El mundo de la mayoría de las mujeres ha alcanzado el orden integral, es el Cosmos propiamente dicho, cuando en los cajones correspondientes descansa una pila de sábanas planchadas, el asado se va dorando uniformemente por los cuatro lados, el mechón cae por la sien del modo deseado, el rosa del esmalte de uñas armoniza como es debido con el del charipé, ropa interior blanquísima ondea al viento suave, diez pares de zapatos recién embetunados y cepillados esperan puestos en fila, los vidrios de las ventanas están tan limpios que deslumbran a los transeúntes, el marido sale para el trabajo a la hora exacta y los niños juegan tranquilamente al sol en el jardín de delante. En un momento así las mujeres se encuentran en la cima de su capacidad de gozar, y su sentimiento de felicidad es definitivamente insuperable. Para mantenerse en ese elevado estado de ánimo meten rápidamente un bollo en el horno, riegan la planta de interior del ventanal del living y se ponen a hacer un jersey para el pequeñín. Pues los que no trabajan tienen goces diferentes de los placeres de quienes trabajan. Una mujer no se tumba en el sofá con un periódico en las manos: su ocio es radicalmente distinto de lo que los varones entienden por
ocio (razón por la cual la mujer parece sumamente trabajadora): la mujer no quiere trabajar no porque quiera estar cómoda para descansar y recuperarse - ¿de qué iba a recuperarse?-, sino porque busca apasionadamente sus placeres y necesita tiempo para ellos. Esos placeres son: hacer tortas y bollos, planchar, coser, limpiar los cristales, ponerse bigudíes, pintarse las uñas y, a veces -cuando
son mujeres muy progresadas, a las que nos referiremos más
adelante- escribir a máquina y taquigráficamente. Para que nadie se dé cuenta de ello, llaman «trabajo doméstico» a sus diversiones caseras. Cuidan su cuerpo por el placer de su compañero, y llaman «excitante actividad intelec- tual» a los infantiles placeres que disfrutan en las antesalas de los varones de profesiones varias, placeres que consisten en sentarse completamente disfrazadas ante un escritorio y trasponer a un medio óptimo los pensamientos va completamente formulados por aquellos varones. De este modo disfrutan con toda su banda en una fiesta permanente. y viven en un mundo de libertad, irresponsabilidad y felicidad racional que un varón no se atreve ni a soñar para sí, sino que a lo sumo presume existente entre los hippies o los hombres de las islas del Pacífico, pero no, desde luego, en su propio ambiente.
Nada habría que objetar a esas inocentes orgías de las mujeres, si los varones supieran que son efectivamente una fiesta cotidiana, si los varones no se amar- garan la vida entera pensando que sus mujeres lo pasan mucho peor que ellos. Los varones no pueden llegar a descubrir por sí mismos que todas aquellas cosas son los placeres de sus mujeres. Para comprender eso tendrían que darse cuenta previamente de lo abismalmente estúpidas que son las mujeres: tan estúpidas que no se pueden divertir más que en el plano más bajo y de un modo eternamente femenino; un grado tal de estupidez está fuera de la capacidad imaginativa del varón.
Ni siquiera los psicólogos, pese a ocuparse constantemente de la inteligencia femenina (como varones que son, se interesan más por las mujeres que por ellos mismos), han pensado hasta hoy que la psique «femenina» les resulta tan peculiar tal vez porque las mujeres son muy cretinas, y que las actividades «fe- meninas» les parecen tan desagradables sólo porque aún no comprenden la estupidez que es necesaria para gozar de ellas. Cuando estos especialistas comprueban, por ejemplo, que las muchachas no suelen tener éxito en la enseñanza más que en las asignaturas en las que no hace falta pensar -como las lenguas, que se pueden aprender de memoria (una buena memoria puede tam- bién, como es sabido, ser síntoma de oligofrenia), o como las matemáticas, en las que todo procede según reglas rigurosas que también se pueden aprender de memoria-, mientras que suelen fracasar en otras materias como la física, la química y la biología, no infieren de ello que esas muchachas tienen poca inteligencia, sino que se ponen a hablar de una inteligencia «típicamente femenina». Estos psicólogos no van a entender nunca que ese tipo de
«inteligencia» es un tipo de cretinismo adquirido (no innato), debido a que la mujer expresa, por término medio, su última idea propia a los cinco años, y luego, bajo la dirección de una madre ya completamente cretinizada, se esfuerza por frenar toda forma de desarrollo de su inteligencia.
