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Hasta la elección; en 1471, del cardenal Francesco della Rovere, ex general de la orden franciscana, que adoptó el nombre de Sixto IV, los papas de comienzos del Renacimiento, si no habían mostrado mucho celo por la reno- vación espiritual, sí habían mantenido, en general, el respeto nominal a la dignidad de su cargo. Sixto introdujo el periodo de búsqueda desenfrenada, abierta e implacable de lucro personal y poder político. Había alcanzado fama como predicador y conferenciante en teología en las universidades de Bolonia y de Pavía, y como general de los franciscanos había adquirido buena repu- tación de hábil y severo administrador. Como fraile, supuestamente lo habían elegido papa como reacción al carácter mundano de su predecesor, Paulo II, patricio y ex mercader veneciano. En realidad, debió su elección, antes bien, a las hábiles maniobras del ambicioso, despiadado y muy rico cardenal Ro- drigo Borgia, que pronto conquistaría para sí mismo la tiara papal. El apoyo de Borgia a Sixto fue algo que podríamos llamar referencia de carácter, y la historia ha reconocido este nexo llamándolos, junto con Inocencio III, que reinó entre ellos, los “tres genios del mal”.1

El sayal franciscano ocultaba en Sixto un carácter duro, im- perioso e implacable; un hombre de fuertes pasiones y de familia numerosa, pobre y exigente. Procedió a enriquecer a sus miembros y, empleando todos los recur- sos de que ahora disponía, les dio altos cargos, territorios papales y cónyuges de familias nobles. Al subir al trono, asombró a la opinión pública nom- brando como cardenales a dos de sus once sobrinos, Pietro y Girolamo Riario, ambos de menos de treinta años, que pronto se hicieron notar por su conducta escandalosa y sus despilfarros. Antes de terminar, Sixto había conferido la púrpura a otros tres sobrinos y a un sobrino nieto, hizo obispo a otro, casó a cuatro sobrinos y dos sobrinas con miembros de las familias gobernantes de Nápoles, Milán, Urbino, y con Orsinis y Farnesios. A sus parientes que no eran miembros del clero los colocó en altos cargos del poder civil, como prefecto de Roma, gobernador del castillo Sant'Angelo y gobernadores de varios de los Estados papales, con acceso a sus ingresos. Elevó el nepotismo a un nuevo nivel.2

Sixto llenó el Colegio de Cardenales con elementos nombrados por él mismo, creando no menos de 34 durante su papado de trece años, aunque el Colegio sólo debía albergar 24, y a su muerte, sólo quedaron cinco que no hubiesen sido nombrados por él.3 Dejó establecida la práctica de la selección política

con el propósito de favorecer a este o a aquel príncipe o soberano, y de escoger señores o barones o hijos menores de las grandes familias, sin fijarse en sus méritos o calificaciones sacerdotales. Entregó la sede arzobispal de Lisboa a un niño de ocho años y la sede de Milán a uno de once, hijos ambos de príncipes.4 Hasta tal punto secularizó el Colegio que sus sucesores siguie-

ron su ejemplo como si fuera la regla. En los veinte años transcurridos durante

1 New Cambndge, 77.

2 Burckhardt, 123; Hughes, 389-390; Mallet, 53-56; Aubenas, 87-90. 3 Chambers, 290; Jedin, 88.

los reinados de Inocencio VIII y Alejandro VI, no menos de 50 sedes fueron entregadas a chiquillos, que aún no alcanzaban la edad canónica para ser consagrados.

El hábito del despilfarro desenfrenado se convirtió en característica continua de la corte papal, encabezada por Pietro Riario, el sobrino favorito, a quien la nueva fortuna de su familia, al parecer, desequilibró. Toda una horda de recién enriquecidos Della Rovere fueron a engrosar la corte. Los excesos del cardenal Riario llegaron al colmo en 1480, en un banquete, verdadera saturnal, uno de cuyos manjares fue un oso asado, con una vara entre las fauces, con ciervos reconstruidos dentro de su piel, garzas y pavorreales con sus plumas, y una conducta orgiástica de los invitados, apropiada al modelo de la antigua Roma.5 Los informes de esto fueron tanto más escandalosos en

una época de general austeridad causada por los turcos, que habían puesto pie en el tacón de la bota de Italia, donde se apoderaron de Otranto, aunque no lograron sostenerse largo tiempo. El avance de los turcos desde la caída de Constantinopla generalmente era considerado como castigo de Dios por los pecados de la Iglesia.

Los excesos de la jerarquía fueron promovidos, pero no iniciados, por los Della Rovere; esto ya era un problema en 1460, cuando Pío II, en una carta enviada al cardenal Borgia, lo censuró por una fiesta que había dado en Siena donde “no faltó ninguno de los atractivos del amor” y “para que la lujuria fuera desenfrenada”, no se invitó a los esposos, padres y hermanos de las damas presentes. Pío advirtió del “descrédito” de las sagradas dignidades. “Ésta es la razón de que príncipes y poderes nos desprecien y que los legos se burlen de nosotros. . . El desprecio es el destino del Vicario de Cristo porque parece tolerar estas acciones”.6 Bajo Sixto, la situación no fue nueva;

la diferencia fue que, mientras Pío se había preocupado por contener el dete- rioro, sus sucesores no se preocuparon ni lo intentaron.

