Las fuentes no cristianas que hablan de la muerte de Jesús cuentan muy poco sobre ello, pero su mero testimonio es ya muy importante. El historiador romano Tácito (Anales XV, 44) o el judío Flavio Josefo (Antigüedades XVIII, 63-64) consignan el hecho y lo sitúan temporal- mente al datarlo en el gobierno del prefecto Poncio Pilato; Josefo, por su parte, da un dato muy interesante cuando dice que Pilato actuó por- que las autoridades judías le denunciaron.
En cuanto a los testimonios evangélicos, a la hora de analizarlos histó- ricamente, hay que recordar que el relato de la Pasión no es un mero informe de los hechos, sino que fue escrito para transmitir el sentido teológico que los primeros discípulos descubrieron en la muerte de Je- sús y que, aunque conserva sin duda recuerdos históricos, no se debe buscar en él la crónica periodística de lo que sucedió en esas últimas horas de Jesús. La situación y las preocupaciones teológicas, espiritua- les o apologéticas de las comunidades de segunda y tercera generación influyeron en la conformación de los textos, y eso es algo que puede percibirse con claridad en ellos. Es lo que se llama las tendencias teo-
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lógicas de las fuentes, que se muestran, entre otros aspectos, en la in- sistencia sobre la culpabilidad de los hijos de Israel y sus autoridades religiosas, en la exculpación de los romanos, o en el cuidadoso subra- yado de que las acusaciones de sedición política hechas a Jesús care- cían de base.
El relato de la pasión, uno de los conjuntos tradicionales más largos y más antiguos, está estructurado en varios momentos o escenas: el arresto, la comparecencia ante las autoridades judías y romanas, y la crucifixión. El análisis histórico-crítico de los cuatro testigos del rela- to de la Pasión suele hablar de dos tradiciones diferentes: Marcos y Juan. Mateo y Lucas siguen a Marcos, aunque presentan ciertas parti- cularidades –sobre todo Lucas–, cuyo origen piensan algunos exége- tas que podrían estar en ciertas tradiciones propias aunque siempre es difícil determinar si proceden de estas o del trabajo redaccional del propio evangelista. La obra de Raymond Brown La muerte del Mesías (2 vols. Verbo Divino, Estella, 2005-2006) es una gran obra donde se estudian con claridad y profundidad los relatos de la Pasión.
Los relatos evangélicos y las tradiciones que están detrás de ellos con- cuerdan en decir que Jesús fue arrestado de noche y por sorpresa, cuando se encontraba con los suyos en un lugar apartado, el huerto de Getsemaní en el monte de los Olivos, al otro lado del torrente Cedrón, gracias a la implicación de uno ellos, Judas Iscariote, que lo traicionó y lo entregó. Quienes le prendieron eran enviados por las autoridades religiosas de Jerusalén. Es cierto que en el evangelio de Juan se men- ciona una cohorte y su comandante entre los que llegaron a arrestarle (Jn 18,3.12); sin embargo, más adelante, cuando Jesús se presenta an- te Pilato, este no parece saber nada del tema (Jn 18,29.30); por lo tan- to, la aparición del término «cohorte» en Juan debería explicarse de otra forma. Quizá el evangelista lo puso para hacer ver la despropor- ción de fuerzas o, probablemente, por el deseo de presentar desde el
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comienzo de la Pasión las fuerzas que se oponen a Jesús (judíos y ro- manos). Teniendo en cuenta que Jesús fue conducido a casa del sumo sacerdote, puede decirse con bastante seguridad que Jesús fue arresta- do por las fuerzas policiales del Templo, es decir, por las autoridades religiosas judías.
Conducido a casa del sumo sacerdote, Jesús fue sometido a un inte- rrogatorio por este y un grupo de autoridades que eran parte del sane- drín, pero, con bastante probabilidad, no fue un proceso formal, sino un procedimiento de urgencia, pues la compilación legal hecha en la
Misná (s. II), donde se recogen leyes más antiguas, prohíbe las sesiones
nocturnas del sanedrín. Si el Consejo se reunió durante la mañana, fue para decidir elevar el caso a Pilato, que era el que tenía la potestad de dictar la pena capital. Es una opinión hoy generalmente aceptada que era Roma, en las personas de sus representantes, en este caso el pre- fecto romano, quien tenía el ius gladiis.
