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La historia de las técnicas, ya lo hemos dicho, es la más difícil de conocer, por falta de documentos explícitos. El trabajo, sus instrumentos, la manera de emplearlos, son hechos tan cotidianos que apenas se habla de ellos y mucho menos se escribe. ¿Quién se preocupa de observar los procedimientos empleados para cultivar la tierra, sino los pesquisidores encargados por el señor de anotar las obligaciones de los campesinos y de evaluar los beneficios obtenidos del dominio? Ni

siquiera estos agentes señoriales describen los procedimientos. Indirectamente se pueden entrever algunas prácticas agrarias cuando los administradores registran, en tal o cual señorío, el tipo de servicios en trabajo exigidos a los mansos, y la época en que deben ser realizados; también es posible medir el rendimiento del esfuerzo agrícola a través de la estimación, siempre aproximada, de siembras y cosechas. Pero no sabemos nada de los útiles agrícolas del siglo XII, excepto los nombres, igual que ocurría para el siglo IX. Nos hallamos, pues, en el terreno de las hipótesis, que en la mayor parte de los casos no son verificables.

La primera hipótesis se refiere al problema, muy oscuro, de las costumbres alimenticias. Se puede pensar que el modelo romano, difundido especialmente por la regla benedictina, siguió predominando durante esta fase de la historia europea y que, por consiguiente, no cesó de incrementarse la parte del pan en la alimentación humana. Esta parte fue más amplia que nunca a fines del siglo XII, antes de que la continuidad del progreso material y la vulgarización progresiva de los comportamientos aristocráticos llegasen, en los decenios siguientes, a ampliar poco a poco a expensas del pan la parte del companagium, es decir, de los alimentos que se comen para «acompañar» el pan. El signo más claro de la extensión del consumo de pan durante los siglos XI y XII es el papel creciente que desempeña el molino en la economía rural. Desde la época carolingia, los molinos eran una fuente importante de ingresos para los señoríos: de ellos procedía una parte considerable de las provisiones acumuladas en el granero del monasterio de Corbie. Pero estos instrumentos eran escasos. En la treintena de aldeas que formaban los dominios de la abadía de Saint-Riquier no había más de doce; en cambio, el Domesday Book menciona cerca de seis mil: en la Inglaterra de 1086 existía, por tanto, una media de un molino por cada cuarenta y seis parejas campesinas. En época posterior el número de molinos aumentó en este país, especialmente en las regiones mal provistas, como el Devon. Investigaciones precisas permiten captar en Picardía el ritmo de esta progresión: cuarenta nuevos molinos son mencionados entre mediados del siglo IX y 1080; otros cuarenta aparecen en un período mucho más breve, entre 1080 y 1125, y en adelante el movimiento se acelera todavía más: en cincuenta años el número de los molinos atestiguados por los textos se eleva a doscientos cuarenta y cinco. Sin embargo, la construcción de un molino —en especial, la adquisición de las muelas y de las piezas de hierro necesarias para la buena marcha del aparato— exigía grandes medios. Se puede pensar, por consiguiente, que, la mayor parte de las veces, la iniciativa de construir un molino partía de los señores: por su mediación pensaban obtener nuevos beneficios. Impuesta por el interés de los señores, la erección de ciertos molinos no siempre respondería a las verdaderas necesidades del campesinado. Es una de las formas de la opresión económica ejercida por el señorío, y no faltan los documentos que muestran a los campesinos obligados por la fuerza a utilizar estos instrumentos: hacia 1015, un caballero del castillo de Dreux obligaba a los masoveros de la abadía de Bourgueil a llevar el grano a sus molinos, situados a tres horas de camino. Entre los impulsos que hicieron que se difundiera el consumo de la harina en la alimentación popular, la intervención de las presiones señoriales tuvo una importancia considerable. Pero si los señores se lanzaron a la realización de empresas costosas se debía a que el aumento del consumo de pan dejaba prever que la inversión sería altamente rentable. Sus esperanzas no se vieron defraudadas. Mucho más numerosos que en época anterior, los molinos siguieron figurando, en el siglo XII, entre las fuentes más abundantes de los ingresos señoriales. La multiplicación de las aceñas en todos los ríos y hasta en el centro de la Europa salvaje, la multiplicación paralela de los hornos (en Picardía se ve aumentar su número también hacia el primer cuarto del siglo XII), reflejan el progreso continuo de los cereales panificables en el sistema de producción de los campos europeos, y la expansión del campo permanente a costa de las áreas de recolección natural, de la

caza y de las formas primitivas del pastoreo.

