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Correlations of functional neuroanatomical with post-scan behavioural data

4. Functional neuroanatomy of speech signal decoding

4.1. Chapter summary

4.5.3. Correlations of functional neuroanatomical with post-scan behavioural data

A todas las madres que exponen su dudas al hombre santo.

Mi buena amiga:

Agustín tenía amigos en Milán; muchos. Yo también tenía gentes amigas; algunos. Los de mi hijo se movían entre libros y cátedras; eran intelectuales, maniqueos y paganos; los míos eran más humildes; casi todos ellos cristianos que se movían cerca de las pláticas y sermones de Ambrosio. Simpliciano era uno de ellos; sin duda alguna, uno de los más adecuados para ayudar a Agustín.

Le había sugerido a mi hijo la idea de conversar con este buen sacerdote. Agustín diría años después que para él fue una inspiración de Dios:

«Dios me inspiró la idea que me pareció estupenda de dirigirme a mi amigo Simpliciano, porque me parecía un buen hijo de Dios y en él se traslucía la gracia divina».

También Agustín podía haber ido a consultar a Ambrosio, pero el señor obispo siempre estaba muy ocupado. Simpliciano vivía una vida ejemplar. Era sacerdote y lucía canas. Era uno de esos ancianos venerables que abundan en la Iglesia católica, y que, habiendo pasado de una juventud casta a una edad madura, más casta todavía, y bendecidos por Dios con vejez anticipada, presentan a los hombres una perfecta y venerable imagen de paz que no es sino fruto de la virtud que les ha acompañado durante toda su vida. Los jóvenes, que luchan a brazo partido con sus endiabladas pasiones, se complacen en acercarse a estas blancas cabezas y a sus experimentados corazones, para calmar cerca de ellos los ardores que pueden iniciar algunos incendios.

El buen sacerdote le había recibido con dulce sonrisa. No eran desconocidos el uno del otro. Escuchó con atención amable la relación de cuanto Agustín quiso contarle, y le felicitó porque se había dedicado a leer los libros de Platón y de Sócrates, y no esos otros libros ateos y materialistas que circulaban por las librerías paganas. Simpliciano, por edad y por estudios, tenía un gran conocimiento de los hombres. De hecho, estaba ligado a Ambrosio a quien dirigió en su juventud y bautizó, y a otros muchos filósofos, poetas y retóricos romanos. Recordaba en particular a Victoriano, traductor de las obras de Platón que estaba leyendo Agustín.

Sabes que es muy común en los ancianos referir sus historietas; a Simpliciano esto se le daba muy bien. Queriendo mostrar a Agustín el camino del valor y de la dignidad

cristiana, le contó lo siguiente.

«Victoriano se había distinguido en la misma carrera que Agustín, la Retórica. Le vino la idea de leer las Santas Escrituras, y después le decía a Simpliciano en secreto: ¿Sabes tú que soy cristiano? Simpliciano le respondía: Yo no lo creeré hasta que te vea en la Iglesia de Cristo. Y Victoriano le replicaba con ironía: ¡Pues

qué! ¿Son las paredes del templo las que hacen al cristiano? Este toma y daca se repetía todos los días en

que Victoriano y yo nos encontrábamos y nos veíamos.

En realidad, Victoriano tenía miedo de disgustar a sus amigos y no quería exponer las cimas de su grandeza y de su puesto a las iras de los paganos. Pero seguía leyendo las Escrituras y oraba mucho. Un día, temiendo ser descubierto, se fue a mi casa, y me dijo: Vamos al templo, porque quiero ser cristiano. Los romanos todos que le conocían quedaron admirados y los sacerdotes de la Iglesia se llenaron de gozo.

Su nombre corrió de boca en boca despertando en todos gran satisfacción y alegría. Al ir a hacer la profesión de fe, los sacerdotes le propusieron que recitase en privado y en voz baja la fórmula de la fe cristiana, como solía hacerse con los que por miedo quizá pudieran volverse atrás. Pero él se negó rotundamente».

Ya en la iglesia, Victoriano pronunció entonces, en voz alta, y en medio de una admirada y conmovida muchedumbre que le acompañaba, el símbolo de la fe. Todos estaban muy complacidos. Aquel sabio ilustre se gloriaba de haberse hecho discípulo de Jesucristo y de llevar en su frente los signos cristianos. Pero la orden de persecución contra los cristianos de Juliano el Apóstata cerró los elocuentes labios de Victoriano, y coronó su carrera con el más bello y más doloroso de los sacrificios, el martirio».

Este relato verdadero, que se adaptaba muy bien a la posición de Agustín, penetró de tal manera en su corazón que salió entusiasmado de casa de Simpliciano, reprendiéndose su propia debilidad y indignado de su cobardía. Cuando entró en nuestra casa, yo le estaba esperando recogida en intensa oración, como siempre, pero Agustín suspiraba tan hondo que parecía estaba como transportado. Entre lamentos y susurros pedía mi ayuda, y habiéndose recogido junto a mí, dejaba escapar tan dolorosos suspiros y pedía la ayuda al Señor con tal vehemencia que yo misma me emocioné.

Pero mi sensación era que sus cadenas seguían siendo muy pesadas. Agustín no decía que no; pero tampoco decía que sí. Procuraba tranquilizar su conciencia, y cuando ésta le decía claramente que es necesario decidirse, no sabía, o no quería, o no podía contestar. Repetía como un sonámbulo: «Luego, dejadme un poco; un instante más». Pero para mí, este luego no llegaba nunca, y ese pequeño instante nunca se acababa de terminar. Por eso, rezaba tanto; por eso, estaba también tan confusa; y por eso, esta confusión me llevaba al llanto.

Si el resultado de aquella conversación con Simpliciano no había resultado ser tan positivo como yo esperaba, no nos quedaba otra salida y otras actuaciones que las que habíamos tenido todos los años anteriores: rezar, pedir a Dios, ofrecer al Señor nuestros sacrificios, consolarnos con la esperanza, seguir esperando, animarnos unos a los otros, requerir de todas las personas buenas que rezaran con nosotros, que ayudaran en lo que pudieran a Agustín a deshacer ese nudo gordiano que le oprimía y le reprimía, que le cegaba y le atormentaba.

lugares. En ellos dejaba mis conversaciones y les reiteraba mis ruegos para que su oración y sacrificio no nos dejase en esta difícil empresa. El Señor Dios y Nuestro Señor Jesucristo recibían mis envíos sin cesar, de noche y de día.

Ciertamente, fueron días en que Agustín sufría mucho; se le veía sufrir. Andaba muy agitado, desasosegado y como tembloroso. Frecuentaba la iglesia como nunca lo había hecho. Era asiduo a los sermones de Ambrosio, y, entre paseo y paseo, observaba las expresividades de la gentes, particularmente las de aquellos que sabía eran cristianos. En cualquier tiempo que tenía libre, retomaba la lectura silenciosa de las cartas de San Pablo. Y aún, con aquella numerosa cuadrilla de amigos que lo frecuentaban, hablaba y discutía sobre todo cuanto le revolvía la mente y le atormentaba el corazón.

Con todo mi afecto,

41ª

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