Los relatos evangélicos presentan visiones diferentes de la compare- cencia ante el sanedrín y ante el prefecto romano Poncio Pilato, depen- diendo de sus hilos narrativos y de sus propios intereses teológicos. Hay algunos matices en los cargos aludidos por cada evangelista al na- rrar el proceso ante el sanedrín: el cargo de haber proferido amenazas de destrucción contra el Templo solo aparece en Mc 14,57 y Mt 26,60- 62, mientras la acusación de haberse proclamado el Cristo aparece en los tres (Mc 14,61-64; Mt 26,63-65; Lc 22,71-86). Por su parte, en Juan las autoridades religiosas solo interrogan a Jesús acerca de su doctrina y sus discípulos (18,19), dos temas que probablemente permiten ver la problemática situación de la comunidad joánica, aunque, en 11,47-54 –en una prolepsis muy característica de Juan–, ya había adelantado la reunión del consejo y su decisión de eliminarle debido a la peligrosidad de su actuación que podía movilizar masas y desencadenar una inter- vención armada por parte del poder romano.
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Algunos de estos cargos no suponían trasgresión de la Ley ni pena al- guna. Proclamarse Mesías no era ninguna blasfemia ni causa de muer- te en Israel. Otros lo habían hecho y lo harían después, como fue el ca- so de Bar Kokhba, que incluso recibió el reconocimiento y la bendición de Rabí Akiba en torno al 130. Ni tampoco la crítica al cul- to del Templo era motivo de condena a muerte, como es evidente por otros casos habidos en la historia judía. Pero la mezcla de ambas, y aún de otras como pueden ser su interpretación de la Ley, haber iniciado un movimiento de renovación con ciertos comportamientos contra- culturales, y el eco popular suscitado, sumaron las posibilidades de condena. La acusación de pretender destruir el Templo, que parece causar molestias a Marcos, puesto que pretende difuminarla diciendo que provenía de falsos testimonios, fue con bastante seguridad la causa inmediata de su condena, «la gota que colmó el vaso», pero había tras ello otras razones no menos fuertes. En una época donde religión y po- lítica no eran dos ámbitos separados sino que estaban imbricados ínti- mamente, se entiende que en su condena también pesara el eco popu- lar y las esperanzas escatológicas que suscitaba, pues, en un ambiente de exaltación escatológica como el de la Pascua, podía llegar a ser peli- groso para el orden social y la paz con Roma, siempre dispuesta a aplastar a sangre y fuego cualquier conato de movimiento que pudie- ra ser considerado insurrección. En esa dirección apunta la noticia que da Juan, como de pasada, pero que la mayoría de los exégetas acepta como histórica: «¿Qué hacemos? Este hombre realiza muchas seña- les. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los roma- nos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación [...]. Conviene que muera uno sólo por el pueblo y no perezca toda la nación» (Jn 11,47-50). Aunque los versículos dejan ver la elaboración teológica del evangelista, con probabilidad se trata de un eco del razonamiento de las autoridades religiosas, al igual que sucede en los relatos sinópticos de la comparecencia ante el sumo sacerdote.
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Respecto a la comparecencia ante Pilato, puede haber consistido en lo que se conoce como cognitio extra, que era el habitual en las provincias. Era un proceso formal en el que existía acusación, interrogatorio, con- fesión –el silencio se consideraba como tal– y sentencia con arreglo a la ley vigente. A partir de Augusto comenzaron a estar presididos por los funcionarios estatales, en este caso el prefecto.
