4. Functional neuroanatomy of speech signal decoding
4.1. Chapter summary
4.5.2. Functional MRI data
A todas las madres que acercan a sus hijos la Palabra de Dios.
Amiga mía:
En los últimos meses, mi hijo había descubierto notables consuelos para su alma en la lectura de las Sagradas Escrituras. Le significaban un atractivo inevitable:
«Me sentía movido fuertemente a volver los ojos hacia esa religión santa que tan hondamente se grabó en mi corazón cuando era niño; pero vacilaba, no podía acabar de decidirme, y, sin embargo, una fuerza desconocida me arrastraba, y con voluntad o sin ella, tomé en mis manos, inquietas y como trémulas, el libro de las Epístolas de San Pablo».
Para nosotros, los católicos, San Pablo era el apóstol y el teólogo del Verbo Encarnado. También lo era San Juan, que gozó de Él intimidades y ternuras singulares. San Pablo, más que recibir ternuras, recibió un trallazo fulminante que le dejó ciego por unos días. Pero a raíz de la aparatosa caída de su caballo, pasó de ser perseguidor de Jesucristo y de los suyos a ser predicador excelente y comunicador exquisito de los misterios de la caída y degradación del hombre y de la Encarnación del Verbo y la Redención de los hombres. Parece cierto que él, más que nadie, ha sido protagonista de ambas situaciones y vivencias.
Nada más comenzar la lectura de las primeras líneas de las cartas de San Pablo, Agustín se llenó de pasmo:
«¡Oh, si supieses, Romaniano, qué especie de luz se me apareció de repente! Habría querido la conocieses, no solamente tú, que hace mucho tiempo vienes deseando despejar esta incógnita, sino tu mismo enemigo; ese enemigo encarnizado que te lleva a los tribunales para quitarte los bienes. Ciertamente que si él la viese como yo la veo, todo lo abandonaría, jardines, casas, banquetes, todo, en fin, cuanto le seduce; y, piadosa y dulcemente enamorado, correría en pos de tanta hermosura».
Pero todo esto no era más que el primer golpe de vista. El segundo sería todavía más trascendental. Agustín vio descorrerse el velo de un gran misterio que no conocía. También Platón lo ignoraba, por eso el filósofo griego no pudo enseñarle el camino de la virtud. Descubrió que el hombre no se hallaba ya como Dios lo formó: había sido creado santo, inocente, lleno de luz e inteligencia, y estaba destinado a ver la majestad de Dios. Pero el hombre no pudo gozar de tanta gloria sin caer antes en la presunción. Quiso hacerse él mismo centro de todo lo existente y quiso ser independiente de Dios. En consecuencia, fue abandonado, pues él mismo se había apartado del Señor. Pero había
venido a tal estado de ceguera y corrupción que llegaba a ser plaza cerrada donde el pecado habitaba.
Algo más había descubierto mi hijo en estas lecturas. Descubrió que en el hombre hay una criatura miserable, odiosa, enemiga de la verdad, incapaz de la virtud y apasionada del mal: era «el hombre del pecado», «el hombre viejo». San Pablo empleaba estas expresiones fuertes y bizarras porque envolvían profundas tristezas que Agustín supo llevarlas a la conciencia de su vida personal, pero que entrañaban una enseñanza sublime, al indicar también que éste no era el hombre criado en principio por Dios, sino otro muy diferente.
Y descubrió que era aquí, a partir de este descubrimiento del hombre del pecado, envuelto en sus tristezas y encerrado en sus miserias, donde se mezclaban la concupiscencia y la rebeldía, cuando apareció que el «Verbo se ha hecho carne». Pero este Verbo hecho carne vivió en la humildad, en la obediencia y en el sacrificio, y se rebajó hasta las más inauditas miserias y necesidades. Pero todo ello, únicamente, para recuperar al hombre, rescatar al hombre y exaltar al hombre, que se había dejado dominar por la concupiscencia, el orgullo y la rebeldía. Aparecieron así, limpiamente, ante él el misterio de la Encarnación y el de la Redención, Jesucristo, Hijo de Dios, que nacía Hombre y padecía, sufría y moría por los hombres.
