Salud de la población Éxito educativo Costes de los delitos Índice de Libertad Humana
El cálculo del GPI entre 1950 y 2002, en lo que a EE.UU. se refere, ofrece un resultado (en dólares de 1996) como el que muestra la gráfca siguiente, tomada de la página web www.redefningprogress. org:
PNB y GPI DE EE.UU., 1950-2002
In 1996 Dollars
Comprobamos que, mientras que el PNB crece sin parar (excepción hecha de las pequeñas muescas ocasionadas por los ciclos económicos), en cambio el Índice de Progreso Auténtico crece hasta 1970 aproximadamente, para después estancarse o incluso decrecer.
El objetivo no puede ser crecer por crecer
Una objeción obvia a este tipo de índices sintéticos es que incorporan ciertos valores (¿por qué los 22 componentes del índice de GPI Atlantic, y no 33?); pero la respuesta es que utilizar –como suele hacerse— el PIB como un indicador del progreso o del bienestar humano, lejos de ser tratarse de una práctica “libre de valores”, está pesadamente lastrada por supuestos valorativos raramente
reconocidos como tales (“más es mejor”, en concreto, más actividad económica mercantilizada equivale a más bienestar humano).
Cualquier índice de calidad de vida o bienestar humano presupone valores, ya que no se trata sino de la formalización –más o menos
complicada— de una determinada respuesta a la pregunta “qué es una vida buena”; lo importante es clarifcar esos valores y someterlos a discusión pública.
El PIB o el PNB miden la cantidad de actividad económica en un país determinado, actividad que es siempre productivo- destructiva (como expondré en el capítulo siguiente, haciendo uso de la noción de producción conjunta). Pero lo que necesitaríamos medir es más bien la calidad del desarrollo, discriminando entre actividad realmente productiva y actividad destructiva: a ello están orientados índices sintéticos como el IBES o el GPI.
Como conclusión general de la discusión esbozada más arriba, me gustaría apuntar que el objetivo último de las políticas
públicas no puede ser el crecimiento económico per se; éste debe
ser instrumental con respecto a la consecución de objetivos como el desarrollo humano o la calidad de vida.
Por tanto, hay que garantizar que no haya desacoplamiento
entre crecimiento económico y calidad de vida, como probablemente
sucede en la actualidad.168 Cabe conjeturar que ello exige tanto cambiar el contenido de lo que crece como “cambiar la vida” (aunque esta cuestión desborda, ahora, el trayecto previsto para nuestra indagación).
Crecimiento contable y crecimiento material
Dejaremos de lado, por el momento, esta importantísima cuestión, para volver a centrarnos en el desacoplamiento entre crecimiento 168 Argumenté esto con cierto detalle en el capítulo “Regresos del progreso, sinrazones de la razón” de mi libro Un mundo vulnerable (Los Libros de la Catarata, Madrid 2000).
económico e impacto ambiental. ¿Tiene sentido la estrategia de desacoplamiento que impulsan la UE y la OCDE? Para responder a esta pregunta, lo primero que hemos de hacer es tratar de disipar la ambigüedad en torno a la noción de crecimiento.
Sucede que cuando hablamos de crecimiento económico sin más especifcaciones, podemos estar refriéndonos a cosas harto diferentes: acaso al crecimiento de magnitudes de la Contabilidad Nacional como la renta nacional, el PNB o el PIB; o al creciente trasiego de energía y materias primas a través de nuestros sistemas productivos; o podríamos incluso referirnos al aumento de la capacidad de estos sistemas productivos para satisfacer las necesidades y deseos humanos. La noción de crecimiento económico
es ambigua, y la discusión sobre los bienes y males del crecimiento resulta completamente estéril si no se comienza por despejar esa ambigüedad, en cuyo caso cabe sospechar cierta deliberada
intención de confundir (esto debería resultar meridianamente claro a estas alturas, cuatro decenios después de la publicación del primer informe al Club de Roma, Los límites del crecimiento).
