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Non-adaptive policies

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6.3 Mechanisms for dynamically generated objects

7.1.1 Non-adaptive policies

El principal instrumento que encontraron los cristianos para responder a esas necesidades fue

la doctrina del logos. Esa palabra griega tenía varios significados. Quería decir «palabra», «razón», «discurso», «tratado», «habla», o cu- alquiera otra de diversas ideas relacionadas con éstas. Mucho tiempo antes del advenimiento del cristianismo, el logos ya había tenido un papel importante en la filosofía griega como el medio para explicar la racionalidad del mundo. ¿Cómo explicar el hecho de que mi mente me dice que dos más dos son cuatro, y que cuando miro al mundo descubro que en realidad, dos manzanas más otras dos manzanas resultan ser cuatro man- zanas? ¿Cómo explicar el hecho de que cuando sumo piedras también resulta que dos piedras más otras dos, son cuatro? Debía existir una ra- cionalidad subyacente, un común denominador entre mi mente (o cualquier otra mente) y la real- idad misma del mundo. Si todo quedara en manos de la confusa multiplicidad de dioses en con- flicto, entonces no habría orden alguno en el mundo, puesto que los dioses parecen no estar de acuerdo en nada. Sin embargo, el mundo muestra un orden racional. Este orden, este logos del

mundo, que incluso se encuentra más allá de los dioses, es el poder permanente e inconmovible que le da forma a toda la realidad.

En algunos sistemas filosóficos, se llegó al punto de hacer de este logos una hipóstasis (para emplear una palabra común entre los historiad- ores de la filosofía). Sencillamente, la hipóstasis quería decir que el logos se había convertido en un ser, en esa realidad que estaba detrás de toda otra realidad, detrás de toda otra racionalidad y, por tanto, también detrás de todo conocimiento. Al principio del primer siglo, aproximadamente en tiempos de Jesús, el filósofo judío Filón de Alejandría, tomó la teoría filosófica del logos e intentó relacionarla con el judaísmo, diciendo que el logos era el principio creador mediante el cual Dios actuaba en el mundo.

Cuando los cristianos enfrentaron la cultura circundante, y trataron de hallar maneras para validar y aceptar todo lo positivo que hubiera en ella, encontraron el camino abierto para em- plear ideas semejantes. Incluso el cuarto evan-

gelio comenzaba declarando que Jesús era la en- carnación del logos o Verbo eterno de Dios que siempre había estado con Dios, y mediante el cual todas las cosas habían sido hechas. Al es- cribir esas palabras, es muy posible que el autor de ese evangelio no estuviera pensando tanto en la filosofía helenista como en las historias de la creación en el Génesis (donde Dios sencillamente creó lo que quería pronunciándolo), y posible- mente también estuviera pensando en la sabiduría de Dios tal como se describe en Proverbios 8 (donde parece que la sabiduría es una realidad junto a Dios). Sin embargo, algunos de los apo- logistas cristianos del segundo siglo tomaron el prólogo del cuarto evangelio y lo unieron a la tradición filosófica helenista, de esta manera pudieron afirmar que Jesús era la encarnación de ese logos eterno, y que era la racionalidad subya- cente a toda la creación.

Unas pocas palabras en ese prólogo del cuarto evangelio fueron de gran ayuda para los apolo- gistas que estaban tratando de construir puentes entre su fe y la cultura dominante de esa época.

La declaración y revelación de Juan de que ese logos era «la luz verdadera que alumbra a todo ser humano», fácilmente se pudo unir con la idea helenista de una razón que penetraba toda la real- idad y que, por lo tanto, hacía posible el conoci- miento. Así pues, Jesús era el logos o Verbo en- carnado de Dios y todo el conocimiento provenía del logos. Esto significaba que el logos, o Verbo que hemos conocido en Jesús, era el mismo que les había enseñado a los filósofos todo cuanto sabían. Con esto, los apologistas podían decir que no debíamos rechazar las enseñanzas de los filósofos, ni condenar los logros de la civiliza- ción, porque todo ello venía del mismo Señor. ¡Así que también podíamos reclamarlo para nosotros! Como diría Justino—uno de esos apo- logistas—de hecho no solamente Abraham, sino también Sócrates y Platón fueron cristianos, porque cualquier verdad que conocieron o en- señaron había sido una verdad cristiana2.

Por otra parte, no todos los cristianos se entusiasmaron con esas sugerencias. Algunos

creían que así se estaba abriendo la puerta a toda clase de doctrinas extrañas. El más importante entre ellos fue Tertuliano, un escritor y apologista cristiano en la ciudad de Cartago (norte de África), quien creía que las herejías que amenaza- ban a la iglesia surgían de la filosofía. En ese sen- tido, una frase suya se ha hecho famosa: «¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿Qué concor- dia hay entre la academia y la iglesia? ¿Qué hay de común entre los herejes y los cristianos?»3.

Sin embargo, la cuestión no fue tan sencilla. Al mismo tiempo que Tertuliano declaró que el platonismo era el origen de la mayoría de las herejías, él mismo fue profundamente estoico. Su tratado Sobre el alma, fue una combinación de lo que decía la Biblia con las doctrinas estoicas sobre ese tema. Con toda probabilidad, se habría ofendido si se le hubiera dicho que él mismo era estoico, y es que, según él, solamente estaba exponiendo y defendiendo la doctrina cristiana tradicional. Es importante mencionar este hecho, porque señala que la cultura no consiste única-

mente en lo que leemos en libros y en teorías filosóficas, sino también en el ambiente en que vivimos. Y mientras más inmersos estemos en la cultura, más difícil se nos hará percatarnos de la manera en que ésta influye en nuestras vidas y le da forma a nuestras ideas.

Por lo general prevaleció la posición de Justino, aunque siempre hubo elementos de res- istencia que adoptaron la postura de Tertuliano. Así que cada vez más se fue interpretando al cristianismo en términos de la cultura helenista y la filosofía platónica y neoplatónica. Como lo veremos en otros capítulos, esto influyó sobre la manera en que los cristianos entendieron la nat- uraleza de Dios, la manera en que vieron a la cri- atura humana y muchas otras cuestiones relacion- adas.

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