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Cuando Rodrigo Borgia tuvo 62 años, después de 35 como cardenal y vice- canciller, su carácter, sus hábitos, sus principios –o falta de ellos–, empleo del poder, método de enriquecimiento, mancebas y siete hijos eran lo bastante conocidos de sus colegas en el Colegio y la curia para evocar al joven Giovanni

17 Guicciardini, 70; Aubenas, 140. 18 Pastor, V, 299.

de Médicis, en su primer cónclave, este comentario, al subir Borgia al papado: “Huid, estamos en manos de un lobo”.1 Para el vasto círculo de los príncipes

de Italia y los gobernantes de España, –tierra natal de Borgia– y aun por su reputación en el exterior, el hecho de que, aunque culto y hasta simpático, fuese absolutamente cínico y amoral no era ningún secreto ni sorpresa, aun- que la fama de su depravación aún no era lo que llegaría a ser. Su marco mental era absolutamente temporal: para celebrar la expulsión de los moros de España en 1492, el año de su elección, no organizó un Te Deum, de acción de gracias, sino una corrida de toros en la Plaza de San Pedro, en que se mataron cinco toros.2

Después de servir a cinco papas y perder la última elección, Borgia no estaba dispuesto, esta vez, a dejar pasar la tiara. Simplemente compró, con todo el descaro, el papado, a sus dos rivales más importantes, los cardenales Della Rovere y Ascanio Sforza. Este último, que prefería las monedas a las promesas, se dejó convencer mediante la llegada de cuatro mulas cargadas de lingotes de oro que fueron enviadas desde el palacio de Borgia hasta el de Sforza durante el cónclave, aunque, supuestamente, éste debía celebrarse en una cámara.3 En años posteriores, al hacerse más conocidos los hábitos

del papa, se empezaron a murmurar, y a creer, casi cualesquier monstruosidades acerca de él, y esta caravana de mulas acaso fuera uno de estos rumores. Y, sin embargo, ello tiene una credibilidad inherente, ya que se habría necesi- tado mucho para convencer a un rival tan rico como Ascanio Sforza, quien, además, recibió la vicecancillería.

El propio Borgia se había beneficiado de nepotismo, pues fue nombrado cardenal a los 26 años por su tío, el viejo papa Calixto III, elegido a los 77 años, cuando ciertas muestras de senilidad indicaron que pronto habría que elegir otro papa.4 Sin embargo, Calixto tuvo tiempo suficiente para recom-

pensar con la vicecancillería a su sobrino, por haber recuperado ciertos te- rritorios de los Estados papales. Con los ingresos de sus cargos papales, de tres obispados que ocupaba en España y de abadías de España e Italia, de un estipendio anual de ocho mil ducados como vicecanciller y seis mil como cardenal y de sus operaciones privadas, Borgia amasó una riqueza suficiente para que, a lo largo de los años, fuese el miembro más rico del Sacro Colegio. En sus primeros años como cardenal ya había adquirido lo suficiente para construirse un palacio con logias de tres pisos en torno de un patio central donde él vivía entre un suntuoso mobiliario tapizado de satín rojo y tercio- pelos con bordados en oro, alfombras, salones en que colgaban tapetes de gobelinos, vajillas de oro, perlas y sacos de monedas de oro de las que, según fama, él se jactaba que tenía suficiente para llenar la capilla Sixtina. Pío II comparó esta residencia con la Casa de Oro de Nerón, que en un tiempo se levantara no lejos de allí.

1 Citado en Mallet, 120. 2 Schaff, 442; Mallet, 108.

3 Citado en Mallet, 115, tomado del Diario della città di Roma, de Stefano Infessura. La compra de votos por Borgia, con sumas y promesas a cada uno de los cardenales, se detalla en Pastor, V, 418. 4 Cambridge Medieval History, VIII, 175.

