Herrera, Astudillo, La Almunia (1963-1969)
Cuando yo fui a los salesianos, en septiembre de 1963, tenía 14 años. Así empieza mi caminar por los colegios salesianos. Acompañado de mis padres, nos pusimos en marcha desde Posada del Bierzo a la estación de Ponferrada. Me acompañaba una maleta muy pequeña –aun la tengo–, pero llena de ropa marcada con un número. El recorrido del tren fue Ponferrada-Palencia y desde allí a Herrera de Pisuerga. En Herrera nos estaban esperando los salesianos que nos llevaron al colegio. Me despedí de mis padres. Catorce años tenía yo y me encontré con un mundo nuevo.
Tuve mucha dificultad pues mi preparación escolar tenía mucho que mejorar. Me esforcé todo lo que pude; hasta pedí a mis padres que me mandasen una linterna, que usaba para repasar las lecciones cuando estaba acostado.
Empecé primero de Oficialía. Creo que era el mayor de los del curso. Me entregué de lleno a los profesores; lo llevaba bien,
me daban confianza los salesianos, pues me ponían los cargos de responsabilidad, entre ellos poner la caldera con agua al fuego para que estuviese caliente, y Don Carlos, el cocinero, preparara la leche para el desayuno; en el invierno, cuando estaba la caldera de la calefacción encendida, cogía unas paladas de carbón encendido y cargaba la cocina. Estuve cuidando las gallinas y recogiendo los huevos, y preparaba los postres y meriendas.
En el segundo curso de Oficialía ya lo llevé mucho mejor. Se me daba bien la mecánica; pocas de las piezas que hacía en el taller no entraron en las vitrinas de exposición.
De Herrera pasé a Astudillo. La vida que se llevaba en el noviciado la lleve bien y creo que me preparé para que los salesianos confiaran y me dieran la oportunidad de seguir. En estos días de novicio recuerdo cuando tenía el mantenimiento de la calefacción de la Iglesia. Otro de mis cargos fue la reparación del calzado y los balones; el resto, como todos los compañeros.
En la Almunia de Doña Godina llegué a terminar la Maestría Industrial; allí pasé los tres años de preparación. En los veranos pasé por el colegio salesiano de la Robla, el de Vigo y en mi último verano en la Armunia (León). Estando en la Robla me visitaron mis padres y me dieron permiso para que los acompañara hasta Gijón pues mi padre quería recordar cuando él estuvo haciendo la mili allí.
Nos contaba nuestro padre que, en una de las salidas que hizo por Gijón, se pasó con la bebida y, cuando regresaba al cuartel, llegó a desarmar a unos municipales, no me recuerdo el motivo; cuando llegó al cuartel, lo estaban esperando: esto le llevo que lo mandasen a pasar el resto de la mili a las Islas Chafarinas.
En Vigo una hermana ya fallecida me hizo una visita. Me dejaron que la acompañara a pasar el día por Vigo. Lo pasamos en las islas Cíes. Ya casado, repetí con mi mujer la visita a estas islas.
Durante el verano, en la Armunia (León)
estaba otro coadjutor, Eulogio Trapero Lozano, que ahora vive en Vigo. Habíamos comenzado los dos en Herrera de Pisuerga y siempre estuvimos muy unidos. Él decidió dejar los salesianos y, yo influido algo por Eulogio, también decidí dejar los salesianos. No me encontraba preparado, aunque nunca he dejado de estar en contacto con ellos. Ya por los años 1974-1976, encontrándome trabajando el Cementos Teide, en Tenerife, volví a encontrarme con un compañero salesiano: habíamos estado juntos en la Almunia de Doña Godina; lo visite muchas veces en su colegio. Estando en Asturias, siguieron mis contactos en Oviedo con Modesto Ovejero García.
Todos mis conocimientos académicos me los dieron los salesianos. Esto no ha sido lo más importante en mi vida, sino la formación como persona, la manera de entender este mundo donde estamos caminando. Nunca tuve un camino determinado: empecé este recorrido y he tenido que cambiar muchas veces la ruta. A la salida de los salesianos me esperaba la mili, en El Ferral de Bernesga, adonde llegué el 20 de mayo de 1970. Fue una mili corta, de 12 meses, los dos últimos en casa.
1968.Visita a Zaragoza con mis padres desde La Almunia de Doña Godina
En 1972 estuve en Suiza ocho meses; fue poco tiempo pues me llamó una prima diciendo que podía entrar en la Minero: examen, bien; prácticas, bien; reconocimiento médico, rechazado por tener miopía.
Desde 1984 y durante cuatro años estuve en la construcción de la Central Térmica de Anllares, de Fenosa, que hoy está des- mantelándose. Para entrar en la central todos los exá- menes salieron bien y en el examen de taller fui de los pocos que terminaron la prueba y, como en Herrera, la pieza quedó expuesta. Después de la construcción de la Central,
quise seguir trabajando allí como mecánico, y me hicieron el reconocimiento médico en la Coruña; me rechazaron porque tenían preferencia los hijos de productores. Después de cuatro años de capataz de obra en la construcción, estuve saltando de un lugar a otro: central nuclear de Almaraz como mecánico y calderero; central nuclear de Trillo como jefe de equipo; en una central térmica de Córdoba; reparando las cintas para sacar carbón de la mina en Puentes de García Rodríguez.
Los últimos años de mi vida laboral, desde 1986 hasta 2008 en que me prejubilé, estuve en empresas auxiliares de Ensidesa, hoy Arcelormittal, donde me jubilé el 25 de enero de 1913.
Recuerdo a mi familia: 8 hermanos, yo el tercero. Mi padre, agricultor, intercambiaba los trabajos como barrenista artillero haciendo túneles. Trabajó mucho para que siempre tuviéramos lo más imprescindible.
Me casé con treinta años en el 1978. Tenemos dos hijos, que en estos momentos están las dos empleados en Arcelomittal. Mi agradecimiento a todos los salesianos por darme esta formación a cambio de nada. Pedro Merayo Méndez
Ponferrada, 6 de julio de 2020 - Gijón, 2 de septiembre de 2020 2014. En Posada del Bierzo, ya jubilado,
con sus manzanas fuji