5.3 Architecture
6.1.1 Core OS
pío aislamiento vergonzoso. La crítica en el sentido conven cional ya no puede limitarse a emitir juicios verificables de acuerdo con normas públicas compartidas, pues el acto mis mo del juicio se ve ahora manchado por una racionalidad profundamente sospechosa, y las asunciones normativas son precisamente lo que la fuerza negadora del arte preten de subvertir. La crítica, por tanto, debe convertirse en ene miga del arte, como Jeffrey lo es de Wordsworth, acaparar para sí parte de la energía creativa de la propia poesía, o transformarse en una meditación cuasi filosófica sobre la naturaleza y las consecuencias del acto creativo. El crítico romántico es, en efecto, el poeta que justifica ontológica- mente su propia práctica, que elabora sus implicaciones más profundas, que reflexiona sobre los fundamentos y las con secuencias de su arte. Una vez que la producción literaria en sí se torna problemática, la crítica ya no puede ser el mero acto de juicio de un fenómeno asegurado; por el contrario, es un principio activo en la defensa, desarrollo y profundi- zación de esta incómoda práctica de la imaginación, el auto- conocimiento explícito del arte mismo. Tal autorreflexión cuasi filosófica será siempre irónica, pues si la verdad es en efecto poesía, ¿cómo puede un discurso no poético aspirar a captar la realidad de la que habla, atrapado como está en una racionalidad -la del propio discurso social- que va en busca de la verdad pero que nunca podrá ser la verdad? El crítico, pues, ya no es en primer lugar juez, administrador de nor mas colectivas o depositario de preclara racionalidad; tam poco es en primer lugar estratega cultural ni catalizador po lítico, pues tales funciones también se están trasladando al terreno del artista. N o es ante todo mediador entre obra y público, pues si la obra consigue sus efectos lo hace gracias a una inmediatez intuitiva que surge com o un destello entre ella y el lector y que sólo podría disiparse pasando por el
LA FU N C IÓ N DE LA CRITICA 49
mecanismo regulador del discurso crítico. Y si la obra ho triunfa es porque en verdad no hay una audiencia apta para recibirla, porque el poeta es un ruiseñor que canta en la os curidad, no habiendo por tanto, una vez más, lugar para me diadores. SÍ a este público hay que construirlo activamente, entonces según el Supplementary Essay de Wordsworth de 18r5 es al poeta a quien corresponde ser el agente más im portante en esta tarea, de la cual el crítico es encarnizado enemigo. La duda a la que se enfrenta ahora la crítica no es más que ésta: ¿cómo es posible ser crítico si el arte es su pro pia verdad inapelable y categórica, si el discurso social está irremediablemente alienado y si no hay público al que diri girse en primer lugar? Con fa decadencia del mecenazgo li terario y de la esfera pública clásica, el abandono de la lite ratura al mercado y la urbanización anónima de la sociedad, el poeta o sabio se ve privado de un público conocido, una comunidad de cosujetos familiares; y esta ruptura con todo lector concreto permanente que le ha impuesto la pujanza de la producción de bienes puede convertirse entonces en ilusión de una autonomía trascendental que no habla de manera idiomàtica sino universal, no con acentos de clase si no con tonos humanos, que se aparta con desdén de la «m a sa» y se dirige en cambio a las personas, al futuro, a un p o tencial movimiento político de masas, al genio poético que se esconde en cada pecho, a una comunidad de sujetos tras cendentales inscrita espectralmente dentro del orden social establecido. La crítica «racional» no puede hallar aquí aside ro, pues se desarrolló, como hemos visto, en respuesta a una forma de absolutism o (político) y se encuentra perdida igualmente ante otra forma de absolutismo inapelable en el reino del espíritu trascendental.
III
El siglo XIX habría de producir una categoría que unió al sa bio y al autor de críticas para revistas bajo una incómoda de nominación, la de «hombre de letras». E s un término intere sante aunque escurridizo, más amplio y más nebuloso que el de «escritor creativo», y no del todo sinónimo de erudito, crítico o periodista. T. W. Heyck ha argumentado que es el término más aproximado que encontramos en la Inglaterra del siglo XIX para una categoría que significativamente está ausente, la de «intelectual», y que no se extendería en su sen tido moderno hasta fines de la década de 1870.54 Al igual que los gaceteros del siglo xvill, el hombre de letras es más el portador y abastecedor de una sabiduría ideológica genera lizada que el exponente de una destreza intelectual especiali zada; es aquel cuya visión sinóptica, no nublada por un inte rés técnico singular, es capaz de abarcar todo el panorama cultural e intelectual de su época. Tan integral autoridad en tronca al hombre de letras por una parte con el sabio; pero mientras que la capacidad de sinopsis de este último depen de del distanciamiento trascendental, el hombre de letras ve con tanta amplitud porque la necesidad material lo obli-
54. Véase Heyck, T. W., The Transformaron of Intellecttutl Life in Vtclonan tngland, Londres, 1982,pág. 13.