Lo fundamental es distinguir entre crecimiento del PNB (o de las otras magnitudes de la contabilidad nacional; podemos hablar en general del crecimiento contable de la economía) y crecimiento
material de la economía (crecimiento del fujo metabólico,
“transumo” o throughput, el fujo de materiales y energía que atraviesa el sistema productivo, donde es elaborado para dar origen a bienes y servicios útiles y genera, como indeseable subproducto, contaminación y pérdida de calidad ambiental). Ya hemos visto, en los parágrafos precedentes, que el crecimiento contable de la economía (medido por magnitudes como el PIB o el PNB) no está asociado necesariamente con ningún crecimiento del desarrollo humano o la calidad de vida.
Hay que señala aquí que las críticas antiproductivistas al crecimiento material indefnido distinguen perfectamente entre países del Norte y Sur, y defenden precisamente –en la inmensa mayoría de los casos— que el Norte tiene que decrecer –dejando
libre espacio ambiental— precisamente para que el Sur pueda crecer. Y también hay que insistir –con Ronald Colman— en que
“nada de lo anterior signifca que no deba haber crecimiento de ningún tipo. Algunos tipos de crecimiento económico refuerzan claramente el bienestar, aumentan la equidad y protegen el medio ambiente. Hay trabajos vitales que deben hacerse en nuestra sociedad: la crianza de los niños, el cuidado de los indigentes, la restauración de los bosques, el proveer comida y albergue adecuados para todos, el reforzar nuestros conocimiento y entendimiento, y el fortalecer nuestras comunidades. Pero nunca vamos a cambiar nuestra atención hacia el trabajo que se necesita si no valoramos a nuestros recursos naturales, el trabajo voluntario y la crianza de los niños, y si no le damos valor a la equidad, al tiempo libre y a la salud de nuestras comunidades.”169 Una vez hemos “llenado el mundo”, sin la detención del crecimiento
material de la economía a escala global, no podemos hablar en serio de desarrollo sostenible. La expansión económica no puede
proseguir indefnidamente dentro de una biosfera fnita. Frenar el
crecimiento no implica vivir peor (lo decisivo es la calidad de los
bienes y servicios fnales de que disfruta la gente, y no la cantidad de energía y materiales consumidos); la ecuación que equiparaba crecimiento económico a bienestar es falsa, y ello se hace cada vez más trágicamente evidente a medida que progresa la devastación ecológica, lo que se traduce en hambre, enfermedad y pobreza para sectores crecientes de la humanidad.
169 Ronald Colman, “Measuring real progress”, Journal of Innovative Management, 2001. Trad. castellana: “¿Cómo medimos el progreso?”, en www.geocities.com/ zensenada/trad/ComoMedimosProgreso.htm.
Final
“El crecimiento económico y la protección medioambiental no son incompatibles. El desarrollo sostenible es un motor de la creación de mercados y la generación de actividades como las referidas a la restauración ecológica”, escribe José María Rey Benayas (profesor de ecología de la Universidad de Alcalá)170.
Desde luego, destruir para luego reconstruir es un potentísimo motor para la actividad económica... Pero ¿la sustentabilidad a la que aspiramos puede identifcarse con esa locura?
Para quienes hoy prevalecen, desarrollo sostenible quiere decir sustituir autos viejos por coches ecológicos, e instalar aparatos de aire acondicionado respetuosos con el medio ambiente. Para quienes resistimos, desarrollo sostenible quiere decir vivir bien sin coche y sin aire acondicionado.
Esto último exige nada menos que reinventar lo colectivo. No hay forma de reducir drásticamente nuestro impacto sobre la biosfera, al mismo tiempo que aseguramos las condiciones favorables a una vida buena para cada ser humano, sin actuar profundamente sobre nuestra socialidad básica, desarrollándola y enriqueciéndola. Por eso el desarrollo sostenible, si nos lo tomamos de verdad en serio, implica antes que nada la exigencia de reinventar lo colectivo: una tarea central para el ecosocialismo del siglo XXI.171
HERMAN E. DALY: CINCO PUNTOS PARA UN