Este avance fue acompañado de una selección de las especies cultivadas. Algunas de las que ocupaban aún un lugar importante en los graneros carolingios se hallan en vías de desaparición, después del año 1000, en las provincias más evolucionadas. Este fue el caso, en Picardía, de la escanda, que no es mencionada después del siglo XI. En esta elección también intervinieron de modo directo las exigencias de los dueños de la tierra, que obligaron a los trabajadores a entregarles el tipo de grano que les interesaba, es decir, avena para el aprovisionamiento de sus establos: en esta civilización caballeresca que hacía de la equitación uno de los signos distintivos de la superioridad social, el desarrollo del cultivo de la avena fue unido al establecimiento de la caballería y a los progresos de su equipo militar. Pero los ricos deseaban comer pan blanco y estimularon la producción de trigo. Podemos imaginar que los campesinos siguieron alimentándose de cereales menos nobles. Sin embargo, los textos que nos informan sobre la naturaleza de los cultivos, es decir, los que describen la producción de las tierras señoriales y los censos entregados por los masoveros a sus señores atestiguan el triunfo del trigo en todos los lugares donde su siembra no se hallaba obstaculizada por las condiciones naturales. En Picardía, la cebada y el centeno representaban todavía, entre 1125 y 1150, el 17 por 100 del grano mencionado en los documentos señoriales, exceptuada la avena; la proporción se redujo más tarde para estabilizarse, de forma duradera, en el 8 por 100. Y todo hace pensar que los hábitos alimenticios de los ricos penetraron insensiblemente en las masas populares. Para los hombres del siglo XII la base de la alimentación es el pan, y el mejor posible. El crecimiento agrario que se produce después del año 1000 es agrícola en sentido estricto, en el sentido de que se basa en una ampliación continua de los cultivos de cereales panificables.

Es dudoso que la extensión de los cereales haya ido acompañada de una mejora notable de las prácticas agrarias. Las que podemos reconstruir a través de los textos del siglo XII difieren poco de los métodos empleados en época de Carlomagno en los grandes dominios monásticos de la región parisina. También es probable que estos últimos fueran con mucho los más avanzados y que en muchas explotaciones aristocráticas y en la tierra de la mayor parte de los campesinos se aplicaran métodos más rudimentarios. El progreso consiste, sin duda, en la difusión de estos sistemas, pero no parece apoyarse en su perfeccionamiento. No se ve que el suelo haya sido enriquecido por mayores aportaciones de estiércol. Todos reconocían las ventajas del abono, pero era escaso y se vendía muy caro, porque el ganado era escasamente estabulado y el poco estiércol que se obtenía era utilizado casi enteramente en las parcelas dedicadas a cultivos continuos y exigentes, en los huertos cercados y en los viñedos. Todavía en el siglo XIII, en los contratos firmados en las cercanías de París, es decir, en el espacio agrícola más próspero de la época y el más avanzado técnicamente, se imponía al arrendatario la obligación de abonar los campos de trigo «una sola vez cada nueve años, el quinto año». El único abono cuyo uso parece haberse difundido en algunas regiones es la marga: en el siglo XII, en los campos de Picardía, los contratos de concesión temporal extensa incluían normalmente una cláusula por la que se obligaba al beneficiario a reponer la cal y los fosfatos del suelo mediante la ayuda regular de la marga. Pero, de una manera general, nada permite afirmar que los agricultores de esta época hayan creído posible basar el acrecentamiento de la producción de cereales en un recurso más intenso al abono.

En cuanto a la rotación de cultivos, tampoco su ritmo Parece haber variado profundamente. La práctica de una siembra en dos tiempos —trigo y centeno después de las labores de otoño, cebada y avena después de las labores de marzo— se imponía en todos los campos sometidos a los caprichos

