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Tenemos ahora un corpus teórico lo suficientemente ela­ borado como para abordar las opciones terapéuticas. Adecir verdad, esta preocupación estuvo presente durante todo nuestro esfuerzo de comprensión, puesto que la persona nos interesaba más que el acto en sí. A medida que el texto ha ido progresando, el lector no habrá dejado de imaginar al­ gunas respuestas que proponer frente a la revelación de se­ mejantes carencias o de tales perturbaciones en el funciona­ miento mental de nuestros pacientes.

No es mi intención exponer en este capítulo un plan de tratamiento cuya ambición fuera considerar todas las mo­ dalidades de «reparación» así como las contingencias que se les oponen. No voy a indicar seguramente los medios de ac­ ceder a una «normalidad» que, cualquiera fuese el caso, se­ ría tan sólo una construcción ficticia. En cambio, indicaré las pistes que me parecen fundamentales para proporcio­ nar al individuo todas sus posibilidades de construir su pro­ pia percepción de sí mismo proyectada en el futuro.

Esto equivaldrá a subrayar de inmediato el camino de la

subjetivación, que debe ser la mira principal de la terapéuti­

ca en tomo de la cual van a articularse las diversas modali­ dades del trabajo de elaboración aptas para enriquecer la personalidad de aquel a quien entonces podamos llamar un sujeto. Hemos visto de qué manera nuestros pacientes ac­ tuaban en lo más profundo de los mecanismos procesuales para recusar su estatuto de sujetos; en otro punto, en otra parte de su yo escindido, es verdad que parecerían capaces de elegir en lo que atañe a sus investiduras, de conducir sus vidas, de reconocer sus errores; pero ello con una especie de falte de espesor, muy a menudo por imitación o bajo la pre­ sión de ciertos acontecimientos, nimbados por un halo de transparencia, el as i f de los autores ingleses.

Por lo demás, nadie pretenderá ser totalmente sujeto de sus elecciones y decisiones, salvo que se trate de un paranoi­ co; por el contrario, ser sujeto es reconocer las influencias del pasado y del entorno. De modo que resulta mucho más satisfactorio hablar de «proceso de subjetivación» constan­ temente en acción.

Así, R. Cahn [21] aborda el problema hablando de la psi­ cosis en los adolescentes, que llevaría a cabo un «impedi­ mento de la subjetivación», es decir, la imposibilidad para el adolescente de asumir a título personal lo que él es.

La desubjetivación no sería, por lo tanto, patrimonio de la perversidad. En la psicosis sería resultado de una desin­ vestidura masiva ante la imposibilidad de soportar la au­ sencia; más matizada, la patología que he descripto, «per­ versidad sexual», tan cercana a la psicosis, sucedería a una denegación (más que a vina renegación) de un sí mismo, que sería el soporte del estatuto de sujeto en un proceso de sepa­ ración-identificación con la madre.

Sea como fuere, el objetivo terapéutico ha de inscribirse sin duda en un movimiento activo de subjetivación. Y esto viene a coincidir con lo que Freud llamó «narcisismo sintéti­ co», entendido como un movimiento constructivo que esta­ blece ligazones cada vez más amplias.

Deben precisarse en primer término dos orientaciones cruciales: el apuntalamiento sobre objetos externos y la de­ finición de un marco.

1. Apuntalamiento

El apuntalamiento es, como se sabe, uno de los datos fundamentales de todo el edificio psicoanalítico: las pulsio­ nes sexuales se apuntalan sobre las pulsiones de autocon- servación, agregando en la mamada, al comienzo de la vida, una prima de placer a la satisfacción de la necesidad. La transformación del chupeteo en placer liberará las pulsio­ nes sexuales en la fase autoerótica, pulsiones que se opon­ drán a las de autoconservación. Pero en la última teoría pul- sional ambas se reúnen de nuevo en el marco general de la oposición entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte.

Esta unificación es relevante para nuestra exposición si consideramos la pérdida de la mira autoconservadora en los casos clínicos relatados, que constituye una puerta abierta a la acción de las pulsiones de muerte; estas se alian enton­ ces a las pulsiones sexuales instaurando un funcionamiento de la pulsión para la pulsión; dicho de otro modo, un retomo de los mecanismos procesuales sobre sí mismos.

Igualmente básica para nosotros es la distinción entre la elección de objeto por apuntalamiento, o sea conforme a un modelo parental, y la elección de objeto narcisista por bús­ queda de lo idéntico, que vimos ejercerse claramente en la pedofilia, pero también en otras formas de actos en las que se trata siempre de colmar una imagen ideal de sí o, para ser más exactos, de paliar su quebranto. Por lo mismo que en nuestros pacientes el espacio interno está muy mal deli­ mitado, siendo los objetos internos muy inciertos y estando las pulsiones harto expuestas a la desligazón, la primera función de la terapéutica es ofrecer una elección de objeto por apuntalamiento y facilitarla. Una escucha simple pon­ dría a prueba la carencia narcisista, provocando una petrifi­ cación a causa de la amenaza de pérdida de objeto, o una ex­ plosión con rellenado del vacío por medio de la alucinación

de deseo. Habrá que presentarse, pues, como objeto externo, antes de ser el eco de un objeto interno.

E l objeto externo

Los terapeutas que se ocupan de adolescentes muy per­ turbados rechazan la terapia dual y preconizan el trabajo en equipo, donde los participantes pueden representar ob­ jetos externos para el paciente. R. Cahn [21] es muy claro sobre este punto, lo mismo que muchos otros autores. M. y M.-E. Laufer [636], que parecen practicar análisis más clá­ sicos pero a razón de una sesión diaria, abandonan asimis­ mo, cuando la situación lo exige, el papel de no intervención reservado al psicoanalista.

Numerosas experiencias muestran que una práctica au­ ténticamente analítica puede llevarse a cabo en el marco de una institución, con los acondicionamientos necesarios para las personalidades narcisistas y aun psicóticas. Convendre­ mos en que uno de los casos extremos es el del funciona­ miento de un equipo terapéutico en medio carcelario. Ade­ más debe precisarse qué quiere decir representar un objeto externo para el paciente.

Se ha comprendido cabalmente que, aun situado en lo real exterior, el objeto externo está también ligado al mundo interno del sujeto; de no ser así ¿cómo se distinguiría de las múltiples percepciones que constituyen nuestro entorno? Es aquí donde adquiere todo su alcance la expresión «hue­ llas perceptivas» enunciada tempranamente por Freud: el sentido no está dado por una imagen instalada en el espacio interno, sino por huellas que se enlazan con otras y crean la representación que va a ser reencontrada en un objeto sus­ ceptible de recibirla. Esto habla de toda la importancia del objeto en su exterioridad, en su existencia objetiva, pro­ blema que R. Roussillon [83] considera esquivado aún en el psicoanálisis actual, pese a los conceptos de «capacidad de ensoñación materna» o de «ilusión anticipadora». Dice: «Propongo dar un paso más considerando el lugar, en todos los casos, de lo que necesariamente se da como una respues­ ta al movimiento psíquico del sujeto».1

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