(Nueva York, The Metropolitan Museum of Art, Rogers Fund.)
Este célebre cuadro ilustra de diferentes formas la capacidad, particularmente desarrollada en el hombre, de atribuir a otro determinados conocimientos e incluso, aquí\ la ausencia de conocimiento. Con una mirada «de reojo», la joven mujer de la derecha se asegura de que la atención del joven y rico cándido esté totalmente suspendida por las extraordinarias revela ciones de la vieja gitana mientras ella le corta la cadena de oro y una compinche le roba su bolsa... La imaginería cerebral revela, en investigaciones paralelas, una actividad diferencial del córtex prefrontal izquierdo mediano cuando un individuo lee un texto sobre estados men tales, que desaparece cuando lee textos sobre estados físicos.
velar las zonas usurpadas que posibilitan la confrontación de los resultados y, eventualmente, su complementariedad. Ninguna ciencia, fuera de ese traba jo interdisciplinar, parece capaz de resolver en el interior de su propio cam po los problemas planteados por la relación entre ese campo y el de las cien cias análogas. Ese recurso al trabajo interdisciplinar parece legitimado por la tendencia hegemónica que empuja a cada disciplina a redefinir en sus justos
términos el campo de las ciencias anexas. Eso es, en mi opinión, lo que us ted trata de hacer con respecto a la antropología social. La noción de «an tropología social» puede figurar en el léxico de las neurociencias con el fa moso «objeto mental», pero también en el de las ciencias cognitivas y en el de la antropología cultural. Ahora bien, ese término contiene una ambigüe dad considerable. Se trata tanto de una imagen interna, que el neurólogo considera elaborada por el cerebro a título de respuesta activa a las informa ciones recibidas del entorno exterior ya descrito por las demás ciencias de la naturaleza, como de deseos y creencias, que las ciencias cognitivas formulan en proposiciones del tipo: X desea que, cree que, etc.; o, por último, de for maciones sociales inmediatamente definidas por su función de comunica ción. Son, dice usted, «representaciones culturales destinadas a ser compar tidas». Y la clasificación propuesta por Dan Sperber en el marco de su disciplina es de hecho pertinente con todas las prolongaciones que usted propone hacia la «representación» ética de uno mismo y de los otros y de uno mismo frente a los otros. Pero seguimos especulando con la anfibología del término «representación». Esta se incrementa aún más cuando usted moviliza otras ciencias anexas como las ciencias del desarrollo infantil de Piaget, Kóhler o los Prenack. N o tengo noticia de que se planteen el pro blema de la inscripción neuronal de los fenómenos de comportamiento que describen. Las tentativas que usted ha mencionado in fine para «identificar los correlatos cerebrales de la teoría del espíritu» suscitan en mi caso las mis mas reservas que las formuladas ya antes a propósito del objeto mental. j. -p. c.—Estoy sorprendido de la vuelta atrás que supone esta conclusión. Por una parte, el diálogo sostenido a propósito de los objetos mentales nos había conducido a superar la anfibología que usted menciona. ¿Esfuerzo vano? A continuación, nos hemos puesto de acuerdo sobre la necesidad de una investigación que usted denomina interdisciplinar y yo multidisciplinar, es decir, abierta a los nuevos descubrimientos de la ciencia y en particular de las neurociencias. Probablemente los progresos de las ciencias del cerebro sean tales que susciten el temor a una hegemonía. Esa no es ciertamente mi actitud. En el estadio en que nos encontramos, parece más productivo pen sar en enriquecerse mutuamente por la información y el diálogo que preo cuparse por fijar un orden del día.
Por otra parte, los «juegos de lenguaje» sobre el término «representa ción» no me interesan. En el progreso de los conocimientos me intereso so bre todo por el fondo y mucho menos por el debate sobre la forma. Contra
riamente a lo que usted da a entender, Piaget, y no hablemos ya de los Pre- mack, manifestaba un interés real por las neurociencias y «la inscripción neuronal» del aprendizaje. Con ocasión del debate con Chomsky20 sobre «lenguaje y aprendizaje», Piaget dedicaba una sección entera de su intro ducción a las «raíces biológicas del conocimiento». En sus Afterthoughts, in tegraba incluso en su propia reflexión la epigénesis funcional por selección de sinapsis que yo había expuesto en su presencia.
Creo que pueden establecerse otros lazos igualmente fructíferos con la antropología y la sociología. Es verdad que atribuir a las representaciones so ciales la condición de objetos mentales de nivel elevado supone aceptar de terminados riesgos «filosóficos». Al cruzar las líneas de fractura entre disci plinas, nos exponemos ciertamente al peligro de interpretaciones ilegítimas, pero asumimos también el riesgo de hacer descubrimientos importantes.
