• No results found

SUMMARY FILE SPECIFICATION

Los relatos evangélicos cuentan, de forma unánime, que el cuerpo de Jesús de Nazaret, una vez muerto, fue bajado de la cruz y sepultado en un sepulcro por un personaje llamado José de Arimatea que se lo pidió al prefecto romano Poncio Pilato. Unas mujeres del grupo de Jesús, María Magdalena entre ellas, fueron testigos de los hechos.

Se ha puesto en duda la historicidad del relato de la sepultura de Jesús dando como razón que los crucificados no eran devueltos a sus pa- rientes, sino que eran enterrados en fosas comunes, y que, por lo tan- to, los discípulos no podían haber conseguido el cuerpo de Jesús ni probablemente haber conocido su destino exacto. Algunos de estos autores piensan que Jesús habría sido descolgado de la cruz por los mismos soldados romanos y enterrado, junto con los otros crucifica- dos, en una fosa común –donde cualquier perro podría haber termi- nado con sus restos (J. D. Crossan)–. Según estos autores, la tradición se habría inventado el sepelio hecho por José de Arimatea como un in- tento de quitar el oprobio de la muerte de Jesús, dándole una sepultu- ra noble. Otros, aludiendo a las suturas que parecen encontrarse en el relato de Juan 19,31-38 y en lo que se dice en Hch 13,29, donde se ha-

184

¿Qué se sabe de...

Jesús de Nazaret

bla de que fueron los judíos los que bajaron el cuerpo de Jesús de la cruz, piensan que fueron ellos quienes sepultaron a Jesús de forma anónima (J. Murphy-O’Connor). Esta última posición no es incom- patible con la posición que mantienen muchos otros exégetas, quie- nes, apoyándose también en el análisis histórico-crítico del relato y en los conocimientos históricos y arqueológicos, opinan que detrás de es- te relato de la sepultura, presente en los cuatro evangelios, hay una an- tigua tradición con un núcleo histórico del que son parte esencial José de Arimatea y las mujeres. Es verdad que la presentación que se hace de la figura de este personaje en los evangelios sufre una evolución y pasa de ser presentado como un miembro distinguido del sanedrín (Mc), que esperaba el reino de Dios (Lc), a ser presentado como dis- cípulo de Jesús (Mt), aunque de forma oculta (Jn). Pero esa misma evolución nos habla de un recuerdo histórico que va siendo acomo- dado a los intereses «cristianos». De la misma forma, el hecho de que José de Arimatea no fuera un discípulo de Jesús no es razón suficiente para negar que los discípulos pudieran conocer el lugar de la sepultura de Jesús, como hace Lüdemann. Las tradiciones que están tras los re- latos evangélicos no dicen que fueran los discípulos quienes sepulta- ron a Jesús, pero eso no es óbice para que los seguidores de Jesús su- pieran qué había pasado con el cuerpo de Jesús. Hay en esta antigua tradición otro dato que la mayoría de los exégetas varones tienden a minusvalorar, y es la presencia de las mujeres discípulas que aparecen como testigos del paradero del cuerpo de Jesús.

Es contextualmente muy plausible que José de Arimatea fuera un miembro del Consejo –simpatizante o no de Jesús–, que, por cuestio- nes legales (prohibición de que los cuerpos muertos quedaran colga- dos a la caída del sol) o piadosas, pidiera retirar el cuerpo de Jesús de la cruz, sepultándolo en un sepulcro que el mismo sanedrín parece haber tenido para tal efecto. La negativa a bajar los cuerpos de la cruz solo se

E L CONFLICTO FINAL DE J ESÚS

daba en casos de levantamientos, y no era esa la situación de Palestina en aquel momento. Había ocasiones en que el cuerpo se devolvía a la familia, como ha probado el esqueleto de un crucificado encontrado en un sepulcro familiar en Jerusalén. En otras muchas, era el sanedrín o alguno de sus miembros quienes descolgaban los cuerpos y los en- terraban en alguna tumba preparada a tal efecto. Enterrar a los muer- tos, incluso a los crucificados, era una obra de piedad muy valorada en- tre los judíos (tal como aparece en el libro de Tobías), mucho más si no se estaba de acuerdo con el poder romano, como sucedió en Ale- jandría. Ser crucificado no era en sí mismo acabar como maldito de Dios, sobre todo si había sido el tirano de turno quien lo había crucifi- cado.

Por tanto, parece un dato histórico firme, y así lo aceptan una gran ma- yoría de autores, que, por debajo de los relatos evangélicos de la sepul- tura de Jesús, más o menos elaborados, hay una antigua tradición que hablaba del sepelio de Jesús hecho por José de Arimatea, un judío pia- doso, y de la presencia en los alrededores de unas mujeres discípulas que veían –desde lejos– dónde era enterrado Jesús. La comunidad co- noció por ellas lo que había pasado con el cuerpo de Jesús y dónde ha- bía sido depositado.

186

¿Qué se sabe de...

Jesús de Nazaret

A

lo largo de más de dos siglos, la investigación ha ido propo- niendo imágenes diversas de Jesús, hasta el punto de que, a

veces, se produce una sensación de confusión y de escepticis- mo sobre la posibilidad de llegar a resultados suficientemente ciertos. Se constata, además, que cada época y cada autor proyecta sobre Jesús sus propias preocupaciones. Lo afirmaba hace ya más de un siglo Al- bert Schweitzer:

Cada nueva época de la teología descubría en Jesús sus propias ideas y no podía imaginárselo de otro modo. Y no solo se reflejaban en él las distintas épocas. Cada individuo lo interpretaba según su propia personalidad. No hay ninguna tarea histórica más personal que escri- bir una vida de Jesús.

Muchos años más tarde otro gran investigador alemán, Joa- chim Jeremias, llegaba a una conclusión parecida:

Los racionalistas describen a Jesús como el predicador moral; los idealistas como la quintaesencia del moralismo; los estetas lo ensal- zan como el amigo de los pobres y el reformador social, y los innu- merables pseudocientíficos hacen de él una figura de novela.

Related documents