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Chapter 3: Methodology and methods

4.3 The experiences of HoMs

4.3.1 Context

«El proyecto debía la ¡dea a observaciones hechas sobre mí mismo, y me sentía incentivado a emprenderlo al esperar hacer un libro verda­ deramente útil para los hombres, e incluso uno de los más útiles que cupiera ofrecerles, si la ejecución respondía dignamente al plan que me había trazado. La mayoría de los hombres, en el transcurso de su vida, parecen transformarse en hombres diferentes. Se trataba de indagar las causas de estas variaciones y atenerme a las que dependen de nosotros para mostrar cómo ellas pueden verse dirigidas por nosotros mismos. Pues al hombre honesto le resulta más penoso resistirse a los deseos ya formados que prevenir, cambiar o m odificar esos mismos deseos en su fuente. ¡Cuántos vicios quedarían abortados si se supiera forzar la economía animal a favorecer el orden moral que turba con tanta fre ­ cuencia! Los climas, las estaciones, los sonidos, los colores, la oscuridad, la luz, los elementos, los alimentos, el ruido, el silencio, el movimiento, el reposo, todo actúa sobre nuestra máquina y sobre nuestra alma por consiguiente; todo nos ofrece mil asideros bastante seguros para gober­ nar en su origen los sentimientos por los que nos dejamos dominar. Tal era la idea fundamental que ya había esbozado sobre el papel y, como esperaba un efecto tanto más seguro para las gentes bien nacidas que aman sinceramente la virtud y desconfían de su flaqueza, me parecía gustoso hacer un libro tan fácil de leer como de componer. Sin embargo, no trabajé demasiado en esa obra cuyo título era La moral sensitiva, o el

materialismo del sabio.»

Jean-Jacques Rousseau, Confesiones.

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De hecho, en Rousseau no solo quedan entrelazados la ensoñación y el pensamiento, sino que tam bién resulta difícil discrim inar entre ficción y realidad, tal como testim onia la recreación de sus Confesiones, donde incidentes capitales para su vida, como el robo de la cinta para

‘Rousseau

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Marión o el abandono de sus hijos en un hospicio, son recreados como si fueran un relato literario cuyo protagonista puede interpretar uno u otro papel al margen de las circunstancias. No es menos llamativa la identificación ideal de Rousseau con Saint-Preux, el protagonista de su novela Julia, o l a nueva "Eloísa al que cortejan dos hermosas primas con bellezas y caracteres complementarios y que parece representar al joven preceptor que le habría encantado ser. Aunque, sin duda, nada puede igualar a lo que le ocurrió con la señora D’Houdetot, la Sofía de sus Cartas morales, quien, lejos de inspirar a la Julia que protagoniza

Ea nueva Eloísa, quedó por el contrario revestida con los atributos que

ya había proyectado sobre su personaje. Así es como lo relata el pro­ pio Rousseau: «El retorno de la primavera había redoblado mi tierno delirio, y en mis transportes eróticos había redactado para las últimas partes de Julia varias cartas que se resienten del arrebato en que las escribí. Precisamente por entonces tuve una segunda visita imprevista de la señora D’Houdetot, en ausencia de su marido y de su amante».

«Llegó y la vi -prosigue Rousseau en el libro IX de las Confesiones-; yo estaba ebrio de am or sin objeto, esa ebriedad fascinó mis ojos, este objeto se fijó sobre ella, vi a m i Julia en la señora V H oudetot, y pronto no vi más que a la señora D’Houdetot, pero revestida de todas las per­ fecciones con que yo venía de adornar al ídolo de mi corazón. Para re­ m atarm e, ella me habló de Saint-Lam bert como am ante apasionado. ¡Fuerza contagiosa la del amor! Ella hablaba y yo me sentía em ociona­ do; yo creía no hacer otra cosa que interesarm e por sus sentim ientos cuando en realidad me invadían unos semejantes. En fin, sin que yo me diera cuenta y sin apercibirlo ella tam poco, me inspiró hacia ella misma todo cuanto expresaba por su am ante. En un prim er m om ento no me percaté de lo que ocurría: fue solo después de su m archa cuan­ do, al querer pensar en Julia, me asom bró no poder pensar más que en Sofía.» Ficción y realidad se dan la mano. El episodio es muy relevante

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dentro del opus de Rousseau, no solo porque su célebre novela se viera implicada en él, sino tam bién porque las Cartas morales escritas para Sofía darán luego pie a Xa profesión de f e del vicario saboyano inser­ tada en el 'Emilio, donde a su vez se pergeñan algunas de las líneas m aestras de E l contrato social.

