la seguridad basado en un coeficiente de seguridad. Posteriormente en la mitad del siglo XX se empieza a cuestionar esa teoría y a incorporar conceptos probabilistas de la seguridad y, en definitiva, a aceptar que la seguridad absoluta no existe y debe ser adaptada en función de las características de la construcción y de los aspectos económicos, morales y éticos, que rigen en cada momento y lugar, en la sociedad. Por tanto, los ingenieros no pueden asegurar el objetivo de la calidad en términos absolutos (cero defectos, satisfacción de las necesidades de los clientes, etc.) sino en términos ajustados a los aspectos citados (Rodríguez et al, 2006).
Posteriormente, en el año 1978 comenzó en Europa una corriente política encaminada (en relación a la construcción), a otorgar garantías de resultado a los usuarios una vez demostrado que el proceso de los proyectos y de las obras no podía garantizar por sí misma la seguridad absoluta, produciéndose conflictos a la hora de tratar de indemnizar a los usuarios frente a la responsabilidad que asumían los interesados. En definitiva, se pretendía invertir la causa de la prueba del origen del daño, poniendo ésta en manos de las partes interesadas en el proceso y no en las de los demandantes.
Esta corriente fue el origen de la evolución que ha seguido los códigos y reglamentos hasta la actualidad, desde el sistema de las prescripciones al de las prestaciones, es decir, ya no se trata de cumplir con lo que piden los códigos sino de asegurar unas prestaciones con una seguridad adecuada y garantizar la indemnización del cliente en el caso de que no se satisfagan dichas prestaciones (Rodríguez et al, 2006). En España esta política se consolida con la expresión de los requisitos esenciales de las construcciones (DPC CE106/89, 1989), en la “Ley de Ordenación de la Edificación” (1999), y el posterior Código Técnico de Edificación (CTE) (2006).
Figura 2-3: Descripción general de la fiabilidad de proyecto de la ingeniería civil (Rodríguez et al, 2006).
En la figura 2-3 se demuestra la situación en la que está el mundo de construcción de hoy. En cada proyecto se toman las decisiones relacionadas con incertidumbres del mismo. El objetivo es prevenir aquellas situaciones y eventos que podrían tener efecto negativo sobre los objetivos de proyecto y que podrían afectar a la seguridad estructural de una obra, las personas, los bienes cercanos, el medioambiente, o incluso a lo que se llama la “imagen”. La figura nos refleja que la fiabilidad real que queremos alcanzar depende de cómo tratamos los riesgos de nuestro proyecto.
Un simple cumplimiento del marco legal no nos garantizará una obra satisfactoria frente a las exigencias de los promotores y de la sociedad. En todo proceso constructivo o no, se debe partir del principio de que el riesgo nulo no existe. En consecuencia, se debe de definir un nivel de riesgo del cual debamos partir. En la figura 2-3 se pretende situar lo que es una obra de calidad, lo que es una obra segura, lo que es una obra satisfactoria y lo que es una obra impredecible (Rodríguez et al, 2006).
Se entiende como una obra impredecible aquella que se ha ejecutado siguiendo criterios y métodos arbitrarios, como, por ejemplo, se ha copiado un proyecto de otro lugar, y que no se podría asegurar que vaya a satisfacer los requisitos que debe cumplir; posiblemente no presente problemas de seguridad, pero también los puede presentar o pudiera ocurrir que tuviera una híperseguridad, cosa que la alejaría del concepto de una obra de calidad (Rodríguez et al, 2006).
Una obra cien por cien segura sería una obra sin riesgo lo que viene a ser una utopía y, en todo caso, aproximarse sería una obra cuyo precio no sería adecuado (Rodríguez et al, 2006). OBRA IMPREDECIBLE ¿OBRA DE CALIDAD? OBRA SATISFACTORIA FRENTE A REQUISITOS Y EXIGENCIAS
• Falta de fiabilidad real requerida • Falta de análisis de riesgos. Riesgos
potenciales. • Errores humanos • Inadecuación de sistemas • Factor propio de innovación • Falta de coordinación u organización • Negligencia previsible del usuario • No calidad desconocida o tratada
• Ignorancia científica • Riesgo o fallo legal asumido • No calidad asumida • Causas imprevisibles
(Negligencia del usuario, Falta de coordinación u
organización, etc.) • Factor propio de innovación
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