Michel de Certeau plantea que la enunciación en su desenvolvimiento discursivo (verbalizado, soñado o andado, “míticas o lo que hace el andar”) se organiza a partir de la relación entre el lugar de donde sale (un origen) y el no lugar que produce (una manera de pasar). En esa perspectiva, andar es no tener un lugar, se trata del proceso indefinido de estar ausente y en pos de algo propio (116). Y es exactamente eso lo que ocurre con los andares de Víctor Hugo Viscarra, como narrador está en un permanente ir y venir, describe los espacios de la urbe seleccionados, tiene una partida y un itinerario que no va a ningún sitio, un no lugar que son los muchos sitios por lo que pasa o le cuentan. Veamos como puede funcionar esto en el relato “Noche de ronda”:
Mi amigo Julio Villalobos me decía cierta tarde que envidiaba mi libertad para pasear en la noche sin que nadie me pida explicaciones por mis actos. Yo sólo pude contestarle que para ‘disfrutar’ de esa libertad, había que pagar un precio que muy pocos se animaban a hacerlo.
Una noche –le contaba- estaba por la zona de Munaypata. Como sabía que no tenía donde ir a descansar, empecé a caminar; pasé por Villa Victoria, la Estación Central, la zona norte, la avenida Tejada Zorzano, la plaza Villarroel y la avenida de las Américas, hasta llegar a los prostíbulos de Chuquiaguillo, al final de Villa Fátima. A modo de hacer hora, entré al Redondo, a la Chawaya, al 111 y a otros puteros más, para
47 conversar con algunas amigas y ver si alguna me podía invitar algunos tragos. Después, regresé a pie hasta la plaza Villarroel, bajé toda la avenida Busch hasta el parque Triangular; de allí subí al estadio y por la avenida Simón Bolívar me fui hasta el obelisco, donde llegué a eso de las dos y media de la madrugada. Aún faltaban cuatro horas para que las puertas de San Francisco se abrieran y tenía todo el cuerpo cansado. A pesar de haber caminado más que el Judío Errante, debía seguir haciéndolo, para evitar que el frío castigara mi cuerpo mal abrigado y falto de alimento. En esos momentos, lo que más me antojaba era tomarme una taza caliente de café (aunque sea sin pan), pero desgraciadamente estaba sin un solo peso. El sueño quería cerrar mis ojos, estaba temblando y tenía que caminar todavía cuatro largas horas.
Realmente, para disfrutar de mi libertad, había que pagar un precio y muy pocos, casi nadie, se animarían a hacerlo. (41-42)
Un caminante sin destino, que no obstante, jerarquiza y ordena semánticamente la superficie de la ciudad, básicamente en la zona oeste, norte, nororiente y centro, todo transcurre en la madrugada1. Ordenamiento de nombres arbitrario, de acuerdo al recorrido del narrador, nombres de villas que remiten a tópicos religiosos o históricos (Fátima, Victoria), personajes históricos de Bolivia (Tejada Zorzano, Villarroel, Busch, Simón Bolívar), topónimos indígenas como Munaypata y Chuquiaguillo, un no lugar al mejor decir de Marc Augé como la Estación Central, espacio actualmente abandonado y transformado en estacionamiento de todo tipo de vehículos, y lugares específicos de encuentros de toda clase, como los prostíbulos (el 111, el Redondo, la Chawaya). Zonas,
1
Están zonas están vinculadas urbanamente hablando por la Avenida Buenos aires en el sector Poniente y centro, a su vez la Avenida Periférica articula las zonas Norte y Nororiente. Queda fuera la zona más baja y acomodada de la urbe paceña, la zona sur, ello porque el sector más pudiente de la ciudad escapa al mundo que vive el autor, además porque geográficamente se encuentra en el otro extremo de la ciudad y llegar hasta allí es fatigoso y complicado. No se ven mendigos en esos barrios. Por otra parte no se debe olvidar que este caminante efectúa arbitrarios recortes de la realidad para construir su recorrido.
48 avenidas y lugares conectados por este andar libremente, con el alto costo de ser parte de un no lugar, el cual sin embargo, busca llenarse de sentido por medio del relato. Porque si esos lugares comunes, oscuros o turbios, tienen algo más que un valor geográfico o sentimental para quien los evoca, es por medio de la narración que toman un sentido completo para el lector, instalándolo dentro del mundo que el autor desea dar a conocer. Podría pensarse además que si tomamos su libro como objeto, la disposición de los títulos de sus relatos, establecen una jerarquía y un orden semántico determinado: Los tópicos o temas que ordenamos en un acápite aparte al principio de este trabajo.
Este fragmento de “Noche de ronda” y su abundante toponimianomenclatura, nos hace presente la resistencia que genera el relato frente a los rumores y frente a la intencionalidad, de transformar los nombres propios o referentes históricos de la urbe, en simples códigos o números de calles. En esa perspectiva, cada uno de los relatos, apunta a la diversidad de un mundo semioculto para la mayoría de los habitantes que pululan en el día, y funcionan como resistencia de una identidad local y marginal, los relatos se sumergen en los barrios en busca del individuo. Y en este caso, el narrador busca rescatar la mayor cantidad de personajes y espacios posibles en sus recuerdos, finalmente construye su ficción de ciudad, con memoria propia.