Nos encontramos ante un movimiento de base cuya observación es casi imposible; pero, al menos, puede suponerse que la expansión demográfica era una realidad en el siglo xi, e incluso en fechas anteriores, en Alemania, en Inglaterra, en Cataluña, en el centro de Italia y en Galia —donde estuvo durante algún tiempo reprimida por la rigidez del marco de los dominios carolingios, que poco a poco consiguió romper.
Es indudable que la tendencia al crecimiento demográfico no deja de afirmarse a partir del momento en que comienzan a instalarse las estructuras feudales, y a lo largo de los siglos XI y XII. El estado de la documentación no permite en modo alguno medir la amplitud del movimiento. Sin duda, para la mayor parte de Inglaterra y para el último tercio del siglo XI la gran encuesta ordenada por Guillermo el Conquistador, que desembocó en la redacción del Domesday Book, proporciona datos estadísticos de excepcional valor, aunque de difícil interpretación. Pero esta fuente es la única que existe. Para poder comparar con otras las cifras que nos da hay que esperar la época en que las técnicas de la fiscalidad alcanzaron la suficiente perfección como para recurrir a censos sistemáticos, es decir, hay que esperar, en el caso inglés, a los años próximos al 1200 para algunas aldeas dependientes de señoríos eclesiásticos dirigidas con especial cuidado, y al siglo XIV para el conjunto del reino. Todo lo que se puede afirmar con alguna certidumbre es que la población inglesa se ha triplicado con creces entre 1086 y 1346, pero no podemos seguir de cerca el ritmo de este crecimiento. Es necesario, por tanto, apoyarse en los indicios dispersos, que en su mayoría hacen referencia a los niveles superiores de la jerarquía social. La amplitud, durante el período que estudiamos, de las campañas militares y la multiplicación de las fundaciones religiosas no podrían explicarse sin tener en cuenta el aumento continuo de los efectivos de la caballería. Las genealogías que se pueden trazar con alguna precisión para un reducido número de linajes aristocráticos nos proporcionan la prueba de este crecimiento. En estas familias el deseo de evitar la dispersión del patrimonio incitaba, en cada generación, a reducir el matrimonio de los hijos varones; pero, en cada generación, las parejas que no eran estériles procreaban numerosos hijos, muchos de los cuales llegaban a la edad adulta. Se ha intentado, para Picardía, calcular, basándose en estos índices, la tasa de crecimiento: el número de varones adultos por pareja fértil es de 2,53 entre 1075-1100, 2,26 entre 1100-1125, 2,35 entre 1125-1150, 2,46 entre 1150-1175, 2,70 entre 1175-1200. Cifras que nos llevan a aceptar la hipótesis de una tasa de crecimiento anual de 0,28 por 100 durante el tercer cuarto
del siglo XII, y de 0,72 por 100 para el último cuarto. Todas las informaciones que poseemos permiten suponer que este dinamismo, favorecido por una longevidad media de cuarenta a cincuenta años y estimulado por una fuerte natalidad que el vigor de la mortalidad infantil y la considerable proporción —un tercio tal vez— de las uniones estériles estaban lejos de anular, todo permite suponer, repetimos, que el crecimiento no era un privilegio exclusivo de los medios aristocráticos, mejor alimentados sin duda, pero más expuestos a los peligros de la profesión militar. Los grandes movimientos que, a fines del siglo XI, llevan a muchedumbres de pobres hacia los caminos de Jerusalén o tras las huellas de los predicadores itinerantes, y el aflujo de conversos de origen campesino a los nuevos monasterios del siglo XII, hablan, para la masa del pueblo, de una vitalidad semejante a la que en esta misma época lanza a tantos hijos de la nobleza a expediciones lejanas y al estado monástico o canónico. En las escasas familias de condición servil cuya composición nos permiten conocer algunos procesos relativos a la dependencia personal, los hijos varones no son menos numerosos que en los linajes aristocráticos. El crecimiento demográfico era sin duda el resorte, la causa de la fragmentación y de la proliferación de las explotaciones agrícolas, de la gran movilidad de la población rural, perceptible a través de numerosos signos, que se intensifica poco a poco en el transcurso del siglo XII.