Los testimonios de los cuatro evangelios son unánimes respecto a lo que constituye el centro de la acusación –que Pilato parece recoger de las autoridades judías–: la pretensión mesiánica, como se hace constar irónicamente en el cartel de la cruz donde se recogía la pena: Jesús na- zareno rey de los judíos. Si Jesús fue presentado por las autoridades ju- días como pretendiente mesiánico (real) y Pilato le condenó formal- mente, como parece probable por el títulus de la cruz, pudo hacerlo por dos delitos muy relacionados: ataque grave al país (perduelio) o bien daño al prestigio del pueblo romano y sus mandatarios (crimen laesae
maiestatis populi romani). Esta última acusación parece haber estado
muy presente en los juicios de aquel momento, pero probablemente, dado que Jesús era un personaje sin mucha importancia de una pro- vincia del Imperio, probablemente Pilato tramitó un proceso breve. Es muy probable que las autoridades judías, puesto que no tenían el derecho de dictar y ejecutar la pena capital, elevaran el caso a Pilato, presentando el caso de forma que el aspecto político quedara mani- fiesto y subrayado (Jn 18,31). Esto no supone ni que las autoridades judías fueran especialmente malvadas ni que Pilato fuera una víctima inocente manipulada por aquellas. Las autoridades judías, además de sus intereses en el sistema cultual del Templo, tenían razón al ver el pe- ligro potencial del mensaje de Jesús para la estabilidad del sistema po- lítico-religioso. Roma había intervenido en numerosas ocasiones –no hacía tanto tiempo– para aplastar cualquier conato de levantamiento, y las esperanzas religiosas se mezclaban con las políticas. Por su parte,
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la figura histórica de Pilato estuvo muy lejos de ser la marioneta ino- cente que los evangelios parecen presentar. Fue un político con poco tacto y mucha ambición, que ejerció la crueldad gratuita y acabó des- terrado en las Galias. Atajó con contundencia cualquier conato de protesta que pudiera minar la autoridad de Roma y la suya propia. Je- sús había suscitado expectativas escatológicas y mesiánicas –fueran o no queridas y aceptadas por él– y se había formado en torno a él un movimiento campesino; por lo tanto, para Pilato, el asunto podía ha- ber dejado de ser insignificante. Puesto que no persiguió a sus segui- dores, quizá calculó que, muerto el cabecilla, el movimiento no conti- nuaría; pero es seguro que, una vez conocido el caso, Pilato no actuó manipulado por las autoridades religiosas, sino guiado por su pragma- tismo político: no hay que olvidar que son las fuentes las que tienden a difuminar y reducir la responsabilidad de Pilato en la muerte de Je- sús. La crítica de Jesús al sistema sociorreligioso judío no le importaba, pero sí el movimiento potencialmente desestabilizador que se estaba creando en torno suyo y que podía llegar a ser un peligro para la auto- ridad del Imperio. No hay que olvidar que el anuncio del reino de Dios, que era el centro de la proclamación y acción de Jesús, tomaba su símbolo principal del ámbito sociopolítico, e implicaba una crítica a los poderes políticos y una carga antiimperial, porque suponía una ra- dicalización de las implicaciones históricas del monoteísmo. La pro- clamación del reino de Dios llevaba implícita una relativización de la autoridad imperial y de su legitimación teológica, aquella con la que Roma había revestido su orden social y su poder. El prefecto no podía haber ignorado las consecuencias de semejante proclamación. A Ro- ma le convenía que este personaje desapareciera antes de que pren- diera más su mensaje y se sacaran todas sus consecuencias.
Por todo ello, se puede afirmar con mucha probabilidad que Jesús fue condenado por el poder romano, en la persona del prefecto Poncio Pi-
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lato, a morir crucificado, el castigo que se daba a los criminales, por considerarlo culpable de un delito político que tenía que ver con la se- guridad del Estado. En esa condena también tuvieron una parte im- portante de responsabilidad las autoridades religiosas judías que esta- ban en torno al Templo, símbolo de la identidad judía y centro religioso, social y político del judaísmo. No tenían el poder de dictar pena de muerte, pero prendieron a Jesús y lo presentaron ante Pilato de forma que resaltara la peligrosidad de las consecuencias políticas de su persona y su mensaje.