La noción de habitus, tal como nos la presenta Bourdieu, forma parte a mi entender de los «conceptos puente» (y no solamente de los términos puente) potencialmente útiles en las diversas disciplinas que abarca. El con cepto liga la noción de aprendizaje a la de impresión del entorno social y cultural exactamente en el contexto de las representaciones sociales del que
Bourdieu21 define precisamente el habitus como un sistema de disposi ciones adquiridas, permanentes, generadoras y organizadoras de prácticas y de representaciones. Yo lo comprendo según el modelo de la adquisición del lenguaje, donde el aprendizaje desempeña un papel determinante al movili zar estructuras neurales de recepción innatas y propias de la especie. ¡La im plantación de los procesos neuronales de aprendizaje es tal en Bourdieu que, en sus Meditaciones pascalianas, menciona explícitamente «el reforzamiento o el debilitamiento de las conexiones sinápticas»!22
En fin, los primeros trabajos de neuropsicología del lóbulo frontal, con temporáneos al descubrimiento por Broca de las áreas del lenguaje (1865), ilustran la fijación de las conductas morales en la organización cerebral. En 1868, Harlow describe el caso de un obrero de la compañía ferroviaria de Massachusetts, Phineas Gage, que sobrevivió a una grave lesión de la parte anterior del cerebro después de que una barra de hierro le atravesara el crá
20. M. Piatelli-Palmarini, ed., Language and Leaming: The Debate between Jean Piaget and
Noam Chomsky, Cambridge Mass., Harvard University Press, 1980.
neo.23 Entre las perturbaciones que alteraron la personalidad de Gage, Har- low señala que se volvió «irrespetuoso, profiere a veces los insultos más gro seros, sin que demuestre ya respeto por sus amigos». Tras su accidente, hace caso omiso de las convenciones sociales, ignora la «moral» en el sentido es tricto del término, y toma decisiones que no favorecen a sus intereses. Las in vestigaciones sobre el lóbulo frontal han confirmado las observaciones de Harlow. El neurólogo ruso Alexandre Luria habla también del lóbulo frontal denominándolo «el órgano de la civilización». Es pues urgente desarrollar la investigación sobre la inscripción neuronal de las representaciones sociales y en particular de las representaciones éticas de uno mismo y de los otros.
p. r.—Nada más ajeno a mí que la idea de que Piaget o Chomsky no hayan de mostrado interés por la biología. Al igual que usted, estoy tan interesado en los problemas sobre las fronteras interdisciplinares que no quiero que se transformen en un problema intradisciplinar. Respondo a su defensa de los trabajos de neurobiología relativos a la inscripción neuronal de las represen taciones sociales con una exposición, que pretende ser constructiva, de la crí tica que la fenomenología hace de la noción de «representación», noción que científicos y filósofos juzgan muy fácilmente adquirida. Por una parte, desde un punto de vista puramente crítico, lo que se cuestiona es la idea de una ré plica mental, en el espíritu, de una realidad exterior procedente de un mundo acabado. Dicho de otro modo: la idea mental considerada como cuadro real pintado «en» la consciencia es problemática. Esa es la perniciosa herencia cartesiana de un alma poblada de ideas que pasarán a ser representaciones en el empirismo inglés e incluso en el idealismo kantiano. En Heidegger encon tramos la crítica más virulenta. Para él, la relación fundamental con el mundo es de interés, que a su vez engloba toda una gama de componentes: desde la afección pasiva del ser en el mundo hasta la comprensión prelingüística y lin güística, y todas las actitudes relativas al transcurso del tiempo (anticipación, repetición, etc.). Las incidencias en nuestra discusión serían complejas y exi girían numerosos intermediarios entre el tipo de ontología del Dasein utiliza do por Heidegger y nuestro plano de discusión. Entre ellos señalaré sólo uno, que sugiere al mismo tiempo una versión más constructiva de la crisis de la re presentación. Lo he mencionado ya antes en nuestra discusión sobre el obje to mental. Proponía entonces un desplazamiento del plano teórico (¿No ha
23. El caso está descrito con detalle en A. Damasio, UErreurde Descartes, París, Odile Ja cob, 1995 (hay trad. cast.: El error de Descartes, Barcelona, Grijalbo, 1996).