Las bases del crecimiento demográfico hay que buscarlas en una serie de condiciones favorables, más o menos determinantes. Entre ellas cabe mencionar la pérdida de fuerza de los ataques exteriores, la implantación del orden feudal y de las instituciones de paz, pero no hay que exagerar sus efectos, porque la guerra, atizada por las discordias entre castellanos rivales, no cesó en ninguna de las comarcas de la cristiandad, a pesar de las prohibiciones sociales y morales. El grupo de los combatientes profesionales cuyas pérdidas en combate o en entrenamientos recogen las genealogías, no fue el único en sufrir los efectos de la guerra. Los campesinos siguieron muriendo a manos de los salteadores, a pesar de acogerse a la salvaguarda de la cruz. Mayor importancia que la paz relativa tuvo el incremento de la producción de artículos alimenticios, que a su vez dependía estrechamente del número de hombres. Sin embargo, la persistencia del hambre, la implantación en las capas bajas de la sociedad de enfermedades causadas por la malnutrición, toda una miseria biológica que, a lo largo del siglo XII, coincidiendo con una lenta modificación de las actitudes y de los gestos de la piedad cristiana, suscitó la multiplicación de hospitales y de instituciones de caridad, todos estos signos incitan a creer que los excedentes ofrecidos al consumo popular no dieron lugar a una mejora en la alimentación de la mayor parte de los campesinos. El principal efecto del crecimiento agrícola fue la debilitación de los obstáculos que se oponían a la proliferación de los grupos familiares: la mayor producción agrícola no sirvió para mejorar la alimentación, sino para alimentar a más hombres. Por último, parece que desempeñaron un papel importante en el crecimiento demográfico las modificaciones producidas en el estatuto jurídico de los trabajadores.
Puede pensarse que la transformación cuyas repercusiones fueron más profundas en el movimiento demográfico y en el alza de la producción es la evolución de la condición servil. Mientras que hombres y mujeres jóvenes permanecen, en la casa del señor, englobados en un equipo de esclavos domésticos, que nada poseen y que ni siquiera pueden disponer de su propio cuerpo — estos equipos son muy numerosos, según hemos visto, en los grandes dominios galos del siglo VII—, una parte considerable de la población rural se halla en condiciones desfavorables para la reproducción. Es lícito suponer que los niños que lograban superar los peligros de la primera infancia eran menos numerosos entre los esclavos que en los demás grupos sociales. Cuando los señores permitieron que se disolvieran estos equipos, cuando decidieron instalar a sus esclavos por parejas en parcelas de tierra, no sólo estimularon la capacidad de producción de estos trabajadores,
en adelante directamente interesados en aumentar el rendimiento de su trabajo, sino que al mismo tiempo crearon mejores condiciones para que se reprodujeran y pudieran criar a sus hijos, entre los que reclutarían en adelante los domésticos que consideraban necesarios; pero muchos de los hijos e hijas de los esclavos asentados seguían estando disponibles para crear nuevos hogares. Y cuando la situación de campesinos libres y esclavos se niveló, por estar unos y otros sometidos al poder del
ban, se multiplicaron los matrimonios mixtos que unían, con el beneplácito de los señores, a los hijos
de los esclavos con los de otros súbditos, regidos ahora por la misma costumbre. Estos matrimonios eran numerosos, ya a comienzos del siglo IX, entre los masoveros de la abadía de Saint-Germain- des-Prés. Pronto desapareció la segregación matrimonial entre los grupos campesinos separados antiguamente por los criterios jurídicos de la servidumbre, y la movilidad de la población rural, favorecida por el crecimiento demográfico, precipitó la fusión: un documento procedente de la abadía de Cluny nos habla de un inmigrante de origen libre que se instaló en una aldea a orillas del Saona. Se casó, en una localidad cercana, con una mujer de condición servil, y sus descendientes se extendieron por todos los lugares próximos. Sin ningún género de duda, el paso de la esclavitud a la servidumbre fue el estimulante más vigoroso de la fecundidad, en la medida en que hizo que se dispersaran los equipos de esclavos domésticos y que aumentaran las células autónomas de producción. Por mi parte, me atrevería a situar en esta mutación, que quizá también dio lugar a una prolongación de la longevidad, el resorte principal del continuo aumento del número de hombres. Desde la Alta Edad Media parece seguro que el dinamismo demográfico era más vivo en Germania y en Inglaterra, es decir, en las provincias de Occidente en las que los lazos de la esclavitud se hallaban menos extendidos y eran menos estrictos; y, en cualquier caso, no hay duda de que los primeros indicios de un aumento de la población aparecen en el momento en que los tumultos que siguieron a las últimas invasiones determinaron una rápida debilitación de estos lazos y en el momento en que la común sumisión de los campesinos al poder de los castellanos hizo que se abandonaran una tras otra las palabras mancipium y servus (en el Delfinado, después del 957 y de 1117, respectivamente), es decir, la última expresión consciente de la antigua noción de servidumbre.