de la pluviosidad de la Europa atlántica; este sistema tenía la ventaja de escalonar más ampliamente los principales trabajos agrícolas a lo largo del año, de utilizar mejor la mano de obra y las yuntas al repartir su trabajo en dos estaciones. Este sistema de cultivo se aplicaba desde el siglo IX en los campos que los grandes monasterios de la Galia del norte hacían cultivar por sus domésticos y por mediación de las sernas de sus masoveros. Pero ¿cultivaban estos últimos de la misma forma la tierra arable de sus mansos? Nada lo prueba, y cabe la posibilidad de que la lenta penetración de la siembra en dos «estaciones» en las tierras campesinas haya sido una de las formas de progreso agrícola entre los siglos IX y XII. Penetración incompleta de hecho, porque la capacidad del suelo y las condiciones climáticas, así como el deseo de producir ante todo grano apto para la confección de pan, levantaba obstáculos muy fuertes a la extensión de los cereales de primavera. Estos cereales eran escasos todavía en el siglo XII, incluso en las tierras de los señores y a pesar de los progresos de la caballería. Utilicemos los datos de un documento de interés excepcional, un inventario que el abad de Cluny mandó realizar hacia 1150 y que describe algunos de los dominios cercanos al monasterio borgoñón. En diez de ellos es posible discernir el lugar ocupado en la reserva señorial por los cereales de primavera y por los de invierno. Este lugar sólo es igual en dos; en otros siete, la cosecha de avena equivale a los dos tercios, la mitad, un tercio e incluso un cuarto de la de trigo y centeno, a cuya producción se dedica en exclusiva el último dominio. Sistema muy flexible, enteramente dependiente de las necesidades del señor y de la aptitud de cada suelo. Se plantea aquí el problema de las leguminosas, base de todos los «potajes» que acompañaban al pan, según los reglamentos de los hospitales y leproserías de fines del siglo XII. Es indudable que los guisantes, las arvejas, las habas desempeñaban un papel importante en la producción campesina y en la alimentación, al menos en la de los pobres. Pero ¿se cultivaban estas leguminosas en los campos de labor y su cultivo se alternaba con el de los granos? ¿No se trata de una medida excepcional, impuesta por la penuria alimenticia, la tomada por el conde de Flandes, Carlos el Bueno, a comienzos del siglo XII, cuando ordenó que «cada vez que se siembren dos medidas de tierra, la segunda será sembrada... de habas y guisantes»? Galberto de Brujas explica así esta decisión: «Esta clase de legumbres crece más y más pronto, y los pobres podrán alimentarse más rápidamente si la escasez, el hambre y la miseria no cesasen durante el año»[25]

. Nada prueba que los beneficios agronómicos de estos cultivos, que contribuyen a reconstituir los suelos agotados por los cereales, hayan sido captados por los agricultores de la época.

Sería mucho más importante descubrir si el barbecho se redujo entonces y si, gracias a un perfeccionamiento de los medios de cultivo, los campesinos llegaron a reducir los períodos en los que los campos debían ser dejados en reposo para reconstituir de modo natural su fertilidad, y a extender, por consiguiente, el espacio productivo. A esta pregunta fundamental que plantea el problema del grado de intensidad del esfuerzo agrario —ya que pone en duda la realidad del progreso técnico— es imposible darle una respuesta: los textos de la época no hablan más que de las parcelas cultivadas y omiten toda referencia a las demás. Sin embargo, algunos indicios permiten pensar que, en zonas tan fértiles como Picardía, al menos en algunas explotaciones, a fines del siglo XII se practicaba un sistema de rotación trienal, que no dejaba en barbecho cada año más que un tercio de la tierra cultivable: un acuerdo firmado en 1199 entre dos señores especifica que cada tres años la tierra debe ser sembrada de cereales de primavera, que un masovero deberá dar trigo el primer año, avena el segundo y nada el tercero[26]. En la práctica, es indudable que este sistema,

incluso en los campos poblados y fértiles, estaba lejos de haberse generalizado lo suficiente como para que se impusiesen al conjunto de un territorio obligaciones colectivas de rotación de cultivos. Estas no aparecen atestiguadas con anterioridad a mediados del siglo XIII. Antes, la tierra arable era