Decíase que Borgia nunca había faltado a un consistorio, las reuniones de negocio de los cardenales, en 35 años, salvo cuando estaba enfermo o lejos de Roma. No había nada en las funciones y oportunidades de la aristocracia papal que él no captara. Inteligente y enérgico, había fortificado los caminos de acceso a Roma y, como legado de Sixto, había cumplido con la compleja tarea de convencer a los nobles y a la jerarquía de España de que apoyaran el matrimonio de Fernando e Isabel y la fusión de sus reinos. Es probable que fuese el más hábil de los cardenales. Alto y robusto, cortés, su apariencia era digna y hasta majestuosa; le encantaban las finas ropas de tafetán color violeta y terciopelo color carmesí, y se fijaba mucho en las apropiadas dimen- siones de las bandas de armiño.5

Según lo describieron sus contemporáneos, habitualmente se mostraba son- riente, de buen humor, hasta alegre, y le gustaba “hacer cosas desagradables de un modo agradable”6 Orador elocuente, muy leído, era ingenioso y “se

esforzaba por brillar en la conversación”7 tenía “brillante habilidad con-

duciendo los asuntos”,8 combinaba el celo con la propia estimación y el

orgullo español y tenía un don asombroso para ganarse el afecto de las mu- jeres, “atraídas a él más poderosamente que el hierro por un imán”,9 lo

que parece indicar que dejaba sentir fuertemente cuánto las deseaba. Otro observador dice, un tanto innecesariamente, que “comprendía perfectamente las cuestiones de dinero”.10

Siendo un joven cardenal, Borgia había tenido un hijo y dos hijas, de madres cuyos nombres no han llegado hasta nosotros, y después de más de 40 años, otros tres hijos y una hija,11 de su reconocida amante, Vanozza de Cataneis,

quien, decíase, había seguido a su madre en ese papel.12 Todos ellos formaban

su familia reconocida. Borgia logró adquirir para su hijo mayor, Pedro Luis, el ducado de Gandía en España y el compromiso matrimonial con una prima del rey Fernando. Cuando Pedro murió joven, su título, sus tierras y su novia pasaron a su hermanastro Juan, el favorito de su padre, destinado a una muerte del tipo que haría célebre el apellido Borgia. César y Lucrecia, los dos célebres Borgia que ayudaron a que el nombre cobrara esta celebridad, eran hijos de Vanozza, junto con Juan y otro hermano, Jofre. La paternidad de un octavo hijo llamado Giovanni, que nació durante el papado de Borgia, parece haber sido algo incierto, aun dentro de la familia. Dos sucesivas bulas papales lo legitimaron como hijo de César, y luego del propio papa, aunque la opinión pública lo consideró como hijo bastardo de Lucrecia.13

Fuese para darse un velo de respetabilidad, o por el placer de hacer cor nudos, a Borgia le gustaba que sus amantes tuvieran maridos, y dispuso dos

5 Sobre el carácter, riquezas y conducta de Borgia, cf. Guicciardini, caps. II y XIII; Routh, 92-93; Mallet, 84-86; Ullmann, 319; Chamberlin, 166-171.

6 Citado en Burckhardt, xix.

7 Sigismondo de Conti, citado en Burchard, xvii. 8 Jacopo Gherardi, da Volterra, citado en Mallet, 84. 9 Citado en Routh, 93.

10 Citado en Burchard, xvii. 11 Guicciardini, 124; Ullmann, 319. 12 Burchard, xv.

sucesivos matrimonios para Vanozza mientras era su amante, y otro para su sucesora, la bella Julia Farnesio. A los 19 años, con un cabello dorado que le llegaba a los pies, Julia fue casada con un Orsini en el palacio de Borgia y casi al mismo tiempo se hizo amante del cardenal. Aunque una vida privada licenciosa no fuera ningún escándalo en el alto Renacimiento, la relación entre un anciano, como se le consideraba a los 59 años, y una muchacha cuarenta años más joven resultó verdaderamente ofensiva para los italianos, tal vez porque la consideraran antiartística. Tema de chistes atrevidos, esto ayudó a empañar la reputación de Borgia.