El antagonismo fue creciendo lentamente contra Sixto, especialmente en Alemania, donde un antirromanismo, nacido del resentimiento causado por la avidez clerical por el dinero fue agravado por las exacciones financieras de la curia papal, brazo administrativo del papado. En 1479, la Asamblea de Coblenza envió a Roma una gravamina, o lista de quejas. En Bohemia, patria de la disidencia husita, apareció un manifiesto satírico en que se equiparaba a Sixto con Satanás, enorgulleciéndose de su “total repudio de la doctrina de Cristo”.7 La Iglesia, acostumbrada a recibir críticas de una u otra fuente

durante cinco siglos, había llegado a endurecerse tanto que no le preocupaban los vientos que pudieran soplar sobre el Imperio.

Para asegurarse de una eficiente recabación de ingresos, Sixto creó una Cámara Apostólica de cien juristas para supervisar los asuntos financieros de los Estados papales y los casos jurídicos en que el papado tenía intereses financieros. Dedicó esos ingresos a multiplicar las posesiones de sus parientes y a embellecer las glorias exteriores de la Santa Sede. La posteridad le debe la restauración de la Biblioteca Vaticana, cuyo contenido triplicó, y a la cual

5 Pastor, IV, 243-245. 6 Citado en Routh, 83.

convocó a sabios para registrar y catalogar los libros. Reinauguró la Academia de Roma, invitó a hombres célebres a sus aulas, fomentó las representaciones teatrales y comisionó pinturas. Su nombre perdura en la capilla Sixtina, edi- ficada por orden suya para la renovación del antiguo San Pedro. Iglesias, hospitales, puentes caídos y calles lodosas se beneficiaron con sus reparaciones. Si bien admirable en sus intereses culturales, Sixto mostró las peores cua- lidades del príncipe renacentista en sus odios y maquinaciones, que condujeron a guerras en Venecia y Ferrara y a una interminable campaña por reducir a la familia Colonna, los nobles dominantes de Roma. El más escandaloso de sus asuntos fue su participación en la conjura de los Pazzi, posiblemente a su instigación, para asesinar a los hermanos Médicis. Aliado con los Pazzi por complejos intereses familiares, Sixto aprobó la conspiración, o hasta participó en ella, o al menos, eso se creyó generalmente, debido a lo extremo de su reacción cuando en la conjura sólo cayó uno de los hermanos. Furioso por la violencia de la venganza de los Médicis contra los Pazzi, en que hasta un arzobispo fue ahorcado, pese a la inmunidad clerical, Sixto excomulgó a Lorenzo de Médicis y a toda Florencia. Esta aplicación de sanción espiritual por motivos temporales, aunque ciertamente no era nueva en las prácticas de la Iglesia, causó gran descrédito a Sixto por el daño hecho a los floren- tinos y a su comercio y porque surgieron sospechas de que el papa había intervenido personalmente en todo aquello.8 El piadoso Luis XI, rey de Fran-

cia, escribió, preocupado: “¡Pluga a Dios que Vuestra Santidad sea inocente de crímenes tan horribles!”9 La idea de que el Santo Padre estuviese pla-

neando asesinatos en una catedral aún no era aceptable, aunque antes de mucho casi no parecería anormal.

La salud interna de la Iglesia no le preocupaba a Sixto, y, basándose en el precedente de Exsecrabilis, rechazó rudamente todos los llamados, cada vez más insistentes, a un Concilio. Pero su negativa no acabó con la exigencia. En 1481, el rumor de la reforma era ensordecedor. El arzobispo Zamometic, enviado del emperador, llegó a Roma donde hizo severas críticas a Sixto y a la curia. Encarcelado por orden del papa, en el castillo Sant'Angelo, fue liberado por un cardenal amigo suyo y, aunque conociendo el riesgo, volvió implacablemente al tema. Publicó un manifiesto en que pedía a los príncipes cristianos convocar a una continuación del Concilio de Basilea para impedir que la Iglesia fuese arruinada por el papa Sixto, al que acusó de herejía, simonía, vicios vergonzosos, despilfarrar el patrimonio de la Iglesia, instigar la conspiración de los Pazzi y haber establecido una alianza secreta con el sultán. Sixto contraatacó lanzando un anatema contra la ciudad de Basilea, cerrándola a todos los de fuera y echando nuevamente a la cárcel al desafiante arzobispo; allí, al parecer víctima de malos tratos, falleció dos años después; se dijo que había sido suicidio.10

La cárcel no acalla las ideas cuyo momento ha llegado, hecho que gene- ralmente no comprenden los déspotas, que, por su naturaleza misma, son gobernantes de poca visión. En el último año de su vida, Sixto rechazó un

8 Aubenas, 76-77; Hughes, 393-394. 9 Citado en Aubenas, 77.

programa razonable que le habían presentado los Estados Generales de Tours, en Francia. Conmovida por la elocuencia de un orador apasionado, Jean de Rély, la asamblea propuso una reforma para suprimir los abusos fiscales, los beneficios plurales y la odiada práctica de ad commendam, por la cual los nombramientos temporales, a menudo de legos, podían hacerse “por reco- mendación” sin que el nombrado tuviese que desempeñar sus deberes. Ad commendam, una de las cuestiones que despertaron pasiones peculiares de su época, era un recurso que Sixto fácilmente habría podido prohibir, ganándose así inmenso crédito entre el movimiento reformista. Ciego ante la oportunidad, desdeñó aquel programa. Pocos meses después moría. Tanto rencor había provocado su reinado que en Roma estallaron motines y saqueos, que durarían dos semanas, encabezados por la facción de Colonna que el papa había tratado de aplastar. Sin que nadie lamentara su muerte, Sixto IV no había hecho nada por la institución a cuya cabeza había estado, aparte de desacreditarla.