Al enfrentarnos a esta renovada discusión sobre la doctrina de la creación, vale la pena resaltar algunos de los elementos y consecuencias más importantes de esa doctrina. Así, al escuchar sobre las nuevas opciones podremos juzgar hasta dónde son adecuadas y hasta dónde no lo son desde el punto de vista cristiano.
En primer lugar, la creación indica que, como resultado de la acción amorosa del Dios redentor, todo el universo y cuanto en él existe es bueno. Es cierto que hay mal en el mundo; pero, por sí
mismo, el mundo físico no es malo, precisamente porque Dios es el creador de «todas las cosas vis- ibles e invisibles».
En segundo lugar, y completamente relacion- ado con el primer punto, debemos recordar que, desde sus orígenes en la fe de Israel, la doctrina de la creación fue expresión y resultado de la ex- periencia del cuidado y redención de Dios. En su lucha contra el marcionismo (y otras formas de dualismo), una y otra vez los cristianos afirma- ron que la salvación no era una salvación de la creación, sino salvación hacia la culminación y perfección de la creación. Así pues, una visión adecuada de la creación debe afirmar que existe relación entre el amor que se manifiesta en la re- dención, y el amor que se manifiesta en nuestra propia existencia, entre la creación y la reden- ción.
Esto implica que la creación no se refiere tanto al origen de las cosas como a su valor y sentido. La creación no es un asunto sobre seis días que ocurrieron hace mucho tiempo, sino sobre el
amor de Dios para nosotros y para todas las co- sas, desde el principio, durante todos nuestros días y para siempre. Así pues, al mismo tiempo que gran parte de lo que Darwin dijo y sugirió puede ser valioso, existen dos resultados desafor- tunados del darwinismo que debemos evitar.
El primero es que reduce la doctrina de la creación a una teoría sobre el origen del universo. La principal deficiencia de lo que hoy se conoce como «creacionismo» es que reduce la doctrina de la creación a eventos que supuestamente su- cedieron en seis días hace mucho tiempo, y que ahora solamente se requiere creer en ello. El se- gundo resultado trágico—e inaceptable—del dar- winismo, es la propuesta de que la «superviven- cia del más fuerte» es el orden apropiado para el mundo y su progreso. Cuando esto se convierte en una regla universal mediante la cual evolu- cionan las especies y progresa la historia, y sin que se diga que hay algo inherentemente erróneo en ello (que la doctrina de la caída nos recuerda), las consecuencias son nefastas. Aquí los cristi- anos debemos tomar una posición: debemos de-
cidir si vamos a creer que es la ley del más fuerte o es el amor de Dios lo que guía toda la historia y la vida (y el principio que ha de guiar nuestras vidas). Dadas las consecuencias inmediatas y drásticas que presenta cada una de estas altern- ativas, es más urgente decidir esta cuestión que decidir si Dios creó al mundo en seis días o dur- ante millones de años.
En tercer lugar, al distinguir entre la creación y la emanación, esta doctrina afirma que hay una diferencia real entre Dios y el mundo. Aunque el mundo es la buena creación de Dios, no es Dios. Dios trasciende al mundo. El mundo es una real- idad positiva y valiosa, puesto que viene de Dios. Pero cuando los humanos confundimos lo divino con el mundo, o cualquier cosa que haya en él (al adorarlo o hacerlo objeto de nuestra fe), lo es- tamos usando de una manera torcida y maligna, porque lo colocamos en lugar de Dios, o como diría Pablo: adoramos a la criatura en lugar de al Creador.
En cuarto lugar, esta última afirmación nos recuerda que, aunque el mundo es la buena creación de Dios, también es una creación caída. Sin importar si entendemos la historia de la caída como un acontecimiento literal o no, debemos re- conocer que el mundo no es lo que Dios quiso que fuera. El mundo es una realidad caída, al igual que nosotros somos criaturas caídas. Así pues, aunque todo cuanto existe es bueno, tam- bién todo lo que existe lleva la marca del pecado y puede ser usado para mal. Una visión correcta de la creación, debe afirmar tanto su valor como su corrupción al mismo tiempo; debe afirmar el hecho de que ha sido creada por Dios, pero tam- bién que se ha corrompido debido al pecado. Aquí tenemos una difícil paradoja, y que debe conservar cualquier doctrina de la creación que propongamos.
El quinto punto afirma uno de los elementos de esa paradoja: la creación es buena. La creación no ha de ser denigrada, olvidada, ni abusada; y merece respeto como producto de la creación de Dios. Todas las criaturas son parte de la misma
creación. De cierta manera, no solamente somos parientes de la humanidad entera, sino también de cada ser que existe o ha existido en el uni- verso. Esta afirmación es particularmente urgente conforme nos vamos percatando de la forma en que la mala administración humana está afect- ando y contaminando al resto de la creación (y a la misma humanidad). La lluvia ácida, los cam- bios climatológicos, los peces envenenados con mercurio, la deforestación, la desertización y muchos otros fenómenos contemporáneos sola- mente son señales y consecuencias de errores sobre la manera de entender nuestra relación con la creación.
El otro elemento de la paradoja nos lleva a considerar un sexto punto que cualquier doctrina de la creación debe tomar en cuenta. El hecho de que todo cuanto existe en el mundo es una criatura y no ha de confundirse con Dios); y el hecho de que, de alguna manera, toda criatura ha sido afectada por el pecado y la corrupción destruye cualquier pretensión humana de tener autoridad absoluta o final. Todos los seres hu-
manos son corruptos. Todos los gobiernos son corruptos. Todas las iglesias son corruptas. No hay criatura alguna—nación, iglesia, gobierno, bandera, causa, u orden social—que pueda hacer un reclamo absoluto y final sobre quienes sostienen la doctrina cristiana de la creación. Ésa fue una de las razones por las que el imperio ro- mano persiguió al cristianismo: no pudo tolerar una religión que relativizara la autoridad del im- perio y del emperador (y esta relativización fue simbolizada por los cristianos que se rehusaron a adorar al emperador).
En estos días, cuando por primera vez en su historia la iglesia es una comunidad verdadera- mente universal (presente en toda nación y con- tinente), estos dos últimos puntos cobran partic- ular importancia y urgencia para los cristianos que se encuentran en las regiones más pobres, o «subdesarrolladas» del mundo. Estos, que son la gran mayoría de los cristianos, están experiment- ando las consecuencias de décadas (y en algunos casos hasta de siglos) de un «desarrollo» basado en la explotación sin límites que algunos cristi-
anos hicieron de los recursos naturales. Pero un- os cristianos que no sentían por la naturaleza, ni por el resto de la humanidad, el respeto que de- bía haber surgido de su creencia en la doctrina de la creación. Muchos de los cristianos en las naciones más pobres, también están experiment- ando la explotación y opresión a manos de regí- menes nacionales y sistemas financieros inter- nacionales que requieren una lealtad semejante a la que el Imperio Romano exigió a los primeros cristianos.
El resultado es que hay cristianos en todo el mundo cuyas reflexiones nos invitan a reconsid- erar y redescubrir la doctrina cristiana de la creación. Pero no solamente como una manera particular de explicar el origen del mundo, sino más bien como una forma de entender todo el universo a la luz del amor de Dios que ha sido revelado en Jesucristo.