Astudillo, Allariz, Cambados, Astudillo, Medina, Cambados, Salamanca,
Orense…, Vigo (1955-2020). Trienio en Cambados (1964-1967)
Escribo sobre acontecimientos que sucedieron en mi vida hace más de sesenta años. "Vivir para contarlo"... A veces no sé si recuerdo o he soñado, en algunos momentos me asalta la idea de haber sufrido una cariñosa pesadilla. Hago un esfuerzo por diferenciar los sueños y los recuerdos, dejando para el lector algunas de "las pesadillas".
Soñando recuerdo...
Fue por el mes de septiembre de 1958. Con trece años cumplidos "estrenaba" los pórticos de Cambados y los desvanes transformados en teatro y capilla. Para ir al teatro o a la capilla había que pagar el desgaste de subir una larga escalera, las más de las veces en silencio y en orden para no perder el recogimiento. Recuerdo de aquella época a Rafael Castro, Filiberto Rodríguez (+), Alfredo González, José Rodríguez Pacheco, Celso Domínguez... Aún podría recuperar los nombres y las facciones de Venerando Rodríguez y de su hermano Manolo, el humor de Santos Oviedo (+), la retranca de Aurelio Rodríguez y la seriedad de Fernando Domínguez, de Maximino Román... Proveníamos de Allariz, después de pasar un mes con nuestras familias.
Declaro que yo también he tenido adolescencia. A los pocos días de llegar a Serantellos, a primera hora de la tarde don Antonio Moretón repasaba las listas para tratar de corregir posibles errores. Nos acercábamos a la mesa en que él se sentaba e íbamos diciendo nuestro nombre y apellidos. Yo, por aquello de hacer una gracia, le dije mi nombre y apellidos: Isidro Lozano "al cuadrado". Y eso fue lo que corrigió aquel teólogo que pasaba el verano con nosotros. Al notar que había copiado lo de "Cuadrado", le dije: "Lozano Lozano". Me miró con ojos de cierta ira y espetó: –Si esto lo haces en otro sitio, te tiran un tintero a la cara.
Yo, entonces y ahora, pensaba que no era para tanto.
Luego llegó la monotonía del recreo, las clases y la capilla. Una vez metido en el ritmo parece que no sucede nada, hasta que alguna circunstancia rompe el silencio. Una mañana me levanté con un dolor de oídos como nunca lo he vuelto a sentir y eso que he padecido bastante del pabellón derecho. Me retorcía tirado en el suelo, pero no me atrevía acostarme en la cama porque estaba recién hecha. El enfermero de turno, don Sergio se llamaba, vino a verme. Yo solo gritaba un ¡ay! que me salía de las entrañas. El pobre no supo qué hacer y allí me dejó rodeado de algunos compañeros, entre ellos Celso, que aún hoy me lo recuerda, mientras los demás iban a la capilla para la celebración de la santa Misa. Creo que, poco a poco, se me fue pasando aquella profunda "otitis" de la que no me he recuperado en toda la vida. Consecuencia de aquello son las intervenciones quirúrgicas posteriores en ese mismo oído.
Por aquellos días, cumplí los catorce años. Recuerdo mi encuentro a través de la confesión con don Olegario Salán (+). Su cariño y sus consejos cambiaron mi vida. Lo recordaré siempre como una de la personas que más y mejor ha influido en mi vida. Fui fiel a la confesión semanal por necesidad y por afirmación. Aquel sacramento me ayudó a conocerme a mí mismo y encontrarme con mi propia realidad. Si soy salesiano, se debe, en gran parte, a aquella experiencia de perdón y aliento en el camino. ¡Un silencioso gracias de corazón, aunque haya pasado más de medio siglo!
Eran los días en que María Auxiliadora cubría con el manto a sus hijos. Alguno se le escapaba, pues con cierta frecuencia había compañeros a los que se les aconsejaba dejarlo o que
ellos mismos decidían buscar otro camino. Recuerdo que uno de los músicos nos lo anunciaba el día antes o el día de los hechos por medio de la marcha fúnebre de Chopin. Unos compases de esta marcha nos señalaban la despedida de algún compañero. ¡Cómo me dolían y me duelen todavía aquellos fatídicos compases! Me saben a despedida y a muerte, lo siento por Chopin. Yo, cuando oía el comentario sobre quién se había marchado, callaba, no me apetecía enterarme...