Tampoco los demás varones son capaces de confesarse la estupidez ilimitada de sus compañeras. Admiten que no son muy listas, pero añaden que, a cambio de ello, tienen instinto, un instinto al que llaman femenino para diferenciarlo del de las bestias. Pero, desgraciadamente, ese celebrado instinto femenino es en realidad una manera de sublimar la probabilidad estadística: como las mujeres se meten en todo y dicen en todo momento sus opiniones (porque, al ser tontas, no se dan cuenta de cómo se ponen en ridículo), algunos de sus pronósticos tienen por fuerza que confirmarse. Por lo demás, la mayoría de esos pronósticos son negativos y de formulación imprecisa: «Esto acabará en una catástrofe», dicen las mujeres, «así que yo no me metería en eso»; o bien: «tus supuestos amigos no te van a dar más que decepciones.» Todo el mundo puede atreverse a emitir profecías así. A veces, de todos modos, las mujeres ven, en efecto, más claramente que los varones. Ello se debe a que, a diferencia de éstos, las mujeres pueden juzgar sin sentimiento.
Pero la estupidez de las mujeres no es más que una consecuencia naturalísima de toda su actitud ante la vida. ¿Qué iba a hacer con la inteligencia -y con los conocimientos que ésta le suministrara- un ser que ya siendo niña ha decidido que vivirá el resto de su vida a costa de un varón (pues todas las niñas de cinco años se proponen casarse, tener una casa y tener hijos, y eso mismo se siguen proponiendo las chicas de diez, de quince y de veinte años)? La mujer tiene que prepararse para aceptar totalmente las inclinaciones y los intereses del hombre que la alimenta (hasta tendrá que elogiarle aquellas inclinaciones y esos intereses), sin saber por de pronto qué inclinaciones y qué intereses serán ésos. ¿Para qué le serviría, por ejemplo, comprometerse prematuramente como socialista (las estudiantes que van a manifestaciones tienen siempre relaciones con un manifestante), si luego a lo mejor puede casarse con un rico fabricante? ¿Y qué pasaría si, por su mero gusto, se hiciera vegetariana y luego tuviera que marcharse a Australia con su marido ganadero? ¿Y cómo va a proclamar el ateísmo, si a lo mejor se va a pasar la vida en la casita cubierta de rosales de un pastor de la Iglesia Evangélica?
¿De qué le habría servido a Jacqueline Bouvier hacerse en su juventud con conceptos ideológicos? Si el resultado hubiera sido simpatía por la democracia, habría podido favorecerle, sin duda, en su primer matrimonio, pero sólo en el primero (que fue con John Fitzgerald Kennedy, como es sabido); y si el resultado hubiera sido una ideología fascista, no habría podido serle útil hasta sus segundas nupcias. Por lo demás, como Jacqueline Bouvier es, sin duda alguna, una de las mujeres más «femeninas» que existen, es de suponer que no dé ningún valor al respeto masculino lo único que en el fondo le importa es gustar e impresionar a las mujeres.
Lo mejor es, pues, que una mujer de buena sociedad no aprenda en su juventud más que un poco de arte, otro poco de etiqueta y otro poco de lenguas. Si algún día se ve realmente ante el problema de tener que desempeñar un papel en la vida pública -por casarse con un hombre que tenga una función así-, le bastará con asegurar que una mujer «de verdad» no tiene que vivir más que para su marido y para sus hijos; el mundo entero estimará que su declaración es muestra de gran modestia y la aplaudirá por ella.