aludido usted acaso a la «teoría del chimpancé»?) al plano práctico. La nueva disciplina constituida en tomo a la noción de acción permite en efecto un vas to recorrido paralelo al que usted acaba de exponer en el plano de las repre sentaciones. Encontraríamos, al principio, actividades de orientación y de aprehensión, cadenas de intervención motriz que contribuyen a configurar el mundo como un medio practicable, jalonado de caminos y de obstáculos, que contribuyen en suma a constituir un mundo habitable. Las observaciones unas veces balbuceantes y otras fulgurantes del Husserl anciano, al que aludía antes a propósito de sus papeles inéditos, nutrirían y ampliarían las intuicio nes de su famosa obra La krisis, consagrada al «mundo de la vida».24
j. -p. c.—La aportación potencial de las neurociencias a la comprensión de la noción de acción es considerable. He mencionado ya las «neuronas-espe jos» de Rizzolatti y los trabajos de imaginería y de electrofisiología sobre la preparación para la acción y su imitación.25
p. r.—L os excelentes análisis dedicados a las representaciones culturales que usted ha mencionado hallarían en todo caso un marco apropiado en la des cripción de esas «prácticas mundanas». Podría buscarse una sustitución im portante en la dirección de una hermenéutica de la cultura, como la de Clif- ford Geertz, que sería interesante comparar con la antropología cultural de Dan Sperber. El gran conocedor de las culturas del tercer mundo adopta por su parte una actitud de diálogo y de participación activa con las interpreta ciones que los protagonistas dan de su visión y de su práctica del mundo. Es pues una interpretación de las «representaciones sociales» en términos de intercambio en el conjunto de prácticas que una filosofía de la acción, pro longada por una hermenéutica de las culturas, puede ofrecer a la discusión interdisciplinaria deseada. Creo, además, que el desplazamiento que pro pongo del campo teórico al dominio práctico puede revelarse útil y fecundo cuando pasemos del problema epistemológico al problema moral.
j. -p. c. —Estoy de acuerdo en esta apertura a las prácticas, y en el término de «objeto mental» incluyo, por supuesto, los programas motrices, los planes y
24. E. Husserl, La Crise des sciences européennes et la phénoménologie transcendantale, París, Gallimard, 1954, nueva edición 1976 (hay trad. cast.: La crisis de las ciencias europeas y la feno-
los estados internos encaminados a la acción. Nuestro debate ilustra la com- plementariedad entre la reflexión del filósofo y las tentativas de formaliza- ción de la neurobiología teórica. El filósofo revela compromisos, plantea di ficultades y señala la simplificación excesiva de los trabajos en curso en el campo de las neurociencias y de la psicología cognitiva. La piedra de toque sigue siendo la intencionalidad y la pregunta correspondiente sería: ¿Pode mos «naturalizar» la intencionalidad? La respuesta a esta cuestión parece positiva. Ambos entendemos la intencionalidad como el nivel de representa ción más elevado, aquél que orienta las conductas humanas y define los pla nes de acción, los proyectos, la concepción del mundo.
p. r. - N o me gustaría que la noción de intencionalidad quedara presa en la de representación. He defendido un desplazamiento del plano teórico al pla no práctico. No se trata solamente de una prolongación del campo de estu dio hacia proyectos, planes de acción e intenciones voluntarias, sino de una exploración de las disposiciones más primitivas de un sujeto que se orienta en el mundo y se descubre a sí mismo sede de disposiciones, impulsos que lo afectan y poderes que ejerce, algunos de los cuales constituyen un tejido de capacidades básicas que sirven para el aprendizaje de nuevas habilidades. Esta prolongación equivale a un desplazamiento, aquél que exige la teoría de la acción, porque eso que llamamos «representación» deriva de un poder, de una capacidad, que experimentamos en el sentimiento del «puedo». Ese «puedo» es el que dirige la mirada intencional fuera de sí misma. Por el «pue do», y posiblemente más aún que por el «pienso», estoy allá, no estoy en mi mente, sino junto a las cosas.
J.-p. c.—La génesis de las intenciones y su actualización en programas de acción
se interpretan en el marco de un modelo de funcionamiento del cerebro de es tilo proyectivo. La actividad intencional se manifiesta constantemente en el su jeto despierto. Se inserta en una actividad «emocional» básicamente esencial a la supervivencia del organismo: la motivación. La intención dominante en un momento dado corresponde a una especie de plan general formal o de repre sentación estable a un nivel jerárquico superior, que engloba intenciones y pro gramas más restringidos y más «concretos» y les deja una cierta «libertad» en su actualización. Esas disposiciones han sido implementadas en un organismo neuronal virtual, en el medio limitativo de una ocupación que utiliza el córtex frontal: el juego de la Torre de Londres (Figura 21). ¿Es legítimo extender el principio de esta configuración a procesos cognitivos más generales?
LA N A T U R A LE ZA Y LA REGLA
SISTEMA DE EVALUACIÓN ASCENDENTE SISTEMA DE PLANIFICACIÓN DESCENDENTE
Nivel de los planos
el de las operaciones <
Nivel de los gestos <
objetivo a alcanzar situación inicial
J } Perfil Transversal
f i g. 21. «Organismo formal» ante el test de la Torre de Londres.