Luego estaba la breve excursión de la tarde del jueves. Nuestro asistente nos llevaba siempre al mismo lugar, a La Roca. Conversábamos, jugábamos, hacíamos acopio de berberechos, mejillones y cangrejos para preparar una "lata", más que una "caldereta", que entonces se podían cocinar y comer allí mismo. Alguna vez, en tiempos de calor, nos zambullíamos en la ría y hacíamos pinitos en el agua. Nunca llegue a nadar más de 10 metros seguidos. Yo "era de secano" y fui, sin querer, fiel a mi origen. Conversar, charlar, sobre cosas tan importantes como intranscendentes, debe haber sido uno de los modos de aprender a pasar por la vida, viviendo, conversando y sin enterarte de nada. No había espacio en aquellas tardes ni para cultivar la amistad. Aquella intranscendencia del encuentro en "La Roca" rompía el ritmo de las clases y nos permitía pasear y airearnos un poco. Otra de las actividades que recuerdo eran los "cargos". Cada cierto tiempo se distribuían incumbencias para hacer limpieza y atender a las necesidades más elementales. Desde pelar patatas, brochar y fregar los platos y las perolas... Aún recuerdo el grito de Saturnino Cantón que gritaba "No quiero ir a Molokai". Molokai se llamaba el cargo de perolas, duro y sacrificado, que se realizaba en un departamento contiguo a la cocina. Y el nombre procedía de que por aquellos días habíamos ido a Cambados a ver la película Molokai, la isla maldita, en la que se narraban la vida y milagros del P. Damián.
Mi cargo por aquellos días se especializó en "cortar el pelo". Desde entones, aun hoy, con asiduidad o esporádicamente he venido ejerciendo este servicio.
Basten estas anécdotas para reflejar una época en que crecíamos al son de los días y con el paso del tiempo. Se me ocurre que no teníamos tiempo para pensar o para descubrir por qué y para qué estábamos en Cambados y no en un instituto de León o en la escuela del pueblo. Pero sí había algo que, entre la nebulosa de los
días se iba clarificando, como el sol, que sale entre nubes: "Yo quería ser salesiano". Fueron esenciales en mi "maduración vocacional" la confesión, encuentro semanal que me servía de referencia y, junto a ellos, la devoción a María Auxiliadora y el conocimiento de Don Bosco y de su obra que, de distintas maneras, iba llegando a nosotros: concursos, algunas lecturas, las filminas... Todo esto así, el 15 de agosto de 1960 nos despedimos de Cambados, camino de Astudillo cantando: "Cuantas veces en la vida"... para comenzar, al día siguiente, el Noviciado. Yo tenía 15 años y medio. Las decisiones se toman en un momento y aquel era uno de esos momentos. Pero esto ya es otro capítulo.
Y recordando revivo...
Volví a Cambados al terminar la Filosofía en Medina del Campo. Era el verano de 1964. Había recibido nuestra primera "obediencia". En ella se me destinaba a Calvo Sotelo de A Coruña. Allí me presenté juntamente con mi compañero Pedro Valcárcel Pintor. Colaboramos en el campamento que se hacía en el pazo de Mariñán con los muchachos que no tenían dónde pasar el verano. Eran muchachos únicos por su "abandono" familiar y por sus intuiciones. A alguno que intentaba bañarse nada más de comer, alguien le comentó
que tuviera cuidado que se le podía cortar la digestión. A lo que él respondió: –Nosotros no tenemos digestión...
En estas estábamos, cuando al mes justo de la estancia en A Coruña, una "postal" del Sr. Inspector me enviaba a Cambados. Y allí aparecí, cuando el Sr. Caneda, ayudado por otros "clérigos" (entre ellos mis compañeros de curso Joaquín Nieto y Ángel Carvajal) proyectaba la escalera que da al patio interior y que todavía sigue como recuerdo en piedra de aquellos días. Me recibieron construyendo o reconstruyendo un acceso para subir y bajar. Esa pretendía ser la nueva tarea: tratar de construir o reconstruir los futuros salesianos. Y allí andabais algunos de vosotros: Herminio Otero, Federico Ibáñez, Ángel Segovia, Pepe Barreal, Lorenzo Velázquez, Antonio González Vinagre, Amador Constantino de la Varga... La vida había adquirido un nuevo cariz.
Y nos repartieron las clases y las "tutorías". En el horario que me entregaban, sin ninguna consulta personal, yo era, de la noche a la mañana, profesor de Ciencias Naturales, de Lengua Española y de Dibujo (artístico y lineal). El Director del colegio había sido mi profesor de Dibujo y yo le decía:
–Usted me suspendía en dibujo y ahora me hace profesor de esta materia.
–No te preocupes, que lo harás muy bien, y si hay alguna dificultad, yo te echaré una mano.