Así pues, el giro afectivo dentro de las narraciones que im putam os aquí a Rousseau tiene varios elementos. Por supuesto, no fue ni m u­ cho menos el único ilustrado que reparó en el papel de las pasiones y del sentim iento, pero sí el que lo convirtió en un principio básico de su pensam iento, con la com pasión y el am or hacia uno mismo como elem ento vertebrador de su sistema, e incluso de su propia vida, de su obra y de su absolutam ente idiosincrásico estilo narrativo. Nada mejor para recalcar esto que term inar citando un pasaje de su corres­ pondencia con Sofía: «Basta de humillar al hombre por vanagloriarse de dones que no tiene; si la razón le aplasta y envilece, el sentim iento interior le realza y honra; el involuntario homenaje que el malvado rinde al justo en secreto es el verdadero título de nobleza que la na­ turaleza ha grabado en el corazón del hombre. Al menos sentim os dentro de nosotros mismos una voz que nos impide menospreciarnos; la razón repta, pero el alma se yergue; si somos pequeños por nuestras luces, somos grandes por nuestros sentim ientos y, al margen de cuál sea nuestro rango en el sistem a del universo, un ser amigo de la justi­ cia y sensible a las virtudes no es en absoluto abyecto por su natura­ leza», leemos en la cuarta de sus Cartas morales. Con todo, Rousseau era consciente de lo que sus personajes literarios podían influir en los lectores, ya que, como escribe a Vernes, «la devota Julia es una lección para los filósofos y el ateo Wolmar lo es para los intolerantes». Me­ diante ellos quiso «enseñar a los filósofos que se puede creer en Dios sin ser hipócrita y a los creyentes que se puede ser incrédulo sin ser un tunante». Su novela y sus contenidos encajan perfectam ente dentro

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de su corpus doctrinal, ya que toda la obra de Rousseau es un prisma en el que los mismos problemas son abordados desde facetas o pers­ pectivas muy diversas que se com plem entan m utuam ente.

Veamos un pasaje de Xa nueva 'Eloísa, en la carta XIV de su se­ gunda parte, en el que Saint-Preux, su antiguo am ante y preceptor, escribe a Julia para describirle lo que ha visto en París, una ciudad en que «se aprende a defender con arte la causa de la m entira, a pintar de sutiles sofismas sus pasiones y sus prejuicios. Así, nadie dice nunca lo que piensa, sino lo que le conviene que piensen los demás; y el aparente celo por la verdad no es en ellos m ás que la máscara del interés; son como m áquinas que no piensan y a las que se hace pensar como por resortes. Uno no tiene más que inform arse de sus reuniones de sociedad, de los autores que conocen; con esto se puede establecer por adelantado su futura idea sobre un libro que está próxim o a editarse y que aún no han leído. Hay así un pequeño núm ero de hom bres y de mujeres que piensan por todos los demás, y por quienes los dem ás hablan y actúan. Cada camarilla tiene sus reglas, sus valoraciones, sus principios, que no son adm itidos en otra parte. Por ejemplo, el hom bre considerado honrado en una casa es considerado un bribón en la del vecino: lo bueno, lo malo, lo bello, lo feo, la virtud, la verdad, no tienen más que una vigencia local y cir­ cunscrita. Pero es que hay más; todo el m undo se pone constantem en­ te en contradicción consigo mismo, sin pensar si es bueno o malo. Hay unos principios para la conversación y otros para la práctica. Ni siquiera se exige a un autor, ni siquiera a un moralista, que hable como sus libros, ni que actúe como habla; así, escritos, discursos, conducta son tres cosas muy diferentes y nadie le obliga a que las concilie entre sí. Los sentim ientos no salen de sus corazones, las luces no son las de su mente, los discursos no representan sus ideas. Tal es la idea que me he form ado del gran m undo en general, por lo que he visto en

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Lectura de la tragedia del orfelino de la China, de Voltaire, en e l salón de madame G eoffrin (Malmaison, 1812).

En la última fila, de izquierda a derecha figuran: G resset, Marivaux, Marmontel, Vien, Thomas, La Condamine, el abad Raynal, Rousseau, Rameau, Mlle Clairon, Hénauit, el duque de Choiseul, el busto de Voltaire (donde se lee: «El orfelino de la China»), d'Argental, Saint-Lambert, Bouchar- don, Soufflot, Danville, el conde de Caylus, Bartolomeo de Felice, Quesnay, Oiderot, el barón de I'Auné Turgot, Malherbes, el mariscal de Richelieu, más lejos: Maupertuis, Mairan, d'Aguesseau, y, por último, Clairaut, el secretario de la Academia. En la primera fila, de derecha a izquierda: delante de Clairaut: Montesquieu, la condesa d'H oudetot, Vemet, Fontenelle, madame G eoffrin, el principe de C onti, la duquesa d'Anville, el duque de Nivemais, Bemis, Crébillon, Pirón, Duelos, Helvátius, Vanloo, d'Alem bert detrás de la mesa, Lekaine en plena lectura, más a la izquierda M lle de Lespinase, madame de Bocage, Réaumur, madame de Graffígnin, Condillac, más a la izquierda todavía Jussieu, delante de él Daubenton, y, por último, Buffon.

París. H asta ahora he visto m uchas máscaras: ¿cuándo veré los ver­ daderos rostros de los hombres?». Así es com o describe Rousseau, a través de su personaje literario, los célebres salones parisinos donde se dan cita los enciclopedistas y los ilustrados franceses que rinden un culto exacerbado a la diosa Razón. Rousseau les reprocha no m i­ rar hacia su interior y no atender al dictado del sentim iento.

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