Al ser Borgia elegido papa, el lamentable tráfico que le había valido el trono se volvió conocimiento común, por la furia del decepcionado Della Rovere y sus partidarios. El propio Borgia abiertamente se jactaba de ello. Este fue un error, porque la simonía era pecado oficial, que daría armas a los enemigos del nuevo papa, las cuales no tardarían en emplear. Mientras tanto, Alejandro VI, como ahora se llamaba, atravesó Roma en una esplendente ceremonia para ser coronado en la basílica de San Juan de Letrán, rodeado por trece escuadrones de caballería, 21 cardenales, cada uno con un séquito de doce, y embajadores y nobles dignatarios que competían en la magnificen- cia de su atuendo y en la ornamentación de sus cabalgaduras. Las calles estaban decoradas con guirnaldas de flores, arcos de triunfo, estatuas vivas, formadas por jóvenes desnudos, cubiertos de polvo de oro, y estandartes con el escudo de los Borgia: un toro rojo rampante, en campo de oro.14

En este punto, pudo sentirse que la sombra de Francia iba alargándose sobre Italia, anunciando ya la época de las invasiones extranjeras que acelerarían la decadencia del papado y someterían Italia a un dominio externo. La penín- sula se vería asolada durante los siguientes sesenta años, quebrantada su prosperidad, perdería territorios, vería disminuir su soberanía y se aplazarían cuatrocientos años las condiciones favorables a la unidad italiana: todo ello por ninguna ventaja permanente para ninguno de los bandos en cuestión. Italia, fragmentada por las incesantes guerras civiles de sus príncipes, era blanco vulnerable e invitador. También era envidiada por sus tesoros urbanos, aun si la región no era tan tranquila, fértil, comercialmente próspera y noble- mente adornada como en la célebre descripción de su patria hecha por Guicciardini poco antes de la penetración extranjera. Ninguna necesidad económica causó las invasiones, pero la guerra seguía siendo la actividad ya presupuesta de la clase gobernante; indemnizaciones e ingresos que podían esperarse de territorios conquistados serían su fuente de lucro, así como fuente del pago de los costos de la campaña misma. También puede ser que, así como las primeras cruzadas medievales fueron una vía de escape para la agresividad de los nobles, las campañas de Italia simplemente representaban un modo de expansión nacionalista. Francia se había recuperado de la Guerra de los Cien Años, España había expulsado finalmente a los moros, adquiriendo, en el proceso, su cohesión nacional. Italia, bajo su cálido sol, dividida contra sí misma, era lugar atractivo para una agresión.

En Italia, el escándalo de la elección de Alejandro había debido sugerirle que sería útil dedicar cierto tiempo y reflexión al gobierno religioso. En cam- bio, se dedicó inmediatamente a reparar sus alianzas políticas. Casó a su hija Lucrecia con un Sforza y a su hijo Jofre con una nieta del belicoso rey de Nápoles, y en su primer año como papa ensanchó el Sacro Colegio, causando la rabia y el resentimiento de los cardenales de la oposición que, como parti- darios conocidos de Della Rovere en el cónclave, no habían compartido con él la célebre lluvia de oro. Prevaleciendo contra una enconada resistencia, Alejandro nombró once nuevos cardenales, entre ellos a Alejandro Farnesio, hermano de su manceba, retoño de la familia de los De Este, de quince años, y a su propio hijo César, cuya falta de disposición para una carrera eclesiás- tica fue tan obvia que pronto renunció a ella, a cambio de las ocupaciones, más gratas a él, de la guerra, el asesinato y habilidades similares. Los demás habían sido cuidadosamente seleccionados para complacer a todas las poten- cias, uno por cada una: el Imperio, Francia, Inglaterra, España, Hungría, Venecia, Milán y Roma, entre ellos varios hombres piadosos y cultos.15 Estos

recién llegados consolidaron el dominio de Alejandro sobre el Colegio, hacien- do que Della Rovere, al enterarse de los nombramientos, profiriera “una gran exclamación”16 y cayera enfermo. Alejandro acabaría por nombrar un

total de 43 cardenales,17 entre ellos 17 españoles y cinco miembros de su

propia familia; la suma exacta que cada cual pagó por su capelo fue minu- ciosamente registrada por Burchard en su diario.