Fue así como Agustín, centrándose en una lectura reposada de los escritos de San Pablo, llegó al descubrimiento personal y directo de la figura de Jesucristo, que se manifestaba en sus auténticos contornos de Hijo de Dios y de Dios Humanado. Comenzaba para él la última etapa de sus muchas rutas. Había recorrido las sendas del materialismo, se perdió en las oscuras lagunas del maniqueismo, desembocó en el pantanal de escepticismo, intentó reconstruir su camino con las doctrinas del platonismo. Para llegar a Jesucristo había tenido que sufrir el purgador experimento de la humildad. Ahora, interiormente, comenzaba su andadura cristiana. Lo que nos fuera a deparar en el futuro, lo sabríamos más adelante.
Sin embargo, las cosas grandes, los notables descubrimientos, no suelen ser fáciles de completar. Agustín conoció esta nueva verdad, la deseó para sí porque era la «Verdad» que apasiona a todo ser humano, pero no sabía cómo, cuándo y dónde había de decidirse a traducirla íntegramente a la practica, es decir, vivirla en su totalidad y con todas sus consecuencias. Percibió que le faltaban todavía las fuerzas precisas y la última decisión para entrar resueltamente por la puerta, de la que no sabía decir si sería estrecha, angosta, ancha, que le iba a conducir a la vivencia de Jesucristo.
Lo confesaba con la sinceridad y la honorabilidad que siempre le han caracterizado:
«Yo estaba descontento de mí mismo por la vida que llevaba, y como ni me encendía ya como antes con el deseo de la carne ni cifraba mi esperanza en el triunfo y la riqueza, estaba harto de soportar una carga tan pesada, porque ninguna de estas cosas me satisfacía en comparación con la dulzura y hermosura de la casa
de Dios a la que amaba.
Me sentía fuertemente atado al deseo de tener mujer, y como el apóstol Pablo no prohíbe casarse, sino que sólo invita a seguir lo mejor, al querer vivamente que todos sean como él, yo como más débil escogí el camino más fácil, y ese era el motivo por el que caminaba tan lentamente en las demás cosas. Y me consumía en esas agotadoras preocupaciones que necesariamente tenía que aceptar por ser cosas inherentes a la misma vida conyugal a la que me sentía inclinado. Y, sin embargo, no podía soportarlas. No tenía a nadie a quien pedir consejo en tanta vacilación».
El rayo de luz que lo iluminara había traspasado las nubes, pero no las había deshecho. Abrigaba aún muchas ideas falsas, inexactas e incompletas, de las que no sabía desembarazarse. Le faltaba todavía el valor para arrodillarse, reconocer sus miserias, arrepentirse y pedir expresamente una preparación seria para recibir los sacramentos. Por eso, no se atrevía a venir junto a mí y a decirme: «Madre, no llores más, no sufras más, soy cristiano». Verdad era que todavía no lo era. El hombre, ante Dios, ha de ejercer la humildad, la sumisión. Era necesario vivir este sacrificio para que desaparecieran las sombras y resplandeciera la luz de Dios en donde realizar ese encuentro interpersonal.
Yo me veía gozosa e inquieta al mismo tiempo, pues no podía menos de ser consciente de lo que años más tarde no dudaría en confesar:
«Yo estaba seguro de todas las verdades de la fe, pero me sentía aún débil para gozarme en Dios; el orgullo, la vanidad y las pretensiones de sabio me devoraban. Lleno todavía de miserias, en lugar de llorar mis crímenes, hacía alarde de mi ciencia vana».
Si para comulgar con Dios era preciso la humildad, Agustín en aquellos precisos momentos en que se trajinaban estas incidencias no era humilde. Lo dirá él mismo:
«No tenía la humildad necesaria para reconocer a mi humilde Maestro Jesucristo, y nada entendía aún de los profundos misterios de la Pasión».
Así pues, si para volar a las alturas de Dios eran necesarias dos alas, a mi hijo le faltaba, al menos, una. Que le faltara también el ala del amor, de la pura sublimidad espiritual, de la belleza, pues seguía interiormente uncido a los miserables hábitos de sus pasiones, explica que, aunque pensara de continuo en Dios, no reunía las medios necesarios para levantar el vuelo desde este duro suelo hacia el espíritu sobrenatural. Este hijo mío necesitaba de alguien con quien consultar el revuelto interior que le cernía, le aturdía, le amargaba y le llenaba de esperanza.
Atentamente,