La acción combinada de otras modificaciones, en el ámbito jurídico, reforzó el efecto de este cambio fundamental. Todo o casi todo lo que podemos saber, para esta época, sobre las costumbres familiares se refiere a la aristocracia: la intervención directa de los campesinos en las transacciones de tierras es demasiado rara, antes de fines del siglo XII, para dejarnos entrever las reglas del traspaso del patrimonio. Sin embargo, se sospecha que la cohesión del grupo familiar había llegado a adquirir la suficiente fuerza entre los campesinos dependientes como para imponer tácitamente el principio de hereditariedad del manso, excepto en Italia, donde la utilización normal de las actas escritas, realizadas ante notario, mantuvo viva la práctica de los contratos de concesión temporal. No obstante lo dicho, es posible —la hipótesis ha sido sugerida para la zona de Picardía— que, por una evolución inversa de las relaciones de parentesco, los lazos que unían a la familia campesina se hayan debilitado en el momento que el linaje caballeresco adquiría mayor coherencia. Esta debilitación, el lento progreso de los derechos del matrimonio a expensas de los del grupo familiar amplio, favorecía el asentamiento de jóvenes parejas y, por consiguiente, la multiplicación de núcleos de poblamiento y el progreso demográfico. Esta tendencia era, sin ninguna duda, contrariada por la voluntad de los señores de no permitir la disgregación de las unidades agrarias en las que basaban la recaudación de impuestos y servicios. En muchos señoríos los mansos no fueron divididos; pero la costumbre señorial no consiguió frenar el deseo de los jóvenes, amontonados en número excesivo en el hogar paterno, de hallar un asentamiento personal; en el peor de los casos, la
prohibición señorial empujó a los jóvenes a expatriarse, es decir, mantuvo estancada la población en algunas aldeas e hizo que la mano de obra acudiera a las zonas en las que se arrancaba al bosque la tierra arable. Por otra parte, y de una manera general, las tendencias hacia la expansión de la familia y a su disgregación consiguieron romper la resistencia señorial. Los dueños del suelo tuvieron que admitir que el manso, previa su autorización y mediante el pago de una compensación, pudiese ser dividido entre los herederos. De esta manera se inició un movimiento de pulverización de los antiguos marcos de la explotación campesina, movimiento que se aceleró durante el siglo XII. Para medir su amplitud basta comparar los inventarios, es decir, las listas de los mansos y de sus cargos, elaborados hacia el año 1200, con los inventarios redactados en los siglos IX y X. En los primeros, la descripción de los censos se diluye entre innumerables parcelas, que forman grupos muy inestables, distribuidas entre las diversas familias. La flexibilidad introducida en la repartición de la tierra campesina complicó la tarea de los administradores del señorío, pero favoreció la ramificación de las familias y por consiguiente la multiplicación de las células de producción, lo que fue facilitado, por otra parte, por la penetración de la economía monetaria. La intervención cada vez más decisiva del dinero, al mismo tiempo que estimulaba, al nivel del campesinado, el mercado de la tierra —los señores tuvieron que tolerar no sólo que los mansos fueran repartidos en las divisiones sucesorias, sino también que fueran desmembrados por enajenaciones de parcelas previo el pago de tasas de traspaso—, hacía posible los beneficios individuales, fomentaba las iniciativas económicas, permitía la formación de capitales. Proporcionaba a los campesinos más emprendedores el medio de situar mejor a su descendencia y de propagar su familia. Diversas indicaciones, no siempre claras, revelan la sorprendente extensión de la exogamia en el medio rural. Es una prueba suplementaria de la intensidad de una validez biológica cuyos resortes más activos se sitúan, al menos aparentemente, en la debilitación de un concepto jurídico que durante toda la Alta Edad Media, en el marco de la servidumbre y de la institución dominical, había comprimido la capacidad de expansión de la población rural.
De los tres factores de la producción campesina, uno, la tierra, abundaba en los siglos VII y VIII; en todas partes, incluso en las zonas, como el sur de Borgoña, en las que se había conservado el sistema de ocupación agrario implantado por Roma, la tierra estaba a disposición de quien quisiera ocuparla; en muchos lugares era una reserva inmensa, situada en los confines de cada núcleo de poblamiento y abierta a todas las empresas agrícolas. El desarrollo sólo estaba frenado por la deficiencia de los factores restantes: la mano de obra y los útiles de trabajo. Estos obstáculos se redujeron durante el período, muy mal conocido, que separa los tiempos carolingios del siglo XI. El crecimiento económico que se inicia en este período tiene sus raíces en la continuidad de la disgregación del gran dominio esclavista y se basa en el crecimiento de la población campesina, que a su vez está estrechamente asociado al perfeccionamiento de las técnicas agrarias.