El creciente desinterés del papado en la religión en los 50 años anteriores, su desprestigio y aversión a toda reforma dieron nuevo impulso a los planes franceses de invasión. En el debilitamiento general de la autoridad del papa y sus ingresos, causado por la succión de las iglesias nacionales en el siglo anterior, la Iglesia francesa había conquistado una considerable autonomía. Al mismo tiempo, se veía perturbada por la corrupción eclesiástica en su propio reino. Unos predicadores tronaban contra esta decadencia en encen- didos sermones, los críticos más serios la estudiaban, se celebraban sínodos para proponer medidas de reforma... todo ello sin mucho efecto práctico. En aquellos años, escribió un francés, la reforma era el tema más frecuente de conversación.18 En 1493, cuando se discutía la campaña en que la Corona

francesa reclamaría Nápoles, Carlos VIII nombró a una comisión, en Tours, que debía preparar un programa que validaría su marcha por Italia19 como

una cruzada en pro de la reforma, con la intención sobreentendida, si no explícita, de convocar a un Concilio para deponer a Alejandro VI por motivos de simonía.20 Ésta no fue idea espontánea del rey. Éste, un pobre hombre

desgarbado, del decrépito linaje de los Valois, con la cabeza llena de sueños de gloria caballeresca y cruzadas contra los turcos, había añadido la reforma religiosa a sus preocupaciones, bajo la influencia del cardenal Della Rovere

15 Chamberlin, 199. 16 Pastor, V, 418. 17 Jedin, 88. 18 Chadwick, 20. 19 Guicciardini, 46-48. 20 New Cambridge, 302.

que, en su incontenible odio a Alejandro, había ido a Francia con el propó- sito expreso de combatirlo.21 Insistió, ante el rey, en que había que deponer

a un papa “tan lleno de vicios, tan abominable a los ojos del mundo”, para poder elegir a un nuevo papa.22

Precisamente esta acción, iniciada por los cardenales, contando con el apoyo de Francia, había causado el cisma de reciente memoria, y nada, en la historia del cristianismo, había causado un daño tan irreparable a la Iglesia. Que Della Rovere y su bando pudiese pensar siquiera en una repetición, cualesquiera que fuesen los crímenes de Alejandro, era simple irresponsabili- dad, apenas explicable, salvo por efecto de la locura que parecía haberse adueñado de cada uno de los príncipes renacentistas de la Iglesia.

Alejandro tenía buenas razones para temer a la influencia de Della Rovere sobre el rey de Francia, especialmente si dirigía la confusa mente real hacia una reforma de la Iglesia. Según Guicciardini, que no fue ningún admirador de los papas, la reforma era para Alejandro un pensamiento “terrible, más que ningún otro”.23 Considerando que, con el paso del tiempo, Alejandro

envenenó, aprisionó o de alguna otra manera anuló a sus adversarios más peligrosos, incluso cardenales, resulta asombroso que no metiese a prisión a Della Rovere, pero su enemigo y sucesor ya era demasiado conocido, y ade- más, tuvo buen cuidado de permanecer fuera de Roma y de convertir su residencia en una fortaleza.

Los informes llegados de Francia pusieron a los Estados italianos en frené- tica conmoción, combinándose y recombinándose, como preparativos para resistir al extranjero... o, de ser necesario, para unírsele. La gran pregunta para los dirigentes papales y seculares era si podría obtenerse una mayor ventaja poniéndose del lado de Nápoles o de Francia. Ferrante de Nápoles, cuyo reino era el objetivo de los franceses, corrió a establecer tratos y con- tratos con el papa y los príncipes, pero, como conspirador durante toda su vida, no pudo contenerse de socavar, en secreto, sus propias alianzas. Sus es- fuerzos le llevaron a la muerte al cabo de un año, y fue sucedido por su hijo Alfonso. Una mutua desconfianza movía a sus vecinos, mientras se entrega- ban (como lo escribió George Meredith, en un contexto muy distinto) a “entregarse a vanidades, congregarse en absurdos, planear con miopía y conjurarse en forma demencial”.24