lo suficientemente vasta como para que cada cultivador conservase la libertad de elegir, en función de sus necesidades y medios técnicos, el sistema de rotación aplicado a sus cultivos. Sin duda, la mayor parte de los agricultores no se decidía a imponer a sus campos ritmos demasiado precipitados, cuyo efecto inmediato era disminuir notablemente el rendimiento de cada parcela. Era preferible dejar al suelo el tiempo necesario para que se regenerase y cultivar mientras tanto otras porciones de un espacio agrario que seguía siendo ampliable. Todo permite suponer que hasta fines del período que nos ocupa, el auge demográfico y los progresos en la ocupación del suelo no fueron lo bastante acusados como para quitar a la agricultura, en la mayor parte de las provincias de Europa, su carácter itinerante. He aquí dos testimonios que conciernen a la Isla de Francia, es decir, insistamos una vez más, a una de las regiones más caracterizadas por el dinamismo agrícola. En 1166, el rey de Francia permite a los campesinos cultivar antiguas tierras roturadas en bosques que le pertenecen, a condición de que «las cultiven y recojan los frutos durante dos cosechas solamente; y vayan después a otras partes del bosque» La práctica cuyo empleo se estimula aquí es la muy primitiva de una roza periódica que deja al barbecho un lugar considerable. Este método parece el único capaz, en un terreno sin duda mediocre, de procurar cosechas aceptables de las que el dueño de la tierra pueda obtener un beneficio apreciable. El segundo documento es un siglo posterior. Da cuenta de un progreso cierto, puesto que el señor impone en principio a los campesinos a los que autoriza a roturar el bosque un ritmo trienal de cultivo; pero prevé derogaciones necesarias y de hecho autoriza a los cultivadores a dejar la tierra en descanso durante varios años seguidos «por razón de pobreza» (es decir, si se encuentran momentáneamente desprovistos del importante equipo que la intensificación del cultivo hacía necesario) o «para mejorar la tierra»[27]

. No hay, pues, ninguna norma, en parte porque el suelo es frágil y no conviene agotarlo exigiéndole demasiado, y en parte porque la reducción del tiempo de barbecho requiere un equipo de calidad que no está al alcance de los «pobres». Llegamos con esto al punto fundamental: si, en la Europa de los siglos XI y XII, la agricultura cerealista se desarrolló, fue principalmente gracias al trabajo y esfuerzo de los hombres. Estos se dedicaron en mayor número al trabajo de la tierra, a remover el suelo para ayudarle, ante la falta de abonos, a regenerarse más rápidamente. Utilizaron para esto instrumentos aratorios más eficaces. El éxito agrícola de esta época se basa ante todo en un perfeccionamiento de las labores.

A mediados del siglo XII, cada masovero de un dominio dependiente de la abadía de Cluny debía prestar cuatro corveas anuales: una en marzo, antes de la siembra de la cebada y de la avena; las otras en otoño, en las tierras de barbecho, para preparar la siembra de los cereales de invierno mediante tres labores sucesivas. Era un progreso con relación a las prácticas habituales en las explotaciones mejor cuidadas de la época carolingia, en las que la tierra sólo era labrada tres veces al año. El rendimiento era dos o tres veces más elevado en este dominio que en las explotaciones vecinas, lo que es una prueba más de la incidencia primordial del laboreo en la productividad. Sin embargo, esta mejora era muy limitada: en los nueve dominios restantes que describe el inventario cluniacense seguía practicándose la costumbre carolingia de las tres vueltas. A la luz de los textos no se ve que el aumento de las labores se haya generalizado antes de finales del siglo XII. Si hubo mejora, hay que buscarla en los útiles de trabajo, en el arma principal de que disponía el campesino para trabajar la tierra, en lo que los redactores de los textos de este período designan todavía, indistintamente, con los nombres latinos de aratrum y carruca. El perfeccionamiento del arado es la hipótesis fundamental que hay que emitir, para este período oscuro de la historia agraria, a propósito de la evolución de las técnicas.

Hay que suponer ante todo que aumentó la fuerza de la yunta que tiraba del arado. Evidentemente, no es posible conocer la constitución física de los bueyes de labor, ni en la época de Carlomagno ni en la época de la tercera cruzada, y no es por tanto posible comparar su fuerza. Además, en todas las épocas hay bueyes de todo tipo, y los alimentados por los campesinos no tenían probablemente la misma fuerza que los criados en los establos de los señores con el heno de los mejores prados. Sin embargo, podemos imaginar que aumentó el número de animales de tiro existentes en las explotaciones agrícolas. Sólo conocemos bien las tierras de los señores, en las que, a través de indicaciones precisas, sabemos que los administradores se preocupaban de reforzar el ganado de trabajo. En nueve de los dominios dependientes de la abadía inglesa de Ramsey, el número de animales de labor aumentó del 20 al 30 por 100 entre fines del siglo XI y mediados del XII. En esta última fecha, los pesquisidores encargados por el abad de Cluny de preparar los elementos de un plan de desarrollo de la producción señorial propusieron, como la inversión más capaz de promover un progreso económico, adquirir bueyes para que los arados de los dominios estuviesen mejor equipados. Estas preocupaciones son significativas del valor que los hombres de esta época concedían al instrumento aratorio: lo consideraban el factor principal del desarrollo

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