La estupidez de las mujeres es tan omnímoda que empapa, por así decirlo, todo lo que toca. No llama la atención porque desde el primer momento de su vida todo ser humano se ha visto entregado a esa estulticia y se ha acostumbrado inadvertidamente a ella. Por eso, hasta el momento, los varones la han ignorado o la han tomado por una cualidad típicamente femenina que no hace daño a nadie. Pero con el aumento de tiempo libre y de dinero, ha aumentado también la necesidad de entretenimientos de la mujer, lo que significa que su cretinismo se extiende cada vez más por la vida pública. Lo reflejan ya todas las ánforas decorativas, todos los cuadros de dormitorio, todas las cortinas de terciopelo, todas las cocktail-parties y todos los sermones
dominicales; pero, además, va reclamando cada vez más sitio en los medios de comunicación llamados masivos. Empiezan a predominar las emisiones para la mujer en la radio y en la televisión, cada vez se alargan más, incluso en periódicos respetables, las columnas de ecos de sociedad, sucesos, moda, horóscopos y recetas culinarias; y los órganos periodísticos especializados en temas femeninos invaden el mercado en número cre- ciente y volumen desbordante. Poco a poco se difunde esta epidemia de cretinismo no sólo por la esfera privada de los varones, sino también por toda la vida pública.
Hay, por ejemplo, publicaciones sobre política, filosofía, ciencias de la naturaleza, economía, psicología, y otras sobre vestidos, cosmética, cultura doméstica, cotilleo, cocina, crímenes e historias de amor. Las primeras no las leen casi más que los varones; las segundas las leen exclusivamente las mujeres. Y tanto los varones cuanto las mujeres consideran las lecturas del otro sexo tan pesadas e inaguantables que prefieren aburrirse mortalmente que echar mano de ellas. El hecho es que los varones se interesan de verdad por la cuestión del si hay en Marte formas primitivas de vida, o de si los argumentos de los chinos en su conflicto fronterizo con los rusos son más sólidos que los de éstos, mientras que esos problemas dejan completamente frías a las mujeres. A éstas les interesa saber cómo se borda tal motivo, cómo hay que colgar correctamente la ropa y si tal o cual actriz cinematográfica se va a divorciar o no. Y así varones y mujeres viven perfectamente separados, cada cual con su propio horizonte y sin entrar nunca en contacto real con el del otro. El único tema que interesa a los varones cuanto a las mujeres es el tema mujer.
Como es natural, algunos varones no tienen más remedio que ocuparse de las revistas especializadas femeninas, pues, del mismo modo que la moda femenina -que no suele interesar en absoluto a los varones- es obra de esclavos masculinos (las mujeres dicen con toda sangre fría que se tienen que inclinar ante la omnipotencia de los grandes couturiers), también las revistas para mujeres son producidas y distribuidas por varones esclavos. Sus esfuerzos no pueden tener éxito más que si ellos mismos se sitúan a la altura intelectual de la mujer e intentan averiguar qué es lo que le gusta a ésta. La empresa es casi irrealizable por un varón, razón por la cual suele consultar con un equipo de redactoras femeninas que le dicen qué es entretenido para una mujer. Pero el varón carga en cualquier caso con la responsabilidad de la compaginación, la venta y el ascenso de estas publicaciones en el mercado.
Estas revistas entretienen a la mujer (por ejemplo, Ladies’ Home Journal, McCall’s), satisfacen su ansia de cotilleo (Gente, Movie Life), le ayudan a elegir sus disfraces (Vague, Bazaar) o unifican, a veces, todos esos elementos en una misma publicación (Elle, Brigitte, Grazia). Es común a todas esas revistas la completa inexistencia del varón (mientras que, por el contrario, el tema principal de las revistas para caballeros es la mujer). Las revistas femeninas pueden aludir al varón pero lo harán en principio sólo a propósito de sus preferencias en asuntos de mujeres, casas o comidas («Póngase usted este verano ropa interior del color de su piel: eso les gusta a los hombres»; «Un make-up natural para el primer rendez-vous»; «Encienda velas, que eso le pone romántico»; «Tres platos por los que la amará», etc.). Y como un conocimiento tan global de las preferencias del varón no puede servir más que para cazar a cualquier varón o mantenerle preso durante más tiempo (todas las lectoras de estas revistas son solteras, y, por lo tanto, en busca de su trabajador, o casadas, y, por lo tanto, obligadas a conservar el que ya tienen), se puede considerar en última instancia como un conjunto de instrucciones para su uso. Son instrucciones para usar el robot al que siguen considerando más fiable de la tierra: el ser humano masculino. Los títulos de esas revistas lo dicen a veces abiertamente: «Cómo pescar a un hombre para toda la vida», «Diez cosas que le mantienen de buen humor», «Consejos para los tres primeros años de matrimonio». Estas instrucciones para el uso son tan claras y fáciles de dominar como si se tratara de indicaciones que tener en cuenta para comprarse un coche o para lavar el jersey de Cachemira auténtica.