La decisión de Milán que precipitó la invasión francesa puede calificarse así, en todos aspectos. Empezó con una queja a Ferrante, de su nieta Isabela, hija de Alfonso y esposa del legítimo heredero de Milán, Gian Galeazzo Sforza, de que ella y su esposo estaban siendo privados de su puesto legítimo, y quedando subordinados en todo al regente, Ludovico el Moro y su mujer, muy capaz, Beatriz de Este. Ferrante respondió con tan furiosas amenazas que convenció a Ludovico de que su regencia (a la que no tenía intenciones de renunciar) estaría más segura deponiendo a Ferrante y a su familia. Ludovico estableció una alianza con los inconformes barones de Nápoles que

21 Ibid., 348-350. 22 Guicciardini, 69. 23 Ibid., 68.

compartían sus ideas y, para asegurarse el resultado, invitó a Carlos VIII a entrar en Italia y establecer sus derechos sobre el trono napolitano.25 Esto

implicaba correr un grave riesgo, porque la monarquía francesa, por el linaje de Orleáns, tenía mayores derechos a Milán que a Nápoles, pero Ludovico, aventurero de corazón, confió en que se podría contener esta amenaza. Esto resultaría un error, según lo probaron los hechos.

Por tales motivos y cálculos, Italia quedó abierta a la invasión, aunque ésta, en el último momento, estuvo a punto de frustrarse. Los consejeros de Carlos, desconfiando de la empresa, causaron tantas preocupaciones al rey, subrayando las dificultades que le esperaban y la falta de palabra de Ludovico y de los italianos en general, que Carlos contuvo su ejército cuando ya se había puesto en marcha. La oportuna aparición de Della Rovere, ferviente en sus exhortaciones, reanimó su entusiasmo. En septiembre de 1494, un ejército francés de 60 mil hombres atravesó los Alpes llevando consigo, en palabras de Guicciardini, que por una vez no exageró, “la semilla de innumerables calamidades”.26

Al comienzo, casi cediendo al pánico, Alejandro, después de vacilar, entró en una liga de defensa con Florencia y Nápoles, que se deshizo casi en cuanto se había hecho. Florencia defeccionó, por una crisis de nervios de Pedro de Médicis, el hijo mayor de Lorenzo el Magnífico, quien había muerto dos años antes. Desfalleciendo de súbito ante el enemigo, Pedro entró en negociaciones secretas para entregar su ciudad a los franceses. Después de este triunfo en Florencia, el ejército de Carlos continuó avanzando sin resistencia hacia Roma, donde el papa, después de desesperadas negociaciones para no tener que recibirlo, sucumbió ante un poder superior. El ejército invasor desfiló por Roma, tardando seis horas en pasar, en interminable peregrinación de hombres de caballería y de infantería, arqueros y ballesteros, mercenarios suizos con alabardas y lanzas, caballeros en armadura, guardias reales que llevaban mazas de hierro al hombro, seguidos todos por el temible rumor de 36 cañones que rodaban sobre el empedrado.27 La ciudad se estremeció.

“Las requisiciones son terribles”, informó el enviado de Mantua, “innumerables los asesinatos, no se oyen más que quejas y llanto. En todos los recuerdos humanos, la Iglesia nunca se había encontrado en tan desesperada situación”.28

Las negociaciones entre los vencedores y el papado transcurrían febrilmen- te. Aunque obligado a abandonar Nápoles y entregar al príncipe Djem (que poco después murió, vigilado por los franceses), Alejandro se mantuvo firme contra dos demandas: se negó a entregar el Castel Sant'Angelo a manos francesas, y a investir formalmente a Carlos con la corona de Nápoles. Bajo la presión en que se encontraba Alejandro, esto requirió fuerza de carácter, aun si tuvo que ceder a los franceses el derecho de paso a Nápoles, recorrien- do el territorio papal. El único tema que no se tocó durante todas las sesiones fue la reforma. Pese a constante estímulo del cardenal Della Rovere y su bando, el vacilante y desconcertado rey de Francia no era hombre que impu-

25 New Cambridge, 296. 26 Guicciardini, 48. 27 Pastor, V, 451-452. 28 Ibid., 454.

siera un Concilio, fomentara la reforma o depusiera a un papa. Ese cáliz pasó de los labios de Alejandro; lo dejaron en su trono. Los franceses siguieron