Alumnos aventajados de aquel momento fueron Jerónimo Santos y José Luis Moral de la Parte, Antonio Ovalle... Pero quizás lo más importante fue que allí descubrí mi pasión por la Lengua y la Literatura que serían posteriormente mi campo de trabajo, en la enseñanza, una tarea que definiría como maravillosa, desde los estudios en la Universidad de Oviedo, hasta el momento de mi jubilación cumplidos los setenta.
Aquellos aspirantes vivían y
hacían lo que podían y más. Recuerdo que un día que íbamos todos los cursos de paseo a Sanxenxo, una gitana comentaba al ver un grupo tan numeroso de seminaristas:
–Cuántas mujeres se quedarán sin marido.
También experimenté y sufrí la facilidad con la que se enviaba a los niños para casa. Dependía de un mal viento o de un sueño inoportuno.
–Ya se le veía, no tenía fondo –que se decía.
Yo comentaba a alguno de mis compañeros de trienio:
–Se les manda a casa con tanta facilidad y tan sin motivos... Algún día suplicaremos a Dios que nos mande aspirantes que quieran, siguiendo este camino, llegar a ser salesianos.
Intuyo que me invadían aires proféticos.
Si algo recuerdo de esta época es el trabajo de sol a sol y mucho más. No era de extrañar que, a veces rezando de rodillas las tres avemarías al pie de la cama como era costumbre, me dormía para despertar un par de horas más tarde, arrodillado y dolorido. No era infrecuente que en aquellas celdas del dormitorio de los "medianos", Rafa Castro pretendía darme un susto y yo estaba tan cansado que ni me inmutaba, por lo que, pronto desistió en su intento. Allí experimenté, con 18 y 19 años, lo que era dormirme de pie, paseando como asistente por los pasillos del dormitorio.
Y, a pesar de lo narrado, teníamos humor para levantarnos a las seis a hacer gimnasia, siguiendo el método de "Sansón Institut". O para decidirnos a ir a la granja a las tres de la mañana por ahuyentar a los "ladrones" que nos visitaban. Y el ladrón era uno de la comunidad de "cuyo nombre no quiero acordarme", que había bajado Cambados, 1966, con Isidro Lozano de clérigo. “Habíamos comprado entre todos la imagen de María Auxiliadora”, dice José Ángel
Me llama ahora la atención la ausencia de relaciones, totalmente inexistentes, con el mundo no salesiano. No recuerdo a ninguna persona conocida de aquella época. Es más, si doy un paseo por aquella zona o por el mismo Cambados, seguro que me pierdo. No salíamos para nada, a no ser de paseo con los aspirantes. Así descubrimos nuevas rutas para ir al monte de Cobas o al monasterio de La Armenteira o a Castrove. Nada se nos ponía por delante. Ah, y el rinconcito en los magnolios donde guardábamos la fruta para los días en que la necesidad nos invitaba a tomar una pera o una manzana o una naranja o las castañas en su tiempo. Rafa Castro había encontrado el escondrijo adecuado.
Y así fueron pasando los años de trienio, y apareció en el horizonte la ida a Salamanca para comenzar la Teología. Había que dar un paso importante, definitivo. Tenía la impresión de no haber hecho en aquellos años nada que mereciera la pena. Sentía la "angustia" del fracaso humano; pero me sentía realizado con lo vivido y con la vida de comunidad en la que fueron importantes personas como el Sr. Ordóñez (+), mis compañeros de trienio, desde Jerónimo de Andrés hasta Valentín Blanco o Jesús Manso, y los hermanos coadjutores Gabriel Canóniga, Gerardo Medina... y un largo etcétera, trabajador e implicado. Allí no se hablaba de compromiso. Se trabajaba a tope en lo que hacía falta: la pastoral, la clase o la vendimia.
Me he puesto a recordar y los recuerdos pueden conmigo. Podría escribir un libro. “¡Cuántas veces en la vida, Cambados
tiene que ser como ilusión perdida como una gota de miel!”. No exagero si digo que desde entonces he estado infinidad de veces en Cambados, pero no he vuelto a Cambados, no sé si por la ilusión perdida o por la gota de miel.
El adolescente de los años 58-60, regresó joven salesiano para escribir su historia del 64 al 67. Hoy, avanzando en el siglo XXI, contemplo aquellas etapas de mi vida y las resumo con nostalgia: "Soñando recuerdo y recordando revivo".
Isidro Lozano
Vigo, 14 de septiembre de 2020
Isidro Lozano, Santos Oviedo y Gonzalo de Bernardo en Teología en Salamanca, a finales de los sesenta.