La limitación de los intereses femeninos produce, como era de esperar, frecuentes faltas de material en las redacciones de esas revistas. En estos casos la redacción se ve obligada a recurrir a los llamados «temas masculinos» (que son muy abundantes, puesto que a los varones les interesa todo); mediante un complicado sistema de trasformaciones, la redacción pone esos temas a la altura de sus lectoras. La ley suprema de esta operación dice así: todo artículo tiene
que parecer un informe sobre mujeres. No es posible publicar en esas revistas un reporte sobre un viejo ex-boxeador más que poniéndole un titular del tipo «Las mujeres fueron mi ruina»; si se trata de una entrevista con un compositor, es imprescindible decir, una vez al menos, que las mujeres le han inspirado y que una muchacha hermosa es como una melodía, pero mejor. Si se consigue una buena mimetización femenina, es posible presentar a las mujeres incluso los temas que les son más lejanos. Se ha comprobado la posibilidad de escribir en una revista femenina incluso sobre las tareas del ministerio del ejército, con sólo presentar el conjunto como un informe sobre la vida familiar del señor ministro (y midiendo generosamente en la compaginación el espacio destinado a las fotografías de la mujer y los hijos del personaje). Hasta se les puede escribir algo sobre otros países, mimetizando los artículos de tal modo que parezcan ser descripciones de la vida de una mujer perteneciente al país y el ambiente de las lectoras, pero que se ha casado con un hombre de aquel exótico lugar (titulares: «Me casé con un noruego» o japonés, egipcio,
chileno, israelita).
Este principio se aplica en realidad a todas las esferas, y particularmente a la política. Como las mujeres no se interesan más que por las mujeres, y no por los varones, no es posible informarles de acontecimientos políticos en curso más que si la información suscita la impresión de que todo lo centra una mujer. La guerra del Vietnam, por ejemplo, se ha hecho mucho más popular desde que aparecieron en la prensa las primeras fotografías de la legendaria Madame Nhu, y el problema de los católicos del Ulster es actual desde que apareció Bernadette Devlin, así como el drama de la esterilidad de Soraya ha contribuido probable, mente al conocimiento de los problemas del Irán más que todas las publicaciones sobre ese país tomadas en bloque.
Por eso el primer acto político de un gobernante debería ser casarse con la mujer más fotogénica que encuentre. No se puede sino, a lo sumo, imaginar el beneficio que habría reportado a países como Israel o la India el que Golda Meir o Indira Gandhi hubieran sido hermosas según los rigurosos criterios de las mujeres, si sus fotos hubieran adornado las portadas de las revistas femeninas en vez de las de Grace de Mónaco, Sirikit de Tailandia o Farah Diba de Persia. Los reportes correspondientes habrían llevado titulares del tipo «Las joyas de Golda Meir», o «¿Qué tiene Indira Gandhi que tanto gusta a los hombres?», y de paso el periodista bienintencionado habría podido exponer a la otra mitad de la población del globo (a la mitad más rica) que, por ejemplo, la vida de Israel es infernal, y que en la India mueren anualmente por inanición tantos o cuantos centenares de miles de niños (que habría sido fácil alimentar con el dinero que gastan las mujeres en esmalte de uñas y en acetonas preparadas para quitaesmaltes).