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5.3 Architecture

7.1.1 The Views

de sí la crítica: las universidades. La crítica iba a salir de las

academias para aventurarse en los escabrosos territorios de la publicidad y de la cultura popular, pero como los valores que iba a aplicar a tales fenómenos eran esencialmente «lite­ rarios», conformados dentro del ámbito académico, siempre volvería a él inexorablemente, y en algún sentido, salvo en la fantasía, nunca se habían aventurado fuera de él. Scrutiny podría desafiar el canon literario, pero no la constitución de lo «literario» como tal, o a la universidad como «centro vi­ tal». Su incapacidad para desafiar a la institución académica emanaba de otro mito: su firme creencia en una universidad

ideal, una esencia espiritual de Cambridge muy distinta del

Cambridge que se afanaba en atacar y reprimir su obra. En una doble mistificación, el idealismo de la esperanza de

Scrutiny en el resurgimiento de una esfera pública se basaba

en una sublimación de la universidad, que era esa esfera pú­ blica en embrión. Q ue la «literatura inglesa» se hubiese ins­ titucionalizado académicamente como desplazamiento de la crítica com prom etida con la sociedad y no como una base de lanzamiento fue un punto débil en el caso de Scrutiny. Lo que parecía una esfera pública en forma condensada fue de hecho un baluarte de la reacción defensiva contra la desapa­ rición del artículo genuino. Scrutiny podía aspirar a un diá­ logo público renovado entre los críticos, los pedagogos y otros intelectuales, y efectivamente tuvo un éxito razonable en su afianzamiento. Pero este ámbito público discursivo, al contrario que la comunidad de los cafés de la Inglaterra del siglo X V III, no podía asentarse en modo alguno en las estruc­

turas políticas de la sociedad en conjunto. Leavis y sus cole­ gas estaban muy lejos de los resortes del poder académico, por no hablar de los políticos y económicos; y el propio Leavis era tan consciente de este dilema que ya en los pri­ meros momentos de su carrera escribió que «una conciencia

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mantenida por una minoría aislada y sin efecto sobre los po­ deres que gobiernan el mundo ha perdido su función».100

Abandonado a su suerte entre un mundo académico hostil y un sueño de la esfera pública, Scrutiny fue, como Francis Mulhern la ha definido, «metapolítica: su función er? supervisar el campo político en nombre de “ lo humano” , sin entrar en él a título propio». Es decir, intentaba negociar la contradicción que ya hemos analizado en la institución crítica entre un partidism o difícil de digerir y una disocia­ ción estéril. La gaceta, como señala Mulhern, representaba «una formación intelectual de un tipo casi desconocido en la cultura burguesa inglesa y profundamente ajeno a ella: una “ intelectualidad” en el sentido clásico del término, un cuer­ po de intelectuales disociados de todo interés social estable­ cido, intencionado en su subordinación de la amabilidad a los principios, unido sólo por los com prom isos culturales por los que ha optado».101 C om o intelectualidad pequeño- burguesa históricamente desposeída, divorciada del poder cultural o político por el decaimiento de la esfera pública que en un determinado período les podría haber servido de cobijo, los colaboradores de Scrutiny tenían libertad para apoyar las demandas de (en palabras de Leavis) una «inteli­ gencia general, libre, no especializada», en la elevada tradi­ ción del crítico am ateur dieciochesco y del hombre de le­ tras Victoriano. Pero la inteligencia general de un Steele o un A ddison nunca, por supuesto, había sido «libre»; por el contrario, estaba profundamente invertida en intereses cul­ turales y políticos específicos. Era simplemente que estos intereses se podían considerar coextensivos a la esfera públi­ ca en su conjunto, y por tanto no eran en modo alguno idio-

IOOh Leavis, E R<t For Contmuity, Londres, 1933, pág. 72 ►

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sincrásicos ni sectarios. Una vez que se obliga a la crítica a ponerse a la defensiva con el declive de la esfera pública, su «inteligencia general, libre, no especializada» se ve abocada a entrar en contradicción con la pasión disidente y la energía polémica con que castiga a aquellas fuerzas sociales respon­ sables de su propia impotencia efectiva. En este aspecto,

Scrutiny emerge como un cruce entre el Edinburgh Review

y el Saturday Review, mezclando los crueles libelos del pri­ mero con el desinterés altruista del segundo. Esfera publica ficticia y minoría partidista, centro espiritual y periferia profética a un tiempo, Scrutiny dio una contradictoria uni­ dad a algunas de las tendencias históricas de la crítica que hemos investigado, y con ello creó un callejón sin salida fue­ ra del cual aún es incapaz de moverse el humanismo liberal. «C uando se considera que el público general tiene un sentido estético inadecuado», escribe Peter Hohendahl, «y se piensa que sólo la minoría merece un compañero de dis­ curso, la validez general de la crítica literaria ya no puede quedar legitimada con la esfera pública literaria.»102 Éste, en suma, era el dilema de Scrutiny, que deseaba contradictoria­ mente recrear una esfera pública en la convicción de que só­ lo una minoría era capaz de una auténtica discriminación. A veces la minoría se ve como la vanguardia de una esfera pública más amplia a la que dará origen; en otras ocasiones minoría y esfera pública son efectivamente colindantes. La «impotencia» de la esfera pública clásica, donde la razón y no la fuerza es la norma, se cruza con la impotencia de la secta desheredada. La racionalidad desinteresada de la esfe­ ra pública clásica tiene su base en la autonomía que confiere a la cultura el proceso de mercantilización de los prim e­ ros tiempos del capitalismo: sólo cuando se la libera de sus

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funciones cortesanas o eclesiásticas y se pone a disposición de la mayoría a través del mercado, puede producir la cul­ tura un discurso crítico que sea «universal», interesado nó sólo en el valor de uso social inmediato de los productos si­ no en su verdad y en su belleza abstracta. Las normas y categorías abstractas de la Ilustración son en este sentido homologas de los valores de cambio abstractos del mercan­ tilismo. Una vez que el producto cultural se dirige de forma indistinta a todo el mundo, el acto de la crítica aparen­ temente se despoja de su carácter interesado y se vuelve impersonal; el desinterés nuclear del acto crítico es en este sentido el equivalente de la promiscuidad del propio p ro ­ ducto, que no tiene un compañero preferente sino que se di­ vierte con todo el que llega. El «desinterés» de un Arnold o un Leavis, por el contrario, es fruto de un estadio cultural posterior de mercantilización cultural, donde la industria cultural capitalista ha socavado por completo el concepto de arte autónomo. Com o sostiene Habermas: «Cuando las le­ yes del mercado que gobiernan la esfera del intercambio de bienes y el trabajo social penetran también en la esfera re­ servada para las personas privadas como público, el Rdson-

nement (el juicio crítico) tiende a transformarse en consumo

y el contexto de la comunicación pública se divide en actos que se caracterizan uniformemente por su recepción indivi­ dualizada».103 Las propias condiciones materiales que pro­ vocan la existencia de la crítica moderna son, en suma, las condiciones que, en una forma desarrollada, provocarán su desaparición. Una vez que el «público» se ha convertido en las «m asas», sujeto a las manipulaciones de una cultura mer- cantilizada, y una vez que la «opinión pública» ha degenera­ do en «relaciones públicas», la esfera pública clásica ha de